PARTE 2: CUANDO SOPHIA INTENTÓ RECUPERAR A ADRIAN, DESCUBRIÓ QUE YO YA ESTABA PREPARADA PARA ROMPER EL COMPROMISO… Y ÉL NO

—Claro —respondí—. Puede quedarse.

Sophia pareció sorprendida.

Adrian también.

Quizá ambos esperaban una escena.

Celos.

Preguntas.

Algún recordatorio de que aquella era también mi casa.

No les di nada.

—La habitación del segundo piso está libre —añadí—. Pediré que la preparen.

Sophia sonrió dulcemente.

—Gracias, Claire. Tenía miedo de que pudieras malinterpretarlo.

—¿Malinterpretar qué?

Su sonrisa titubeó.

Adrian me observó fijamente.

—Claire.

—¿Sí?

—¿No quieres preguntarme por qué Sophia está aquí?

Tomé otra cucharada de caldo.

—Acabas de traerla. Supongo que necesitaba alojamiento.

Algo en su expresión se endureció.

Era curioso.

Cuando Sophia llegó, Adrian parecía preocupado por mi reacción.

Ahora que no reaccionaba, parecía todavía más incómodo.


Durante los días siguientes, Sophia ocupó la casa con una facilidad impresionante.

Conocía el café de Adrian.

Su whisky favorito.

La música que escuchaba trabajando.

Las historias vergonzosas de su adolescencia.

En cada cena aparecía algún recuerdo que yo no compartía.

—¿Te acuerdas cuando nos escapamos al lago?

—¿Recuerdas aquella Navidad?

—Tu madre siempre decía que terminaríamos juntos.

Yo escuchaba tranquilamente.

Hasta que Sophia empezó a hablar del matrimonio.

—Mi divorcio me enseñó algo —dijo una noche—. Nunca debes casarte con alguien únicamente porque sea conveniente.

Sus ojos fueron directamente hacia mí.

Adrian dejó los cubiertos.

—Sophia.

—¿Qué? Solo hablo de mí.

Sonrió.

Yo también.

—Estoy completamente de acuerdo.

Adrian levantó la mirada.

—¿Sí?

—Por supuesto.

Y cambié de tema.

Aquella misma noche llamé a mi abogado.

—Empieza a preparar la terminación del acuerdo matrimonial.

Hubo un silencio.

—¿Estás segura?

Miré los informes financieros sobre mi escritorio.

Los rumores ya habían retrasado dos negociaciones.

—Completamente.

Nuestro compromiso podía haber comenzado como una alianza.

Pero yo no permitiría que mi empresa pagara por un triángulo sentimental que nunca había solicitado.


Dos días después, Sophia publicó una fotografía.

Solo aparecían dos tazas de café junto a una chimenea.

Pero en una esquina podía verse el reloj de Adrian.

El texto decía:

“Algunas costumbres sobreviven incluso después de muchos años.”

No necesitaba decir más.

Para el mediodía, otro socio llamó preguntando si la alianza Bennett-Morgan seguía vigente.

Aquello fue suficiente.

Convocamos una reunión extraordinaria.

Adrian entró esperando discutir el proyecto inmobiliario.

En cambio, encontró a nuestros abogados.

También estaban mi padre y dos miembros del consejo Morgan.

Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre?

Deslicé una carpeta hacia él.

—Voy a terminar nuestro compromiso.

Adrian no tocó los documentos.

—¿Qué?

—Y separaremos cualquier operación cuya estabilidad dependa públicamente de nuestro futuro matrimonio.

—Claire, espera.

—No.

Por primera vez parecía verdaderamente desconcertado.

—¿Esto es por Sophia?

—Esto es por negocios.

—No me vengas con eso.

Su voz se volvió fría.

—Nunca te han importado esos rumores.

—Cuando empiezan a costarnos contratos, dejan de ser rumores.

Le mostré los informes.

—Dos proyectos retrasados. Un inversor suspendió conversaciones. Otro pidió garantías adicionales.

Adrian leyó las cifras.

Su rostro se oscureció.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Casi me reí.

—Adrian, diriges un conglomerado internacional. No necesito llevarte caldo y además explicarte que un escándalo público puede afectar una alianza empresarial.

No respondió.

Entonces preguntó:

—¿Y después?

—¿Después de qué?

—Después de cancelar nuestro compromiso.

Me encogí de hombros.

—Seguiré con mi vida.

Aquello pareció afectarlo más que cualquier cifra.

—¿Te casarás con otra persona?

—Algún día, probablemente.

Adrian se quedó completamente inmóvil.


Aquella noche regresó temprano.

Sophia estaba esperándolo.

—Adrian, pensé que podríamos cenar juntos.

Él dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Publicaste aquella fotografía deliberadamente?

Sophia parpadeó.

—¿Cuál?

—No hagas eso.

Era la primera vez que escuchaba ese tono dirigido hacia ella.

Sophia empezó a llorar.

—Solo estaba recordando viejos tiempos.

—Esos “viejos tiempos” están afectando negocios actuales.

—¿Claire te dijo eso?

—Claire acaba de cancelar nuestro compromiso.

El rostro de Sophia cambió.

Por apenas un instante apareció algo parecido a satisfacción.

Luego intentó esconderlo.

—Lo siento muchísimo.

Adrian la observó.

Y aparentemente también lo vio.

—¿Lo sientes?

—Claro.

—Entonces elimina todas las publicaciones.

Sophia palideció.

—Adrian…

—Y mañana buscaré un hotel para ti.

—¿Me estás echando?

—Estoy estableciendo un límite que debí establecer cuando llegaste.

Las lágrimas empezaron inmediatamente.

—¿Por ella?

Adrian negó.

—Por mí.


A la mañana siguiente apareció en mi oficina.

Sin cita.

Sin asistentes.

Sin Sophia.

Dejó una bolsa sobre mi escritorio.

Caldo de pollo.

Lo miré.

—¿Qué es esto?

—Una negociación.

—Terrible comienzo.

Por primera vez sonrió ligeramente.

Después se sentó.

—Sophia se marcha hoy.

—Eso no cambia nada.

Su sonrisa desapareció.

—Lo sé.

Aquella respuesta sí me sorprendió.

—Entonces, ¿qué quieres?

Adrian guardó silencio unos segundos.

—Quiero saber cuándo dejaste de verme como tu prometido.

—Nunca empezamos así.

—No pregunté cómo empezamos.

Me quedé callada.

Él continuó:

—Durante casi dos años sabes cuándo estoy cansado. Sabes qué comida pedir cuando tengo reuniones hasta medianoche. Sabes cuándo necesito que alguien me contradiga y cuándo necesito silencio.

Sus ojos bajaron hacia mí.

—Y cuando dejaste de traerme una simple taza de caldo, me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo esperando esas cosas como si fueran parte del contrato.

Sentí algo extraño en el pecho.

Pero no cedí.

—Eso sigue sin ser amor, Adrian.

—Tal vez.

Se inclinó hacia delante.

—Pero verte preparar una vida donde yo ya no existo me está enseñando bastante rápido qué era.

No respondí.

—No voy a pedirte que mantengas el compromiso —continuó—. Cancélalo.

Eso sí me dejó inmóvil.

—¿Qué?

—Quiero eliminar los contratos que nos obligaban a casarnos.

Sacó otra carpeta.

—Los Bennett asumirán cualquier coste derivado de la separación empresarial.

La abrí.

La propuesta era real.

Millones en garantías.

Adrian estaba dispuesto a desmontar precisamente la estructura que nos había unido.

—¿Por qué?

Su respuesta fue sencilla.

—Porque si alguna vez vuelves a aceptar casarte conmigo, quiero saber que no fue porque nuestros padres necesitaban una alianza.


Sophia intentó una última jugada antes de marcharse.

Envió capturas antiguas a varios medios insinuando que Adrian había prometido esperarla.

El problema era que las fechas demostraban que aquellos mensajes pertenecían a años anteriores a nuestro compromiso.

Y esta vez Adrian respondió públicamente mediante sus abogados.

No atacó a Sophia.

No la humilló.

Simplemente aclaró que no existía ninguna relación sentimental entre ellos y pidió que los asuntos personales dejaran de utilizarse para afectar a terceros y empresas.

Los rumores empezaron a morir.

Los proyectos volvieron a avanzar.

Sophia regresó al extranjero semanas después.

Y yo seguí soltera.

Adrian también.

Durante seis meses no volvió a hablarme de matrimonio.

En cambio, empezó desde cero.

Me invitó a cenar.

Lo rechacé.

Volvió a intentarlo semanas después.

Acepté.

Sin contratos.

Sin familias.

Sin consejos de administración.

Una noche, después de cenar, apareció una tormenta de nieve.

Adrian levantó la mirada hacia los copos que caían detrás de la ventana.

—¿Sabes qué es lo más ridículo?

—¿Qué?

—Sophia volvió durante la primera nevada y todo el mundo pensó que eso significaba que nuestra historia había terminado.

Sonreí.

—Incluyéndome.

Adrian negó lentamente.

—No.

Tomó mi abrigo y me lo entregó.

—Solo consiguió que descubriera que nuestra historia todavía ni siquiera había empezado de verdad.

Esta vez no hubo anillo.

No hubo acuerdos.

Ni millones esperando una firma.

Solo salimos juntos bajo la nieve.

Y por primera vez desde que conocía a Adrian Bennett, no caminé a su lado porque nuestras familias hubieran decidido que éramos una buena inversión.

Caminé a su lado porque podía marcharme cuando quisiera.

Y precisamente por eso, quedarme finalmente significaba algo.

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