Sebastian no volvió a llamarme aquella noche.
Yo tampoco lo esperaba.
A la mañana siguiente llegué al despacho veinte minutos antes de lo habitual, abrí el expediente del litigio de diez millones y eliminé el nombre de Sophie de todos los permisos internos.
Después envié un correo breve:
«A partir de hoy, cualquier documento firmado por Sophie Su deberá ser revisado y asumido por ella personalmente.»
No añadí explicaciones.
Durante años había corregido sus errores antes de que llegaran a manos de los socios.
Fechas equivocadas.
Citas jurídicas incompletas.
Cálculos mal hechos.
Documentos enviados fuera de plazo que yo solucionaba llamando personalmente al tribunal.
Sophie decía que éramos mejores amigas.
Y quizá por eso yo había confundido amistad con responsabilidad.
A las nueve y doce apareció frente a mi escritorio.
—¿De verdad me quitaste el acceso?
—Sí.
—Victoria, sabes que necesito ese caso para mi evaluación anual.
Seguí escribiendo.
—Entonces consigue otro.
Su rostro cambió.
—¿Esto es por Sebastian?
Levanté la mirada.
—No. Esto es porque durante dos años presentaste como tuyas correcciones que hacía yo.
Palideció.
—Yo nunca te obligué.
—Tienes razón.
Cerré el archivo.
—Por eso dejé de hacerlo.
Aquella respuesta pareció inquietarla mucho más que un grito.
Esa misma tarde empezaron los problemas.
Un socio encontró tres errores en un informe de Sophie.
Al día siguiente devolvieron otro documento porque faltaban anexos.
El jueves, un cliente llamó furioso porque ella había confundido dos fechas de audiencia.
Antes, esas cosas nunca llegaban tan lejos.
Porque yo siempre estaba detrás.
Corrigiendo.
Recordando.
Protegiendo.
Y por primera vez, Sophie empezó a descubrir cuánto trabajo invisible había detrás de la mujer a la que creía fácil reemplazar.
Sebastian también lo descubrió.
El viernes por la noche me escribió:
«¿Dónde está el contrato del alquiler?»
No respondí.
Veinte minutos después:
«Victoria, el propietario dice que faltan dos meses por renovar.»
Miré el mensaje.
Durante casi tres años yo había gestionado la renovación de su apartamento.
También pagaba sus servicios desde una cuenta compartida y luego él me transfería el dinero.
Reservaba sus revisiones médicas.
Compraba los regalos para sus padres y escribía las tarjetas que él firmaba.
Recordaba el cumpleaños de su madre.
Llevaba su traje a la tintorería antes de cada audiencia importante.
Incluso había organizado las cenas con sus clientes porque Sebastian tenía la costumbre de olvidar las reservas.
Nada extraordinario por separado.
Pero cientos de pequeños gestos juntos habían construido una vida tan cómoda que Sebastian terminó creyendo que funcionaba sola.
El sábado llamó.
No contesté.
El domingo volvió a llamar.
El lunes me esperaba frente al ascensor del despacho.
—Tenemos que hablar.
—No tenemos nada pendiente.
—Mi madre me preguntó por qué no la llamaste ayer.
Casi sonreí.
Era su cumpleaños.
—Porque ya no es mi suegra futura.
Sebastian se quedó callado.
—Victoria, estuvimos casi tres años juntos. No puedes borrar todo de un día para otro.
—Yo no estoy borrando nada.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré.
—Solo dejé de hacer mi parte.
Antes de que las puertas se cerraran, vi algo extraño en su expresión.
No era todavía arrepentimiento.
Era desconcierto.
Como el de alguien que acaba de descubrir que la luz no se encendía sola.
Dos semanas después, Sebastian y Sophie comenzaron a salir oficialmente.
No me enteré por ellos.
Una compañera me mostró una fotografía.
Sophie estaba sentada en aquel mismo asiento delantero.
Llevaba un ramo enorme entre los brazos.
Sebastian sonreía.
—¿Estás bien? —preguntó mi compañera.
Observé la fotografía unos segundos.
—Sí.
Y era verdad.
Aquella noche dormí mejor que en meses.
Pero la tranquilidad de Sophie duró poco.
Primero empezó a llegar tarde.
Después dejó de almorzar con los compañeros.
Una tarde la encontré llorando en el baño.
Intentó esconder el teléfono al verme.
—¿Todo bien?
Me lanzó una mirada amarga.
—No finjas que te importa.
—Está bien.
Me giré.
—Espera.
Me detuve.
Sophie apretó los labios.
—¿Sebastian siempre fue así?
—¿Así cómo?
—Olvida todo.
No respondí.
—Ayer tenía una cena con un cliente y no hizo reserva. Me llamó cuando yo estaba terminando un informe para pedirme que encontrara un restaurante.
La miré.
—¿Y?
—Lo hice.
Asentí.
—Entonces problema resuelto.
Sophie frunció el ceño.
—Esta mañana me pidió que recogiera su traje.

Por fin entendí.
—¿Y quieres preguntarme si hacía eso conmigo?
Ella bajó la mirada.
—Quiero saber cómo podías soportarlo.
La pregunta me hizo gracia.
—Porque al principio eran pequeños favores.
Me acerqué al lavabo.
—Después se convirtieron en costumbre.
—Pero él habla de ti como si fueras…
Se detuvo.
—¿Como si fuera qué?
—Controladora.
Sonreí.
—Curioso.
Salí del baño sin añadir nada.
Tres días después ocurrió algo mucho peor.
El socio principal convocó una reunión urgente por el litigio que Sophie había querido conservar.
Habían encontrado una inconsistencia grave en una declaración preparada por ella.
Sophie intentó defenderse.
—Victoria siempre revisaba esta sección.
Toda la sala quedó en silencio.
El socio levantó lentamente la cabeza.
—¿Perdón?
Sophie comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.
Yo estaba sentada al otro extremo de la mesa.
—Señor Zhou —continuó el socio—, ¿está diciendo que la señorita Lin realizaba parte de su trabajo?
—No exactamente…
—Entonces explíquelo.
Sophie me miró.
Esperando.
Como tantas veces.
Esperando que interviniera.
Que suavizara el problema.
Que dijera que había sido una colaboración.
Pero mantuve las manos sobre la mesa.
Esta vez no la salvé.
Después de la reunión, me siguió hasta el pasillo.
—¡Podrías haber dicho algo!
Me giré.
—¿Qué querías que dijera?
—¡Que trabajábamos juntas!
—Tú misma dijiste que nunca te obligué a ayudarte.
Su rostro enrojeció.
—Estás haciendo todo esto porque te quité a Sebastian.
La miré durante varios segundos.
—Sophie, todavía no lo entiendes.
—¿Qué?
—Tú no me quitaste nada.
Me acerqué un paso.
—Yo dejé de sostenerlo.
Aquella tarde Sebastian apareció en recepción.
Venía directamente del tribunal.
Parecía agotado.
—Necesito hablar contigo.
Sophie salió detrás de mí.
—Sebastian, dijiste que vendrías a buscarme.
Él ni siquiera la miró.
Sus ojos estaban sobre mí.
—Mi madre está enojada conmigo. Perdí un cliente esta mañana. El propietario quiere aumentarme el alquiler y Sophie dice que en el despacho todo está saliendo mal.
Sophie abrió mucho los ojos.
—¿Por qué me metes a mí?
Sebastian se pasó una mano por el rostro.
—Desde que Victoria se fue, todo es un desastre.
La frase cayó entre los tres.
Vi cómo Sophie palidecía.
—¿Quieres decir que es culpa mía?
—No dije eso.
—Pero lo pensaste.
Sebastian guardó silencio.
Y aquel silencio fue suficiente.
Sophie soltó una risa amarga.
—Así que esto era lo que querías.
Me miró.
—Dejarnos solos hasta que todo explotara.
Negué con la cabeza.
—No hice absolutamente nada.
Y precisamente ese era el problema.
Sebastian dio un paso hacia mí.
—Victoria, volvamos a empezar.
Sophie se quedó inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
—No estoy hablando contigo.
Ella lo miró como si acabara de recibir una bofetada.
Yo, en cambio, sentí únicamente cansancio.
—Sebastian, aunque Sophie desapareciera mañana, seguiría sin volver contigo.
—Puedo cambiar.
—No quieres cambiar.
Lo miré directamente.
—Quieres recuperar la vida que yo te facilitaba.
Su rostro se endureció.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Era un mensaje del socio principal.
«Ven inmediatamente a mi despacho. Hemos encontrado algo en el expediente de Sophie. Algo que lleva tu firma.»
Mi respiración se detuvo.
Yo jamás había firmado ningún documento por ella.
Levanté la vista.
Sophie estaba completamente blanca.
Demasiado blanca.
Guardé el teléfono.
—¿Qué hiciste?
—Victoria…
—¿Qué hiciste, Sophie?
Sebastian miró de una a otra.
Ella retrocedió.
Y entonces comprendí que los errores, las cenas y Sebastian ya no eran lo importante.
Mi antigua mejor amiga no solo había ocupado mi lugar.
En algún momento, también había utilizado mi nombre.
Y mientras caminaba hacia el despacho del socio, todavía ignoraba que detrás de aquella puerta me esperaba un documento capaz de convertir siete años de amistad en algo mucho más peligroso que una traición.