PARTE 2: DESPUÉS DE NUEVE DIVORCIOS, LUCAS DESCUBRIÓ QUE LA ESPOSA QUE CREÍA INCAPAZ DE VIVIR SIN ÉL HABÍA ESTADO PREPARANDO SU SALIDA DURANTE AÑOS.

Introduje la aguja.

El salón quedó tan silencioso que podía escucharse el roce del hilo atravesando la seda.

Una puntada.

Dos.

Tres.

El viejo sastre que había intentado detenerme se inclinó lentamente hacia delante.

—Eso…

No terminó la frase.

La técnica que estaba utilizando no consistía simplemente en coser el hilo roto. Había que desmontar parte del bordado original, recuperar la tensión de la seda y reconstruir el dibujo desde dentro.

Después de veinte minutos, el anciano dejó escapar una exclamación.

—Puntada de retorno oculta.

La señora Lancaster sonrió.

—Sabía que no había llamado a la persona equivocada.

Celeste palideció.

—¿Qué tiene de especial?

El viejo sastre la miró como si hubiera preguntado por qué el oro era caro.

—Esta técnica prácticamente desapareció hace cuarenta años.

Luego me miró.

—¿Quién fue su maestro?

No levanté la cabeza.

—Mi abuela.

La señora Lancaster apretó el bastón.

—¿Eleanor Morgan?

Mi aguja se detuvo.

Lucas también lo escuchó.

—¿Morgan?

La anciana sonrió.

—Así que realmente eres su nieta.

Celeste soltó una carcajada nerviosa.

—¿Quién es Eleanor Morgan?

Nadie respondió inmediatamente.

Finalmente, uno de los hombres mayores dijo:

—La última restauradora privada de la antigua colección Lancaster.

La expresión de Lucas cambió.

Yo continué cosiendo.

Cuarenta minutos después corté el hilo.

—Terminado.

El viejo sastre examinó la manga con una lupa.

Después me miró durante varios segundos.

—No puedo encontrar dónde empieza la reparación.

La señora Lancaster acarició el bordado y sus ojos se humedecieron.

—Exactamente como lo hacía tu abuela.

Entonces su asistente colocó un cheque frente a mí.

La cantidad hizo que Celeste abriera los ojos.

—¿Dos millones?

La señora Lancaster frunció el ceño.

—¿Le parece poco?

Celeste cerró la boca.

Yo empujé el cheque hacia atrás.

—No quiero dinero.

—Entonces dime qué quieres.

Sonreí.

—Cuando lo necesite, le pediré un favor.

La señora Lancaster me observó y después asintió.

—Concedido.

Lucas esperó hasta que salimos del salón.

Entonces me sujetó del brazo.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

Bajé la mirada hacia su mano.

—Suéltame.

Por primera vez, obedeció inmediatamente.

—Clara, estuvimos casados cinco años.

—Nueve veces.

Se quedó callado.

—Sabes a qué me refiero.

—Precisamente porque estuvimos casados tantas veces deberías preguntarte por qué nunca quisiste conocerme.

Celeste intervino:

—No exageres. Saber arreglar vestidos antiguos tampoco te convierte en alguien importante.

La señora Lancaster apareció detrás de nosotros.

—Tal vez debería investigar antes de hablar.

Celeste se congeló.

La anciana continuó:

—La señorita Morgan no restaura prendas por dinero desde hace años. Si aceptó venir esta noche fue porque me debía un favor personal.

Lucas me miró.

Pero yo ya caminaba hacia el coche.


Dos días después vendí la villa.

Sí.

La misma que Lucas me había ordenado no vender.

Cuando recibió la notificación de transferencia, me llamó inmediatamente.

—Clara, ¿qué hiciste?

—Vendí mi casa.

—Te dije que no lo hicieras.

—Y yo recuerdo haber firmado un divorcio.

Silencio.

—¿Estás intentando castigarme?

Casi sonreí.

Todavía no entendía.

—No, Lucas.

—Entonces ¿por qué necesitas tanto dinero?

Miré la pantalla del ordenador frente a mí.

Ocho propiedades.

Tres cuentas de inversión.

Dos locales comerciales.

Participaciones en cuatro fondos.

Todo adquirido legalmente con las compensaciones recibidas durante nuestros divorcios.

Lucas creía que yo había gastado su dinero.

Nunca se preguntó qué hacía realmente con él.

—Tengo planes.

—¿Qué planes?

—Ya no son asunto tuyo.

Colgué.

Aquella misma tarde recibí una llamada de mi asesora financiera.

—Señora Morgan, ya tenemos la cifra definitiva.

—Dímela.

Cuando escuché el número, sonreí.

Habían sido necesarios nueve divorcios.

Nueve humillaciones.

Nueve veces fingiendo que mi mundo terminaba.

Pero finalmente tenía suficiente.

—Ejecuta la compra.

—¿Está segura?

—Completamente.


Mientras tanto, la nueva señora Reed descubría que conseguir el título era mucho más agradable que vivir con él.

A las dos semanas ya discutía con la madre de Lucas.

Al mes exigía mudarse.

A las seis semanas dejó de acompañarlo a las cenas familiares.

Y al segundo mes hizo exactamente lo mismo que las ocho anteriores.

Se marchó.

Lucas apareció en mi apartamento aquella misma noche.

Traía flores.

Yo miré el ramo.

—Qué rápido.

—Clara, hablemos.

—No tenemos nada que hablar.

Él entró antes de que pudiera cerrar.

—Ya terminó.

—¿Qué cosa?

—Lo de Natalia.

Así que ese era su nombre.

Ni siquiera había querido aprenderlo.

Lucas dejó las flores sobre la mesa.

—Cometí un error.

—¿Otra vez?

—No seas así.

Sacó una pequeña caja.

Dentro había un anillo.

—Podemos volver a registrarnos el viernes.

Lo miré.

Después empecé a reír.

Lucas frunció el ceño.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Tú.

—Clara.

—¿Realmente pensabas que habría una décima boda?

Su expresión cambió.

—¿Qué quieres decir?

Cerré la caja y se la devolví.

—Que esta vez el divorcio es definitivo.

Lucas permaneció inmóvil.

Después sonrió.

—Estás enfadada.

—No.

—Entonces quieres más dinero.

Aquello sí consiguió borrar mi sonrisa.

—¿Eso piensas de mí?

—Clara, sé cómo funciona esto. Dime cuánto.

Lo observé durante unos segundos.

Y comprendí que ya no tenía sentido explicarle nada.

—No tienes suficiente.

Su rostro se endureció.

—¿Perdón?

Mi teléfono sonó.

Era mi asesora.

Contesté.

—¿Sí?

—Señora Morgan, está hecho. La adquisición ha sido aprobada.

Lucas me observaba.

—Perfecto.

—Mañana necesitarán su firma presencial como nueva accionista principal.

Lucas dejó de respirar.

Porque había reconocido el nombre de la empresa que mi asesora acababa de mencionar.

Reed Heritage Holdings.

La sociedad que controlaba varias de las propiedades históricas de su familia.

—¿Qué acabas de comprar?

Colgué.

—Una participación.

—¿Cuánto?

Lo miré.

—La suficiente.

Lucas palideció.

—Eso es imposible.

—No tanto cuando alguien lleva años regalándote capital.

Entonces finalmente entendió.

Su mirada recorrió mi apartamento.

Los documentos.

Mi ordenador.

Las carpetas financieras.

—Las casas…

—Vendidas o alquiladas.

—El dinero de los divorcios…

—Invertido.

—¿Desde cuándo?

Sonreí.

—Desde el segundo.

Su rostro quedó completamente blanco.

Durante años Lucas había pensado que cada compensación era el precio de mantenerme dócil.

En realidad, había financiado mi independencia.

—Entonces… —murmuró— ¿todo este tiempo estabas esperando?

—Sí.

—¿Esperando qué?

Me acerqué a la puerta y la abrí.

—Que algún día dejaras de arrepentirte.

Lucas no se movió.

—Clara…

—Las primeras veces todavía te amaba.

Mi voz salió más tranquila de lo que esperaba.

—Después comprendí que nunca ibas a cambiar. Así que dejé de preguntarme cuándo volverías y empecé a prepararme para el día en que yo no quisiera hacerlo.

—Pero siempre regresabas.

—Porque todavía no había terminado.

Aquello lo golpeó más fuerte que cualquier grito.

Lucas salió lentamente.

Antes de entrar al ascensor se giró.

—¿Nunca me amaste?

Lo miré.

—Ese es tu castigo, Lucas.

—¿Qué?

—Sí te amé. Muchísimo. Y aun así conseguiste que aprendiera a vivir mejor sin ti.

Las puertas se cerraron.

A la mañana siguiente llegué a la reunión de Reed Heritage Holdings.

Celeste estaba allí.

También la madre de Lucas.

Cuando entré, ambas comenzaron a protestar.

Hasta que el abogado corporativo se levantó.

—Señoras, por favor.

Abrió una carpeta.

—Antes de comenzar debemos presentar formalmente a la nueva accionista principal.

Celeste perdió la sonrisa.

Yo tomé asiento.

Lucas entró unos segundos después.

Nuestros ojos se encontraron.

Y por primera vez en todos nuestros matrimonios, él no tenía nada que pudiera ofrecerme para hacerme regresar.

Ni una villa.

Ni un cheque.

Ni un anillo.

La reunión comenzó.

Entonces el abogado deslizó un segundo documento hacia mí.

—Señora Morgan, queda pendiente una decisión urgente.

—¿Cuál?

Miró brevemente a Lucas.

—La familia Reed ha solicitado utilizar su participación como garantía para salvar la compañía principal. Sin su firma, el banco rechazará la operación mañana a primera hora.

Celeste palideció.

La madre de Lucas dejó caer su taza.

Lucas me miró fijamente.

Y finalmente comprendió por qué llevaba años esperando aquel noveno divorcio.

Tomé la pluma.

La hice girar lentamente entre mis dedos.

Y sonreí.

Porque esta vez no era Lucas Reed quien tenía un documento delante y esperaba mi firma.

Era toda la familia Reed.

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