Amplié la fotografía.
Mi madre parecía tener unos veinticinco años.
A su lado estaba Ernesto Robles, el padre de Alejandro.
Y entre ambos estaba yo.
En la parte posterior de la imagen alguien había escrito una fecha.
14 de marzo de 1994.
El día de mi nacimiento.
Volví al correo.
Había un archivo adjunto.
Un documento antiguo con el membrete de una empresa que reconocí inmediatamente.
Grupo Robles.
Pero treinta años atrás todavía tenía otro nombre:
Robles & Salvatierra.
Salvatierra era el apellido de mi madre.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Llamé al número incluido al final del correo.
Respondió un hombre.
—Señorita Salvatierra.
Nadie me llamaba así desde la muerte de mi madre.
—¿Quién es usted?
—Esteban Márquez. Fui abogado de su madre.
—¿Por qué me envió esa fotografía?
Hubo una pausa.
—Porque Alejandro Robles acaba de anunciar su compromiso y eso significa que ya no existe ninguna razón para seguir respetando el acuerdo.
—¿Qué acuerdo?
—El que mantuvo su identidad fuera de los documentos públicos durante casi treinta años.
Me senté.
—No entiendo.
—Su madre no era una empleada de la familia Robles, Clara. Era socia fundadora del padre de Alejandro.
No pude responder.
Esteban continuó.
A principios de los noventa, mi madre había aportado el terreno y gran parte del capital con el que Ernesto Robles levantó su primera promotora.
Después de que ella muriera, sus participaciones quedaron bajo administración fiduciaria hasta que yo cumpliera treinta años.
Pero había una condición.
Si nadie reclamaba formalmente esas acciones antes de cierta fecha, el control quedaría definitivamente integrado en la familia Robles.
—¿Alejandro lo sabía?
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Sí.
Cerré los ojos.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de empezar su relación con usted.
Aquello dolió más que verlo con Lucía.
Diez años.
De repente cada excusa tenía otro significado.
“No podemos hacerlo público todavía.”
“Mi padre necesita tiempo.”
“No quiero que la prensa se meta en nuestra vida.”
Yo había pensado que Alejandro me escondía porque su familia no me consideraba suficiente.
En realidad me había mantenido cerca mientras impedía que descubriera quién era.
—¿Por qué no me lo dijo usted antes?
—Su madre dejó instrucciones muy estrictas. Quería que usted construyera su propia vida antes de enfrentarse a los Robles.
—¿Y por qué ahora?
Esteban respiró profundamente.
—Porque quedan once días.
—¿Para qué?
—Para reclamar legalmente lo que le pertenece.
Miré otra vez el titular del compromiso.
Entonces comprendí algo.
—¿La boda con Lucía tiene relación con esto?
—Su familia controla una entidad financiera que está negociando una operación importante con Grupo Robles.
Sentí un escalofrío.
Alejandro no había elegido simplemente a una mujer que su familia consideraba apropiada.
Había elegido una alianza.
Y yo había sido el secreto que debía permanecer enterrado hasta que fuera demasiado tarde.
Aquella tarde fui al despacho de Esteban.
Sobre la mesa había cajas enteras de documentos.
Contratos.
Cartas.
Fotografías.
Y finalmente una copia de un acuerdo firmado por mi madre y Ernesto Robles.
Mis manos temblaron cuando vi el porcentaje.
—¿Esto sigue siendo mío?
—Si reclama dentro del plazo, sí.
—¿Cuánto?
Esteban me miró fijamente.
—Con las ampliaciones de capital y los derechos vinculados a las participaciones originales, suficiente para convertirla en una de las principales accionistas individuales del Grupo Robles.
Me quedé mirando aquella página.
Durante diez años había entrado por la puerta trasera de la vida de Alejandro.
Había evitado cenas familiares.
Había aceptado hoteles discretos.
Había aprendido a no etiquetarlo en fotografías.
Y todo aquel tiempo…
mi apellido estaba escrito en los cimientos de la empresa que había convertido a los Robles en una de las familias más poderosas de Madrid.
—Quiero reclamarlo.
Esteban sonrió ligeramente.
—Esperaba que dijera eso.
Alejandro llamó aquella misma noche desde otro número.
Contesté.
—Clara.
—¿Qué quieres?
—Tenemos que hablar.
—Pensé que estabas ocupado celebrando tu compromiso.
Silencio.
—Eso no es lo que parece.
Me reí.
—Una fotografía contigo abrazando a tu prometida acompañada de un anuncio oficial parece bastante clara.
—La decisión es complicada.
Aquella frase me resultó familiar.
Siempre complicado.
Siempre más adelante.
—Felicidades, Alejandro.
—Espera.
Su voz cambió.
—¿Has hablado hoy con alguien?
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—¿Por qué preguntas?
—Respóndeme.
Y entonces lo entendí.
Él sabía que el plazo estaba a punto de terminar.

—Buenas noches, Alejandro.
—¡Clara!
Colgué.
Veinte minutos después estaba frente a mi edificio.
No bajé.
Llamó once veces.
Después llegó un mensaje.
“Lo que te hayan contado sobre tu madre no es toda la verdad.”
Otro.
“Mi padre intentaba protegerte.”
Y finalmente:
“Yo también.”
Me quedé mirando esa última frase.
Protegerme.
Qué palabra tan cómoda para justificar diez años de mentiras.
Respondí únicamente:
“Nos vemos en la junta.”
Tres puntos aparecieron inmediatamente.
Desaparecieron.
Volvieron.
Después llamó.
No contesté.
La junta extraordinaria se celebró seis días después.
Alejandro llegó acompañado de su padre y de Lucía.
Ella llevaba un elegante traje blanco y un anillo enorme.
Cuando me vio sentada junto a Esteban, perdió la sonrisa.
Alejandro se quedó inmóvil.
—Clara.
Ernesto Robles palideció.
—¿Quién la dejó entrar?
Esteban colocó una carpeta sobre la mesa.
—La señora Salvatierra no necesita autorización.
El silencio fue absoluto.
Lucía miró a Alejandro.
—¿Salvatierra?
Yo abrí la carpeta.
—Buenos días, señor Robles.
Ernesto me observó como si estuviera viendo un fantasma.
Quizá porque tenía los ojos de mi madre.
—Clara, podemos resolver esto en privado.
—Tuvo treinta años para hacerlo.
Alejandro se acercó.
—Déjame explicarte.
Lo miré.
—¿Sabías quién era mi madre cuando empezamos a salir?
No respondió.
—Alejandro.
—Sí.
Una sola palabra.
Diez años destruidos en una sílaba.
—¿Y sabías lo de las acciones?
Su mandíbula se tensó.
—Sí.
Lucía se levantó.
—¿Qué acciones?
Nadie respondió.
Yo miré a Alejandro.
—Entonces dime una cosa. ¿Alguna vez pensabas contármelo?
—Después de la reorganización del grupo.
Solté una risa amarga.
—¿Después de que expirara mi derecho?
—No era así.
—¿Entonces cómo era?
Alejandro dio un paso hacia mí.
—Al principio me acerqué porque mi padre quería saber cuánto conocías sobre tu madre.
Sentí que el pecho se me congelaba.
Pero él continuó rápidamente:
—Después me enamoré de ti. Eso sí fue real.
Aquella confesión consiguió que incluso Ernesto cerrara los ojos.
Lucía miraba a su prometido horrorizada.
—¿Te acercaste a ella por las acciones?
—Lucía, no te metas.
—¡Vas a casarte conmigo dentro de cuatro meses!
—Precisamente —dije.
Todos me miraron.
Coloqué el documento firmado sobre la mesa.
—Creo que deberías saber qué clase de familia estás a punto de unir a la tuya.
Ernesto golpeó la mesa.
—¡Basta!
Esteban se puso de pie.
—No, señor Robles. Ahora empieza la parte importante.
Entregó copias a los miembros del consejo.
Uno tras otro comenzaron a leer.
Las expresiones cambiaron.
Alejandro dejó de mirarme y tomó una de las hojas.
Entonces palideció.
—Esto no puede ser.
—Sí puede —respondió Esteban.
Ernesto se levantó bruscamente.
—Ese documento fue sustituido.
—Intentaron sustituirlo.
Esteban sacó otra carpeta.
—Pero la señora Salvatierra registró una copia notarial antes de morir.
Miré a Ernesto.
Por primera vez parecía asustado.
—¿Qué significa exactamente? —preguntó Lucía.
Esteban cerró la carpeta.
—Significa que la reclamación de Clara ha sido presentada dentro del plazo.
Hizo una pausa.
—Y hasta que un tribunal determine qué ocurrió con las participaciones de su madre, determinadas operaciones extraordinarias del Grupo Robles quedan impugnadas.
Lucía palideció.
—¿Incluida la operación con mi familia?
—Incluida.
Se giró lentamente hacia Alejandro.
—¿Sabías que esto podía ocurrir?
Alejandro no respondió.
Ella se quitó el anillo.
Lo dejó sobre la mesa.
—Entonces nuestra boda queda suspendida.
Ernesto perdió el control.
—¡Todo esto por una mujer que ni siquiera sabía lo que tenía!
Me levanté.
—Ese era vuestro plan, ¿verdad?
Nadie respondió.
—Que siguiera sin saberlo.
Alejandro dio un paso hacia mí.
—Clara, te juro que durante los últimos años intenté encontrar una forma de arreglarlo.
—Tuviste diez años.
—Te quería.
—En secreto.
Bajó la mirada.
—Tenía miedo de perderte.
Sentí una tristeza casi tranquila.
—Y por eso te aseguraste de que yo nunca supiera que tenía poder para marcharme.
Alejandro cerró los ojos.
No necesité escuchar nada más.
Recogí mi bolso.
Pero antes de salir, Esteban me detuvo.
—Clara.
Su expresión había cambiado.
—Hay algo más.
Ernesto se puso rígido.
—Márquez, no.
Esteban ignoró la advertencia.
Sacó un último sobre amarillento.
—Su madre dejó instrucciones para entregárselo únicamente si usted reclamaba las acciones.
Miré mi nombre escrito sobre el papel.
Reconocí inmediatamente aquella letra.
Era de mi madre.
Abrí el sobre.
Dentro había una carta y una segunda fotografía.
En ella aparecían mi madre, Ernesto Robles y otro hombre que jamás había visto.
Leí la primera línea.
Y sentí que dejaba de respirar.
“Clara, si estás leyendo esto, los Robles ya no han podido seguir ocultándote la verdad. Pero las acciones nunca fueron el secreto más peligroso.”
Levanté lentamente la mirada.
Ernesto estaba blanco.
Alejandro parecía confundido.
Volví a la carta.
La siguiente frase hizo que mis manos empezaran a temblar.
“Antes de confiar en Alejandro, debes saber qué ocurrió realmente la noche en que murió tu padre.”
Y entonces Ernesto Robles se lanzó hacia mí intentando arrancarme la carta de las manos.