PARTE 2: EL EXPEDIENTE QUE LA DOCTORA PUSO FRENTE A MÍ REVELÓ QUE MI HERMANA SABÍA MUCHO MÁS SOBRE MI ACCIDENTE DE LO QUE HABÍA ADMITIDO.

La doctora Conner cerró la puerta antes de acercar una silla a mi cama.

Ese pequeño gesto me inquietó más que cualquier palabra.

—Necesito hacerte algunas preguntas sobre tu accidente.

Miré la carpeta.

—La policía ya habló conmigo.

—Esto no tiene que ver únicamente con lo ocurrido hoy.

Abrió la primera página.

Allí estaba mi nombre, la hora de mi ingreso y una lista interminable de lesiones. Después pasó a otra hoja.

En la parte superior aparecía el nombre de Tessa.

—Tu hermana llamó al hospital aproximadamente cuarenta minutos después de que te ingresaran.

Fruncí el ceño.

—Mi madre dijo que la policía las había avisado.

—Tu madre sí recibió una llamada. Tu hermana no.

Sentí un nudo en el estómago.

—Entonces ¿cómo lo supo?

La doctora no respondió directamente.

Sacó otra hoja.

—Cuando Tessa llamó, preguntó si estabas consciente.

—Eso parece normal.

—Después preguntó si habías hablado con la policía.

La habitación pareció enfriarse.

La doctora continuó:

—Y quiso saber si recordabas lo ocurrido inmediatamente antes del choque.

Mi respiración se hizo más lenta.

—Quizá mi madre se lo contó.

—La llamada de tu madre ocurrió doce minutos después.

Me quedé mirando el documento.

No entendía.

O quizá no quería entender.

—¿Qué estás diciendo?

—No estoy diciendo nada todavía. Pero después del incidente con tu monitor, el personal revisó todas las comunicaciones relacionadas con tu ingreso.

Se inclinó hacia mí.

—Y encontramos algo que consideramos suficientemente preocupante como para entregárselo a la policía.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

El monitor lo confirmó con pitidos más rápidos.

La doctora bajó la voz.

—¿Tu hermana sabía dónde estabas antes del accidente?

La pregunta abrió una puerta en mi memoria.

Aquella tarde.

Mi teléfono vibrando sobre el asiento del copiloto.

Tessa.

Tres llamadas perdidas.

Después un mensaje.

«Mamá quiere hablar contigo. Contesta.»

Habíamos discutido esa mañana.

Mi madre quería que renunciara a algo que pertenecía a las tres.

La casa de mi abuela.

Cuando ella murió, había dejado la propiedad dividida entre mi madre, Tessa y yo.

Mi madre quería vender.

Tessa también.

Yo me había negado porque había descubierto que el precio de venta era sospechosamente bajo.

—Discutimos por una propiedad —susurré.

La doctora no reaccionó.

—Cuéntaselo a los agentes cuando regresen.

—¿Por qué?

Antes de responder, llamaron a la puerta.

Era la enfermera que había sorprendido a Tessa desconectando el monitor.

Entró con una expresión tensa.

—Doctora, los agentes están abajo.

La doctora Conner asintió.

Entonces la enfermera me miró.

—También hay alguien preguntando por ti.

—¿Mi madre?

—No.

Hizo una pausa.

—El hombre que te sacó del coche.

Veinte minutos después entró acompañado por un policía.

Se llamaba Daniel Reeves.

Tenía unos cuarenta años y llevaba una pequeña venda en la mano.

Lo reconocí vagamente.

Una voz entre humo y cristales rotos.

—Me alegra verte despierta —dijo.

Intenté sonreír.

El policía se quedó junto a la puerta.

Daniel metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.

—Hay algo que no pude entregar anoche porque los paramédicos se la llevaron demasiado rápido.

Sacó una pequeña cámara.

—Una dashcam.

Sentí un escalofrío.

—¿Grabó el accidente?

—Parte.

Daniel miró al agente.

—Yo conducía unos cincuenta metros detrás de ella.

El policía intervino.

—Ya hemos revisado el video.

Miré de uno a otro.

—¿Qué aparece?

Daniel tardó demasiado en contestar.

—Tu coche no perdió el control solo.

El monitor volvió a acelerarse.

—¿Qué significa eso?

—Había otro vehículo detrás de ti.

Cerré los ojos.

Entonces regresó un fragmento.

Faros.

Un claxon.

Un automóvil demasiado cerca.

Había pensado que era un recuerdo confuso.

—Te siguió durante varios kilómetros —continuó Daniel—. Después aceleró.

—¿Me golpeó?

—No podemos asegurarlo por el ángulo.

El policía añadió:

—Pero segundos antes de que salieras de la carretera, ese vehículo se colocó junto al tuyo.

—¿Se ve la matrícula?

Silencio.

—Parcialmente.

Sentí que mis dedos se enfriaban.

—¿Qué coche era?

El agente abrió su libreta.

—Un sedán oscuro.

No parecía suficiente para explicar las miradas que intercambiaban.

—¿Qué no me están diciendo?

Daniel apretó los labios.

Finalmente, el policía habló.

—Cuando tu hermana llegó esta mañana, ¿en qué vehículo vino?

Recordé haberla visto desde la ventana antes de que entrara.

Tessa bajando apresuradamente.

Mi madre detrás.

—En el coche de Tessa.

—¿Qué modelo?

Mi garganta se cerró.

Un sedán oscuro.

La doctora Conner me pidió que respirara despacio.

—Eso no significa que fuera ella —dije.

No sabía si intentaba convencerlos a ellos o a mí misma.

—No —respondió el policía—. Por eso estamos investigando.

Entonces añadió:

—Pero hay algo más.

Sacó una bolsa transparente.

Dentro había un objeto pequeño y negro.

—Esto fue encontrado cerca del lugar donde tu coche salió de la carretera.

Lo reconocí.

Era una pieza de plástico del marco de una matrícula.

En una esquina había una pegatina plateada.

La misma que Tessa había colocado meses atrás en su coche.

Una pequeña estrella.

Mi madre se la había regalado.

—No…

El policía guardó nuevamente la bolsa.

—Necesitamos hacerte más preguntas cuando estés en condiciones.

Después de que se marcharan, permanecí mirando el techo.

Cada recuerdo de mi familia empezó a cambiar de forma.

Las llamadas de Tessa.

La discusión.

Su insistencia en que vendiera.

Y después…

Su comportamiento en el hospital.

No había entrado preguntando si sobreviviría.

Había entrado diciendo que estaba exagerando.

Como si necesitara desesperadamente convencer a todos de que yo estaba bien.

O de que no recordaba nada.

Esa tarde trasladaron mi habitación a una planta con acceso restringido.

Mi madre llamó diecisiete veces.

Tessa, ninguna.

A las ocho de la noche llegó un mensaje desde un número desconocido.

«Cariño, soy mamá. Necesitamos arreglar esto antes de que hagas algo de lo que te arrepientas.»

Bloqueé el número.

Cinco minutos después apareció otro mensaje.

«Tessa está asustada. No conviertas un error en algo que destruya nuestra familia.»

Me quedé inmóvil.

Un error.

No un malentendido.

No una acusación falsa.

Un error.

Hice una captura y llamé a la enfermera.

La policía regresó esa misma noche.

Pero esta vez sus rostros eran diferentes.

Más serios.

Uno de los agentes cerró la puerta.

—Tu hermana ya no está en la comisaría.

—¿La dejaron ir?

—Todavía no estaba detenida por el accidente. Solo por el incidente ocurrido aquí. Su abogado consiguió que fuera puesta en libertad mientras investigábamos.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sabemos.

El agente dejó una carpeta sobre mi mesa.

—Pero registramos su vehículo.

Me quedé mirándolo.

—¿Encontraron algo?

Sacó una fotografía.

Era el maletero de Tessa.

Había herramientas, una manta y una caja.

Luego señaló una bolsa transparente.

Dentro había fragmentos de pintura azul.

Mi coche era azul.

—Estamos esperando el análisis.

Pensé que aquello era todo.

Entonces el agente pasó a la siguiente fotografía.

Mi respiración se detuvo.

Había un teléfono viejo escondido debajo de la rueda de repuesto.

—¿Qué es eso?

—Un móvil prepago.

—¿De Tessa?

—Todavía estamos comprobándolo.

El policía desbloqueó su propio teléfono.

—Pero recuperamos parte de su historial.

Me mostró una captura.

Había búsquedas realizadas durante las semanas anteriores.

Información sobre la propiedad de mi abuela.

Procedimientos de venta.

Qué ocurría si uno de los copropietarios quedaba incapacitado.

Y una búsqueda que hizo que todo mi cuerpo se quedara helado.

«¿QUIÉN PUEDE FIRMAR POR UNA PERSONA INCONSCIENTE?»

Me cubrí la boca.

—Dios mío.

El agente todavía no había terminado.

—Hay un último detalle.

—¿Cuál?

—Encontramos un mensaje eliminado.

Levanté la mirada.

—¿A quién?

El policía giró la pantalla hacia mí.

El destinatario no era mi madre.

Era un número desconocido.

El mensaje había sido enviado veintitrés minutos antes de mi accidente.

Solo decía:

«VA EN CAMINO. ASEGÚRATE DE QUE ESTA VEZ FIRMEMOS SIN ELLA.»

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Pero entonces vi la respuesta.

Y fue todavía peor.

Porque alguien había contestado:

«TRANQUILA. TU MADRE YA ME DIO TODO LO QUE NECESITO.»

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