PARTE 2: EL HOMBRE QUE LLEVABA AÑOS ESPERÁNDOME NO PENSABA DEJAR QUE VOLVIERA A SER LA SEGUNDA OPCIÓN

Daniel dejó de sonreír.

—¿Tu futuro esposo?

—Mateo Reyes.

Su expresión cambió de inmediato.

—Sofía, deja de hacer tonterías porque estás enfadada.

—Tú te casaste con Julia.

—¡Ya te expliqué que es temporal!

Lo miré durante unos segundos.

—Entonces mi matrimonio tampoco debería molestarte.

Pasé junto a él y entré en casa.

Aquella noche dormí poco.

A las seis de la mañana, Mateo me envió una fotografía desde el Registro Civil.

“Sigo primero. Trae café.”

Llegué una hora después.

Estaba sentado frente a la entrada, despeinado, muerto de frío y con dos vasos en las manos.

—Te pedí café —dije.

—Compré uno para ti.

—¿Y el otro?

—También es para ti. Cuando estás nerviosa bebes el doble.

Me quedé mirándolo.

Mateo se levantó.

Entonces dejó de bromear.

—Antes de entrar necesito preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Te estás casando conmigo para vengarte de Daniel?

No pude responder inmediatamente.

Mateo metió las manos en los bolsillos.

—Porque si quieres usarme para darle celos, me voy.

Aquello dolió.

Pero tenía razón.

—No.

Respiré profundamente.

—Estoy aquí porque ayer descubrí que llevaba tres años esperando a alguien que nunca me eligió.

Mateo sostuvo mi mirada.

—Eso explica por qué dejaste de esperar a Daniel. No explica por qué me elegiste a mí.

Sentí que la garganta se me cerraba.

—Porque cuando te escribí una locura a medianoche, tú ya estabas aquí antes de que yo pudiera arrepentirme.

Por primera vez, Mateo no tuvo una respuesta sarcástica.

Solo preguntó:

—¿Estás segura?

—Sí.

Él extendió la mano.

—Entonces vamos.

Entramos.

Dos horas después salimos legalmente casados.

Mi madre casi se desmayó cuando se enteró.

La madre de Daniel hizo algo peor.

Me llamó furiosa.

—¡Sofía! ¿Qué hiciste? ¡La familia ya había preparado tu dote!

—Entréguesela a Julia.

Silencio.

—¿Cómo sabes lo de Julia?

—Porque su hijo me pidió que recibiera el dinero y después se lo devolviera para financiar el matrimonio que me estaba ocultando.

La señora Moretti dejó de hablar.

Yo colgué.

Pensé que ahí terminaría todo.

Me equivoqué.

Daniel apareció aquella misma tarde.

Mateo y yo estábamos cenando con nuestras familias cuando entró sin avisar.

—Necesito hablar contigo.

Mateo siguió comiendo.

—Está cenando.

Daniel lo ignoró.

—Sofía, vámonos.

Me eché a reír.

—¿Adónde?

—A arreglar esto.

Sacó unos documentos.

—Ya estoy iniciando el divorcio con Julia.

Miré las hojas.

Después lo miré a él.

—¿Y?

Daniel parecía incapaz de comprender mi reacción.

—¡Lo hice por nosotros!

—No. Lo hiciste porque descubriste que ya no estaba esperándote.

Su rostro se endureció.

—Nuestro acuerdo decía que nos casaríamos este año.

—Si ambos seguíamos solteros.

Señalé los documentos.

—Tú dejaste de estar soltero primero.

Daniel bajó la voz.

—Sabes que no amo a Julia.

—Eso lo hace peor.

La habitación quedó callada.

—Te casaste con una mujer que dices no amar, mentiste a las dos familias y después pretendiste utilizarme para pagar las apariencias. ¿Y todavía crees que eso te convierte en el hombre que debería elegir?

Daniel se quedó blanco.

Mateo finalmente levantó la vista.

—Creo que ya te respondió.

Daniel lo señaló.

—Tú llevabas años esperando esto.

Mateo sonrió.

—Sí.

Me sorprendió que lo admitiera.

—Desde los diecinueve.

Lo miré.

—¿Qué?

—Dieciocho y medio, si quieres precisión.

Hasta mi padre soltó una carcajada.

Daniel no.

—Entonces eres todavía peor. Aprovechaste que estaba vulnerable.

Mateo dejó los palillos.

—No.

Su voz perdió toda broma.

—Precisamente porque la quiero, esta mañana le pregunté si me estaba utilizando para vengarse de ti. Estaba dispuesto a levantarme e irme.

Después me miró.

—Ella eligió quedarse.

Daniel se volvió hacia mí.

—Sofía, no puedes amarlo de un día para otro.

—Quizá no.

Aquello sorprendió incluso a Mateo.

Tomé su mano.

—Pero tampoco voy a mentirle.

Luego miré a Daniel.

—Con él quiero descubrir qué puede existir.

—Contigo ya descubrí lo que existía.

Daniel tragó saliva.

—¿Qué?

—Una sala de espera.

Y yo ya me cansé de esperar.

Se marchó solo.


La historia con Julia tampoco terminó como Daniel esperaba.

Ella se negó a aceptar silenciosamente un divorcio inmediato después de haber sido utilizada para solucionar problemas familiares.

Las dos familias descubrieron el registro matrimonial.

También descubrieron que Daniel había prometido cosas diferentes a cada lado.

Por primera vez, él tuvo que solucionar un desastre sin recurrir a mí.

Me llamó durante semanas.

Bloqueé su número.

No porque Mateo me lo pidiera.

Mateo jamás lo hizo.


Nuestro matrimonio tampoco se convirtió mágicamente en un cuento perfecto.

La primera semana discutimos porque Mateo dejaba los calcetines junto al sofá.

La segunda porque yo reorganizaba su cocina sin preguntar.

Un mes después descubrí que roncaba.

Él descubrió que yo hablaba dormida.

Pero había algo diferente.

Nunca tuve que preguntarme si me estaba eligiendo.

Una noche encontré una caja vieja mientras ordenábamos su departamento.

Dentro había entradas de cine, fotografías y una pulsera horrible que le fabriqué cuando teníamos trece años.

—¿Guardaste esto?

Mateo intentó quitármela.

—Devuélvela.

—¡Está espantosa!

—La hizo la mujer con la que terminé casándome. Ahora es una reliquia histórica.

Debajo había un sobre.

Mi nombre estaba escrito afuera.

—¿Qué es?

Mateo dejó de sonreír.

—Una carta que escribí hace cuatro años.

La abrí.

No decía grandes cosas.

Solo que estaba enamorado de mí.

Que sabía que yo esperaba a Daniel.

Y que prefería seguir siendo mi amigo antes que presionarme para elegirlo.

Levanté los ojos.

—¿Por qué nunca me la diste?

—Porque querer a alguien no significa tener derecho a interrumpir su vida.

Aquella frase terminó de romper algo dentro de mí.

No de dolor.

De comprensión.

Durante años confundí intensidad con amor.

Creí que debía ganarme un lugar en el corazón de Daniel siendo paciente, comprensiva y disponible.

Mateo había hecho exactamente lo contrario.

Me había querido sin convertirme en una deuda.

Me acerqué y apoyé la cabeza sobre su hombro.

—Perdiste cuatro años.

—No.

Sonrió.

—Conseguí el número uno del Registro Civil.

Me reí.


Un año después celebramos nuevamente Año Nuevo con mi familia.

A medianoche, mi madre levantó la copa.

—Sofía, ¿alguna sorpresa matrimonial este año?

Todos se rieron.

Mateo pasó un brazo alrededor de mis hombros.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Daniel.

“A veces pienso que ese lugar debía ser mío.”

Lo leí una vez.

Después bloqueé el número.

Mateo arqueó una ceja.

—¿Problemas?

Negué.

—Historia antigua.

Afuera comenzaron los fuegos artificiales.

Y mientras todos contaban los últimos segundos del año, comprendí algo que debería haber aprendido mucho antes:

Daniel siempre creyó que podía dejarme esperando porque estaba seguro de que yo seguiría allí cuando regresara.

Su error no fue casarse con otra.

Su error fue creer que yo era una promesa que podía guardar en un cajón hasta necesitarla.

Miré al hombre que había pasado una noche entera frente al Registro Civil solo porque yo había escrito:

“¿Vamos a registrarnos mañana?”

Y sonreí.

Porque aquella Nochevieja no perdí al hombre con quien llevaba tres años pensando casarme.

Perdí mi lugar como segunda opción.

Y terminé encontrando al hombre que llevaba años esperando a que yo lo eligiera libremente.

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