PARTE 2: EL MILLONARIO DESPERTÓ Y REVELÓ POR QUÉ MAURICIO NECESITABA MANTENERLO EN COMA

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Los labios de Alejandro apenas volvieron a moverse.

—No… confíes… en Mauricio.

Después cerró los ojos.

Lucía se levantó de golpe para llamar a la enfermera, pero una mano débil atrapó su muñeca.

—No.

Aquello la paralizó.

Alejandro estaba consciente.

Y tenía miedo.

—¿Quieres que finja que sigues dormido?

Un movimiento mínimo de sus dedos confirmó la respuesta.

Lucía tragó saliva.

No entendía nada, pero obedeció.

Durante las siguientes horas habló con él como si siguiera inconsciente.

Descubrió que Alejandro podía escucharla.

Un apretón significaba sí.

Dos, no.

Entonces hizo la pregunta que realmente importaba.

—¿Tu accidente fue culpa de Mauricio?

Un apretón.

Lucía sintió frío.

Nueve meses antes, Alejandro había sufrido un supuesto accidente automovilístico. Mauricio había asumido temporalmente gran parte de sus responsabilidades dentro del Grupo Santillán.

Pero había un problema.

El testamento del abuelo establecía que, al cumplir 35 años, Alejandro conservaría el control de las acciones familiares únicamente si estaba casado.

Si moría soltero antes de esa fecha, una parte importante del control pasaría a la rama familiar de Mauricio.

Por eso necesitaban una esposa.

Pero también necesitaban que Alejandro siguiera sin poder tomar decisiones.

Lucía comprendió entonces qué era ella para aquella familia.

No una esposa.

Una firma conveniente.

Esa noche Mauricio entró al dormitorio.

—¿Cómo se porta nuestro príncipe dormido?

Lucía fingió acomodar las sábanas.

—Igual.

Mauricio sonrió.

—Perfecto.

Aquella palabra le revolvió el estómago.

Se acercó demasiado.

—Ahora que eres su esposa, tendremos algunos documentos que firmar.

—¿Qué documentos?

—Administrativos.

—¿Por qué tendría que firmarlos yo?

La sonrisa desapareció un instante.

—Porque para eso estás aquí.

Lucía entendió.

Y Alejandro también.

Debajo de la sábana, su mano se cerró lentamente.


Durante cuatro días mantuvieron el secreto.

Cada madrugada, Alejandro parecía recuperar un poco más de conciencia.

Hasta que consiguió hablar en susurros.

—Mi coche… no falló.

—¿Qué pasó?

—Descubrí transferencias.

Mauricio llevaba meses desviando dinero mediante proveedores falsos.

Alejandro reunió pruebas.

Dos días después, su automóvil perdió el control.

—¿Tienes las pruebas?

—Caja… seguridad.

Le dio una combinación.

Lucía llamó a la única persona que Alejandro autorizó: su antigua abogada, Claudia Ferrer.

Claudia llegó fingiendo revisar documentos del matrimonio.

Cuando abrió la caja de seguridad encontró una memoria, contratos y copias de correos.

Pero también descubrió algo relacionado conmigo… no, con Lucía.

—Tenemos otro problema —dijo.

Sacó el contrato firmado por Ernesto Robles.

Lucía leyó la cifra.

Su padre había recibido una cantidad mucho mayor de la que le había confesado.

Las deudas representaban apenas una parte.

El resto había terminado en una cuenta personal.

Lucía sintió náuseas.

—Mi papá me vendió de verdad.

Claudia no intentó suavizarlo.

—Sí.

Aquella noche Lucía llamó a Ernesto.

—¿Cuánto recibiste?

Silencio.

—Mija…

—¿Cuánto?

Él empezó a llorar.

Confesó.

Había utilizado parte del dinero para pagar deudas.

Con el resto pensaba abrir un negocio y “recuperar su vida”.

—Yo iba a devolvértelo.

Lucía soltó una risa rota.

—¿Devolverme qué, papá? ¿Mi boda?

Colgó.

Y por primera vez entendió que salvar a alguien no siempre significaba permitir que siguiera destruyéndote.


Una semana después, Mauricio reunió a la familia.

Quería que Lucía firmara poderes para una reorganización empresarial antes del cumpleaños de Alejandro.

Doña Mercedes estaba presente.

También abogados, consejeros y notarios.

Mauricio colocó una pluma frente a Lucía.

—Firma.

Ella la tomó.

—Antes quiero preguntar algo.

—¿Qué?

—¿Qué ocurre si Alejandro despierta?

Mauricio sonrió.

—Después de nueve meses, no va a despertar.

Entonces una voz ronca llegó desde la puerta.

—Qué decepción.

Nadie respiró.

Alejandro estaba allí.

De pie con ayuda de un bastón y acompañado por Claudia y dos médicos.

Doña Mercedes dejó caer su taza.

—Alejandro…

Mauricio retrocedió.

—Esto… esto es imposible.

Alejandro sonrió sin alegría.

—Eso pensabas.

Lucía nunca olvidaría su rostro.

El hombre que durante meses había administrado el imperio de su primo parecía querer atravesar la pared.

Claudia colocó las pruebas sobre la mesa.

Transferencias.

Empresas vinculadas.

Correos.

Y documentación relacionada con el automóvil de Alejandro que debía ser investigada.

Mauricio intentó negarlo todo.

Pero Alejandro llevaba días recuperando recuerdos.

Y Lucía había grabado varias conversaciones posteriores en las que Mauricio hablaba demasiado confiado delante del hombre que creía inconsciente.

La policía y los abogados hicieron el resto.


Esa noche Alejandro encontró a Lucía preparando una maleta.

—¿Adónde vas?

—A casa de Sandra.

—Esta es tu casa.

Lucía negó.

—No.

Lo miró.

—Fue el lugar donde mi padre me vendió y tu familia me compró.

Alejandro guardó silencio.

—Yo no acepté comprarte.

—Pero tampoco elegí casarme contigo.

Eso lo detuvo.

Lucía se quitó el anillo.

—Me alegra que despertaras. De verdad.

Lo dejó sobre la mesa.

—Pero eso no convierte este matrimonio en una historia de amor.

Alejandro no intentó detenerla.

—¿Qué quieres?

La respuesta salió inmediatamente.

—Elegir.

Por primera vez en semanas, él sonrió.

—Entonces elige.

Lucía se marchó.


El matrimonio fue anulado posteriormente mediante el procedimiento correspondiente.

Ernesto intentó recuperar la relación con su hija.

Lucía puso una condición sencilla:

—Devuelve cada peso que recibiste por entregarme.

Vendió el negocio que había empezado y comenzó a hacerlo.

No obtuvo un perdón inmediato.

Tampoco lo merecía.

Mauricio perdió su posición mientras las autoridades investigaban las operaciones descubiertas.

Alejandro, entretanto, pasó meses en rehabilitación.

Lucía volvió a trabajar.

Alquiló un pequeño estudio y empezó desde cero.

Seis meses después alguien llamó a su puerta.

Era Alejandro.

Sin chofer.

Sin guardaespaldas.

Sin traje.

Llevaba un bastón en una mano y dos cafés en la otra.

—¿Qué haces aquí?

—Quería invitarte a cenar.

Lucía arqueó una ceja.

—Ya estuvimos casados.

—Precisamente.

Alejandro sonrió.

—Nos saltamos demasiados pasos.

Ella casi cerró la puerta.

—Una cena —añadió él—. Tú eliges dónde. Tú llegas por tu cuenta. Tú te vas cuando quieras.

Eso cambió algo.

—¿Y después?

—Después nada que tú no elijas.

Lucía aceptó el café.

No la boda.

No todavía.


Pasó más de un año antes de que Alejandro volviera a pedirle matrimonio.

Esta vez no había contratos empresariales.

Ni deudas.

Ni familias negociando.

Ni un novio inconsciente frente al altar.

Solo Alejandro frente a ella, completamente despierto.

—La primera vez te convertiste en mi esposa sin poder elegirme.

Abrió una pequeña caja.

—Por eso esta vez aceptaré cualquier respuesta.

Lucía lo observó durante varios segundos.

Después sonrió.

—Entonces pregúntame bien.

Alejandro rio.

Y lo hizo.

La primera boda de Lucía había sido una venta disfrazada de ceremonia.

La segunda fue pequeña.

Su padre no la entregó.

Nadie lo hizo.

Lucía caminó sola hasta Alejandro.

Doña Mercedes lloró discretamente en primera fila.

Cuando llegó frente a él, Alejandro le susurró:

—La primera vez desperté porque escuché tu voz.

Lucía tomó su mano.

—No.

Sonrió.

—Despertaste porque todavía querías vivir.

Y aquella era la diferencia que ambos habían aprendido.

El amor podía acompañarte.

Podía ayudarte.

Incluso podía darte una razón más para luchar.

Pero nadie debía pertenecerle a otra persona por una deuda, un apellido o un contrato.

La primera vez, Lucía llegó al altar porque su padre la había vendido.

La segunda llegó porque podía marcharse cuando quisiera.

Y precisamente por eso decidió quedarse.

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