PARTE 2: LA MUERTE DE RODRIGO DESTAPÓ EL FRAUDE QUE HABÍA PREPARADO ANTES DEL DIVORCIO

A las 8:03 de la mañana entré a la Fiscalía.

Sofía ya estaba allí.

Llevaba el maquillaje corrido, el vestido de la noche anterior y la chaqueta de Rodrigo sobre los hombros.

Cuando me vio, se levantó.

—Camila… yo no sabía que esto iba a pasar.

La miré.

Horas antes me había escrito para agradecerme que desapareciera de sus vidas.

Ahora parecía querer esconderse detrás de mí.

Un agente nos condujo a habitaciones separadas.

Después de identificar oficialmente a Rodrigo, un investigador dejó sobre la mesa una bolsa transparente con sus pertenencias.

Teléfono.

Cartera.

Reloj.

Llaves.

Y un sobre doblado.

—Esto estaba en la caja fuerte de la habitación —explicó—. Tiene su nombre.

Lo abrí.

Dentro había copias de transferencias bancarias, contratos y una escritura.

Reconocí inmediatamente la dirección de nuestro departamento.

Pero había algo que Rodrigo jamás me había mostrado.

El enganche de 900,000 pesos que mi madre había entregado aparecía documentado.

No como regalo para don Ernesto.

Sino como aportación mía para la adquisición del inmueble.

Había incluso un recibo firmado por el propio padre de Rodrigo.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Dónde encontraron esto?

El investigador me observó.

—La señorita Méndez dice que su esposo llevó esos documentos al hotel porque pensaba destruirlos después de que usted firmara el convenio.

Levanté la mirada.

Así que Rodrigo tenía razón en una sola cosa.

La ley hablaba con papeles.

El problema era que él no había conseguido destruirlos.

Pero aquello era apenas el principio.

El investigador colocó otro documento delante de mí.

—También encontramos movimientos financieros que necesitamos preguntarle.

Eran transferencias desde el despacho de Rodrigo hacia una cuenta personal.

Después, desde esa cuenta hacia otra perteneciente a Sofía.

Cientos de miles de pesos.

Entre los conceptos aparecían pagos relacionados con el dinero que yo había aportado para abrir su despacho.

—Yo nunca autoricé esto.

—Lo sabemos.

Mi estómago se cerró.

—¿Cómo?

El hombre giró una computadora hacia mí.

—Porque varias autorizaciones llevan una firma digital atribuida a usted cuando, según los registros migratorios y bancarios, usted estaba en otros lugares.

Rodrigo había utilizado mi nombre.

Mi firma.

Mi dinero.

Y después había preparado un divorcio donde pretendía dejarme prácticamente sin nada.

Entonces apareció don Ernesto.

Entró furioso acompañado de un abogado.

Ni siquiera había terminado de sentarse cuando señaló hacia mí.

—Mi hijo murió por culpa de esta mujer. Anoche lo abandonó después de provocarlo con ese divorcio.

Lo miré incrédula.

—Fue Rodrigo quien me entregó el convenio.

—¡Porque tú lo obligaste!

El investigador intervino.

—Señor Salazar, tenemos mensajes enviados por su hijo que contradicen esa versión.

Don Ernesto se quedó callado.

Yo entendí entonces algo importante.

No estaban allí únicamente por la muerte de Rodrigo.

Estaban reconstruyendo lo que había hecho antes de morir.

Dos días después llevé todos los documentos a una abogada recomendada por Mariana.

La mujer pasó casi una hora revisándolos.

Finalmente levantó los ojos.

—Camila, ese convenio firmado anoche no significa que automáticamente hayas perdido todo lo que aportaste. Y ahora tenemos documentos que Rodrigo aparentemente quería ocultar.

—¿Puedo recuperar el dinero de mi madre?

—Vamos a reclamar todo lo que podamos acreditar.

Por primera vez desde aquella cena de aniversario sentí que podía respirar.

Las semanas siguientes fueron devastadoras para la familia Salazar.

La revisión financiera reveló más documentos.

Pagos.

Transferencias.

Contratos.

Y mensajes entre Rodrigo y Sofía hablando abiertamente de esperar hasta después del divorcio para mudarse al departamento.

Pero el mensaje que más me dolió apareció en el teléfono de Rodrigo.

Era para su padre.

“Camila firmará. Está acostumbrada a obedecerme.”

Lo leí una sola vez.

Luego cerré la pantalla.

Ya no necesitaba saber más.

Meses después, el conflicto patrimonial terminó muy distinto de como Rodrigo había planeado.

La documentación de mi aportación y otros movimientos permitió cuestionar seriamente la versión de que yo no había puesto nada.

Parte del dinero fue recuperado.

Otros asuntos quedaron sujetos a los procedimientos correspondientes.

Yo no me convertí mágicamente en millonaria.

No heredé la fortuna de Rodrigo.

Ni quería hacerlo.

Recuperé algo mucho más importante.

Mi vida.

Volví a trabajar.

Alquilé un departamento pequeño cerca de Mariana.

La primera noche allí solo tenía un colchón, una mesa plegable y dos platos.

Mi madre llegó con una olla de mole.

Miró alrededor preocupada.

—Perdóname, hija. Vendí aquella parcela pensando que estaba ayudándote a construir un hogar.

La abracé.

—Lo hiciste.

Ella me miró confundida.

Sonreí.

—Solo tardé tres años en descubrir que el hogar no era con él.

Unos meses después recibí una caja con las últimas pertenencias personales que habían quedado pendientes.

Dentro estaba mi copia del convenio de divorcio.

La misma que Rodrigo había aventado sobre nuestra mesa durante el aniversario.

En la última página seguía mi firma.

La observé durante unos segundos.

Él había pensado que aquella firma significaba:

“Mañana ya no eres mi problema”.

Para mí significaba otra cosa.

Era la prueba del momento exacto en que dejé de serlo.

Rompí el convenio por la mitad.

Luego preparé dos platos de mole.

Uno para mi madre.

Otro para mí.

Y aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, nadie dejó la cena intacta.

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