Durante los siguientes cuatro días, interpreté el papel que Adrian había escrito para mí.
La prometida destrozada.
La mujer aterrorizada.
La inválida agradecida porque su futuro esposo seguía a su lado después de la tragedia.
Cada mañana, Adrian entraba con flores frescas y una sonrisa paciente. Me ayudaba a beber agua, acomodaba las almohadas detrás de mi espalda y preguntaba delante de las enfermeras si había dormido bien.
Yo respondía siempre igual.
—Mejor cuando estás aquí.
Y él sonreía.
Creía que mi dependencia había comenzado.
Lo que no sabía era que cada vez que salía de la habitación yo anotaba mentalmente nombres, horarios y conversaciones.
Había aprendido algo desde que desperté.
El doctor que había discutido con Adrian antes de mi operación se llamaba Samuel Reed.
Y desde aquella noche, no había vuelto a entrar en mi habitación.
—¿Dónde está el doctor Reed? —pregunté una tarde.
La enfermera que cambiaba mi suero se quedó inmóvil.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
—Está de vacaciones.
—Qué extraño. Pensé que él llevaba mi caso.
—El señor Shaw pidió otro especialista.
Bajó la mirada inmediatamente.
Mentía.
Sonreí como si no hubiera notado nada.
—Entiendo.
Aquella misma noche Adrian llegó acompañado por una niña.
Tendría unos tres años.
Cabello oscuro. Ojos grandes.
Y la misma pequeña hendidura en la barbilla que Adrian.
Sentí náuseas.
Él empujó suavemente la silla de ruedas infantil hacia mi cama.
—Grace, quiero presentarte a alguien.
La niña sostenía un conejo de peluche.
—Ella es Mia.
Su hija.
La hija que había concebido con Elena mientras me prometía que algún día llenaríamos nuestra casa de niños.
Adrian se sentó junto a mí.
—Su madre está pasando por algunos problemas. Pensé que podríamos cuidarla durante un tiempo.
Durante un tiempo.
Casi me reí.
—¿Quién es su madre?
Sus dedos se tensaron apenas sobre mi mano.
—Una conocida.
—¿Elena?
El silencio fue diminuto.
Pero suficiente.
Adrian me miró fijamente.
Yo forcé una expresión inocente.
—Creo que mencionaste alguna vez a una Elena.
Su rostro volvió a relajarse.
—Sí. Ella.
Mia se acercó.
—Tía Grace…
Sentí un cuchillo invisible atravesándome.
La niña no tenía culpa.
Ese era el detalle más perverso de todo.
Adrian había utilizado incluso a su propia hija como pieza de una mentira.
Extendí la mano.
—Hola, Mia.
La pequeña puso sus dedos sobre los míos.
Adrian observó la escena con una satisfacción que me revolvió el estómago.
—Sabía que te gustaría.
Después añadió:
—Cuando salgas del hospital, Mia vendrá con nosotros a la mansión.
Lo miré.
—¿Con nosotros?
—Necesitarás compañía.
Su pulgar acarició mi mejilla.
—Y ahora que los médicos dicen que probablemente no podrás tener hijos…
Dejó la frase suspendida.
Mis uñas se clavaron en la sábana.
Él esperaba verme romperme.
Así que lo hice.
Dejé que mis ojos se llenaran de lágrimas.
—¿Nunca?
Adrian me abrazó.
—No importa. Podemos hacer de Mia nuestra hija.
Apoyé el rostro contra su pecho para que no viera mi expresión.
Porque en ese instante comprendí el plan completo.
No quería simplemente esconderme.
Quería casarse con Elena mientras me convertía en la cuidadora invisible de la hija que ambos habían tenido.
Una prisionera con un título bonito.
Una “tía”.
Una mujer demasiado incapacitada para escapar.
Aquella madrugada no dormí.
A las 2:13, la puerta se abrió.
Era la enfermera.
Pero no venía a revisar el suero.
Cerró detrás de ella.
—Señorita Gu.
Su voz temblaba.
—Necesito enseñarle algo.
Sacó un teléfono antiguo del bolsillo.
—El doctor Reed me pidió que se lo entregara si alguna vez desaparecía.
El corazón empezó a golpearme.
—¿Desaparecía?
La mujer tragó saliva.
—Lo despidieron la mañana después de su operación.
Encendió el teléfono.
Había un archivo de audio.
La fecha era la noche de mi accidente.
Presionó reproducir.
Primero escuché interferencias.
Después, la voz de Adrian.
—Asegúrate de que sobreviva. No quiero matarla. Solo necesito que no llegue caminando a esa boda.
Dejé de respirar.
Otra voz respondió:
—¿Y si el impacto es demasiado fuerte?
—Entonces haz que parezca un accidente.
Mis dedos comenzaron a temblar.
La grabación continuó.
Adrian hablaba del conductor.
Del dinero.
De una carretera secundaria.
Incluso de la hora exacta en que yo saldría de la prueba final del vestido.
Había organizado cada segundo.
—Hay más —susurró la enfermera.
Abrió una carpeta.
Fotografías.
Transferencias.
Mensajes.
Y un documento médico firmado antes de mi operación.
En la parte inferior aparecía una autorización para un procedimiento que yo jamás había consentido.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Por qué el doctor Reed guardó esto?
—Porque se negó a participar.
La enfermera miró hacia la puerta.
—Pero alguien modificó el expediente después.
—¿Quién?
Ella no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Adrian.
Guardé el teléfono debajo de la manta.
—Necesito contactar con alguien.
—¿La policía?
Negué lentamente.
Si Adrian podía comprar conductores, médicos y expedientes, acudir directamente a la policía sin saber hasta dónde llegaban sus contactos podía destruir la única prueba que tenía.
—Primero necesito saber quién sigue de mi lado.
Pensé en mi abuelo.
Gu Wen.
El hombre que Adrian siempre había evitado.
Todos creían que mi abuelo y yo llevábamos años distanciados después de una disputa familiar.
Adrian también.
Eso era exactamente lo que necesitaba que siguiera creyendo.
—Consígueme un teléfono que no esté registrado a mi nombre.
La enfermera palideció.
—Señorita Gu…
La miré.
—Por favor.
Veinte minutos después tenía un pequeño móvil entre las manos.
Marqué un número que no utilizaba desde hacía cinco años.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
—¿Quién habla?
Mi garganta se cerró.
—Abuelo.
Silencio.
Después escuché cómo su respiración cambiaba.

—Grace.
Por primera vez desde el accidente, casi lloré de verdad.
—Necesito que hagas algo por mí.
—Dime dónde estás.
—No vengas.
Mi voz se endureció.
—Todavía no.
Le expliqué únicamente lo imprescindible.
Cuando terminé, mi abuelo guardó silencio durante varios segundos.
—¿Qué quieres que haga?
Miré mis piernas inmóviles bajo la manta.
—Quiero saber cuánto de la familia Shaw está construido sobre mi familia.
Hubo una pausa.
Entonces mi abuelo dijo:
—Más de lo que Adrian imagina.
Cerré los ojos.
—Perfecto.
—Grace, ¿qué estás planeando?
Observé las flores que Adrian había dejado aquella mañana.
—Que siga creyendo que ganó.
Corté la llamada.
A la mañana siguiente, Adrian apareció radiante.
Traía documentos.
—Tengo buenas noticias.
Los dejó frente a mí.
—Los médicos autorizaron tu traslado.
—¿A casa?
—A la mansión Shaw.
Me besó la mano.
—Todo está preparado para ti.
Entonces sacó otro documento.
—Solo necesito tu firma.
Lo tomé.
Era una autorización para que Adrian administrara temporalmente mis bienes mientras yo estuviera incapacitada.
Ahí estaba.
La siguiente pieza.
No bastaba con mi cuerpo.
También quería mi patrimonio.
Levanté la mirada.
—¿Dónde firmo?
Por primera vez, Adrian pareció sorprendido.
Después sonrió.
Me entregó una pluma.
Yo la sostuve.
Pero antes de tocar el papel pregunté:
—¿Podemos casarnos primero?
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—La boda se canceló por mi accidente.
Bajé los ojos, fingiendo vergüenza.
—Tengo miedo de que ahora ya no quieras una esposa como yo.
—Grace…
—Cásate conmigo.
Lo miré directamente.
—Aunque sea aquí.
Adrian permaneció inmóvil.
Porque aquel hombre que había destruido mi cuerpo para poder llevar a Elena al altar ahora tenía que elegir entre rechazarme demasiado pronto… o entrar voluntariamente en la trampa que yo acababa de abrir frente a él.
Finalmente sonrió.
—Claro que me casaré contigo.
Pero antes de que pudiera acercarse, alguien golpeó la puerta.
Una vez.
Dos veces.
La enfermera abrió.
Una mujer apareció en el pasillo.
Vestido blanco.
Tacones.
Cabello perfectamente recogido.
Y de la mano llevaba a Mia.
Adrian se quedó pálido.
Yo reconocí inmediatamente a la mujer.
Elena.
Ella me observó durante varios segundos.
Después miró los documentos sobre mis piernas.
Y sonrió.
—Así que todavía no se lo dijiste.
Adrian se levantó bruscamente.
—Elena, sal.
—¿Por qué?
Ella entró y cerró la puerta.
Luego sacó de su bolso un sobre rojo.
Lo arrojó sobre mi cama.
—Grace debería saberlo antes de firmar nada.
Adrian intentó agarrarlo.
Yo fui más rápida.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía de Adrian y Elena vestidos de boda.
En el reverso aparecía una fecha.
La misma noche en que yo estaba inconsciente en el quirófano.
Pero aquello no fue lo peor.
Debajo de la fotografía había un certificado.
Lo leí una vez.
Después otra.
Y entonces levanté lentamente los ojos hacia Adrian.
Porque el nombre que aparecía registrado como padre de Mia no era Adrian Shaw.
Era otro hombre.
Y Elena acababa de entrar en mi habitación para decirme por qué.