PARTE 2: LA PRIMERA PÁGINA DEL DIARIO REVELÓ POR QUÉ MI PADRE ME HABÍA ENSEÑADO AQUEL IDIOMA EN SECRETO

Dominic Russo cerró la puerta del Salón Zafiro.

—Que nadie salga.

Viktor Hale soltó una risa.

—Dominic, es una camarera de catorce años. Probablemente reconoció un símbolo y está improvisando.

Lo miré.

—Entonces abra la página treinta y siete.

Su sonrisa desapareció.

Dominic encontró la página.

Señalé tres símbolos escritos junto al margen.

—Dice: “El hombre que busque la fortuna antes que el nombre encontrará solamente una tumba vacía”.

Dominic se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabes qué página era?

No respondí inmediatamente.

Porque acababa de reconocer algo mucho más inquietante.

La escritura no era exactamente igual a los ejercicios de mi padre.

Pero ciertas letras tenían la misma inclinación.

Los mismos trazos incompletos.

La misma forma extraña de cerrar los círculos.

Me acerqué al diario.

—¿Dónde consiguió esto?

Viktor intervino.

—Eso no te importa.

—Sí le importa —respondió Dominic—. Contéstale.

Viktor apretó la mandíbula.

—Lo compré hace seis años a un coleccionista privado.

Seis años.

El mismo año en que mi padre murió.

Sentí un escalofrío.

—Necesito ver la última página.

Dominic me entregó el diario.

Viktor se levantó.

—¡No se lo des!

Demasiado tarde.

Pasé las hojas hasta llegar al final.

Allí encontré una serie de símbolos diminutos.

Los leí una vez.

Después otra.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Olivia —dijo Dominic—. ¿Qué ocurre?

Levanté los ojos.

—Esto no es solamente un idioma antiguo.

Señalé determinadas letras.

—Mi padre utilizaba este sistema conmigo. Mezclaba caracteres históricos con símbolos que él mismo había creado para enseñarme a reconocer patrones.

Dominic palideció.

—¿Estás diciendo que tu padre escribió esto?

—Estoy diciendo que quería que alguien como yo pudiera leerlo.

Viktor caminó hacia la puerta.

Dos hombres de seguridad se interpusieron.

—Quítalos de mi camino.

Dominic ni siquiera lo miró.

—Quédate.

Continué traduciendo.

La última página contenía coordenadas, fechas y nombres de sociedades.

Pero había una frase repetida tres veces.

NO CONFÍES EN V.H.

Miré a Viktor.

Él dejó de fingir tranquilidad.

Dominic tomó el diario.

—¿Qué escondiste?

—Esto es ridículo.

Entonces recordé algo.

Mi padre siempre decía que, cuando un texto parecía terminar, debía revisar aquello que nadie consideraba parte del mensaje.

La cubierta.

Pasé los dedos por el cuero.

Había una pequeña irregularidad.

Presioné.

Un compartimento diminuto se abrió dentro del lomo.

Cayó una llave.

Y también una fotografía.

La recogí.

Mi respiración se detuvo.

Era mi padre.

Mucho más joven.

A su lado estaba Dominic Russo.

Dominic tuvo que apoyarse contra la mesa.

—Samuel Hart.

Lo miré sorprendida.

—¿Conocía a mi padre?

Dominic tardó varios segundos en responder.

—Tu padre trabajó conmigo hace dieciséis años.

Viktor gritó:

—¡No le digas nada!

Dominic giró lentamente hacia él.

Eso confirmó más que cualquier confesión.

La llave correspondía a una caja de seguridad cuyo número estaba codificado en el diario.

A la mañana siguiente, Dominic fue con sus abogados y las autoridades correspondientes.

Yo no fui.

Seguía teniendo catorce años, y Dominic dejó muy claro que aquello ya no era algo que una adolescente debiera investigar por su cuenta.

Dos días después regresó al restaurante.

Traía una carpeta.

Dentro había copias de documentos que vinculaban a Viktor con operaciones financieras que el padre de Olivia había estado investigando años atrás.

Pero había algo destinado específicamente para mí.

Una carta.

Reconocí inmediatamente la letra.

Olivia:

No necesité leer más para saber quién la había escrito.

Me cubrí la boca.

Mi padre había preparado el diario como un rompecabezas que solo alguien formado por él podría comprender completamente.

Dominic mantuvo su palabra sobre la recompensa, pero el dinero quedó estructurado legalmente para proteger mi futuro y el de mi familia.

Viktor, mientras tanto, tuvo que responder por lo que revelaron los documentos; la investigación sobre su conducta ya no dependía de una adolescente ni de un diario misterioso, sino de pruebas entregadas a profesionales.

Meses después dejé de trabajar por las noches.

Volví a estudiar a tiempo completo.

Y conservé una sola cosa del Salón Zafiro.

Una copia de aquella primera página.

Durante años pensé que mi padre me había enseñado idiomas antiguos simplemente porque los amaba.

Finalmente comprendí la verdad.

También me estaba dejando una llave.

No para convertirme en millonaria.

Sino para asegurar que, cuando llegara el momento, alguien pudiera terminar de leer la historia que él no había podido contar.

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