PARTE 2: LAS ÚLTIMAS 24 HORAS DE EMILY… Y LA VERDAD QUE DEJÓ A DANIEL Y ADRIAN SUPLICANDO CUANDO YA ERA DEMASIADO TARDE

Los dos hombres miraron mi teléfono.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó uno.

Yo también observé la pantalla.

23:59:41.

La cuenta regresiva había comenzado.

Después de diez años, finalmente podía volver.

Y de repente ya no tenía miedo.

Activé la grabadora del teléfono.

—Repitan lo que Hailey les pidió hacer.

El más alto soltó una carcajada.

—¿Crees que alguien te creerá?

Avanzó hacia mí.

No llegó lejos.

Golpearon la puerta.

—¡Señorita Emily!

Era Margaret, la antigua ama de llaves.

—¡Abriré con la llave maestra!

Los dos hombres se miraron.

Eso bastó.

Cuando Margaret entró acompañada por dos guardias, los primos de Hailey intentaron marcharse como si nada hubiera ocurrido.

—Que nadie salga —ordené.

Uno se rio.

—¿Y quién eres tú para ordenar?

Lo miré.

—La propietaria del cuarenta y uno por ciento de Bennett Medical Holdings.

El silencio fue absoluto.

Incluso Margaret me miró sorprendida.

Nadie en aquella casa lo sabía.

Cuando regresé con mi verdadera familia diez años atrás, mi abuelo fue la única persona que realmente intentó compensarme por los años perdidos.

Antes de morir, colocó parte de sus acciones en un fideicomiso irrevocable a mi nombre.

Daniel siempre creyó que heredaría el control.

Mis padres pensaban que aquellas acciones seguían administradas por el fideicomiso familiar.

Nunca les expliqué la verdad.

Porque durante años pensé que seguiríamos siendo familia.

Ahora solo me quedaban veinticuatro horas.

Y no pensaba llevarme nada.

Llamé a mi abogado.

—Señor Harris, active las instrucciones que dejamos preparadas.

Hubo un silencio.

—¿Está segura?

Miré la cuenta regresiva.

23:54:12.

—Completamente.

Primero transferí mis bienes personales a un fondo benéfico independiente.

Después dejé instrucciones para que mis acciones fueran vendidas o administradas conforme a los mecanismos legales previstos, sin que Daniel pudiera controlarlas.

Y finalmente envié todas las pruebas que Clara y yo habíamos guardado durante años.

Mensajes.

Grabaciones.

Transferencias.

Fotografías.

Todo.

Hailey había pasado una década construyendo su imagen de muchacha inocente.

Yo necesitaría menos de un día para mostrar quién era realmente.

Bajé al salón.

La fiesta seguía.

Daniel estaba sirviendo champán a Hailey.

Adrian estaba junto a ella con una caja de regalo.

Mi madre sonreía.

Mi padre conversaba con invitados.

Nadie parecía recordar que yo acababa de decirles que Clara había muerto.

—Emily —gruñó Daniel—. ¿Ahora qué quieres?

Caminé hasta la mesa.

Coloqué una memoria USB frente a él.

—La verdad.

Hailey perdió ligeramente la sonrisa.

—¿Sobre qué?

La miré.

—Sobre ti.

Conecté mi teléfono al televisor del salón.

El primer audio comenzó.

La voz de Hailey llenó la habitación.

—Si Clara llama a Daniel mañana, asegúrate de mantenerlo ocupado. Estoy cansada de que ella siempre aparezca cuando lo necesito.

Daniel dejó la copa.

El segundo mensaje era para Adrian.

Hailey fingía ataques de ansiedad cada vez que él planeaba pasar tiempo conmigo.

Después aparecieron transferencias a personas que habían difundido rumores sobre Clara.

Mensajes manipulados.

Conversaciones sacadas de contexto.

Años de pequeñas mentiras diseñadas para enfrentarnos.

—¡Apágalo! —gritó Hailey.

Daniel me arrebató el teléfono.

—¿De dónde sacaste esto?

—Clara.

Su rostro cambió.

—¿Dónde está ella?

Lo miré durante varios segundos.

—Muerta.

—¡Deja de decir eso!

Entonces Margaret entró.

Traía un sobre.

Dentro estaba una copia certificada de la documentación del hospital.

Daniel la abrió.

Esta vez no pudo romper la realidad.

Leyó el nombre.

Clara Bennett.

La hora.

La cirugía.

El fallecimiento.

Su rostro perdió completamente el color.

—No.

Nadie habló.

—No.

Sacó el teléfono.

Marcó a Clara.

Desde mi bolso comenzó a sonar otro móvil.

Todos miraron hacia mí.

Lo saqué.

Era el teléfono de Clara.

Daniel dejó caer el suyo.

—¿Por qué lo tienes?

—Porque fui yo quien estuvo con ella.

Su respiración se volvió irregular.

—¿Qué pasó?

—Te llamó.

—Emily…

—Yo te llamé.

—No sabía que era real.

—Te dije que había sufrido un accidente grave.

Daniel retrocedió.

—Pensé que estaba fingiendo.

—Porque Hailey llevaba meses diciéndote que Clara manipulaba las emergencias para llamar tu atención.

Daniel miró lentamente a Hailey.

Ella negó.

—Daniel, no la escuches.

Pero él ya no la miraba igual.

—¿Qué médico operó a Clara?

Le dije el nombre.

—¿Por qué no me esperaron?

Sentí una rabia fría.

—Porque estaba muriendo mientras tú celebrabas un cumpleaños.

Daniel se dejó caer en una silla.

—Yo podía haberla operado.

—Sí.

Aquella palabra lo destruyó.

—Tú eras su mejor oportunidad.

Se cubrió el rostro.

Por primera vez vi llorar a mi hermano.

No sentí satisfacción.

Solo cansancio.

Adrian se acercó.

—Emily, ¿por qué no me dijiste que era tan grave?

Lo miré incrédula.

—Lo hice.

—Solo dijiste…

Saqué mi teléfono.

Reproduje nuestra llamada.

Mi voz se escuchó claramente:

—Adrian, por favor, Clara tuvo un accidente. Necesitamos un cirujano inmediatamente…

Después la suya:

—Hoy voy a celebrar el cumpleaños de Hailey. No molestes.

Y el sonido de la llamada terminando.

Adrian quedó blanco.

—Después me bloqueaste —añadí.

No pudo responder.

Mi teléfono vibró.

18:07:33.

Ya habían pasado casi seis horas.

Subí.

Adrian me siguió.

—Tenemos que hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Emily, cometí un error.

Me giré.

—Un error es olvidar un aniversario.

Señalé hacia abajo.

—Tú elegiste no escucharme.

—Déjame arreglarlo.

Casi me dio pena.

—No puedes.

—Puedo cambiar.

—Perfecto. Hazlo para la próxima persona.

Su expresión se quebró.

—¿Qué significa eso?

No respondí.

Entré en mi habitación y preparé una pequeña maleta.

No porque pudiera llevármela.

Solo quería decidir qué objetos conservaría durante mis últimas horas allí.

Encontré una fotografía de Clara y yo en la universidad.

Las dos riéndonos.

Detrás, ella había escrito:

“Si este mundo sale mal, nos vemos en el siguiente.”

Me reí entre lágrimas.

—Idiota.

Mi teléfono emitió un sonido.

La voz del sistema regresó.

“Tiempo restante: doce horas.”

“Transferencia de recompensa confirmada al regresar.”

“Recordatorio: los vínculos materiales de este mundo serán cancelados.”

Eso significaba exactamente lo que Clara había dicho.

Volveríamos.

Entonces llamaron a mi puerta.

Era Daniel.

Parecía haber envejecido diez años en una tarde.

—¿Dónde está Clara?

—Ya cumplí su deseo.

—¿Qué?

—Quería volver al mar.

Daniel se apoyó contra la pared.

—Ni siquiera pude despedirme.

—Ella intentó darte esa oportunidad.

Cerró los ojos.

—¿Dijo algo sobre mí?

Sí.

Clara había dicho muchas cosas durante aquellas últimas horas.

Pero sus últimas palabras no habían sido para Daniel.

Habían sido para mí.

No iba a convertir su despedida en consuelo para el hombre que no respondió.

—No preguntó por ti al final.

Era verdad.

Y fue suficiente.

Daniel comenzó a llorar.

A medianoche, la casa Bennett ya no parecía una fiesta.

Los invitados se habían marchado.

Los abogados habían llegado.

Mi padre había descubierto las instrucciones relacionadas con mis acciones.

Mi madre había visto las pruebas contra Hailey.

Y Hailey finalmente perdió el control.

—¡Todo esto es culpa tuya! —me gritó—. Desde que regresaste, intentaste quitarme mi familia.

La miré.

—Nunca quise tu lugar.

—¡Mentira!

—Eso es lo más triste, Hailey. Pasaste diez años peleando contra dos mujeres que solo querían ser amadas.

Señalé la enorme mansión.

—Puedes quedarte con cada habitación.

Miré a Adrian.

Después a Daniel.

—Y con cada persona que te eligió.

Hailey sonrió triunfante durante medio segundo.

Entonces mi madre habló.

—No.

Todos se volvieron.

Tenía lágrimas en los ojos.

—Ya no.

Hailey palideció.

Pero aquello ya tampoco me importaba.

00:17:09.

Me quedaban diecisiete minutos.

Salí al jardín.

Adrian me siguió.

—Emily.

—Vuelve dentro.

—No.

Me tomó de la mano.

—Dime qué está pasando.

Miré nuestros dedos entrelazados.

Durante diez años había deseado que me sujetara así.

Ahora no sentía nada.

—Me voy.

—¿A dónde?

Sonreí.

—A casa.

—Esta es tu casa.

Negué.

—Nunca lo fue.

Intentó abrazarme.

Retrocedí.

—No hagas ahora lo que no quisiste hacer cuando todavía importaba.

00:04:21.

Daniel salió corriendo.

—Emily.

Mi madre detrás.

Mi padre.

Incluso Hailey.

Todos hablaban.

Yo apenas escuchaba.

El sistema anunció:

“Retorno iniciado.”

Adrian miró alrededor.

—¿Qué fue eso?

Sonreí.

—Mi segunda oportunidad.

00:00:10.

Cerré los ojos.

Pensé en Clara.

En nuestra antigua vida.

En su promesa absurda.

Cuando llegue, el sistema me dará diez mil millones. Luego yo te mantengo.

Me reí.

Daniel gritó mi nombre.

Adrian intentó alcanzarme.

Pero ya era demasiado tarde.

La última cosa que escuché de aquel mundo fue:

—¡Emily!

Y después…

silencio.

Cuando volví a abrir los ojos, había luz de mañana entrando por una ventana desconocida.

No había mansión Bennett.

No había Adrian.

No había Hailey.

Miré mis manos.

Eran mías.

Una puerta se abrió de golpe.

Una mujer entró corriendo.

Me quedé paralizada.

—¿Clara?

Ella estaba viva.

Perfectamente viva.

Me miró durante dos segundos.

Después abrió los brazos.

—¡Por fin! ¡Pensé que tendría que gastarme sola los diez mil millones!

Me eché a reír.

Corrí hacia ella.

Y mientras la abrazaba comprendí por qué sus últimas palabras me habían hecho reír incluso mientras mi corazón se rompía.

Clara tenía razón.

No había muerto para dejarme atrás.

Simplemente había llegado primero a casa.

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