PARTE 2: MIENTRAS MIS PADRES CREÍAN QUE EL LADRILLO HABÍA DESTRUIDO MI FUTURO, SEIS TESTIGOS Y UN TESTAMENTO QUE LLEVABA AÑOS OCULTO EMPEZARON A DESTRUIR EL SUYO.

Lo primero que hice al despertar en el hospital no fue preguntar por mi rostro.

Pregunté por la policía.

Wyatt estaba sentado junto a mi cama. Tenía un corte en el labio y varios arañazos en los brazos, pero cuando escuchó mi voz se levantó inmediatamente.

—Sadie…

—Necesito hablar con el agente.

Intentó tranquilizarme.

—Podemos hacerlo después. El médico dijo que necesitas descansar.

Negué con cuidado.

Cada movimiento hacía que me doliera la cabeza.

—No. Ahora.

Una enfermera llamó al agente que esperaba afuera.

Cuando entró, pedí que Wyatt también permaneciera allí.

Entonces pronuncié las palabras que cambiarían todo.

—Quiero que preserven cada prueba. Mi ropa, las fotografías de mis lesiones, los registros médicos, el ladrillo, el teléfono de Wyatt. Todo.

El policía me observó con una seriedad nueva.

—¿Cree que sus padres intentarán negar lo ocurrido?

—No lo creo.

Respiré despacio.

—Estoy segura.

No me equivocaba.

Gregory y Brenda ya habían empezado.

Antes de que terminara aquella tarde, mi padre había declarado que el ladrillo se le había caído accidentalmente mientras discutíamos.

Mi madre aseguró que yo había tropezado.

Melanie fue todavía más lejos.

Dijo que Wyatt me había empujado.

Cuando él me contó aquello, sentí algo mucho más frío que rabia.

—Quieren culparte.

Wyatt apretó la mandíbula.

—No van a conseguirlo.

—No los subestimes.

Toda mi vida había visto a mis padres convertir mentiras en verdades familiares.

Pero aquella vez había algo que ellos no habían previsto.

Testigos.

El primero era el electricista que llamó a emergencias.

El segundo, una mujer que paseaba a su perro al otro lado de la calle.

El tercero era un repartidor que acababa de estacionar dos casas más abajo.

El cuarto, un adolescente que estaba arreglando una bicicleta en el jardín vecino.

El quinto era Wyatt.

Y el sexto apareció cuando la policía revisó las cámaras exteriores de una casa cercana.

Una mujer mayor había observado parte de la discusión desde su ventana.

Seis personas. Seis versiones que coincidían.

Gregory había levantado el ladrillo.

Gregory me había golpeado.

Brenda se había reído.

Melanie había permanecido allí sin ayudarme.

Y mi padre había intentado impedir que llamaran a emergencias.

Cuando el investigador volvió al hospital, ya no hablaba de un posible accidente.

Hablaba de cargos.

Sin embargo, había una pregunta que no conseguía quitarme de la cabeza.

El anciano detrás de las cortinas.

—Había alguien dentro de la casa —le dije a Wyatt—. Un hombre mayor.

Frunció el ceño.

—No vi a nadie.

—Yo sí.

—¿Algún familiar?

—Nunca lo había visto.

Wyatt permaneció en silencio.

Entonces llamaron a la puerta.

Una enfermera asomó la cabeza.

—Señorita Davis, hay un hombre preguntando por usted.

Mi corazón se aceleró.

—¿Cómo se llama?

La enfermera miró una tarjeta.

—Arthur Davis.

Me quedé inmóvil.

Davis.

Mi apellido.

El anciano entró lentamente apoyándose en un bastón.

Era él.

El hombre de la ventana.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al verme.

—Dios mío…

Wyatt se levantó inmediatamente.

—¿Quién es usted?

El anciano no apartó la mirada de mí.

—Soy el hermano mayor de su abuelo.

Sentí que el mundo se inclinaba ligeramente.

Mi abuelo había muerto cuando yo era pequeña.

Durante años, mis padres habían asegurado que no quedaba nadie de aquella rama de la familia.

—Me dijeron que usted había muerto.

Arthur soltó una risa amarga.

—Gregory lleva diciendo muchas cosas sobre mí desde hace veinte años.

Sacó un sobre amarillento de su abrigo.

—Y ahora entiendo por qué.

No lo acepté inmediatamente.

—¿Qué hacía en casa de mis padres?

Arthur miró hacia la puerta.

—Fui a recuperar documentos que pertenecían a tu abuelo. Gregory me dejó entrar porque creyó que estaba demasiado enfermo para causar problemas.

Su mirada descendió hacia mi rostro.

—Entonces escuché los gritos.

—¿Por qué no salió?

Su expresión se quebró.

—Lo intenté. Tu madre cerró la puerta de la sala desde fuera.

Wyatt y yo intercambiamos una mirada.

Aquello significaba que Brenda sabía que había otro testigo dentro.

Arthur colocó el sobre sobre mis piernas.

—Pero lo que vi no es la única razón por la que vine.

Dentro había una copia de un documento legal.

En la primera página reconocí el nombre de mi abuelo.

Era un testamento.

—No entiendo.

Arthur señaló una cláusula.

—Lee.

Mis ojos recorrieron lentamente las líneas.

La casa donde mis padres vivían.

Dos terrenos comerciales.

Una cuenta de inversión.

Y una participación en una empresa familiar que yo ni siquiera sabía que existía.

Todo había pertenecido a mi abuelo.

Pero no había sido dejado a Gregory.

Había sido colocado en un fideicomiso para su primera nieta.

Para mí.

Levanté la vista.

—Esto no puede ser verdad.

Arthur asintió.

—Gregory podía administrar ciertos bienes mientras fueras menor. Nada más.

—Tengo veintinueve años.

—Exactamente.

El silencio cayó sobre la habitación.

Wyatt fue quien comprendió primero.

—Entonces ¿por qué Gregory sigue controlándolo?

Arthur me miró.

—Esa es la pregunta que llevo meses intentando responder.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuánto vale?

Arthur vaciló.

—Mucho más de lo que tus padres quieren que sepas.

No dijo una cifra.

No hacía falta.

De repente recordé demasiadas cosas.

La insistencia de mi padre en que nunca necesitaba revisar documentos familiares.

La forma en que Brenda cambiaba de tema cuando preguntaba por mi abuelo.

La obsesión reciente de Melanie con Wyatt después de que él vendiera su empresa.

¿Y si aquello nunca había sido solamente por Wyatt?

—¿Por qué querían que él se casara con Melanie? —pregunté.

Arthur palideció.

—¿Intentaban hacer eso?

Le conté brevemente lo ocurrido.

Cuanto más escuchaba, más preocupado parecía.

Finalmente cerró los ojos.

—Entonces Gregory está más desesperado de lo que imaginaba.

—¿Por qué?

Arthur no respondió inmediatamente.

En cambio, señaló el testamento.

—Hay otra cláusula.

Pasó varias páginas.

—Tu abuelo desconfiaba de tu padre. Por eso estableció una condición.

Leí.

Y sentí que se me secaba la boca.

Si el administrador del fideicomiso utilizaba fraudulentamente cualquiera de los activos, perdía inmediatamente todo derecho de gestión y debía devolver el patrimonio completo al beneficiario.

—¿Crees que mi padre tomó dinero?

Arthur me sostuvo la mirada.

—No lo creo.

Hizo una pausa.

—Tengo pruebas.

Antes de que pudiera preguntar cuáles, alguien golpeó la puerta.

Un agente entró.

Su expresión era grave.

—Señorita Davis, necesito informarle de algo.

Wyatt se puso de pie.

—¿Qué pasó?

—Fuimos a la residencia de Gregory Davis para ejecutar una orden.

El agente miró a Arthur.

Después volvió hacia mí.

—La casa estaba vacía.

Mi pulso se aceleró.

—¿Mis padres huyeron?

—No sabemos dónde están Gregory ni Brenda.

—¿Y Melanie?

El agente negó con la cabeza.

—Tampoco está.

Wyatt tomó mi mano.

Pero el policía todavía no había terminado.

—Encontramos la oficina del señor Davis abierta. Faltaban varios archivadores y había documentos quemándose en una chimenea exterior.

Arthur se puso pálido.

—¿Qué documentos?

—Estamos intentando recuperarlos.

Entonces mi teléfono vibró sobre la mesa.

Un número desconocido.

Abrí el mensaje.

Había una fotografía.

Melanie estaba sentada dentro de un automóvil, sosteniendo una carpeta que reconocí inmediatamente.

Era idéntica a la que Arthur tenía entre las manos.

Debajo había una frase:

«Si quieres saber qué hizo realmente papá con tu herencia, ven sola.»

Y después llegó un segundo mensaje.

Una dirección.

Arthur la vio.

Su bastón cayó al suelo.

—No.

Lo miré.

—¿Qué ocurre?

Su rostro había perdido todo color.

—Sadie, esa dirección…

Se inclinó hacia mí.

—Es el lugar donde tu abuelo murió.

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