Song Baichuan fue el primero en romper el silencio.
—Tang Qingzhi, piensa bien lo que estás haciendo.
Su voz ya no sonaba furiosa.
Sonaba segura.
Como si estuviera convencido de que, después de caminar cien metros, yo regresaría llorando para pedirle perdón.
En mi vida anterior, probablemente lo habría hecho.
Aquella noche no.
—Lo he pensado durante toda una vida —respondí.
Él no podía entender aquella frase.
Yo sí.
Me giré y abandoné el patio.
Detrás de mí, la señora Song gritó mi nombre.
No me detuve.
Bai Zhitang permaneció junto a su bicicleta.
Y Song Baichuan no me siguió.
Eso tampoco me sorprendió.
Siempre había esperado que fuera yo quien regresara.
Al llegar a casa, mi madre seguía despierta cosiendo junto a la lámpara.
Cuando vio mi muñeca enrojecida y el hilo rojo que ya no llevaba, dejó inmediatamente la aguja.
—Qingzhi, ¿qué pasó?
Me senté frente a ella.
—Mamá, quiero cancelar la boda.
Esperaba preguntas.
Quizá incluso un regaño.
En cambio, mi madre permaneció callada durante unos segundos.
Después preguntó:
—¿Te hizo daño?
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
No por Song Baichuan.
Por aquella pregunta.
Era la primera vez en muchísimo tiempo que alguien parecía preocuparse más por mí que por la reputación de un matrimonio.
—Sí.
Mi padre salió de la habitación interior.
Había escuchado todo.
—Entonces no te casas.
Así de sencillo.
Me quedé mirándolo.
—Papá, las invitaciones ya están entregadas.
—Se pueden retirar.
—La comida está encargada.
—Se puede cancelar.
—La gente hablará.
Mi padre tomó su abrigo.
—Que hablen hasta cansarse.
Luego señaló mi muñeca.
—Yo crié una hija. No una mujer para que otro hombre la eduque agarrándola así.
Entonces lloré.
Pero fueron lágrimas distintas.
En mi primera vida había creído que romper un compromiso significaba destruir mi futuro.
Ahora comprendía que quizá lo estaba salvando.
A la mañana siguiente, mi padre fue personalmente a devolver los regalos de compromiso.
Song Baichuan no apareció.
Mandó a su madre.
El mensaje que envió con ella fue todavía peor:
—Cuando Qingzhi deje de comportarse como una niña, hablaremos.
Sonreí al escucharlo.
Seguía creyendo que aquello era una rabieta.
Así que no expliqué nada.
Ese mismo día fui a la cooperativa textil de la capital provincial.
Antes de comprometerme, yo había querido trabajar allí.
Sabía cortar patrones.
Sabía coser.
Sabía llevar cuentas.
Y tenía buen ojo para combinar telas.
En mi vida anterior abandoné aquella oportunidad porque Song Baichuan dijo que una esposa de militar debía tener tiempo para cuidar su casa.
Esta vez entré por aquella puerta.
La encargada me reconoció.
—¿Tang Qingzhi? Pensé que te casabas esta semana.
—Ya no.
—¿Y qué harás?
Miré los rollos de tela apilados detrás de ella.
—Trabajar.
Empecé al día siguiente.
Mientras tanto, en el complejo militar, Song Baichuan esperaba.
El primer día no hizo nada.
El segundo preguntó discretamente si mi familia había vuelto a preparar la boda.
El tercero llegó la fecha en que debíamos registrarnos.
A las nueve de la mañana se presentó con su uniforme impecable.
Esperó.
A las nueve y media seguía solo.
A las diez, la señora Song llegó desesperada.
—Baichuan, Qingzhi no viene.
Él miró su reloj.
—Vendrá.
—Su familia devolvió todo.
—Está enfadada.
—¡Cancelaron el banquete!
Entonces su expresión cambió.
Por primera vez empezó a comprender que yo no estaba intentando asustarlo.
Yo realmente había terminado.
Fue a buscarme aquella tarde.
Me encontró saliendo de la cooperativa con una carpeta bajo el brazo y todavía llevaba puesto el vestido rojo.
El mismo.
Song Baichuan se quedó mirándome.
—¿Todavía te lo pones?
—Es mío.
Su mandíbula se tensó.
—Faltaste al registro matrimonial.
—No falté.
Lo miré directamente.
—Para faltar tendría que haber tenido intención de ir.
Se quedó inmóvil.
—Qingzhi, basta.
Intentó hablarme como antes.
—Vuelve a casa. Le diremos a nuestras familias que hubo un malentendido.
Casi sentí pena.
Todavía no entendía.
—No hubo ningún malentendido.
—¿Vas a destruir años de relación por un vestido?
—No.
Negué lentamente.
—El vestido solo consiguió que finalmente viera al hombre que había debajo del uniforme.
Su rostro se endureció.
Entonces apareció Bai Zhitang al otro lado de la calle.
Cuando Song Baichuan la vio, su reacción fue automática.
Miró hacia ella.
Solo durante un instante.
Pero yo conocía aquella mirada.
La había visto durante toda mi primera vida.
Sonreí.
—Ahí está la mujer a la que siempre defiendes primero.
—No empieces otra vez.
—No voy a empezar nada.
Pasé junto a él.
—Precisamente porque ya terminé.
Durante las semanas siguientes, Song Baichuan descubrió algo que jamás había imaginado.
Mi vida continuaba sin él.
Y mejoraba.
La cooperativa aceptó dos de mis diseños.
Después me encargaron supervisar una pequeña línea de vestidos para festividades.
Uno era rojo.
Cuando las primeras unidades se agotaron, la encargada puso una muestra en el escaparate.
Song Baichuan la vio.
La señora Zhao también.

Y pronto medio complejo militar sabía que aquella “mujer demasiado llamativa” estaba ganándose la vida precisamente gracias al talento que él había intentado apagar.
Mientras tanto, comenzaron los rumores sobre Bai Zhitang.
No porque yo dijera nada.
Yo ya no necesitaba hacerlo.
Sin una prometida a la que culpar de sus límites, la cercanía entre ellos quedó demasiado expuesta.
Bai Zhitang continuaba llegando por las noches.
Song Baichuan seguía acompañándola.
Seguía resolviendo sus problemas.
Seguía poniéndose de su lado.
La diferencia era que ahora todos podían verlo.
La señora Song terminó visitándome.
Parecía haber envejecido.
—Qingzhi, Baichuan pregunta por ti.
Seguí doblando una pieza de tela.
—Espero que esté bien.
—No está bien.
Guardó silencio.
—Pensaba que volverías.
—Lo sé.
—Dice que nunca tuvo nada con Zhitang.
Levanté la mirada.
—Tía, quizá sea verdad.
Ella pareció sorprendida.
—Entonces…
—Pero ese nunca fue el problema.
Dejé la tela sobre la mesa.
—No necesitaba que me engañara físicamente para hacerme sentir segunda durante toda mi vida.
La señora Song no supo responder.
Antes de marcharse sacó de su bolsillo el hilo rojo.
—Lo guardé.
No lo tomé.
—Guárdelo usted.
—¿De verdad no queda ninguna posibilidad?
Pensé en la mujer que había sido.
La que perdió un hijo mientras su marido le decía que no hiciera escándalos.
La que envejeció pidiendo migajas de cariño.
La que murió preguntándose qué había hecho mal.
—Ninguna.
Meses después, Song Baichuan volvió a buscarme.
Esta vez no llevaba uniforme.
Tampoco órdenes.
Solo cansancio.
—Qingzhi.
Me detuve.
—Ahora entiendo que aquel día fui demasiado lejos.
—No fue aquel día.
—Puedo cambiar.
Sonreí con tristeza.
En mi primera vida habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.
Ahora llegaban demasiado tarde.
—Quizá cambies.
Él dio un paso hacia mí.
—Entonces dame una oportunidad.
Negué.
—Puedes convertirte en un hombre mejor, Baichuan. Pero no necesitas hacerlo para recuperarme.
Su rostro perdió toda esperanza.
—¿Hay alguien más?
Miré las ventanas iluminadas de la cooperativa.
Pensé en mis padres.
En mi salario.
En mis diseños.
En las mañanas en las que podía elegir qué ponerme sin pedir permiso.
—Sí.
Se quedó pálido.
Me llevé una mano al pecho.
—Yo.
No comprendió inmediatamente.
Pero yo sí.
Había pasado una vida entera eligiéndolo a él.
En esta, finalmente, me había elegido a mí.
Me alejé.
Aquella noche llevaba nuevamente un vestido rojo.
Nadie me hizo esperar afuera.
Nadie me pidió que bajara la mirada.
Nadie convirtió mi alegría en una falta de disciplina.
Y cuando pasé frente al escaparate y vi mi reflejo sobre el cristal, entendí por qué había recibido una segunda oportunidad.
No había regresado para conseguir que Song Baichuan se arrepintiera.
Había regresado para evitar convertirme otra vez en la mujer que necesitaba su arrepentimiento para sentirse libre.