PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE OBEDECER A LA VOZ QUE DECÍA SER MI YO DEL FUTURO, DESCUBRÍ QUE NO HABÍA REGRESADO PARA SALVARME, SINO PARA ROBARME TODAS LAS VIDAS EN LAS QUE YO PODÍA SER FELIZ.

A la mañana siguiente no enfrenté a Daniel.

Tampoco llamé a Melissa.

Actué como si no hubiera descubierto nada.

Daniel desayunó frente a mí, revisando mensajes mientras fingía normalidad.

—¿Sigues molesta por lo de anoche?

—Un poco.

—Melissa fue demasiado lejos, pero ya sabes cómo es.

Lo observé.

En mi primera vida, aquella misma frase había sido suficiente para hacerme dudar de mí misma.

Esta vez sonreí.

—Sí. Sé perfectamente cómo es.

La voz apareció inmediatamente.

—Rompe con él ahora.

Casi me reí.

Hasta entonces había querido que obedeciera a Daniel.

Ahora quería que lo abandonara.

Eso confirmó mi sospecha.

La voz no defendía a ninguna persona. Defendía determinados resultados.

Así que decidí hacer exactamente lo contrario de lo que había hecho en mi primera vida.

Esperé.

Tres semanas después llegó el correo que recordaba perfectamente.

La oferta laboral.

El Grupo Horizon me ofrecía dirigir una nueva división tecnológica en Shanghái.

El salario era más del triple de lo que ganaba.

Bonificaciones.

Acciones.

Un equipo propio.

Cuando terminé de leer, aquella voz gritó dentro de mi cabeza.

—¡NO ACEPTES!

—Esa empresa quebrará.

—Tu superior te utilizará como responsable de un fraude.

—Serena, esta es la decisión que destruyó nuestra vida.

Me quedé mirando la pantalla.

En mi primera vida la había rechazado sin hacer una sola pregunta.

Esta vez llamé directamente a Horizon.

Pedí contratos.

Estados financieros.

Informes de auditoría.

Hablé con dos antiguos empleados.

Incluso pagué una revisión independiente.

No encontré ninguna trampa.

Acepté.

La reacción de Daniel fue mucho más reveladora.

—¿Horizon?

Dejó el vaso sobre la mesa.

—Pensé que ibas a rechazarlo.

Lo miré.

—¿Por qué pensarías eso?

Titubeó.

—Porque tendrías que viajar mucho.

—No te había contado todavía las condiciones.

Silencio.

Por primera vez sentí algo verdaderamente frío en la espalda.

Daniel sabía que recibiría aquella oferta.

Esa noche revisé las copias de su chat con Melissa.

Busqué más atrás.

Meses.

Años.

Hasta encontrar un mensaje de Melissa enviado antes de mi primera entrevista con Horizon.

«¿Seguro que se lo ofrecerán?»

Daniel:

«Sí.»

Melissa:

«Entonces necesitamos que lo rechace.»

Me quedé inmóvil.

Daniel había querido que perdiera aquella oportunidad incluso antes de que existiera la supuesta voz del futuro.

Seguí leyendo.

Y encontré un nombre.

Lydia Chen.

Mi prima.

La hija de la hermana mayor de mi padre.

Melissa había escrito:

«Lydia dice que mientras Serena siga eligiendo mal, todo terminará como debería.»

Sentí que se me helaban las manos.

Lydia y yo habíamos crecido juntas.

Nuestros abuelos siempre nos comparaban.

Notas.

Universidad.

Trabajos.

Parejas.

Pero hacía años que apenas hablábamos.

La voz apareció.

—No investigues a Lydia.

Me quedé completamente quieta.

Aquella fue la primera vez que mencionó directamente a alguien que yo no había nombrado en voz alta.

Sonreí.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Acabas de decirme dónde mirar.

La voz desapareció.

Durante los días siguientes investigué en silencio.

Descubrí que Lydia llevaba años trabajando para una pequeña compañía especializada en interfaces neuronales experimentales.

Nada ilegal en apariencia.

Pero uno de sus proyectos universitarios había estudiado algo extraordinariamente específico:

la inducción de patrones auditivos internos mediante estimulación dirigida durante el sueño.

Recordé algo.

Dos días antes de aquella reunión de exalumnos, Melissa me había convencido para hacerme un tratamiento gratuito en una clínica nueva.

«Relajación cerebral», había dicho.

Dormí cuarenta minutos.

Salí con dolor de cabeza.

En mi primera vida jamás relacioné ambas cosas.

Fui a un hospital distinto y pedí un examen completo.

El neurólogo encontró una pequeña cicatriz detrás de mi oreja.

Luego una anomalía.

Una diminuta cápsula implantada bajo la piel.

No era magia.

No era mi yo del futuro.

Era tecnología.

Cuando el médico retiró el dispositivo, mi teléfono captó una señal inalámbrica asociada.

La rastreamos.

La cuenta que había pagado el transmisor pertenecía a una subsidiaria de la empresa de Lydia.

Aquella noche la voz volvió, pero sonaba distorsionada.

—Serena…

—Escúchame…

—Todavía puedo ayudarte.

Me senté frente al espejo.

—¿Eres Lydia?

Silencio.

Después:

—No entiendes nada.

Y por primera vez, la voz dejó de sonar exactamente como yo.

—Deberías haber muerto pobre.

Sentí un escalofrío.

Pero también sonreí.

Había grabado cada palabra.

Dos días después invité a Daniel, Melissa y Lydia a mi apartamento.

Por separado.

Daniel creyó que hablaríamos de la boda.

Melissa pensó que quería reconciliarme con ella.

A Lydia le dije que necesitaba consejo sobre Horizon.

Cuando los tres llegaron y se encontraron en la sala, sus rostros fueron suficientes.

—Qué coincidencia —dije.

Daniel se levantó.

—Serena, ¿qué estás haciendo?

Encendí el televisor.

Primero apareció el chat entre él y Melissa.

Después sus mensajes con Lydia.

Luego el informe médico.

Finalmente, una fotografía del dispositivo retirado de detrás de mi oreja.

Melissa empezó a llorar.

Daniel miró a Lydia.

—Dijiste que nunca podría probarlo.

Lydia cerró los ojos.

Yo casi sentí lástima.

Casi.

—¿Por qué?

Lydia me miró con un odio que llevaba probablemente toda la vida escondiendo.

—Porque siempre ganabas.

—¿Esto era por competir conmigo?

—No.

Se rio.

—Era porque necesitábamos que llegaras al punto exacto.

—¿Qué punto?

Daniel palideció.

Melissa dejó de llorar.

Lydia comprendió demasiado tarde que había hablado de más.

Yo insistí.

—¿Por qué necesitabais que rechazara Horizon?

Nadie respondió.

Entonces saqué el contrato.

—Porque Horizon comprará vuestra empresa el próximo año.

La cabeza de Lydia se levantó de golpe.

Había encontrado aquella información durante la revisión de la oferta.

Una adquisición todavía confidencial.

Si yo entraba como directora, tendría acceso a la auditoría previa.

Y allí descubriría algo.

—Vuestros experimentos —dije—. Personas manipuladas sin consentimiento.

Melissa comenzó a negar con la cabeza.

—Yo solo ayudé con la broma.

—Tú me llevaste a la clínica.

Silencio.

Daniel intentó dirigirse hacia la puerta.

Dos investigadores que esperaban en la habitación contigua salieron en ese momento.

Había entregado toda la evidencia aquella mañana.

El rostro de Daniel se derrumbó.

Lydia me miró fijamente mientras los agentes se identificaban.

—Esto no termina aquí.

—Para mí sí.

Meses después, el compromiso fue anulado.

Daniel y Melissa quedaron implicados en la investigación por conspiración, fraude y participación en procedimientos médicos realizados sin consentimiento.

La empresa de Lydia fue cerrada mientras se investigaban otros casos.

Y yo acepté definitivamente el puesto en Horizon.

Durante mucho tiempo tuve miedo de volver a confiar en cualquier intuición.

Cada pensamiento me parecía sospechoso.

Hasta que comprendí algo.

El problema nunca había sido escuchar una voz.

Había sido entregar mis decisiones a alguien más.

Un año después, estaba frente a las ventanas de mi despacho en Shanghái cuando llegó el informe anual.

Nuestra división había superado todas las previsiones.

Las acciones que había recibido al entrar valían más de lo que alguna vez imaginé ganar.

Pensé en la Serena de mi primera vida.

La mujer que murió convencida de que había tenido mala suerte.

Ahora sabía la verdad.

No había sido el destino.

Alguien había construido cuidadosamente cada fracaso y después había utilizado mi propia voz para convencerme de elegirlo.

Apagué el ordenador.

En el reflejo del cristal vi mi rostro.

Solo el mío.

Sin Daniel.

Sin Melissa.

Sin Lydia.

Sin ninguna voz diciéndome qué hacer.

Sonreí.

Porque esta vez, cuando el futuro llegó a buscarme, no encontró a una mujer esperando instrucciones.

Encontró a una mujer que por fin había aprendido a elegir su propia vida.

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