Adrian retiró la muñeca de mi mano.
—Son falsos.
—¿De verdad?
Sonreí mientras acariciaba el pequeño emblema grabado en uno de los gemelos.
—Entonces Moretti falsifica hasta el número de serie.
Claire dejó escapar una risa nerviosa.
—Elena, estás convirtiendo una tontería en un drama.
La miré a través del espejo.
En mi vida anterior había confiado en aquella mujer más que en mi propia familia.
Ahora podía reconocer cada movimiento de su actuación.
—Tienes razón —dije—. Mañana voy a casarme. No deberíamos discutir.
Adrian pareció relajarse.
—Entonces olvidemos esto.
—Claro.
Le acomodé el cuello de la camisa con ternura.
—Pero mantengo mi condición. Nora firma antes de que registremos el matrimonio.
Su expresión volvió a endurecerse.
—Hablaré con ella.
—Perfecto.
Salieron juntos.
Esperé exactamente treinta segundos.
Luego llamé a mi padre.
—Papá, mañana no registres ninguna transferencia relacionada con mi matrimonio.
Hubo silencio.
—¿Qué ocurrió?
—Nada todavía.
Miré mi reflejo.
—También necesito que congeles cualquier modificación del fideicomiso Hayes donde aparezca un futuro esposo como beneficiario.
Mi padre respiró lentamente.
—Elena, ¿estás en problemas?
—No.
Esta vez era verdad.
Los que estaban en problemas eran ellos.
Antes de terminar la llamada añadí:
—Y averigua todo sobre Adrian Cole.
No Adrian, el pintor.
Adrian Cole, heredero del Grupo Cole.
A la mañana siguiente recibí la respuesta.
Mi padre dejó una carpeta frente a mí.
Fotografías.
Participaciones empresariales.
Propiedades.
Fondos fiduciarios.
Y una fotografía de Adrian, con veintiún años, junto al presidente del Grupo Cole.
—Su familia lleva años ocultándolo de la prensa —dijo papá—. Pero no entiendo por qué fingiría pobreza contigo.
Yo sí.
Porque un hombre rico cortejando a una heredera habría despertado sospechas.
Un artista sin dinero que rechazaba regalos mientras aceptaba pequeñas ayudas parecía enamorado.
Adrian no había fingido pobreza por vergüenza.
La había utilizado como disfraz.
—Hay otra cosa —dijo mi padre.
Me mostró varias consultas realizadas sobre nuestras propiedades.
Alguien llevaba casi dos años investigando el taller de bordado, la mansión Hayes y el fideicomiso que heredaría tras su muerte.
Las solicitudes provenían de una firma vinculada a Gabriel Reed.
Sentí frío.
Exactamente como en mi primera vida.
—No hagas nada todavía —pedí.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Necesitaba que siguieran creyendo que yo no sabía nada.
A las diez, Adrian me escribió.
«Nora aceptó firmar.»
La reunión sería aquella tarde en el despacho de Gabriel.
Casi me reí.
Los cuatro conspiradores acababan de reunirse voluntariamente en el mismo lugar.
Cuando llegué, Nora estaba sentada junto a la ventana.
Era hermosa, delicada y perfectamente saludable.
En mi vida anterior Adrian me había contado que padecía una enfermedad que podía empeorar en cualquier momento.
Ahora llevaba delante de ella un informe médico.
Me senté.
—¿Ese es tu diagnóstico?
Adrian intervino.
—No necesitas revisarlo.
—Si va a tener el primer hijo de mi marido, creo que sí.
Nora deslizó el informe hacia sí.
—Es privado.
—Entonces también lo será vuestro acuerdo.
Saqué un contrato.
Gabriel lo tomó.
—Yo puedo revisarlo.
Sonreí.
—Preferiría un abogado independiente.
Su mano quedó suspendida.
Claire me observaba con creciente inquietud.
—Estás actuando diferente.
—Quizá casarme me está haciendo madurar.
Adrian tomó el contrato.
Cuanto más leía, más rígido se volvía.

La última cláusula establecía que cualquier engaño sobre la identidad, patrimonio o intención financiera de alguna de las partes anularía todos los beneficios derivados del acuerdo y permitiría reclamar daños.
—Esto es excesivo —dijo.
—¿Por qué? Nadie piensa engañarme, ¿verdad?
Nadie respondió.
Finalmente Nora firmó.
Adrian también.
Yo fui la última.
Pero utilicé una firma diferente de la registrada en mis documentos oficiales.
El contrato que tanto temían ni siquiera podría utilizarse para completar el trámite matrimonial sin una nueva verificación.
Aquella noche celebraron.
Yo también.
Solo que por razones distintas.
Durante los siguientes días fingí absoluta normalidad.
Permití que Claire eligiera flores.
Escuché a Lucas hablar del viaje de luna de miel.
Dejé que Gabriel bromeara sobre lo afortunada que era.
Y observé.
Cada vez que Adrian salía del apartamento, alguien lo esperaba.
Tres veces fue Claire.
Dos veces Lucas.
Una vez Gabriel.
La última noche antes del registro, coloqué discretamente un localizador dentro de la carpeta de documentos que Adrian siempre llevaba consigo.
No tuve que esperar mucho.
A las once y cuarenta, salió.
El punto se detuvo veinte minutos después.
Despacho de Gabriel Reed.
Esta vez no corrí hacia allí como en mi primera vida.
Llamé a mi abogado.
Luego a un investigador privado.
Y finalmente a mi padre.
Cuando llegamos, nos quedamos en la habitación contigua.
La puerta del despacho estaba entreabierta.
Escuché la voz de Lucas.
—¿Todavía piensa casarse contigo?
Adrian soltó una carcajada.
—Mañana será oficialmente mi esposa.
Claire preguntó:
—¿Y el contrato de Nora?
—No importa. Después del matrimonio tendremos tiempo para hacer que Elena parezca emocionalmente inestable.
Sentí la mano de mi padre cerrarse sobre el bastón.
Lo detuve.
Entonces habló Gabriel.
—Primero necesitamos que el señor Hayes cambie el fideicomiso.
—Lo hará —respondió Adrian—. Adora a su hija. Cuando crea que Elena está embarazada, pondrá todo a nombre de la nueva familia.
Nora se rio.
—¿Y cuando descubra que el bebé no será suyo?
Adrian respondió:
—Para entonces dará igual.
Mi abogado encendió discretamente la grabadora.
Entonces Claire dijo algo que ni siquiera yo había escuchado en mi primera vida.
—¿Y si Elena descubre lo del accidente?
Todo mi cuerpo se congeló.
Silencio.
Gabriel respondió primero.
—No puede descubrirlo.
—Casi nos vio aquella noche —insistió Claire.
Adrian bajó la voz.
—En esta ocasión no habrá accidente.
Mi respiración se detuvo.
En esta ocasión.
No había escuchado mal.
Gabriel soltó una risa.
—Claro que no. Esta vez necesitamos que permanezca viva hasta que firme.
Mi padre me miró.
Yo apenas podía respirar.
Mi muerte anterior no había sido una casualidad.
Ellos lo sabían.
Y de alguna manera, aquellas personas estaban hablando como si recordaran algo que solo yo debería recordar.
Retrocedí lentamente.
El suelo crujió.
Las voces del despacho cesaron.
—¿Quién está ahí? —preguntó Adrian.
La puerta se abrió.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante dos segundos nadie habló.
Después Adrian vio a mi padre.
Al abogado.
Al investigador.
Y finalmente la grabadora.
Su rostro perdió todo el color.
Yo entré.
—Parece que tendremos que cancelar el registro de mañana.
Claire se levantó de golpe.
Gabriel buscó su teléfono.
Adrian no se movió.
Lo miré directamente.
—Antes de llamar a nadie, quiero hacerte una pregunta.
—Elena…
—Acabas de decir «en esta ocasión».
El silencio fue absoluto.
—¿Qué querías decir?
Adrian palideció.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Nora comenzó a reír.
No nerviosamente.
Con auténtica diversión.
—Así que finalmente lo entendió.
Todos la miramos.
Adrian rugió:
—¡Cállate!
Pero Nora ya me estaba mirando.
—Pobre Elena.
Se levantó lentamente.
—¿De verdad pensabas que eras la única que había vuelto?
Sentí que el corazón se detenía.
Claire dejó caer su copa.
Lucas retrocedió.
Y Adrian cerró los ojos como un hombre cuyo último secreto acababa de ser destruido.
Nora sonrió.
—Tú recuerdas cómo moriste. Nosotros también.
Entonces comprendí que mi segunda vida no había comenzado para darme ventaja.
Había comenzado una partida en la que mis asesinos también conocían el futuro.