PARTE 2: CUANDO MI ESPOSO APROVECHÓ MI FALSA AMNESIA PARA CONVERTIR A SU PRIMER AMOR EN SU «ESPOSA», YO DECIDÍ SEGUIR SIENDO SU HERMANA… HASTA QUE EL HOMBRE QUE MÁS CELOS LE DABA ACEPTÓ ENTRAR EN EL JUEGO.

Adrian me quitó el teléfono de las manos.

Demasiado rápido.

—No.

Parpadeé con fingida confusión.

—¿No qué?

—No necesitas conocerlo.

Miré otra vez la fotografía.

El hombre rubio estaba apoyado sobre el hombro de Adrian, sonriendo a cámara.

—Pero es muy guapo.

La mandíbula de Adrian se tensó.

—Lucas Mercer es mi amigo. Nada más.

—Perfecto. Entonces preséntamelo.

—Emma.

—¿Qué?

Me acerqué con expresión inocente.

—Tú tienes esposa. Yo supuestamente no tengo marido. ¿Por qué no puedo conocer hombres?

Adrian se quedó completamente inmóvil.

Fue casi cruel lo mucho que disfruté de aquel silencio.

Durante cinco años había sido yo quien preguntaba.

Yo quien dudaba.

Yo quien esperaba mientras él salía corriendo cada vez que Claire lo necesitaba.

Ahora quería saber qué sentiría Adrian si, por una sola vez, fuera él quien tuviera miedo.

Dos días después me dieron el alta.

Adrian insistió en llevarme a casa.

Pero no fuimos a nuestra casa.

Me condujo al apartamento donde había vivido antes de casarnos.

Al abrir la puerta comprendí que aquello tampoco era improvisado.

Había ropa mía en el armario.

Fotografías familiares.

Libros de mi universidad.

Incluso una vieja taza que había dejado de usar hacía años.

Adrian había reconstruido una versión de mi vida anterior a él.

—¿Aquí vivo?

—Sí.

—¿Sola?

Su mirada vaciló.

—Sí.

Sonreí.

—Entonces puedo invitar a quien quiera.

—Emma.

—¿Otra vez?

Me miró con frustración.

—Todavía estás recuperándote.

—Qué hermano tan controlador me ha tocado.

La palabra “hermano” pareció herirlo.

Bien.

Antes de marcharse dejó comida preparada en la nevera y mis medicamentos ordenados por horas.

Incluso comprobó dos veces las ventanas.

Aquellos pequeños gestos habrían conseguido ablandarme una semana atrás.

Ahora solo me hacían preguntarme cómo podía un hombre cuidarme con tanta delicadeza mientras borraba nuestro matrimonio sin pestañear.

Cuando cerró la puerta, fui directamente al dormitorio.

Saqué un segundo móvil del fondo de mi bolso.

Y llamé a Lucas.

Contestó al tercer tono.

—¿Emma?

—Necesito pedirte algo extraño.

—Después de que Adrian me llamara ayer para decirme que no debía acercarme a ti, estoy preparado para cualquier cosa.

Me quedé callada.

—¿Te llamó?

Lucas soltó una risa seca.

—Me dijo que sufriste un accidente y perdiste la memoria.

—¿Y qué más?

—Que si preguntabas por él, debía decir que apenas te conocía.

Ahí estaba.

Otra mentira.

—Lucas, no he perdido la memoria.

Silencio.

—¿Qué?

—Lo fingí como una broma.

Le conté todo.

Claire.

La habitación del hospital.

La historia del hermano.

La supuesta esposa.

Cuando terminé, Lucas tardó varios segundos en hablar.

—Voy a matarlo.

—No.

—Emma…

—Necesito algo mejor.

—¿Qué?

Miré mi alianza dentro del bolso.

—Quiero que me invites a cenar.

Lucas llegó al día siguiente con flores.

Adrian llegó siete minutos después.

No fue casualidad.

Me había enviado seis mensajes preguntando cómo me encontraba. Al no contestar, apareció personalmente.

Cuando abrí la puerta, sus ojos pasaron de mi vestido a las flores sobre la mesa.

Después vieron a Lucas.

—¿Qué haces aquí?

Lucas levantó una ceja.

—Tu hermana me invitó.

Nunca había visto a Adrian mirar a alguien de aquella manera.

—Vete.

Me interpuse.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo.

—¿Y desde cuándo mi hermano decide con quién salgo?

Adrian cerró los ojos.

—Emma, basta.

—No entiendo el problema.

Tomé el brazo de Lucas.

Adrian miró mi mano como si acabara de clavarle un cuchillo.

—Suéltalo.

—¿Por qué?

—Porque…

Se detuvo.

Esperé.

Lucas también.

Adrian no podía terminar aquella frase sin destruir su propia mentira.

Finalmente dijo:

—Porque no es adecuado.

Sonreí.

—Entonces quizá deberías regresar con tu esposa.

El golpe dio exactamente donde pretendía.

Adrian se marchó.

Pero esa noche recibí diecisiete llamadas suyas.

No respondí ninguna.

Durante los días siguientes continué interpretando mi papel.

Preguntaba por Lucas.

Hablaba de volver a trabajar.

Comentaba que quizá debía comenzar una vida independiente para dejar de depender tanto de mi “hermano”.

Y cuanto más aceptaba yo la realidad inventada por Adrian, más desesperado parecía él por destruirla.

Claire también lo notó.

Una tarde apareció en mi apartamento.

Sola.

—Necesitamos hablar.

La dejé entrar.

Ya no parecía la mujer frágil del hospital.

—¿Adrian sabe que estás aquí?

—No.

Se sentó frente a mí.

—Emma, sé que esto debe resultarte confuso.

—Me estoy acostumbrando.

—Adrian se preocupa demasiado por ti.

Sonreí.

—Es mi hermano.

Sus dedos se cerraron sobre el bolso.

—No exactamente.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué quieres decir?

Claire bajó la voz.

—Antes de tu accidente, vosotros teníais una relación complicada.

Casi admiré su audacia.

—¿Éramos amantes?

Su rostro cambió.

—No.

—Entonces ¿qué?

—Estabas enamorada de él.

Tuve que clavar las uñas en la palma para no reaccionar.

Ahora no solo estaban borrando nuestro matrimonio. También estaban convirtiéndome en una mujer obsesionada con el marido de otra.

—¿Y Adrian?

—Nunca correspondió esos sentimientos.

Aquello terminó de romper algo dentro de mí.

Pero sonreí.

—Entonces qué alivio.

Claire parpadeó.

—¿Alivio?

—Sí. Porque Lucas me gusta.

Su expresión se endureció.

—No deberías hacer nada impulsivo.

—¿Por qué todos intentáis decidir mi vida?

Claire se levantó.

—Porque Adrian está sacrificando muchísimo por ti.

—¿Sacrificando qué?

No respondió.

La acompañé hasta la puerta.

Antes de salir, se giró.

—Lucas no es adecuado para ti.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Adrian dijo exactamente lo mismo.

Claire palideció.

Aquella noche decidí terminar el juego.

Saqué nuestro certificado matrimonial del lugar donde siempre había estado escondido.

Lo puse sobre la mesa.

Después llamé a Adrian.

—Hermano, necesito que vengas.

Llegó veinte minutos después.

Entró apresuradamente.

—¿Estás bien?

Se detuvo al ver el documento.

Su rostro se quedó blanco.

—Emma…

—Encontré esto.

Lo levanté.

—Tiene mi nombre.

Adrian no respondió.

—Y el tuyo.

Silencio.

—Dice que estamos casados.

Su garganta se movió.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo.

Se sentó lentamente.

—Antes del accidente…

—¿Sí?

—Tú y yo…

Sonó su teléfono.

Claire.

Adrian rechazó la llamada.

Por primera vez.

—Emma, cometí un error.

Mis ojos ardieron.

—¿Cuál?

—Pensé que si realmente habías olvidado nuestra relación, podía cumplir una promesa sin hacerte sufrir.

—¿La promesa de fingir que Claire era tu esposa?

Bajó la mirada.

—Ella está muriendo.

—Yo estaba viva.

Adrian levantó la cabeza.

—Lo sé.

—No. No lo sabías.

Mi voz finalmente tembló.

—Porque si lo hubieras sabido, jamás habrías convertido mi accidente en una oportunidad para darle mi lugar.

Adrian se puso de pie.

—Emma, escúchame…

Retrocedí.

—Recuerdo todo.

Se quedó helado.

—¿Qué?

Me quité la alianza que había mantenido escondida desde el hospital.

La coloqué junto al certificado.

—Nunca perdí la memoria.

Vi cómo comprendía cada cosa.

Lucas.

Mis preguntas.

Cada vez que lo había llamado hermano.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

—Entonces me estabas poniendo a prueba.

Negué.

—Empezó como una broma.

Lo miré directamente.

—Tú la convertiste en una prueba.

Y la fallaste.

Adrian intentó acercarse.

El timbre sonó.

Abrí la puerta.

Lucas estaba fuera.

A sus pies había dos maletas.

Las mías.

—Emma —dijo Adrian—, no hagas esto.

Tomé una.

—Tú elegiste quién era tu esposa cuando pensaste que yo no podía recordarlo.

—Claire va a morir.

—Y eso merece compasión. No mi matrimonio.

Salí.

Adrian me siguió hasta el pasillo.

—¡Emma!

Me giré por última vez.

Parecía verdaderamente aterrorizado.

Pero entonces su teléfono volvió a sonar.

Esta vez no era Claire.

Era el hospital.

Adrian contestó.

Escuchó.

Su rostro cambió.

—¿Qué quiere decir con que los resultados no coinciden?

Me detuve.

Adrian miró hacia mí.

—¿Qué resultados?

La voz al otro lado continuó.

Y lentamente, toda la desesperación de su rostro se transformó en incredulidad.

—Repítalo.

Silencio.

—¿Está diciendo que Claire nunca tuvo cáncer terminal?

Lucas y yo nos quedamos inmóviles.

Adrian bajó el teléfono.

Y en ese preciso instante comprendí algo que ninguno de nosotros había considerado:

Claire no había regresado para cumplir un último deseo antes de morir.

Había regresado sabiendo que tenía todo el tiempo del mundo para recuperar a mi marido.

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