No entendí lo que Damian quería decir.
—Señor Volkov, Lila no puede…
—Lo sé.
Su respuesta fue tan baja que apenas la escuché.
Damian seguía sosteniendo la pequeña mano de mi hija contra su pecho.
—Sé que es sorda.
Lila observaba su rostro con aquella concentración silenciosa que siempre aparecía cuando intentaba comprender algo que los demás pasábamos por alto.
Después retiró la mano.
Miró a Damian.
Y comenzó a hacer señas.
Golpe. Pausa. Golpe. Golpe. Pausa.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué está diciendo? —preguntó uno de los guardias.
Me arrodillé junto a ella.
—Dice que su corazón hace algo raro.
Damian dejó de respirar durante un instante.
—Pregúntale qué.
Hice la pregunta.
Lila volvió a tocar su pecho.
Luego señaló el vaso de agua sobre la mesita.
Después el pequeño frasco de medicamento.
Y negó con la cabeza.
—¿Lila?
Mi hija hizo otra seña.
Después.
—Dice que ocurre después.
Damian miró el medicamento.
Su expresión cambió.
Pulsó el botón junto a la cama.
Dos hombres aparecieron casi inmediatamente.
—Cierren Grayhaven House.
Uno de ellos parpadeó.
—¿Señor?
—Nadie entra. Nadie sale.
Su voz seguía débil.
Pero la habitación entera pareció obedecerla.
—Y traigan al doctor Petrov.
Quince minutos después, el médico personal de Damian estaba revisando su pulso mientras Lila permanecía abrazada a mi cintura.
—La arritmia puede ser consecuencia del veneno original —explicó.
Damian señaló el frasco.
—Analízalo.
Petrov frunció el ceño.
—Yo mismo preparé las dosis.
—Entonces no tendrás ningún problema en analizarlas.
El médico guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente.
Damian lo vio.
Yo también.
Uno de los guardias tomó el frasco.
Petrov protestó inmediatamente.
—Esto es absurdo.
Damian sonrió.
Fue una sonrisa terrible.
—Alguien lleva semanas intentando asegurarse de que nunca me recupere. Lo absurdo sería seguir confiando en todos.
Entonces miró a Lila.
—Excepto en ella.
Mi estómago se tensó.
—Mi hija no tiene nada que ver con esto.
Damian volvió los ojos hacia mí.
—Ahora sí.
—No.
Me puse de pie.
—Nos vamos.
Uno de los guardias bloqueó involuntariamente la puerta.
Damian lo fulminó con la mirada.
—Apártate.
El hombre obedeció.
—Ella puede irse cuando quiera —dijo Damian—. La niña también.
Eso me sorprendió.
—Pero si salen ahora, quien hizo esto sabrá que Lila descubrió algo.
Me quedé inmóvil.
Damian no necesitó amenazarme.
La lógica era peor.
Alguien dentro de aquella casa había intentado matarlo.
Y acababa de ver a mi hija señalar exactamente dónde buscar.
—¿Quién sabe que Lila estuvo aquí?
—Demasiadas personas.
Abracé a mi hija.
Damian miró hacia sus hombres.
—Desde este momento, Mara y Lila están bajo mi protección.
—No necesito su protección.
—Espero que tengas razón.
Dos horas después llegaron los primeros resultados.
El medicamento contenía una sustancia que no aparecía en la prescripción original de Damian.
Petrov se puso blanco.
—Alguien cambió los frascos.
—¿Quién tenía acceso? —preguntó Damian.
—Yo. Las enfermeras. Viktor. El personal nocturno…
—¿Viktor?
Por primera vez escuché auténtica incredulidad en su voz.
Conocía ese nombre.
Viktor Sokolov era su mano derecha.
El hombre que dirigía Grayhaven mientras Damian permanecía enfermo.
También era quien me había contratado.
La puerta se abrió.
Y Viktor entró.
—Me dijeron que cerraste la casa.
Entonces me vio.
Después vio a Lila.
Su expresión permaneció tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Qué hace la sirvienta aquí?
Damian no respondió.
Viktor miró el frasco sobre la mesa.
Fue solo un segundo.
Pero Lila tiró de mi manga.
Miré hacia abajo.
Estaba observando a Viktor.
Mi hija señaló su propia nariz.
Después señaló al hombre.
—¿Qué dice? —preguntó Damian.
—No lo sé.
Lila insistió.
Olor.

Entonces señaló el medicamento.
La habitación quedó inmóvil.
—Dice que huelen igual.
Viktor soltó una carcajada.
—Es una niña de cuatro años.
Lila se escondió detrás de mí.
—Y además es sorda —añadió él.
Algo cambió en el rostro de Damian.
—Su sordera no afecta al olfato.
Viktor dejó de sonreír.
Uno de los hombres de Damian se acercó.
—Señor Sokolov, necesito registrar sus bolsillos.
—No me toques.
—Viktor —dijo Damian.
Su amigo lo miró.
—Déjalos.
Durante unos segundos pensé que se negaría.
Finalmente abrió la chaqueta.
No encontraron nada.
Después revisaron su teléfono, sus llaves y su cartera.
Nada.
Viktor sonrió otra vez.
—¿Terminamos?
Lila seguía mirándolo.
De repente salió de detrás de mí.
Se acercó a él.
—Lila, no.
Pero antes de que pudiera detenerla, mi hija señaló los zapatos de Viktor.
Todos bajamos la mirada.
Había una pequeña mancha blanca junto a la suela.
Petrov se agachó.
La recogió con un hisopo.
Viktor retrocedió.
Ese fue su error.
Damian lo vio.
—¿Qué pisaste?
—No tengo idea.
El análisis preliminar tardó veinte minutos.
Era el mismo compuesto hallado alrededor del armario donde se guardaban los medicamentos.
Los guardias rodearon a Viktor.
Pero él no parecía asustado.
Miró a Damian y sonrió.
—Siempre fuiste demasiado sentimental.
—¿Fuiste tú?
—¿Realmente crees que yo mismo cambiaría tus medicamentos?
Damian se incorporó a pesar del dolor.
—Dame un nombre.
Viktor soltó una risa.
—Todavía no entiendes nada.
Su mirada se desplazó hacia mí.
Luego hacia Lila.
—Pero ella quizá sí.
Sentí que se me helaba la espalda.
—¿Qué significa eso?
Viktor no respondió.
Damian ordenó que se lo llevaran.
Cuando pasó junto a nosotros, Viktor se inclinó ligeramente hacia Lila.
Ella retrocedió aterrorizada.
—Qué curioso —murmuró—. Tiene exactamente los mismos ojos.
Damian se quedó petrificado.
—Deténganse.
Los guardias obedecieron.
—¿Los mismos ojos que quién?
Viktor sonrió.
—Pregúntale a su madre.
Todas las miradas cayeron sobre mí.
—No sé de qué está hablando.
Era verdad.
Damian me estudió.
Después miró nuevamente a Lila.
Por primera vez desde que lo conocía, el miedo que apareció en su rostro no tenía relación con el veneno.
—Mara.
—¿Qué?
—¿Quién es el padre de Lila?
La pregunta me golpeó inesperadamente.
—Murió antes de que ella naciera.
—¿Nombre?
—Adrian Cole.
Damian cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, tenía el rostro completamente blanco.
—Eso no era su verdadero nombre.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Cómo podría saberlo?
Damian intentó levantarse.
Petrov quiso detenerlo.
Él lo apartó.
Caminó con dificultad hasta una caja fuerte oculta detrás de un cuadro.
Introdujo una combinación.
Sacó una fotografía vieja.
La dejó sobre la mesa.
En ella aparecían tres hombres mucho más jóvenes.
Reconocí inmediatamente a uno.
Adrian.
El padre de mi hija.
Pero junto a él estaba Damian Volkov.
—No…
Mis piernas perdieron fuerza.
—Adrian trabajaba para mí —dijo Damian.
—Me dijo que era consultor.
—Te mintió.
Lila tomó la fotografía.
Señaló a su padre.
Luego a Damian.
Después hizo una pregunta con las manos.
Traduje casi sin voz:
—Quiere saber si eran familia.
Damian tardó demasiado en responder.
—Sí.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Qué clase de familia?
Damian me miró.
—Adrian era mi hermano menor.
El silencio me dejó sin aire.
Lila era su sobrina.
Pero Damian todavía no había terminado.
—Hace cinco años Adrian descubrió quién estaba robándome dinero. Dijo que había encontrado algo mucho peor y desapareció antes de poder entregarme las pruebas.
—Murió en un accidente.
Damian negó lentamente.
—Eso fue lo que te hicieron creer.
Un golpe sonó contra la puerta.
Uno de los guardias entró apresuradamente con una pequeña caja metálica.
—La encontramos en la habitación de Sokolov.
Damian la abrió.
Dentro había fotografías de Adrian.
Documentos.
Y una memoria USB.
Pero debajo de todo aquello había un sobre amarillento.
En el frente estaba escrito un nombre.
LILA.
Se me cortó la respiración.
—Eso es imposible. Adrian murió antes de saber si sería niño o niña.
Damian levantó la mirada hacia mí.
Entonces comprendimos lo mismo.
Si Adrian había escrito aquel nombre, significaba que había sabido mucho más sobre el futuro de mi hija de lo que yo jamás imaginé.
Abrí el sobre con manos temblorosas.
Dentro solo había una fotografía y una frase.
La fotografía mostraba a Adrian sosteniendo el mismo conejo de tela que Lila llevaba abrazado desde bebé.
Y detrás, con su propia letra, había escrito:
«SI LILA ALGUNA VEZ ENTRA EN GRAYHAVEN HOUSE, NO CONFÍES EN NADIE QUE DIGA QUE YO ESTOY MUERTO.»
Entonces, desde algún lugar del piso inferior, sonaron tres golpes lentos en la puerta principal.