PARTE 2: CUANDO MI MADRE FINALMENTE ENCONTRÓ AL «MARIDO PERFECTO» PARA MÍ, ALEXANDER YA HABÍA PREPARADO UNA PROPUESTA QUE CONVIRTIÓ NUESTRA EXTRAÑA FAMILIA EN EL ESCÁNDALO DEL AÑO.

No dormí.

A las tres de la madrugada seguía mirando el techo, intentando decidir qué era más absurdo.

Que Alexander quisiera casarse conmigo.

Que creyera que yo aceptaría.

O que una parte vergonzosamente grande de mí hubiera querido decir que sí desde el instante en que pronunció aquellas palabras.

A las nueve y cuarto bajé a desayunar.

Alexander ya estaba allí.

Traje gris oscuro.

Corbata negra.

Cabello perfectamente peinado.

Y sobre la mesa, junto a su café, descansaba una carpeta.

Lo miré con desconfianza.

—No me digas que son documentos matrimoniales.

—Son documentos.

—Alexander.

—Todavía no he dicho qué clase.

Me senté frente a él.

—No voy al registro civil contigo.

—Bien.

Parpadeé.

—¿Bien?

—Cambió el plan.

Eso me inquietó todavía más.

Mi madre apareció entonces bajando las escaleras.

—Emma, cariño, ponte algo bonito esta noche.

Cerré los ojos.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Mamá.

—He invitado a cenar a alguien.

Alexander levantó lentamente la taza.

Aquello llamó mi atención.

—¿A quién?

Mi madre sonrió con una felicidad sospechosa.

—A tu futuro marido.

Casi derramé el café.

Alexander tosió.

Lo miré.

Él miró a mi madre.

Por primera vez desde que lo conocía, Alexander Harrison parecía genuinamente preocupado.

—¿Quién es? —pregunté.

—Julian Whitmore.

Alexander dejó la taza.

Demasiado fuerte.

—No.

Mi madre lo miró.

—¿Perdón?

—Whitmore no.

—Alexander, no te estoy buscando marido a ti.

—Por suerte.

Me crucé de brazos.

—¿Qué problema tienes con Julian?

—Muchos.

—Dime uno.

—Respira.

—Eso suele considerarse positivo.

Alexander me lanzó una mirada fría.

—Tiene treinta y cuatro años, tres clubes privados, dos divorcios y un historial notable de considerar la fidelidad como una sugerencia.

Mi madre abrió mucho los ojos.

—¿Dos divorcios?

—Tres compromisos rotos además.

—¿Cómo sabes tanto?

—Compramos una empresa suya.

—Ah.

Mamá tomó inmediatamente su teléfono.

—Entonces cancelo.

—¡No! —dije.

Ambos me miraron.

No sabía por qué lo había dicho.

Hasta que vi la expresión de Alexander.

Celos.

Perfectamente contenidos, pero inconfundibles.

Y de pronto me entraron unas ganas terribles de averiguar hasta dónde llegaban.

—Ya está invitado —continué—. Sería descortés cancelar.

Alexander dejó lentamente los cubiertos.

—Emma.

—¿Sí?

—No juegues conmigo.

—No sé de qué hablas.

Él se levantó.

Pasó junto a mi silla.

Y antes de marcharse se inclinó lo suficiente para decir únicamente para mí:

—Lo sabrás esta noche.

A las siete, Julian Whitmore llegó con flores para mi madre y una botella de vino para mi padrastro.

También era, desgraciadamente para Alexander, muy guapo.

Encantador.

Educado.

Y completamente consciente de que Alexander lo observaba desde el otro extremo del comedor como si estuviera calculando el coste de enterrarlo debajo de la piscina.

Julian me hizo reír dos veces.

La segunda vez, Alexander rompió el pan que sostenía entre los dedos.

Mi madre no notó nada.

Mi padrastro sí.

Robert Harrison llevaba toda la cena en silencio, alternando la mirada entre su hijo y yo con una diversión creciente.

Finalmente preguntó:

—Alexander, ¿todo bien?

—Perfectamente.

—Pareces enfadado.

—No lo estoy.

Julian sonrió.

—Tal vez le preocupa que robe talento de Harrison Group.

—No.

Alexander me miró.

—Me preocupa otra cosa.

Sentí que mis mejillas ardían.

Entonces mi madre decidió empeorar la situación.

—Julian, Emma es fantástica. Cocina fatal, pero tiene buen corazón.

—¡Mamá!

—También está completamente soltera.

El cuchillo de Alexander golpeó el plato.

Todos lo miramos.

Mi madre frunció el ceño.

—¿Te pasa algo?

Alexander dejó la servilleta sobre la mesa.

—Sí.

Se levantó.

—Emma no está disponible.

El silencio fue inmediato.

Mi corazón se detuvo.

Julian arqueó una ceja.

—No tenía entendido que tuviera pareja.

—La tiene.

Me puse de pie.

—Alexander.

Pero él ya había cruzado el comedor.

Se detuvo frente a mí.

—Te dije que el plan había cambiado.

—¿Qué estás haciendo?

Metió una mano en el bolsillo interior de su chaqueta.

Cuando la sacó, sostenía una pequeña caja.

Mi madre dejó escapar un grito.

—¡Dios mío!

—No —murmuré.

Alexander abrió la caja.

Dentro había un anillo sencillo, elegante, con un diamante que probablemente podía financiar mi antigua vida durante varios años.

Pero no se arrodilló.

Todavía no.

Me miró directamente.

—Esta mañana quería llevarte al registro civil porque llevo seis meses intentando ser paciente y soy bastante malo en eso.

Robert soltó una carcajada.

Alexander ignoró a su padre.

—Pero después pensé que tenías razón.

—¿Sobre qué?

—No habías aceptado.

Su voz perdió aquella seguridad arrogante que siempre lo protegía.

Por primera vez parecía simplemente un hombre esperando una respuesta que realmente podía dolerle.

—Así que voy a preguntarlo correctamente.

Se arrodilló.

Mi madre empezó a llorar antes de que dijera una palabra.

Yo me quedé petrificada.

—Emma —dijo Alexander—, no quiero casarme contigo porque nuestros padres tengan dinero, ni porque nuestras familias encajen, ni porque alguien haya hecho una lista absurda de requisitos.

Mi madre murmuró:

—No era absurda.

Robert le tomó la mano para hacerla callar.

Alexander continuó.

—Quiero casarme contigo porque llevo seis meses bajando temprano a desayunar solo para verte discutir con tu madre.

Una risa nerviosa escapó de mí.

—Porque sé que finges odiar las películas románticas y después lloras con todas.

—Eso es mentira.

—Porque cambias de dirección por la mansión para no pasar frente a mi despacho cuando sabes que estoy dentro.

Abrí mucho los ojos.

—¿Lo sabías?

—Siempre.

Sonrió.

—Y porque llevas seis meses huyendo mientras yo llevo exactamente el mismo tiempo intentando convencerme de que dejarte hacerlo era lo correcto.

Su expresión se volvió seria.

—Ya no quiero hacerlo.

Extendió el anillo.

—Emma Bennett, ¿quieres casarte conmigo?

Miré a mi madre.

Estaba llorando.

Miré a Robert.

Parecía estar disfrutando demasiado.

Miré a Julian.

Levantó su copa hacia mí.

—Por si sirve de algo —dijo—, creo que mi trabajo aquí terminó.

Entrecerré los ojos.

—¿Qué significa eso?

Mi madre dejó de llorar.

Alexander giró lentamente hacia ella.

—¿Mamá?

—Bueno…

—Mamá —repetí.

Ella se limpió los ojos.

—Julian sabía perfectamente lo de Alexander.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Julian sonrió.

—Tu madre me llamó esta tarde para decirme que debía coquetear contigo.

Alexander se puso de pie.

—¿Usted qué?

—Funcionó.

Mi madre levantó las manos.

—¡Sabía que vuestro problema era que ninguno quería admitirlo!

—¿Así que preparaste toda esta cena para provocarle celos?

—Por supuesto.

La señalé.

—Estás completamente loca.

—Y tú sigues sin contestar.

Todos volvieron la mirada hacia mí.

Alexander seguía sosteniendo el anillo.

Suspiré.

—Hay condiciones.

Sus labios se curvaron.

—Naturalmente.

—No vamos mañana al registro civil.

—De acuerdo.

—Ni la semana que viene.

Su sonrisa desapareció un poco.

—¿Un mes?

—Seis meses.

—Dos.

—Cinco.

—Tres.

—Cuatro.

Alexander extendió la mano.

—Trato hecho.

—Y nadie controla mi trabajo.

—Bien.

—Nadie decide qué hago porque ahora pertenecemos a una familia multimillonaria.

—Jamás.

—Y cuando mi madre empiece a hablar de nietos…

—No pienso detenerla.

—Alexander.

Él sonrió.

—Lo intentaré.

Miré finalmente el anillo.

Después lo miré a él.

—Sí.

No hubo elegancia alguna en lo que sucedió después.

Mi madre gritó.

Robert abrió champagne.

Julian empezó a aplaudir.

Alexander me puso el anillo con una sonrisa que jamás le había visto delante de nadie.

Y entonces mi madre dijo:

—¡Lo sabía!

La miré.

—¿Qué sabías?

—Que Alexander era perfecto para ti.

Parpadeé.

—Espera. ¿Desde cuándo?

Robert empezó a reír.

Mi madre pareció confundida.

—Cariño, ¿de verdad pensabas que aquella mañana estaba describiendo a un hombre cualquiera?

Miré a Alexander.

Él evitó mis ojos.

—Tú lo sabías.

—Tenía sospechas.

—¡Los dos estaban conspirando!

Mi madre negó con energía.

—Yo solo estaba facilitando las cosas.

—Intentaste organizarme una cita falsa.

—Y funcionó.

—¡Mamá!

Alexander me rodeó los hombros.

—Será mejor que te acostumbres.

—¿A qué?

Miró a nuestros padres.

—A esta familia.

Dos meses después anunciamos oficialmente nuestro compromiso.

Hubo comentarios.

Naturalmente.

Algunos periódicos utilizaron expresiones ridículas sobre «hermanastros multimillonarios».

Otros intentaron convertir nuestra historia en un escándalo.

Pero nosotros sabíamos algo mucho más sencillo.

Nuestros padres se habían casado cuando Alexander y yo ya éramos adultos.

No habíamos crecido juntos.

No compartíamos sangre.

Lo que existía entre nosotros había nacido independientemente de la boda de nuestros padres.

Cuatro meses más tarde, nos casamos en el jardín de la mansión.

Mi madre lloró desde que comenzó la ceremonia hasta que terminó.

Robert apostó con Alexander que ella lloraría antes de que yo apareciera.

Perdió.

Había empezado veinte minutos antes.

Cuando llegó el momento de lanzar el ramo, mamá se acercó.

—¿Ves? Te dije que necesitabas un marido guapo, con suegros ricos y una suegra amable.

La miré.

—Mi suegra eres tú.

Sonrió orgullosa.

—Exactamente. Elegí perfectamente.

Alexander apareció detrás de mí.

—Por una vez, estoy de acuerdo con ella.

Me tomó de la mano.

Miré al hombre del que había pasado medio año huyendo.

—Sigues siendo insoportablemente arrogante.

—Y tú sigues enamorada de mí.

—Un poco.

—Emma.

—Mucho.

Sonrió.

—Mucho mejor.

Y mientras caminábamos hacia nuestros invitados, comprendí finalmente la ironía que mi madre jamás dejaría de recordarme:

había pasado meses intentando encontrarme al marido perfecto sin darse cuenta de que yo ya estaba enamorada del candidato que desayunaba con nosotros cada mañana, vivía al otro extremo del pasillo y llevaba todo ese tiempo esperando a que dejara de huir de él.

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