PARTE 2: CUANDO SAMUEL POR FIN ENTENDIÓ QUE YO NO ESTABA ESPERANDO A QUE ÉL SE DECIDIERA, SINO CONTANDO LOS DÍAS PARA IRME DE LA ISLA, YA ERA DEMASIADO TARDE PARA PEDIRME QUE ME QUEDARA.

Los primeros cinco días pasaron más rápido de lo que esperaba.

Entregué historiales.

Ordené medicamentos.

Preparé protocolos para mi reemplazo.

Y cada noche, después de cerrar el puesto médico, metía unas cuantas cosas más en cajas.

No se lo dije a Samuel.

Tampoco necesitaba hacerlo.

Durante tres años había intentado entrar en su vida.

Ahora solo quería salir de ella sin hacer ruido.

El sexto día, Clara llegó al puesto con la cuerda azul y blanca atada alrededor de la muñeca.

—Elena, mira.

Levantó la mano con orgullo.

—Samuel dijo que trae buena suerte.

Mis dedos se detuvieron sobre una ficha médica.

—Eso dicen.

—¿La conocías?

—Sí.

Clara sonrió.

—Samuel me contó que unas voluntarias la hicieron.

Levanté los ojos.

Samuel acababa de entrar detrás de ella.

Nuestra mirada se cruzó.

Por primera vez pareció incómodo.

Quizá recordaba perfectamente quién había tejido aquella cuerda.

Quizá acababa de comprender que yo también había escuchado su mentira.

No dije nada.

La enfermera Li apareció con una caja.

—Elena, ¿esto también va para Jingbei?

El silencio cayó de golpe.

Clara parpadeó.

—¿Jingbei?

Samuel no se movió.

—¿Qué significa eso?

La enfermera Li comprendió demasiado tarde lo que había hecho.

Yo cerré la carpeta.

—Me trasladan.

Clara abrió mucho los ojos.

—¿Te vas de la isla?

—Dentro de nueve días.

Samuel me miró como si hubiera hablado en otro idioma.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace casi una semana.

—¿Y no pensabas decírmelo?

La pregunta me sorprendió.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

Su mandíbula se tensó.

Clara miró de él a mí.

—Samuel…

Él ni siquiera la escuchó.

—Llevas tres años aquí.

—Lo sé.

—Tienes pacientes. Amigos. Todo está aquí.

Sonreí ligeramente.

—Precisamente por eso tardé tanto en marcharme.

Samuel siguió mirándome.

—¿Es por mí?

La enfermera Li salió discretamente.

Clara dejó de sonreír.

Yo podría haber mentido.

Pero ya no tenía necesidad.

—En parte.

Su expresión cambió.

—Elena, yo nunca te prometí nada.

Aquella frase habría destrozado a la mujer que yo era un mes antes.

Esta vez asentí.

—Tienes razón.

Samuel pareció desconcertado.

—Entonces…

—Nunca me prometiste nada.

Lo miré directamente.

—Fui yo quien convirtió tus rechazos en razones para seguir esperando. Ese fue mi error, no el tuyo.

No hubo reproche en mi voz.

Y eso pareció afectarlo más.

Me giré hacia Clara.

—La enfermera Li terminará tu formación.

Luego continué trabajando.

Samuel permaneció allí varios segundos.

Finalmente se marchó.

Aquella tarde empezó a llover.

Al cerrar el puesto médico encontré a Samuel esperándome bajo el alero.

—Te acompaño.

—No hace falta.

—Está lloviendo.

—Tengo paraguas.

Intenté pasar.

Él habló detrás de mí.

—La cuerda era tuya.

Me detuve.

—Sí.

—¿Por qué dijiste que la habían hecho las voluntarias?

—Porque no querías aceptar nada mío.

Samuel guardó silencio.

—No debí dársela a Clara.

Me giré.

—Puedes regalar tus cosas a quien quieras.

—Pero la hiciste tú.

—La hice para que regresaras vivo.

Lo miré.

—Regresaste. Cumplió su propósito.

Samuel pareció querer decir algo.

No lo hizo.

Abrí el paraguas y me marché.

A partir de aquel día empezó a aparecer con frecuencia.

Demasiada frecuencia.

Llevaba pescado fresco al puesto.

Preguntaba si necesitábamos reparar algo.

Se ofrecía a conducir cuando había pacientes en aldeas lejanas.

La enfermera Li me observaba en silencio.

Hasta que una tarde murmuró:

—Ahora que te vas, de repente sabe dónde está el puesto médico.

Sonreí.

—No importa.

Y era verdad.

El Samuel que yo había esperado durante tres años estaba apareciendo exactamente cuando yo ya no lo necesitaba.

Tres días antes de mi partida hubo una emergencia.

Un pescador sufrió un accidente cerca de los arrecifes.

El mar estaba agitado y el nuevo equipo de rescate todavía no conocía bien aquella zona.

Samuel volvió a ponerse el traje naranja.

Yo lo vi correr hacia la lancha.

Durante un segundo todo se sintió como tres años atrás.

La tormenta.

El puerto.

Él.

Yo esperando.

Pero esta vez no esperé como una mujer enamorada.

Esperé como médica.

Dos horas después regresaron.

El pescador estaba consciente.

Samuel tenía un corte en el brazo.

—Siéntate —le ordené.

Lo limpié y vendé sin conversación.

Él observó mis manos.

—Antes te ponías nerviosa cada vez que volvía herido.

—Antes era diferente.

—¿Qué cambió?

Terminé el vendaje.

—Yo.

Samuel agarró suavemente el borde de la mesa.

—Elena.

Levanté la vista.

—Cuando dejé el equipo… pensé que sentiría alivio.

No respondí.

—Pensé que Clara había vuelto y que todo iba a volver a ser como antes.

Su voz bajó.

—Pero llevo días intentando recordar por qué estaba tan seguro de eso.

Mi pecho se apretó.

Samuel continuó.

—Cuando estabas aquí, daba por hecho que siempre habría alguien esperándome después de cada salida.

Sonreí con tristeza.

—Eso no es amor, Samuel.

Él se quedó quieto.

—Es costumbre.

La palabra le dolió.

Lo vi.

Pero necesitaba escucharla.

—Yo te llevaba comida, te esperaba, te curaba, buscaba excusas para verte. Te acostumbraste a recibir todo eso sin preguntarte lo que me costaba.

Me quité los guantes.

—Ahora que voy a dejar de hacerlo, sientes un vacío.

—No es solo eso.

—Quizá no.

Me levanté.

—Pero yo ya no voy a quedarme para averiguarlo.

Mi último día llegó con un cielo completamente despejado.

Todo el personal del puesto médico vino a despedirme.

La enfermera Li lloró.

Los pescadores trajeron fruta, pescado seco y pequeñas cajas de recuerdos.

Clara también apareció.

Ya no llevaba la cuerda.

Se acercó y me la entregó.

—Esto es tuyo.

Negué.

—No.

—Samuel me contó la verdad.

Miró la cuerda entre sus dedos.

—Yo tampoco quiero quedarme con algo que otra persona hizo pensando en él.

La dejé sobre la mesa.

—Entonces tírala.

Clara me observó sorprendida.

—¿De verdad?

—Es solo una cuerda.

Y al decirlo comprendí que era cierto.

Lo que había significado era mío. El objeto ya no tenía ningún poder sobre mí.

El barco hacia el continente salía a las cuatro.

A las tres y cincuenta subí con mi maleta.

Samuel no había aparecido.

Me sorprendió sentir alivio.

Quizá así era mejor.

El motor arrancó.

Entonces escuché gritos desde el muelle.

Samuel corría.

Llegó cuando ya habían retirado la pasarela.

—¡Elena!

Todo el puerto se volvió hacia él.

Yo permanecí junto a la barandilla.

Estaba sin aliento.

—No te vayas.

Cerré los ojos un segundo.

Tres años.

Había esperado tres años esas palabras.

Cuando finalmente llegaron, ya no eran las palabras que necesitaba.

—Samuel.

—Sé que llegué tarde.

—Sí.

Su rostro se tensó.

—Puedo ir a Jingbei.

Negué.

—No.

—Dame una oportunidad.

Lo miré.

—Te di tres años.

—No entendía…

—Lo sé.

Mi voz fue suave.

—Y por eso no te odio.

El barco empezó a separarse lentamente del muelle.

Samuel caminó siguiendo la embarcación hasta donde pudo.

—¿Entonces esto es todo?

Miré la isla.

El pequeño puesto médico.

El puerto donde lo había conocido.

La vida que durante tanto tiempo había construido alrededor de alguien que nunca me pidió hacerlo.

Después volví a mirarlo.

—No.

Samuel pareció recuperar esperanza.

Sonreí.

—Esto es el principio de algo. Solo que ya no empieza contigo.

El barco se alejó.

No miré atrás otra vez.

Seis meses después, Jingbei ya se sentía como mi hogar.

Me incorporé al departamento de emergencias del hospital regional.

Volví a estudiar.

Hice amigos.

Empecé a correr por las mañanas.

Dormía sin esperar llamadas del puerto.

Una tarde recibí un paquete.

Dentro había una cuerda nueva.

Azul y blanca.

Sin carta.

Solo una nota pequeña.

«Esta vez la hice yo. No para pedirte que regreses. Solo para desearte que estés a salvo donde decidas quedarte. —Samuel.»

Me quedé mirándola un momento.

Después la guardé en un cajón.

No respondí.

No porque todavía estuviera enfadada.

Sino porque ya no necesitaba cerrar ninguna historia.

Unas semanas después, la enfermera Li me llamó.

Me contó que Samuel había vuelto temporalmente al equipo como instructor y que Clara había dejado la isla para continuar sus estudios.

—Pregunta por ti algunas veces —dijo.

—Espero que esté bien.

—¿Nada más?

Miré por la ventana del hospital.

Jingbei brillaba bajo el sol de la mañana.

En el pasillo alguien me llamó:

—¡Doctora Lin! La necesitamos en urgencias.

Sonreí.

—Nada más.

Colgué.

Durante tres años pensé que mi historia de amor comenzaría cuando Samuel finalmente eligiera regresar a mí.

Estaba equivocada.

Mi verdadera historia comenzó el día en que dejé de esperar en el puerto.

Porque a veces perder a la persona que más querías no es una tragedia.

A veces es la única manera de encontrarte de nuevo.

Y esta vez, cuando crucé las puertas de urgencias hacia la vida que había elegido por mí misma, no había nadie delante de mí a quien alcanzar ni nadie detrás de mí a quien esperar.

Solo estaba yo.

Y por fin era suficiente.

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