PARTE 2: EL DÍA QUE ADRIAN CANCELÓ SU COMPROMISO DELANTE DE LAS DOS FAMILIAS, YO YA HABÍA ACEPTADO MARCHARME CON OTRO HOMBRE Y ÉL DESCUBRIÓ DEMASIADO TARDE QUE NUNCA FUI SOLO SU SECRETARIA.

Cuando Adrian dijo que el compromiso quedaba cancelado, la sala de juntas permaneció en silencio durante varios segundos.

Samantha Shen fue la primera en reaccionar.

—¿Qué acabas de decir?

Adrian cerró la carpeta que tenía delante.

—Que no habrá compromiso.

El padre de Samantha golpeó la mesa.

—Las invitaciones están preparadas. Los medios ya han sido avisados.

—Entonces avísenles otra vez.

La señora Gu palideció.

—Adrian, no hagas una estupidez por una emoción pasajera.

Él levantó la mirada.

—Precisamente llevo demasiado tiempo ignorando lo que siento.

Aquella misma mañana, yo no sabía nada.

Estaba sentada frente a Julian Chen escuchando las condiciones de su oferta.

Director adjunto de operaciones regionales.

Salario superior.

Equipo propio.

Horario normal.

Y, lo más importante:

ya no tendría que organizar la vida de Adrian Gu para sentir que la mía tenía algún propósito.

—¿Cuándo necesitas una respuesta? —pregunté.

Julian sonrió.

—Ahora.

Lo miré.

—¿Tan seguro estás de mí?

—Jiang Chi, llevo seis años viendo cómo haces funcionar una empresa desde detrás de una puerta.

Empujó el contrato hacia mí.

—Quiero ver qué haces cuando tu nombre esté escrito en la puerta.

Tomé el bolígrafo.

Firmé.

A las once y diecisiete, mi teléfono comenzó a vibrar.

Adrian.

Lo dejé sonar.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

«¿Dónde estás?»

Respondí:

«Reunión personal. Regreso a las dos.»

La respuesta apareció inmediatamente.

«Cancélala.»

Miré la pantalla.

Por primera vez en seis años escribí:

«No.»

Cuando regresé a la empresa, el ambiente estaba extraño.

Noah Zhou corrió hacia mí.

—Señorita Jiang, ¿ya lo sabe?

—¿Qué cosa?

Bajó la voz.

—El señor Gu canceló el compromiso.

Me quedé quieta.

—¿Con Samantha Shen?

—Delante de todos.

Mi primer pensamiento fue que existía algún conflicto empresarial.

Mi segundo fue mucho más peligroso.

Así que lo enterré.

Entré en mi despacho y continué preparando la entrega.

Diez minutos después, Adrian apareció.

—Ven conmigo.

—Tengo que terminar—

—Ahora.

Entré en su oficina.

Él cerró la puerta.

—Cancelé el compromiso.

—Me dijeron.

Esperó.

Probablemente esperaba alguna reacción.

No llegó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

Por primera vez, Adrian Gu parecía un hombre sin respuestas.

—Quizá podrías preguntarme por qué.

Lo miré.

—Es tu vida personal.

Sus labios se tensaron.

—Anoche dijiste que mi vida personal no te concernía.

—Porque no me concierne.

—¿Y tu prometido sí?

La mentira regresó como un cuchillo.

Daniel Zhou no existía.

Lo había inventado porque me avergonzaba decir:

“Renuncio porque llevo seis años enamorada de ti y ya no puedo soportar verte casarte con otra.”

Pero antes de que pudiera responder, Adrian dejó su teléfono sobre la mesa.

En la pantalla aparecía el perfil de Julian.

—¿Has aceptado su oferta?

Mi silencio bastó.

Adrian soltó una risa sin humor.

—Así que era eso.

—¿Qué cosa?

—No renuncias para casarte.

—Eso no cambia nada.

—Me mentiste.

—Porque si te hubiera dicho la verdad, habrías preguntado demasiado.

Se acercó.

—Entonces dímela ahora.

Negué.

—Ya no importa.

—Para mí sí.

—¿Desde cuándo?

La pregunta lo detuvo.

Sentí seis años enteros acumulándose detrás de mi garganta.

—¿Desde cuándo te importa con quién salgo? ¿Desde cuándo te importa si me caso? ¿Desde cuándo necesitas saber dónde voy cuando termino mi jornada?

Adrian no habló.

—Cuando estaba disponible veinticuatro horas al día, era normal.

—Cuando aprendí tus alergias, era mi trabajo.

—Cuando pasé tres cumpleaños organizando tus viajes, era mi responsabilidad.

—Cuando cancelé vacaciones porque me necesitabas, eras mi jefe.

Mi voz comenzó a temblar.

—Pero ahora que decido marcharme, ¿de repente quieres respuestas?

Adrian bajó la mirada.

—No sabía que ibas a marcharte de verdad.

Sonreí tristemente.

—Eso es exactamente el problema.

Él dio otro paso.

—Jiang Chi, no me comprometeré con Samantha.

—Bien.

—Cancelé el acuerdo entre nuestras familias.

—Bien.

—¿No entiendes lo que estoy diciendo?

Lo miré.

—Sí.

Hice una pausa.

—Pero estás esperando que convierta tu decisión en una declaración de amor que todavía no has hecho.

Adrian se quedó inmóvil.

Sus dedos comenzaron a golpear la mesa.

Tac.

Tac.

Se detuvieron.

—Me gustas.

Aquellas dos palabras que habría dado cualquier cosa por escuchar un año antes ya no fueron suficientes.

—¿Desde cuándo?

Adrian tardó demasiado.

Eso también fue una respuesta.

—No lo sé.

—Entonces quizá no me amas.

—No dije eso.

—Tal vez simplemente no soportas perder algo que siempre estuvo disponible.

Su rostro cambió.

Había acertado donde dolía.

—Dame una oportunidad para descubrirlo.

Negué.

—No voy a quedarme parada en el mismo lugar mientras tú decides qué sientes.

Recogí mi carpeta.

—Mi último día sigue siendo dentro de treinta días.

—¿Y después?

—Empiezo con Julian.

El nombre lo hizo endurecerse.

—No me gusta.

Esta vez sí me reí.

—Ya no eres mi jefe.

—Todavía lo soy durante treinta días.

—Entonces aprovéchalos para aprender a gestionar tu propia agenda.

Salí.

Durante las semanas siguientes, Adrian cambió.

No con grandes gestos.

Eso habría sido fácil.

Comenzó por cosas pequeñas.

Dejó de llamarme fuera del horario laboral.

Aprendió a organizar personalmente sus reuniones.

Rechazó que Noah me telefoneara durante mis días libres.

Y cuando su madre intentó obligarme a asistir a una cena privada, Adrian respondió delante de todos:

—Jiang Chi es una ejecutiva, no una criada de la familia Gu.

Aquello me sorprendió más que la cancelación del compromiso.

Samantha apareció una tarde.

Esperaba una escena.

En cambio, se sentó frente a mí.

—No estoy enamorada de Adrian.

Parpadeé.

Ella sonrió.

—Él tampoco estaba enamorado de mí.

—Entonces ¿por qué aceptar?

—Porque nuestras familias llevaban años planeándolo.

Jugó con su anillo.

—Pero cuando escuchó que ibas a casarte, finalmente perdió la cabeza.

La miré.

—No voy a casarme.

Samantha abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

Suspiré.

—Inventé al novio.

Ella comenzó a reír.

—Esto es incluso más absurdo de lo que pensaba.

Antes de marcharse se volvió.

—Por cierto, Adrian todavía cree que Daniel Zhou existe.

Eso explicaba demasiadas cosas.

Mi último día llegó.

Había vaciado el escritorio cuando Marcus apareció con flores.

—Oferta final. Triple sueldo.

—Demasiado tarde.

Julian llegó detrás de él.

—No intentes robarme empleados.

—Todavía no es tuya.

—Firmó hace un mes.

Ambos empezaron a discutir.

Por primera vez, me reí sin pensar en quién podía necesitarme.

Entonces Adrian apareció.

Todos callaron.

Llevaba una pequeña caja.

Mi corazón dio un salto.

—Si eso es un anillo, me voy por la ventana —dije.

Marcus soltó una carcajada.

Adrian abrió la caja.

Dentro no había ninguna joya.

Había una llave.

—Compré un apartamento.

Lo miré confundida.

—¿Y?

—Mi madre no tiene llave.

Julian comenzó a reír.

Adrian lo ignoró.

—Tiene dos habitaciones. Una oficina para ti, si algún día quieres usarla.

—Adrian…

—No te estoy pidiendo que renuncies.

—No te estoy pidiendo que vuelvas.

—Y no voy a pedirte que elijas entre tu carrera y yo.

Respiró profundamente.

—Solo quiero pedirte permiso para empezar desde cero.

Toda la oficina estaba en silencio.

—¿Como qué?

—Como un hombre que quiere invitarte a cenar.

Sonreí.

—¿Y si digo que no?

—Preguntaré otra vez dentro de seis meses.

—Eso suena a acoso.

—Entonces esperaré a que tú preguntes.

No pude evitar reírme.

Y ese fue el comienzo.

No regresé con él aquella noche.

Ni aquella semana.

Me fui con Julian.

Me convertí en directora de operaciones regionales seis meses después.

Por primera vez, mi teléfono dejó de estar disponible para Adrian a cualquier hora.

Él aprendió a esperar.

Aprendió a preguntar.

Aprendió que cuidar a alguien no significaba poseer su tiempo.

Casi un año después, durante una cena sencilla, Adrian colocó una pequeña caja sobre la mesa.

Esta vez sí había un anillo.

—Jiang Chi.

—¿Sí?

—Ya sé cuánto tiempo llevas en mi vida.

Sonrió.

—Pero me gustaría saber cuánto tiempo quieres quedarte.

Lo miré durante varios segundos.

Luego extendí la mano.

—Esta vez no como tu secretaria.

Adrian deslizó el anillo en mi dedo.

—Nunca más.

Y en ese momento comprendí algo que habría sido incapaz de entender seis años atrás.

Yo pensaba que amar significaba estar siempre disponible.

No.

Amar significaba poder marcharte y que la otra persona, en lugar de cortarte las alas, aprendiera a caminar hasta encontrarte.

Y Adrian Gu, por fin, había aprendido a hacerlo.

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