PARTE 2: EL ESCÁNDALO EN LA OFICINA REVELÓ LO QUE DANIEL Y CHLOE LLEVABAN MESES HACIENDO A MIS ESPALDAS

Llegué a la empresa cuarenta minutos después.

Emma me esperaba junto al ascensor.

—Antes de entrar, prométeme que no harás una locura.

—Ya terminé con Daniel. No me queda ninguna locura pendiente.

Ella no sonrió.

—No es solo Chloe.

Entramos.

La oficina estaba extrañamente silenciosa.

Cuando llegamos a Recursos Humanos, vi a Daniel frente al director financiero. Chloe estaba sentada en una esquina, llorando.

Al verme, Daniel se levantó.

—Luna. Por fin.

Intentó acercarse.

Retrocedí.

—Emma dijo que había un problema.

El director financiero dejó una carpeta sobre la mesa.

—Detectamos pagos irregulares vinculados a la señorita Chloe Bennett.

Durante ocho meses, Chloe había presentado gastos personales como gastos corporativos.

Hoteles.

Restaurantes.

Ropa.

Viajes.

Incluso el apartamento donde había pasado la noche con Daniel estaba registrado como alojamiento para “reuniones ejecutivas”.

Pero había algo peor.

Todas las autorizaciones aparecían aprobadas desde la cuenta de Daniel.

—¿Tú firmaste esto? —pregunté.

Daniel apretó la mandíbula.

—Chloe administraba mis accesos.

Ella levantó inmediatamente la cabeza.

—¡Me dijiste que podía hacerlo!

—¡Para gastos laborales!

—¿Y nuestros viajes qué eran entonces?

Silencio.

Daniel palideció.

Chloe comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

Yo solo pregunté:

—¿Desde cuándo?

Daniel me miró.

—Luna…

—No te estoy preguntando si dormiste con ella anoche. Eso ya lo sé. Pregunto desde cuándo llevas usando dinero de la empresa para mantener esta relación.

No respondió.

Emma sí.

—Al menos seis meses.

Sentí algo extraño.

No dolor.

Alivio.

La copa de vino no había destruido una buena relación.

Solo había arrancado la cortina.

Daniel intentó tomarme de la mano.

—Puedo explicarlo.

—Siempre puedes explicar todo.

—Chloe confundió las cosas.

Ella se puso de pie.

—¿Yo?

Su falsa fragilidad desapareció.

—Me dijiste que ibas a dejarla.

Daniel miró alrededor.

Demasiadas personas estaban escuchando.

—Cállate.

Chloe soltó una carcajada.

—¿Ahora quieres que me calle? Anoche no decías eso cuando me llevaste a tu apartamento.

Mi apartamento.

Entonces entendí por qué había visto mi copa personalizada.

Daniel había llevado a Chloe al lugar donde nosotros prácticamente vivíamos juntos.

No necesitaba escuchar más.

Me quité la tarjeta de acceso de la empresa y la puse sobre la mesa.

—Renuncio.

Daniel se quedó inmóvil.

—No puedes irte ahora.

—Acabo de hacerlo.

—Luna, tenemos proyectos juntos.

—Tú tienes proyectos.

Lo miré.

—Yo tengo un vuelo a Chicago.

Su expresión cambió.

Sabía perfectamente lo que significaba.

Durante tres años había rechazado incorporarme al negocio de mi familia porque quería construir algo junto a él.

Daniel conocía la empresa de mi padre.

También sabía que varios contratos importantes de su compañía habían llegado gracias a contactos que yo había presentado.

—No mezcles nuestras empresas con esto.

Casi sonreí.

—Yo no voy a mezclar nada.

Y cumplí mi palabra.

No llamé a clientes para perjudicarlo.

No convencí a nadie de romper contratos.

No necesité hacerlo.

La auditoría interna encontró suficientes problemas por sí sola.

Daniel fue suspendido mientras investigaban las autorizaciones.

Chloe fue despedida.

Semanas después, varios gastos tuvieron que ser restituidos y Daniel perdió el puesto ejecutivo que llevaba años intentando conseguir.

Pero para entonces yo ya estaba en Chicago.

Mi padre me entregó un despacho pequeño en la nueva sucursal.

—No tendrás trato especial.

—Eso quiero.

—¿Segura?

—Completamente.

Empecé desde operaciones.

Trabajé con proveedores, revisé presupuestos, visité almacenes y cometí errores.

Por primera vez en mucho tiempo, cuando conseguía algo, no estaba pensando si Daniel estaría orgulloso.

Lo estaba yo.

Tres meses después apareció en Chicago.

Entró en mi oficina con flores.

—Necesitamos hablar.

—No.

—Conduje seis horas.

—Eso no convierte la conversación en obligatoria.

Dejó las flores.

—Chloe desapareció en cuanto perdí el puesto.

—Qué sorpresa.

—Nunca la amé.

Lo miré.

—Eso lo empeora.

Daniel pareció confundido.

—¿Cómo puede empeorarlo?

—Porque si hubieras estado enamorado, al menos habría una razón para haber destruido lo nuestro. Pero me humillaste por una mujer que ni siquiera querías.

No supo responder.

Entonces sacó algo de su bolsillo.

Una pequeña caja.

Mi estómago se cerró.

—Pensaba proponerte matrimonio este año.

La abrió.

Había un anillo.

Años atrás habría llorado al verlo.

Ahora solo parecía una joya.

—Luna, cometí un error.

—No.

Negué.

—Derramar vino por accidente es un error. Tú tomaste decisiones durante meses.

Cerró la caja.

—¿No queda absolutamente nada?

Pensé en nuestra primera cita.

En las noches trabajando juntos.

En los planes.

En la copa con mis iniciales en manos de Chloe.

—Queda una versión de mí que te quiso muchísimo.

—¿Y dónde está?

—Aprendiendo a no confundirse otra vez.

Daniel se marchó.

No volvió.

Un año después, nuestra sucursal de Chicago obtuvo beneficios por primera vez.

Mi padre llegó para la celebración.

Cuando todos se fueron, levantó una copa.

—Por volver a ser tú.

Choqué la mía contra la suya.

—Por no volver a abandonarme.

A veces todavía pensaba en aquella cena.

Durante meses creí que el momento decisivo había sido cuando Chloe me derramó vino encima.

No.

Tampoco fue su fotografía usando mi copa.

Ni descubrir que Daniel había pasado la noche con ella.

El verdadero momento ocurrió cuando él se puso detrás de mí, me secó el cabello con ternura y después decidió salir de casa porque otra mujer estaba llorando.

Yo le había dicho exactamente lo que ocurriría:

“Si sales por esa puerta, no vuelvas.”

Daniel creyó que era otra amenaza de una novia celosa.

Por eso salió.

Y aquella fue la última vez que permitió que otra mujer decidiera cuánto valía yo.

Porque cuando la puerta se cerró, finalmente entendí algo:

no había perdido al hombre con quien quería construir mi futuro.

Había dejado atrás al hombre por quien llevaba demasiado tiempo posponiéndolo.

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