Me quedé mirando aquella frase hasta que la pantalla volvió a apagarse.
«Ya tengo el resultado. No es tuyo. Puedes dejar de preocuparte.»
No necesitaba ser especialmente inteligente para imaginar lo que significaba.
Un resultado.
No era suyo.
Una mujer con la que Adrián había sido fotografiado entrando de madrugada en su casa.
Y un marido que acababa de desaparecer del hospital sin siquiera recuperar su teléfono.
Sentí que algo frío me recorría el pecho.
La enfermera me preguntó:
—¿Se encuentra bien?
Asentí.
—Sí.
Otra mentira.
Aquella mañana parecía estar coleccionándolas.
Tomé el teléfono de Adrián y me senté en una de las sillas del pasillo.
No intenté desbloquearlo.
No necesitaba invadir nada.
La parte importante ya había aparecido delante de mis ojos.
Veinte minutos después regresó.
Lo vi atravesar la puerta lateral casi corriendo.
Su corbata estaba torcida.
El cabello, normalmente impecable, ligeramente desordenado.
Me buscó primero a mí.
Después vio su teléfono en mi mano.
Y se detuvo.
La expresión de su rostro cambió.
No fue culpa.
Fue alarma.
Aquello dolió todavía más.
Me levanté.
—Tu móvil.
Se lo tendí.
Adrián lo tomó, pero no apartó los ojos de mí.
—¿Viste algo?
Qué pregunta tan extraña.
Ni siquiera:
«¿Estás bien?»
Ni:
«¿Terminó la revisión?»
Solo aquello.
Sonreí.
—Helena te escribió.
Su mandíbula se tensó.
—Nora…
—Tranquilo.
Pasé junto a él.
Me sujetó suavemente por la muñeca.
—No es lo que piensas.
Me quedé mirando su mano.
Adrián la retiró enseguida.
—Entonces ¿qué pienso?
No respondió.
Eso bastó.
—Tenemos que volver —dije—. Tus padres estarán preocupados.
—Nora.
—La revisión salió bien.
Por primera vez pareció recordar por qué estábamos allí.
—¿El bebé está bien?
Lo miré.
—Sí.
Vi cómo sus hombros se relajaban.
Aquella reacción me confundió durante un segundo.
Después recordé que el bebé era la razón por la que estábamos casados.
Claro que le importaba.
Solo que eso no significaba que yo también le importara.
El regreso fue silencioso.
Adrián condujo.
Yo miré por la ventanilla.
A mitad de camino dijo:
—Helena y yo no tenemos esa clase de relación.
—Está bien.
Frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—Normalmente preguntarías.
Sonreí débilmente.
—Entonces te he ahorrado una explicación.
Su mano se cerró alrededor del volante.
No volvió a hablar.
Cuando llegamos, su madre salió inmediatamente.
—¿Cómo está mi nieto?
—Perfectamente.
Ella suspiró aliviada.
Después miró a Adrián.
—¿Por qué tienes esa cara?
—Nada.
Subí a mi habitación.
Aquella noche empecé a preparar una maleta.
No para irme inmediatamente.
Todavía faltaban meses para que naciera el bebé y la familia Xu había sido buena conmigo.
Pero necesitaba estar preparada.
Yo ya sabía cómo terminaban las relaciones donde una sola persona tenía derecho a elegir.
Encontré mi antiguo contrato laboral.
Mis certificados.
Una libreta bancaria que Adrián nunca había tocado.
Y al fondo del cajón…
los documentos que había firmado antes de casarme.
Había una cláusula que casi había olvidado.
El matrimonio había sido registrado bajo separación absoluta de bienes.
En aquel momento pensé que los padres de Adrián querían proteger la fortuna Xu de mí.
Ahora aquella cláusula me proporcionaba algo mucho más valioso.
Una salida limpia.
Dos días después, Helena apareció en la residencia.
Yo estaba tomando té con la madre de Adrián cuando el ama de llaves entró.
—Señora, la señorita Su ha venido.
La taza de mi suegra golpeó el plato.
—¿Quién la dejó entrar?
Helena apareció antes de que pudiera responder.
Era aún más hermosa en persona.
Alta.
Elegante.
Con gafas oscuras y un abrigo blanco.
Cuando me vio, se detuvo.
—Así que tú eres Nora.
Mi suegra se levantó.
—Helena, esta casa no es lugar para ti.
Ella sonrió.
—Señora Xu, solo necesito hablar con Adrián.
—Mi hijo no está aquí.
—Entonces esperaré.
Yo permanecí sentada.
Helena me miró otra vez.
Después, inexplicablemente, bajó los ojos hacia mi vientre.
Su expresión cambió.
No era desprecio.
Parecía…
culpa.
—¿Cuántos meses?

—Casi cuatro.
Se quedó callada.
Entonces murmuró:
—Así que era verdad.
Mi suegra se puso rígida.
—¿Qué quieres decir?
Helena no respondió.
Su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Adrián.
Contestó inmediatamente.
—Estoy en tu casa.
No pude escuchar lo que dijo él.
Pero Helena apartó el teléfono del oído cuando Adrián levantó la voz.
Cinco minutos después, un coche frenó frente a la entrada.
Adrián entró furioso.
—¿Qué haces aquí?
Helena se levantó.
—Necesitamos hablar.
—Te dije que no vinieras.
—Y yo te dije que no iba a seguir cargando sola con esto.
Mi suegra miró a uno y otro.
—¿Con qué?
Adrián vio que yo seguía allí.
—Nora, sube.
Fue automático.
Una orden.
Como si yo fuera alguien a quien podía sacar de la habitación cuando la conversación se volvía incómoda.
Me levanté.
—Claro.
Pero Helena dijo:
—No.
Todos la miramos.
Se quitó lentamente las gafas.
—Ella debería escuchar esto.
Adrián palideció.
—Helena.
—Ya basta.
Sacó una carpeta de su bolso.
—Llevas meses dejando que todo el mundo piense que estamos juntos para no tener que explicar lo que realmente ocurrió.
Mi suegra perdió el color.
Yo sentí que el corazón empezaba a latirme con fuerza.
Helena puso la carpeta sobre la mesa.
—El resultado que te envié no era una prueba de embarazo.
Adrián cerró los ojos.
Yo apenas pude preguntar:
—Entonces ¿qué era?
Helena me miró directamente.
—Una prueba de ADN.
El salón quedó en silencio.
Mi mano fue instintivamente hacia mi vientre.
—¿De quién?
Helena tardó demasiado en responder.
—De mi hijo.
Sentí un vacío bajo los pies.
Adrián habló enseguida.
—No es mío.
—Ya lo sé —dijo Helena—. Eso decía el mensaje.
Lo miré.
—¿Pensabas que podía serlo?
No respondió.
Helena sí.
—Hace cinco años, antes de conocerte, Adrián y yo estuvimos juntos.
Aquello no me sorprendió.
Lo siguiente sí.
—Cuando terminé la relación, descubrí que estaba embarazada.
La madre de Adrián se dejó caer lentamente en el sofá.
—¿Hay un niño?
Helena asintió.
—Un niño de cuatro años.
Mi suegra se llevó una mano al pecho.
Adrián apretó los dientes.
—Y ahora sabemos que no es mío.
—Pero durante cuatro años no lo sabías —dije.
Se volvió hacia mí.
—Nora…
—Por eso ibas a su casa.
Silencio.
—Por eso contestabas sus llamadas.
—Por eso desapareciste del hospital.
Su expresión se endureció.
—No quería que tú te involucraras.
Aquella respuesta me hizo reír.
No porque fuera graciosa.
—Soy tu esposa, Adrián.
La frase salió sola.
Por primera vez en meses.
Él se quedó inmóvil.
—Legalmente —añadí—. Supongo que eso tampoco me daba derecho a saberlo.
Helena pareció incómoda.
—Nora, él no me engañó contigo.
—No tienes que defenderlo.
Me levanté.
—El problema nunca fuiste tú.
Miré a Adrián.
—El problema es que este hombre cree que puede decidir qué verdades merezco conocer.
Subí las escaleras.
Esa noche él llamó a mi puerta.
No abrí.
A la mañana siguiente, dejé sobre la mesa del comedor una carpeta.
Mi suegro la encontró primero.
—Nora, ¿qué es esto?
Adrián bajaba las escaleras cuando respondí:
—Un acuerdo de divorcio.
Se quedó paralizado.
Su madre se levantó inmediatamente.
—¿Divorcio?
—Nora, no hagas tonterías —dijo Adrián.
Aquella frase terminó de convencerme.
—No estoy haciendo ninguna tontería.
Lo miré.
—Nuestro matrimonio empezó porque estaba embarazada. No porque tú quisieras casarte conmigo.
—Eso fue al principio.
—¿Y después?
No respondió.
—Exactamente.
Tomé mi bolso.
Adrián bajó los últimos escalones.
—¿Adónde vas?
—A buscar un apartamento.
—No.
Me detuve.
—¿Perdón?
Se acercó.
—Estás embarazada. No vas a irte sola.
—Observa cómo lo hago.
Su padre golpeó la mesa.
—¡Adrián!
Pero esta vez Adrián no retrocedió.
Me miraba de una manera que nunca había visto.
No con frialdad.
No con fastidio.
Con auténtico pánico.
—No firmaré.
—No necesitas querer divorciarte para que yo quiera hacerlo.
—Nora…
—Tú mismo me enseñaste que una firma no convierte a dos personas en una pareja.
Aquello lo dejó sin palabras.
Salí de la casa.
Pensaba que sería el final.
Tres horas después, mientras visitaba un pequeño apartamento cerca del hospital, recibí una llamada de mi suegra.
Estaba llorando.
—Nora, vuelve.
—Mamá…
—No es por Adrián.
Su voz tembló.
—Encontré algo en el despacho de su padre.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Documentos de antes de vuestra boda.
Escuché cómo intentaba contener el llanto.
—Nora… nosotros no descubrimos tu embarazo por casualidad.
El aire desapareció de mis pulmones.
—¿Qué quieres decir?
Hubo un largo silencio.
Entonces dijo:
—Adrián sabía que estabas embarazada antes de que fuéramos a buscarte.
Sentí que el teléfono casi se me escapaba de la mano.
—Eso es imposible.
—Hay un informe médico.
—Y una transferencia a la clínica.
Mi corazón empezó a golpearme con violencia.
—¿Quién pagó?
Mi suegra tardó varios segundos en contestar.
Cuando finalmente habló, su voz apenas era un susurro.
—Adrián.
Y antes de que pudiera preguntarle por qué, escuché la voz de mi suegro detrás de ella:
—No le cuentes nada más.
La llamada se cortó.