PARTE 2: EL SECRETO DE LOS DIEZ MILLONES

A las nueve de la mañana siguiente, regresé a la casa.

No iba sola.

A mi lado caminaba Adrian Cole, director ejecutivo del Grupo Cole y representante de la editorial que llevaba cinco años publicando mis novelas bajo seudónimo.

Ethan abrió la puerta.

Cuando vio a Adrian, frunció el ceño.

—¿Quién es?

—Buenos días —respondió Adrian—. Adrian Cole.

Ethan lo reconoció inmediatamente.

Su empresa llevaba meses intentando conseguir inversión del Grupo Cole.

—Señor Cole…

Entonces apareció Clara detrás de él.

Seguía instalada en mi casa.

Perfecto.

—¿Qué haces aquí, Sofía? —preguntó Ethan.

—Vengo a recoger unas cosas.

—¿Y él?

Adrian levantó una carpeta.

—Tenemos una reunión.

Ethan soltó una carcajada.

—Sofía es editora. No sé qué negocio podría tener con usted.

Adrian me miró.

—¿Todavía no se lo has contado?

—No había encontrado un motivo.

La sonrisa de Ethan desapareció.

Antes de que pudiera preguntar, escuchamos un automóvil.

Su madre, Margaret Ward, llegó cinco minutos después.

Entró hablando antes incluso de quitarse el abrigo.

—Ethan, necesito que me expliques por qué Sofía me llamó anoche y…

Vio a Clara.

Luego vio mi bata de seda sobre una silla.

Después las dos copas todavía abandonadas en la sala.

—¿Qué está pasando?

Clara palideció.

Ethan se adelantó.

—Mamá, Sofía está exagerando una situación.

Saqué los documentos.

—Tu hijo mantiene una relación con Clara. Llevo un mes reuniendo pruebas. Ya solicité el divorcio.

Margaret miró a Ethan.

—Dime que está mintiendo.

Él guardó silencio.

Eso bastó.

La bofetada de Margaret sonó por toda la sala.

—¡Idiota!

Clara retrocedió.

—Señora Ward, nosotros nos queremos.

Margaret giró hacia ella.

—¿Y por eso llevas puesta la bata de su esposa?

Por primera vez desde que llegué, tuve ganas de sonreír.

Pero todavía faltaba lo importante.


Ethan dejó los documentos sobre la mesa.

—Está bien. Nos divorciaremos.

Después me miró con desprecio.

—Pero no conviertas esto en una tragedia. Tú misma dijiste que no quieres la casa. Con tus ingresos podrás alquilar algo decente.

Adrian arqueó una ceja.

—¿Sus ingresos?

—Sofía trabaja en una editorial.

—Técnicamente —respondió Adrian—, la editorial trabaja para ella.

Silencio.

Ethan me miró.

—¿Qué significa eso?

Adrian abrió la carpeta.

Sobre la primera página estaba impreso el nombre de mi seudónimo.

S. M. Vale.

Margaret se llevó una mano a la boca.

Clara fue la primera en reconocerlo.

—No puede ser.

S. M. Vale había vendido millones de ejemplares.

Sus novelas se habían traducido a más de veinte idiomas.

Y aquella semana, una adaptación audiovisual había provocado el pago de regalías más grande de mi carrera.

Diez millones de dólares.

Ethan comenzó a negar con la cabeza.

—Eso es absurdo.

Saqué mi teléfono.

Abrí la cuenta empresarial donde había recibido el depósito y se la mostré.

No necesitó más de dos segundos.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Diez millones?

—La primera parte.

Clara miró a Ethan.

Aquella mirada fue pequeña.

Pero la vi.

Y él también.

Por primera vez, la mujer que supuestamente lo amaba estaba recalculando exactamente qué había dejado atrás.


Entonces Adrian colocó una segunda carpeta sobre la mesa.

—Hay otro asunto.

Ethan se tensó.

Su compañía necesitaba capital para sobrevivir a una expansión desastrosa.

Durante meses había presumido de que Grupo Cole estaba interesado en invertir.

Era verdad.

Solo que había omitido un detalle.

—La inversión estaba vinculada a una propiedad intelectual —explicó Adrian—. Queríamos desarrollar una división de contenidos basada en las obras de S. M. Vale.

Ethan me miró horrorizado.

—¿Tú eras la conexión?

—Sí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Aquella pregunta me hizo reír.

—Porque nunca preguntaste qué escribía.

Durante tres años me había visto trabajar hasta la madrugada.

Nunca leyó una página.

Cuando mis primeros libros triunfaron, pensé en contárselo.

Después escuché cómo se burlaba durante una cena de “esas novelitas sentimentales que leen mujeres aburridas”.

Decidí guardar mi secreto.

Con el tiempo, comprendí que también era una forma de proteger algo exclusivamente mío.

Adrian cerró la carpeta.

—Dadas las circunstancias, el Grupo Cole ha decidido no continuar las conversaciones con Ward Technologies.

Ethan se levantó.

—¡No puede retirar una inversión por mi divorcio!

—No lo hacemos por su divorcio. La operación dependía de una alianza comercial que ya no existe.

Eso era todo.

No necesitaba vengarme.

Ethan había construido sus planes futuros alrededor de una puerta que nunca supo que yo mantenía abierta.

Y acababa de cerrarla él mismo.


Clara se marchó aquella tarde.

No definitivamente.

Pero la clínica de fertilidad dejó de ser prioridad cuando descubrió las deudas reales de Ethan.

Dos meses después terminaron.

Margaret me llamó para disculparse.

—No supe criar a mi hijo para valorar lo que tenía.

—Eso ya no es problema mío.

El divorcio se resolvió sin grandes batallas.

La casa quedó para Ethan, tal como había prometido.

También la hipoteca.

Yo conservé mis derechos de autor, mis sociedades y los ingresos derivados de mi trabajo.

Los diez millones jamás habían pertenecido al matrimonio: provenían de contratos y estructuras protegidas que mis abogados habían organizado correctamente.

Ethan descubrió demasiado tarde que aquella “editora mediocre” llevaba años construyendo una fortuna sin pedirle un centavo.


Seis meses después publiqué mi primera novela con mi nombre verdadero.

Sofía Miller.

En la presentación había cientos de personas.

Adrian estaba entre ellas.

Cuando terminó el evento, mi asistente me entregó una carta.

Era de Ethan.

Solo decía:

“¿Por qué nunca me dijiste quién eras?”

La doblé.

Porque la respuesta era sencilla.

Yo sí le había mostrado quién era.

Cada día.

Era la mujer que escribía mientras él dormía.

La que trabajaba mientras él se reunía con Clara.

La que construía algo propio mientras él suponía que mi vida empezaba y terminaba con nuestro matrimonio.

Ethan no perdió diez millones de dólares al divorciarse de mí.

Ese dinero nunca fue suyo.

Lo que perdió fue a la mujer que habría compartido con él una vida mucho más valiosa que cualquier depósito bancario.

Y Clara tampoco me había quitado nada.

Se había quedado con una casa hipotecada, un hombre infiel y las consecuencias de decisiones que ambos habían tomado.

Yo salí con dos maletas.

Pero por primera vez comprendí que no estaba empezando desde cero.

Estaba empezando desde diez millones… y desde una vida que finalmente llevaba mi propio nombre.

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