PARTE 2: EN LAS ÚLTIMAS 24 HORAS ANTES DE VOLVER A NUESTRO MUNDO, DEJÉ QUE TODOS CREYERAN QUE HABÍAN GANADO… HASTA QUE EL SISTEMA REVELÓ QUÉ OCURRIRÍA CON TODO LO QUE HABÍAN CONSEGUIDO GRACIAS A MÍ

Los dos hombres miraron mi teléfono.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó uno.

Yo no respondí.

En la pantalla apareció una línea nueva.

23:59:47

La cuenta regresiva había comenzado.

Y debajo:

“Todos los beneficios vinculados a la anfitriona serán liquidados antes del regreso.”

Mi sonrisa desapareció.

—Sistema, ¿qué significa “beneficios vinculados”?

La respuesta apareció inmediatamente.

“Durante diez años, la anfitriona Emily Bennett ha generado directa o indirectamente activos, oportunidades, contactos y ventajas para individuos de este mundo.”

“Al finalizar la misión, puede renunciar a ellos.”

Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

Entonces entendí.

La empresa de mi padre había sobrevivido gracias al contrato que yo conseguí tres años atrás.

Daniel había entrado al mejor programa quirúrgico del país porque yo convencí a mi antiguo mentor para recomendarlo.

Adrian había abierto su clínica privada utilizando una inversión procedente de un fondo que conocí gracias a mis contactos.

Incluso Hailey había construido su supuesta carrera benéfica utilizando una fundación que legalmente seguía registrada bajo mi autorización.

Durante diez años pensé que estaba ayudando a mi familia.

En realidad había construido el suelo sobre el que todos ellos me pisaban.

Uno de los hombres dio otro paso.

—Danos el teléfono.

La puerta se abrió de repente.

Era la encargada de seguridad de la mansión acompañada por dos empleados.

Me había asegurado meses antes de que mi habitación tuviera un botón de emergencia silencioso.

Los primos de Hailey habían olvidado algo importante.

Yo podía haber sido demasiado sentimental.

Pero nunca había sido indefensa.

—Sáquenlos —ordené.

—¡Hailey nos permitió entrar! —protestó uno.

—Esta habitación está a mi nombre. Ella no decide quién entra.

Los escoltaron fuera.

Yo cerré la puerta.

23:41:12

Marqué una sola opción.

RENUNCIAR A TODOS LOS BENEFICIOS.

El sistema pidió confirmación.

Pulsé:

SÍ.

No ocurrió nada espectacular.

No hubo luces.

No temblaron las paredes.

Simplemente recibí un mensaje del banco.

Después otro.

Y otro.

La autorización de la fundación Bennett había sido retirada.

Mi participación empresarial quedaba bloqueada hasta completar una revisión de titularidad.

Los poderes que había firmado para Adrian quedaban revocados.

Mis inversiones personales se separarían automáticamente de cualquier estructura compartida.

Todo aquello que realmente me pertenecía estaba regresando a mis manos antes de que yo desapareciera.

A las siete de la mañana comenzaron los gritos.

Mi padre golpeó mi puerta.

—¡Emily! ¿Qué hiciste?

Abrí tranquilamente.

Toda la familia estaba en el pasillo.

Daniel sostenía su teléfono.

Adrian parecía no haber dormido.

Hailey estaba detrás de ellos.

—La fundación congeló el desembolso del nuevo hospital —dijo Daniel—. Dicen que retiraste tu autorización.

—Correcto.

Adrian avanzó.

—También cancelaste el acuerdo de inversión de mi clínica.

—Correcto.

Mi padre estaba rojo de furia.

—¡La empresa tiene una auditoría extraordinaria esta mañana!

—También correcto.

Hailey finalmente perdió aquella expresión inocente.

—¿Estás haciendo esto por Clara?

La miré.

—No.

Eso pareció sorprenderlos.

—Lo hago por mí.

Daniel soltó una carcajada.

—¿Y adónde piensas ir? ¿Crees que puedes desaparecer?

Miré la cuenta regresiva.

16:03:28

—Sí.

Adrian me agarró del brazo.

—Emily, basta.

Me solté.

—Ayer te llamé porque Clara necesitaba ayuda urgente.

Su expresión cambió.

—Ya hablamos de eso.

—No. Tú colgaste.

Daniel intervino:

—Clara llevaba años exagerando todo.

Saqué del cajón una copia nueva del certificado oficial y la puse sobre la mesa.

Esta vez nadie lo rompió.

—Murió ayer.

El rostro de Daniel se endureció.

—No.

—Sí.

—Eso es imposible.

—Tu esposa necesitaba que fueras su médico y su marido.

Mi voz permaneció tranquila.

—Elegiste no escuchar.

Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.

Daniel salió de la habitación sin decir nada.

Horas después regresó del hospital completamente transformado.

Ya había confirmado la verdad.

Se sentó en las escaleras.

No intenté consolarlo.

Había decisiones que ninguna disculpa podía borrar.

Hailey, en cambio, seguía pensando en sí misma.

A las tres de la tarde entró en mi habitación.

—Puedes dejar de actuar como una víctima.

Yo estaba cerrando una pequeña maleta.

—No necesito llevármela, ¿verdad? —pregunté al sistema.

“Los objetos físicos de este mundo no pueden transferirse.”

Sonreí.

—Entonces supongo que no.

Hailey retrocedió.

—¿Con quién hablas?

—Con alguien que finalmente cumple sus promesas.

Me arrebató el teléfono.

La pantalla cambió.

08:12:06

Hailey leyó.

—¿Qué significa esto?

Recuperé el aparato.

—Que dentro de ocho horas ya no tendrás que competir conmigo.

Por primera vez, pareció confundida.

—Yo nunca competí contigo.

Me reí.

—Hailey, convertiste toda tu vida en una competición que solo existía en tu cabeza.

La falsa fragilidad desapareció.

—Ellos me eligieron.

—Lo sé.

Aquello la dejó sin respuesta.

—Daniel me eligió. Adrian me eligió. Papá y mamá también.

—Exactamente.

Me acerqué.

—Y ahora pueden quedarse contigo.

Hailey palideció.

Creo que hasta ese momento había esperado lágrimas.

Una pelea.

Que suplicara recuperar a Adrian.

Que odiara a Daniel.

Necesitaba que yo quisiera aquello que ella me había quitado.

Pero ya no quería nada.

A las diez de la noche, Adrian encontró el anillo sobre mi escritorio.

—¿Qué significa esto?

—Que terminamos.

—Estás alterada por Clara.

—No.

—Entonces esperemos unos días.

Negué.

—Tú siempre creíste que yo esperaría.

Lo miré por última vez.

—Ese fue tu error.

A las once y cincuenta, toda la familia estaba reunida abajo.

Daniel había bebido demasiado y repetía el nombre de Clara.

Mi madre lloraba porque la auditoría podía sacar a la luz años de irregularidades financieras.

Mi padre hablaba desesperadamente con abogados.

Hailey intentaba contactar a sus primos.

Adrian permanecía frente a mi puerta.

Yo estaba sentada junto a la ventana.

00:09:11

Entonces apareció un mensaje diferente.

“Mensaje recibido desde el mundo de origen.”

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿De quién?

La pantalla mostró dos palabras.

CLARA LIN.

Abrí el mensaje.

“Emily, llegué primero.”

Me tapé la boca.

Debajo apareció otra línea.

“Y sí. Los diez mil millones eran reales.”

Me reí.

Esta vez de verdad.

Después de diez años, Clara seguía siendo Clara.

00:02:03

Adrian comenzó a golpear la puerta.

—¡Emily! Abre. Tenemos que hablar.

Daniel apareció detrás.

—¡Emily! ¿Qué quiso decir Clara antes de morir? El hospital dijo que estaba sonriendo. ¿Qué te dijo?

Miré el reloj.

00:00:31

Abrí la puerta.

Todos estaban allí.

La familia por la que había renunciado tantas veces a marcharme.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Por favor.

Sonreí.

—Clara me dijo que me esperaba en casa.

00:00:10

Mi padre frunció el ceño.

—Esta es tu casa.

Negué lentamente.

—No.

00:00:05

—Solo tardé diez años en recordarlo.

La cuenta llegó a cero.

Y cuando volví a abrir los ojos, ya no estaba en la mansión Bennett.

Escuché una voz conocida gritando mi nombre.

—¡Emily!

Me giré.

Clara venía corriendo hacia mí.

Viva.

Sonriendo.

Exactamente como la recordaba antes de que aquel otro mundo nos cambiara.

Corrí hacia ella.

Nos abrazamos entre lágrimas y risas.

—¡Me debes diez mil millones! —fue lo primero que dije.

Clara se echó a reír.

—¡Sabía que eso sería lo primero que preguntarías!

Entonces el sistema habló por última vez:

“Misión completada.”

“Recompensas transferidas.”

“Bienvenidas a casa.”

Pensé que sentiría tristeza por todo lo que dejaba atrás.

No ocurrió.

Porque finalmente comprendí algo.

Durante diez años había confundido permanecer con amar.

Había pensado que marcharme significaba perder.

Pero Clara tenía razón desde el principio.

Algunas puertas no se cierran para castigarte.

Se cierran porque ya cumpliste tu tiempo allí.

Y mientras Clara me arrastraba riendo hacia nuestra segunda oportunidad, no volví la cabeza.

Esta vez, ninguna de las dos pensaba desperdiciarla.

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