PARTE 2: LA VERDADERA RAZÓN POR LA QUE SEBASTIAN ME ELIGIÓ

Me quedé con el cuchillo suspendido sobre la tabla.

—Entonces dímelo.

Sebastian no respondió inmediatamente.

Se quitó el saco, lo dejó sobre una silla y abrió uno de los cajones de la cocina como si llevara años viviendo conmigo en lugar de apenas un mes.

—Primero termina la cena.

—Acabas de decir que sabes por qué me casé contigo.

—Sí.

—Y que yo no sé por qué tú te casaste conmigo.

—También.

Crucé los brazos.

—La comida puede esperar.

Por primera vez vi al gran Sebastian Hale incómodo.

Finalmente sacó su teléfono.

Buscó algo.

Y me mostró una fotografía.

Tardé varios segundos en comprender lo que estaba viendo.

Era una imagen vieja, tomada desde lejos frente a un hospital.

Había una mujer anciana sentada en una silla de ruedas.

Detrás estaba yo.

Mucho más joven.

—¿De dónde sacaste esto?

—Hace seis años.

Mi abuela.

La reconocí inmediatamente.

Aquella fotografía correspondía a los últimos meses de su vida.

—¿Me conocías?

—No personalmente.

Sebastian apoyó ambas manos sobre la encimera.

—Mi padre estaba ingresado en ese mismo hospital.

Entonces recordó aquella tarde.

Yo también.

Había una máquina expendedora averiada cerca de urgencias. Un hombre mayor, elegantemente vestido, discutía porque había perdido la cartera y necesitaba comprar agua.

Yo pagué.

Después lo ayudé a encontrar su habitación.

No sabía quién era.

No pregunté.

—Ese era tu padre —murmuré.

Sebastian asintió.

—Preguntó tu nombre. Cuando quiso devolverte el dinero, ya te habías marchado.

Me eché a reír.

—¿Te casaste conmigo porque compré una botella de agua?

—No.

Su expresión se volvió seria.

—Me fijé en ti por lo que hiciste después.

No entendía.

Sebastian continuó.

Su padre había pedido información sobre aquella chica.

Descubrió que yo visitaba diariamente a mi abuela, que trabajaba mientras estudiaba y que, aunque mis padres ya habían reaparecido en mi vida, seguía viviendo prácticamente igual que antes.

Pero Sebastian jamás intentó conocerme.

Hasta años después.

—Cuando mi familia empezó a presionarme para casarme, investigaron candidatas.

—Eso suena tremendamente romántico.

—No pretendía serlo.

Sonreí.

—Continúa.

—Tu nombre apareció.

Me quedé quieta.

—¿Casualmente?

—No.

Aquello cambió todo.

—¿Me pusiste en la lista?

—Sí.

Sentí una incomodidad extraña.

—Entonces aquella cita no fue una cita a ciegas.

—Para ti sí.

—Sebastian.

—Lo sé.

Me aparté.

Él no intentó detenerme.

—¿Qué más investigaste?

—Lo suficiente para saber que no querías mi dinero.

—Eso no puedes saberlo.

—Rechazaste tres tarjetas de tus padres durante los primeros dos años después de regresar con ellos. Continuaste trabajando. Conservaste el departamento de tu abuela cuando podías mudarte a una casa mucho mejor.

Lo miré incrédula.

—Sabes demasiado sobre mí.

—Por eso quería contártelo.

—¿Después de casarnos?

—Ese fue mi error.

No discutí aquello.

Lo era.

Pero entonces Sebastian dijo algo inesperado.

—Hay otra razón.

—Por supuesto que la hay.

Sacó un pequeño sobre del bolsillo interior de su saco.

Dentro había una hoja escrita a mano.

Reconocí inmediatamente la letra de mi abuela.

Me quedé helada.

—¿Cómo tienes esto?

—Tu abuela conoció a mi padre.

Tomé la carta.

No estaba dirigida a Sebastian.

Estaba dirigida al señor Hale.

Mi abuela le agradecía haber conseguido una segunda opinión médica sin cobrarle nada.

Pero al final había una frase:

“Si algún día vuelve a encontrarse con Camila, no le diga que pedí ayuda. Esa niña ha pasado demasiado tiempo creyendo que debe ganarse el derecho a recibir algo.”

Tuve que sentarme.

—Ella nunca me contó esto.

—Mi padre tampoco me lo contó hasta poco antes de morir.

Sebastian se sentó enfrente.

—Cuando vi tu nombre años después, te recordé.

—¿Y decidiste casarte conmigo?

—Decidí conocerte.

—Después de una cena dijiste que querías casarte.

—Porque durante esa cena hiciste exactamente lo que esperaba.

Fruncí el ceño.

—¿Pedir el pescado barato?

—No.

Entonces sonrió.

—El camarero derramó vino sobre tu bolso. Estaba aterrorizado. Tú le dijiste que no pasaba nada y moviste el bolso antes de que llegara su encargado para que nadie descubriera lo ocurrido.

Lo había olvidado completamente.

Sebastian no.

—Toda mi vida —continuó— he conocido personas que son amables cuando saben que alguien importante está mirando. Quería saber cómo tratabas a alguien cuando creías que no importaba.

—¿Era una prueba?

—No la preparé.

—Pero me observaste.

—Sí.

Me molestaba.

Y, al mismo tiempo, comenzaba a entenderlo.

—Entonces querías una esposa buena y barata.

Sebastian soltó aquella risa pequeña otra vez.

—Quería alguien que no convirtiera mi apellido en su personalidad.

—Muy romántico.

—Soy malo en esto.

—Terrible.

Hubo silencio.

Después pregunté:

—¿Me quieres?

La sonrisa desapareció.

Sebastian tardó demasiado en contestar.

—Todavía no sé cómo llamar a lo que siento.

Aquello dolió un poco.

Pero al menos era verdad.

—Entonces tenemos un problema.

—Lo sé.

—Estamos casados.

—También lo sé.

—Y prácticamente somos desconocidos.

Sebastian asintió.

Entonces dijo:

—Podemos cambiar eso.


Aquella cena fue el comienzo real de nuestro matrimonio.

No la boda.

No el certificado.

Aquella noche.

Empezamos de nuevo.

Sebastian dejó de enviar a Marcus conmigo a todas partes.

Yo dejé de tratar aquella enorme casa como un hotel del que algún día tendría que marcharme.

Cocinábamos algunas noches.

Otras pedíamos comida.

Descubrí que Sebastian podía negociar adquisiciones de miles de millones pero era incapaz de freír un huevo sin destruirlo.

Él descubrió que yo cortaba los tubos de crema por la mitad para aprovechar lo que quedaba dentro.

—Camila.

—Todavía hay producto.

—Cuesta cuatro dólares.

—Precisamente. Cuatro dólares son cuatro dólares.

Me miraba como si fuera una criatura incomprensible.

Dos meses después ocurrió algo todavía más extraño.

Regresé del trabajo y encontré diez bandejas de wagyu dentro del refrigerador.

Lo llamé inmediatamente.

—Sebastian.

—¿Qué ocurre?

—¿Compraste diez paquetes de carne?

—Tenían treinta por ciento de descuento.

Me tapé la boca para no reír.

—¿Cuánto ahorraste?

Hubo silencio.

—No hice el cálculo.

—Entonces todavía te queda mucho que aprender.


Pero la verdadera prueba llegó seis meses después.

Mi padre organizó una cena familiar.

Allí, uno de mis tíos bebió demasiado y empezó a bromear sobre mi matrimonio.

—Camila tuvo suerte —dijo—. De niña parecía que terminaría vendiendo verduras en un mercado y ahora consiguió un Hale.

Varias personas rieron.

Yo también sonreí por costumbre.

Sebastian no.

Dejó los cubiertos.

—Camila no consiguió un Hale.

La mesa quedó en silencio.

Mi tío levantó las manos.

—Era una broma.

—Entonces haga una mejor.

Nunca había escuchado a Sebastian hablarle así a un miembro de mi familia.

Después me tomó de la mano.

—Yo fui quien pidió casarme con ella.

Miró alrededor de la mesa.

—Y si alguien tuvo suerte aquí, fui yo.

No dijo más.

Tampoco necesitó hacerlo.

Esa noche, dentro del coche, lo miré durante mucho tiempo.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirándome.

—Estoy pensando.

—Eso suele preocuparme.

Sonreí.

—Creo que finalmente sé por qué acepté casarme contigo.

Sebastian giró hacia mí.

—¿Por qué?

—Porque debajo de toda esa personalidad insoportable había potencial.

Se quedó callado.

Luego empezó a reír.

Y comprendí algo.

Yo había entrado en aquel matrimonio pensando que Sebastian Hale necesitaba una esposa conveniente.

Sebastian había entrado pensando que necesitaba alguien en quien pudiera confiar.

Los dos estábamos equivocados.

Porque durante aquel primer año dejamos de necesitar papeles, apellidos o acuerdos para permanecer juntos.

Un día, exactamente un año después de nuestra primera cita, Sebastian me llevó al mismo restaurante.

Esta vez ni siquiera abrí la columna de precios.

Él levantó una ceja.

—¿Ya no miras cuánto cuesta?

—Claro que sí.

Señalé el menú.

—Pero el pescado caro tiene veinte por ciento de descuento en el menú de temporada.

Sebastian cerró los ojos.

—Tu abuela estaría orgullosa.

Sonreí.

—Muchísimo.

Entonces tomó mi mano sobre la mesa.

—Camila.

—¿Sí?

—Hace un año me preguntaste si te quería.

Lo miré.

Esta vez no necesitó diez segundos para responder.

—Ahora sé perfectamente cómo llamarlo.

Y comprendí finalmente por qué me había elegido.

No porque yo fuera conveniente.

No porque fuera barata.

Ni siquiera por aquella botella de agua.

Me eligió porque, mucho antes de que yo supiera quién era él, había visto quién era yo.

Y después de casarnos, por fin me permitió descubrir quién era él también.

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