El ramo seguía entre las manos de Gu Yanzhou, pero ninguno de los dos hizo ademán de marcharse.
Yo bajé la mirada y comencé a ordenar unas cintas detrás del mostrador.
Una blanca.
Una azul.
Una beige.
Como si delante de mí no estuvieran los dos hombres que habían partido mi vida en dos seis años atrás.
Su Hang fue quien perdió primero la paciencia.
—Su Yan, deja de fingir que no nos conoces.
Mis dedos se detuvieron sobre la cinta beige.
Levanté la cabeza.
—¿Fingir?
Sonreí.
—Señor Su, usted mismo me dijo hace seis años que, desde el momento en que cruzara la puerta de la familia Su, ya no tendría nada que ver con ustedes.
Su rostro perdió color.
Gu Yanzhou giró lentamente hacia él.
El silencio que cayó dentro de la floristería fue tan extraño que incluso la señora Zhang, que todavía observaba desde su negocio, dejó de fingir que limpiaba la mesa.
Su Hang apretó la mandíbula.
—Estabas enfadada. Nosotros también.
—No.
Mi voz seguía siendo tranquila.
—Tú no estabas enfadado.
Lo miré directamente.
—Estabas convencido de que habías tomado la decisión correcta.
Algo se quebró en sus ojos.
Durante seis años había imaginado muchas veces qué sentiría si volvía a encontrarlo.
Pensé que quizá gritaría.
Que exigiría explicaciones.
Que le preguntaría por qué, siendo mi hermano, había sido precisamente él quien dejó mi maleta en la entrada aquella noche.
Pero, curiosamente, ahora que lo tenía delante, no sentía nada suficientemente intenso como para desperdiciarlo en él.
Gu Yanzhou dejó el ramo sobre el mostrador.
—¿Dónde viviste después de salir de Beicheng?
Me reí suavemente.
—¿Eso también forma parte del servicio posventa del ramo?
Sus cejas se juntaron.
—Su Yan.
—Señor Gu.
Lo interrumpí.
—Si las flores tienen algún problema, puedo cambiarlas. Si quiere preguntar por mi vida privada, me temo que ha entrado en la tienda equivocada.
Gu Yanzhou me observó fijamente.
Durante unos segundos, el hombre que antes podía hacerme bajar la mirada con una sola expresión pareció no saber qué decir.
Entonces Su Hang preguntó:
—¿Sabías que papá estuvo buscándote?
Esta vez sí me quedé inmóvil.
Solo un instante.
Después seguí enrollando la cinta.
—No.
—Te buscó durante casi un año.
—Qué trabajador.
—Su Yan.
Su Hang dio otro paso.
—Después de que te marcharas, ocurrieron muchas cosas.
Levanté la vista.
—Y antes de que me marchara también.
Su rostro se tensó.
La noche en que fui expulsada de la familia Su seguía grabada en mi memoria con una claridad absurda.
La lluvia contra las ventanas.
La señora Su sentada en el sofá llorando.
Mi padre sin atreverse a mirarme.
Su Hang sosteniendo una carpeta marrón.
Y Gu Yanzhou, de pie junto a la puerta, diciendo que nuestro compromiso terminaba allí.
Todo por una transferencia bancaria de tres millones de yuanes.
Todo porque alguien había presentado pruebas de que yo había vendido información del Grupo Su a un competidor.
Yo había negado cada acusación.
Nadie me creyó.
Ni siquiera mi hermano.
Especialmente mi hermano.
—No quiero hablar del pasado —dije finalmente.
—Pero nosotros sí.
La voz de Gu Yanzhou sonó baja.
Fría.
Demasiado seria.
Lo miré.
Él sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta.
No era otra tarjeta.
Era una fotografía.
La dejó sobre el mostrador.
Yo no quise verla.
Pero mis ojos cayeron sobre ella de todos modos.
Y sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Era una fotografía de mi madre.
No de la señora Su.
De mi verdadera madre.
La mujer que, según mi padre, había muerto cuando yo tenía cuatro años.
En la imagen parecía tener poco más de treinta.
Estaba frente a un edificio que reconocí inmediatamente.
La antigua sede de la familia Gu en Beicheng.
La fecha impresa en una esquina era de hacía veinticuatro años.
Mis dedos se cerraron lentamente.
—¿De dónde sacaste esto?
Gu Yanzhou no respondió inmediatamente.
Su Hang sí.
—Del despacho de papá.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Por qué estaba allí?
Su Hang respiró profundamente.
—Porque después de que te fueras, empezó a investigar aquello que ocurrió con los tres millones.
Solté una risa seca.
—Seis años tarde.
—No.
Su Hang bajó la voz.
—Empezó tres meses después.
Lo miré.
—Entonces pudo encontrarme.
Ninguno respondió.
Eso fue suficiente.
Una pequeña punzada, antigua y desagradable, despertó en algún rincón de mi pecho.

—Entiendo.
Guardé la fotografía bajo el mostrador y empujé el ramo hacia Gu Yanzhou.
—Ya compraron sus flores.
—Su Yan, escucha primero.
—No.
Mi voz se endureció por primera vez.
—Durante seis años nadie vino a preguntarme si tenía dónde dormir, si estaba enferma o si seguía viva. Ahora aparecen en un Maybach, compran un ramo de trescientos ochenta yuanes y esperan que me siente a escuchar una historia familiar.
Miré a Su Hang.
—No me interesa.
Después miré a Gu Yanzhou.
—Y mucho menos si viene de ustedes.
Gu Yanzhou no se movió.
—¿Aunque tenga que ver con la razón por la que rompí nuestro compromiso?
Mi corazón dio un golpe violento.
Odié que todavía pudiera hacerlo.
Odié que una simple frase suya pudiera abrir una puerta que llevaba seis años intentando sellar.
—Rompiste nuestro compromiso porque no era digna de ti.
Repetí sus propias palabras.
Por primera vez, algo parecido al dolor cruzó su rostro.
—Eso fue lo que dije.
—Lo recuerdo perfectamente.
—Pero no fue la verdad.
La floristería quedó en silencio.
La señora Zhang ya se había retirado discretamente.
Solo quedábamos nosotros tres.
Y el ruido lejano de una cigarra bajo el calor de junio.
Gu Yanzhou metió la mano en el bolsillo y sacó un sobre amarillento.
Lo puso junto al ramo.
—Encontramos esto hace dos meses.
No lo toqué.
—¿Qué es?
—Una carta.
—¿De quién?
Su Hang cerró los ojos un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado por completo.
—De tu madre.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
—Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años.
—Eso nos dijeron.
Mi respiración se detuvo.
Gu Yanzhou me sostuvo la mirada.
—Pero quizá nunca murió.
No sé cuánto tiempo permanecí allí sin moverme.
Cinco segundos.
Diez.
Tal vez más.
Finalmente extendí la mano hacia el sobre.
Entonces, desde fuera, se escuchó el frenazo brusco de otro coche.
Su Hang giró la cabeza.
Gu Yanzhou también.
Un todoterreno negro acababa de detenerse frente a la floristería.
La puerta trasera se abrió.
Bajó un anciano.
Cabello completamente blanco.
Bastón de madera oscura.
Traje tradicional negro.
Al verlo, el rostro de Gu Yanzhou cambió por primera vez de verdad.
Su Hang murmuró:
—¿Cómo supo que estábamos aquí?
El anciano avanzó lentamente hacia la puerta.
Sus ojos pasaron sobre ellos dos.
Después se clavaron en mí.
Y se llenaron de algo que no pude identificar.
Culpa.
Miedo.
Quizá ambas cosas.
—Señorita Su —dijo—, no abra esa carta.
Apreté el sobre entre los dedos.
—¿Quién es usted?
El anciano tragó saliva.
Entonces pronunció una frase que hizo que Su Hang se quedara blanco.
—Soy el hombre que enterró a su madre hace veinticuatro años.
Hizo una pausa.
Y añadió:
—Pero la mujer que enterramos no era ella.