PARTE 2: LUCAS CREYÓ QUE PODÍA RECUPERARME DESPUÉS DE ADMITIR QUE ABANDONARÍA NUESTRA BODA POR SU PRIMER AMOR, PERO CUANDO IRENE CONFESÓ POR QUÉ HABÍA REGRESADO Y DANIEL DEJÓ DE TRATARME COMO UNA MUJER ROTA, ÉL ENTENDIÓ DEMASIADO TARDE A QUIÉN HABÍA PERDIDO.

Durante los siguientes tres días, Lucas encontró todas las formas posibles de llegar hasta mí.

Flores.

Correos electrónicos.

Mensajes desde números desconocidos.

Incluso pidió a algunos amigos que intercedieran.

Todos repetían lo mismo.

—Fue una estupidez.

—Lucas te quiere.

—No tires tres años por una respuesta borracha.

Pero ninguno entendía.

Yo no había terminado nuestra relación porque Lucas pronunciara una palabra equivocada.

La había terminado porque, durante aquel segundo en que Irene preguntó si abandonaría nuestra boda, él había olvidado que yo estaba sentada a menos de un metro.

Y eso no podía desoírse.

El cuarto día, Irene apareció en el edificio.

Daniel fue quien abrió.

—Busco a Clara.

—¿Ella sabe que viene?

Irene negó con la cabeza.

—No.

Daniel comenzó a cerrar.

—Entonces no puede pasar.

Me sorprendió escuchar aquello desde el salón.

Lucas habría abierto primero y preguntado después.

Daniel hacía exactamente lo contrario.

—Déjala entrar —dije.

Irene pasó.

Ya no llevaba aquella expresión luminosa de la despedida.

Se sentó frente a mí y tardó varios segundos en hablar.

—Tengo que disculparme.

—No necesitas hacerlo.

—Sí.

Entrelazó las manos.

—Porque hice aquella pregunta a propósito.

Valeria, sentada a mi lado, dejó de beber café.

—Eso ya lo imaginábamos.

Irene ignoró el comentario.

—Volví hace un mes. Había terminado otra relación y… quería saber si Lucas todavía sentía algo por mí.

—Así que decidiste comprobarlo en su despedida de soltero.

Bajó la cabeza.

—Fue cruel.

—Sí.

Mi tranquilidad pareció afectarla más que cualquier grito.

—No quería casarme con él —continuó—. Ni siquiera quería volver con Lucas.

La miré.

—Entonces ¿qué querías?

Irene respiró profundamente.

—Quería saber si todavía podía quitártelo.

Valeria dejó la taza de golpe.

—Vaya pedazo de…

Daniel la miró.

—Valeria.

—Estoy siendo educada.

Irene no se defendió.

—Cuando éramos jóvenes, Lucas me seguía a todas partes. Yo sabía que podía llamarlo y él vendría. Cuando regresé y descubrí que iba a casarse contigo… supongo que mi orgullo no soportó pensar que había dejado de importarle.

Sonrió con amargura.

—Por eso pregunté.

—Y dijo que sí.

—Sí.

—Entonces obtuviste tu respuesta.

Irene me miró directamente.

—Pero cuando tú desapareciste, él ni siquiera me miró.

Eso no me produjo satisfacción.

—Salió corriendo a buscarte. Me llamó esa misma noche y me dijo que no volviera a acercarme a él.

Hizo una pausa.

—Clara, Lucas sí te ama.

—Puede ser.

Irene pareció sorprendida.

—¿Entonces?

—Amar a alguien no siempre significa estar preparado para casarte con esa persona.

Me levanté.

—Lucas todavía necesitaba saber que, si tú extendías la mano, podía elegirte. Yo no quiero pasar mi matrimonio preguntándome cuándo volverás a hacerlo.

Irene se marchó sin discutir.

Pensé que aquella conversación cerraría algo dentro de mí.

En cambio, esa tarde apareció Lucas otra vez.

Esta vez no gritó desde el pasillo.

Esperó abajo.

Daniel regresó del trabajo y me entregó una pequeña caja.

—Está en recepción.

No la abrí.

—¿Qué es?

—No pregunté.

Valeria se asomó.

—Yo sí habría preguntado.

—Precisamente por eso no te dejamos encargarte de seguridad.

Dentro había algo que reconocí.

Una entrada de cine.

Nuestra primera cita.

Y una carta.

No la leí.

—¿Quieres que la devuelva? —preguntó Daniel.

—Sí.

Él tomó la caja.

Me miró un instante.

—¿Estás bien?

—No.

—Vale.

Eso fue todo.

No me pidió que dejara de llorar.

No me dijo que Lucas no me merecía.

No convirtió mi dolor en una oportunidad para acercarse.

Simplemente dejó una taza de té junto a mí y se fue al despacho.

Fue quizá la primera vez que entendí por qué Valeria confiaba tanto en su hermano.

Una semana después cancelé oficialmente el salón, el fotógrafo y el viaje de luna de miel.

Lucas apareció personalmente cuando fui a cancelar el vestido.

Me encontró saliendo de la boutique.

Parecía no haber dormido.

—Clara.

Seguí caminando.

—Cinco minutos.

—No.

—Treinta segundos.

Me detuve.

Lucas tragó saliva.

—Irene me contó que habló contigo.

—Sí.

—No voy a volver con ella.

—Nunca dije que fueras a hacerlo.

—Entonces dime qué tengo que hacer.

Lo miré.

Aquella pregunta me dolió más de lo que esperaba.

—Nada.

—Puedo arreglarlo.

—No todo se arregla.

—Te amo.

—Lo sé.

Sus ojos se enrojecieron.

—Entonces ¿cómo puedes marcharte?

—Porque yo también me quiero.

Lucas se quedó inmóvil.

Saqué de mi bolso la última cosa que todavía conservaba.

La llave de su apartamento.

La puse en su palma.

—Durante tres años me hiciste sentir elegida.

Cerré sus dedos alrededor de la llave.

—Aquella noche descubrí que solo me habías elegido mientras Irene no te pidiera que eligieras otra vez.

—No es verdad.

—Quizá algún día consigas convencerte de eso.

Di un paso atrás.

—Pero ya no necesitas convencerme a mí.

Me marché.

Esta vez no me siguió.

Pasaron dos meses.

Volví a mi apartamento y retomé mi trabajo.

Valeria seguía apareciendo sin avisar.

Daniel también aparecía, aunque siempre inventaba una razón.

Una vez era devolver un libro.

Otra revisar una cerradura.

Otra traer comida porque su hermana supuestamente había comprado demasiado.

—Tu hermano viene mucho —le dije un día.

Valeria sonrió de una forma sospechosa.

—Debe gustarle mucho ese libro que nunca termina de devolverte.

—No empieces.

—Yo solo observo.

Daniel nunca habló de Lucas.

Nunca preguntó cuándo estaría preparada para salir con alguien.

Hasta una tarde, cuatro meses después, cuando me encontró sola en una cafetería.

Se quedó frente a mi mesa.

—¿Puedo?

—Claro.

Se sentó.

Hablamos durante casi una hora.

Trabajo.

Familia.

Viajes.

Nada importante.

Y precisamente por eso fue importante.

Cuando nos levantamos, Daniel dudó.

—Clara.

—¿Sí?

—Hay una exposición el sábado.

Mi corazón dio un pequeño salto.

Él añadió inmediatamente:

—Puedes decir que no.

Lo miré.

Daniel Ling, heredero de una familia capaz de conseguir casi cualquier cosa, estaba ofreciéndome algo increíblemente sencillo.

Una elección.

—¿Eso es una cita?

—Sí.

—¿Y si digo que no?

—Vendré el lunes a devolverte otro libro.

Reí.

—Entonces sí.

Daniel sonrió.

—¿Sí a la exposición o sí al libro?

—A la exposición.

Aquella noche recibí un mensaje desde un número desconocido.

Era Lucas.

Solo decía:

«Hoy los vi juntos.»

Miré la pantalla.

No contesté.

Llegó otro.

«Dime que todavía no es demasiado tarde.»

Bloqueé el número.

Un año después, Daniel nunca me pidió que olvidara lo sucedido.

Nunca intentó convertirse en el hombre que “me salvó”.

Simplemente permaneció cerca hasta que estar cerca dejó de darme miedo.

Y cuando finalmente me pidió matrimonio, no hubo público.

Ni fuegos artificiales.

Ni una multitud esperando mi respuesta.

Solo nosotros dos.

—No quiero que me respondas hoy —dijo—. Ni mañana si no quieres.

Miré el anillo.

—¿Y si nunca estoy preparada?

Daniel me tomó la mano, pero no intentó colocarme nada en el dedo.

—Entonces seguirás siendo Clara.

Sonreí entre lágrimas.

—Eso era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Meses después supe que Lucas nunca regresó con Irene.

Ella volvió a marcharse al extranjero.

Y Lucas permaneció solo durante mucho tiempo.

Valeria me contó que había guardado nuestro anillo de compromiso en su escritorio.

Nunca pregunté por qué.

Ya no importaba.

El día de mi boda con Daniel, Valeria entró corriendo en mi habitación mientras terminaba de prepararme.

—Tengo malas noticias.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué ocurrió?

Ella intentó mantener la cara seria.

—Mi hermano sigue siendo blanco, alto y guapo.

La miré.

—Eres insoportable.

—Y ahora es demasiado tarde para elegir a mi padre.

Le lancé una almohada.

Valeria salió riéndose.

Minutos después, caminé hacia Daniel.

Esta vez no había ninguna Irene capaz de hacerme preguntarme si el hombre al final del pasillo saldría corriendo detrás de otra persona.

Porque finalmente había comprendido algo.

El amor correcto no te obliga a competir con un fantasma.

No necesita hacerte insegura para demostrarte cuánto vales.

Y, sobre todo, no espera perderte para decidir que eres su elección.

Cuando Daniel extendió la mano, fui yo quien decidió tomarla.

No porque necesitara que alguien me rescatara.

Sino porque, después de aprender a marcharme de donde no me elegían por completo, finalmente había encontrado a alguien que jamás necesitó perderme para saber que quería quedarse.

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