Sebastian no volvió a mirar el mensaje.
Marcó un número.
—Cierra las puertas. Nadie entra ni sale.
Su voz había cambiado.
Ya no era el hombre irritado porque había encontrado mis maletas.
Era Sebastian Hale, el hombre al que media ciudad evitaba convertir en enemigo.
—Revisa las cámaras desde las seis. Quiero saber quién se acercó a su coche.
Colgó.
Yo seguía mirando aquella fotografía.
—¿Crees que alguien realmente intentará hacerme daño?
—No pienso averiguarlo dejándote salir.
—Sebastian…
—No.
Se acercó a la ventana y cerró las cortinas.
—Esta noche duermes aquí.
Miré las maletas.
—¿Y mañana?
Se giró hacia mí.
—Mañana tampoco te marchas.
A pesar del miedo, una risa amarga escapó de mis labios.
—Qué conveniente.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Qué significa eso?
—Durante cuatro años no pudiste llamarme tu novia, pero basta una amenaza para que de repente puedas decidir dónde vivo.
—No estoy decidiendo tu vida.
—Siempre lo has hecho.
El silencio cayó entre nosotros.
Señalé la mansión.
—Elegiste dónde viviría.
Luego las joyas.
—Qué llevaría.
Después mi teléfono.
—Quién podía acercarse a mí sin tener miedo de ti.
Lo miré directamente.
—Pero nunca elegiste darme un lugar a tu lado.
Sebastian apretó la mandíbula.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es contigo.
Entonces llamaron a la puerta.
Uno de sus hombres entró con una tableta.
—Señor Hale, encontramos algo.
Sebastian tomó el dispositivo.
Yo me acerqué.
La cámara exterior mostraba mi automóvil.
A las nueve y diecisiete, una figura con gorra atravesó el lateral de la propiedad.
Se agachó junto al coche.
Después desapareció.
—Amplía —ordenó Sebastian.
La imagen perdió nitidez.
Pero cuando aquella persona giró ligeramente la cabeza, reconocí un detalle.
Un broche dorado sobre el abrigo.
Lo había visto aquella misma semana.
—Espera.
Sebastian me miró.
—¿Qué?
—Conozco ese broche.
Sentí un frío lento recorrerme.
—Lo llevaba Isabelle cuando apareció en la portada de Chicago Society.
Su hombre negó con la cabeza.
—No parece una mujer.
Sebastian volvió a reproducir la grabación.
Entonces apareció otro ángulo.
Y todos quedamos en silencio.
Era un hombre.
Sebastian ordenó:
—Busca la matrícula del vehículo con el que llegó.
—Ya lo hicimos.
El hombre vaciló.
—Está registrado a nombre de Laurent Holdings.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Entonces Isabelle sí está detrás.
—Tal vez —dijo Sebastian.
Su tono me hizo mirarlo.
—¿Por qué dices “tal vez”?
No respondió.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era su hermano.
Sebastian contestó.
—Adrian.
La voz al otro lado habló tan rápido que incluso desde donde estaba pude escuchar el pánico, aunque no las palabras.
La expresión de Sebastian cambió.
—¿Dónde está Isabelle?
Silencio.
—Adrian, ¿dónde está?
Otro silencio.
Sebastian colgó.
—Ha desaparecido.
—¿Qué?
—Salió de la fiesta poco después que yo.
—¿Y tu hermano?
—Encontró una nota en su habitación.
—¿Qué decía?
Sebastian tardó en responder.
—Que nunca debió regresar a Chicago.
Lo observé.
—Entonces quizá ella también está en peligro.
Aquella posibilidad pareció molestarlo.
No porque le preocupara Isabelle.
Porque complicaba algo que él ya creía entender.
—Quédate aquí.
—No vuelvas a ordenármelo.
—Por una vez, deja de convertir todo en una discusión entre nosotros.
Eso me hirió.
—¿Entre nosotros?
Me acerqué.
—Sebastian, ese es precisamente el problema. Nunca hubo un “nosotros” cuando yo necesitaba que lo hubiera.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Crees que no lo hubo porque nunca pronuncié una palabra?
—Creo que una mujer no debería necesitar interpretar coches, joyas y guardaespaldas para saber si significa algo.
Aquello lo dejó sin respuesta.
Me agaché para cerrar otra maleta.

Sebastian la apartó con el pie.
—No vas a seguir empacando.
—Mañana decidiré eso.
—No.
—No eres mi marido.
Su expresión cambió.
—Podría haberlo sido.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Pareció arrepentirse en cuanto lo dijo.
—Nada.
—No. Termina la frase.
Sebastian miró hacia la puerta.
—No es el momento.
—Durante cuatro años nunca es el momento.
Cogí mi abrigo.
Él bloqueó el paso.
—Sebastian.
—Hace dos años compré un anillo.
Mi mano se detuvo.
Pensé que había oído mal.
—¿Qué dijiste?
—Un anillo.
Su voz era casi fría, pero conocía suficientemente bien a Sebastian para reconocer lo que escondía aquella frialdad.
Miedo.
—Pensaba pedírtelo.
—¿Pedírmelo qué?
Sus ojos encontraron los míos.
—Que te casaras conmigo.
Algo dentro de mí se rompió.
—Entonces ¿por qué no lo hiciste?
Sebastian guardó silencio demasiado tiempo.
—Isabelle.
Solté una risa incrédula.
—Por supuesto.
—No como crees.
—Siempre acaba siendo ella.
—Porque tres días antes de que pensara proponértelo recibí algo.
Abrió un compartimento cerrado de su escritorio.
Sacó un sobre amarillento.
Dentro había fotografías.
Las extendió sobre la mesa.
Eran fotografías mías.
Entrando en restaurantes.
Saliendo del gimnasio.
Durmiendo junto a la ventana de una casa que había tenido antes de mudarme con Sebastian.
Algunas habían sido tomadas antes siquiera de que lo conociera.
Sentí náuseas.
—¿Quién hizo esto?
—Nunca lo descubrí.
En la última fotografía aparecía una frase escrita detrás.
Sebastian me la entregó.
«Si la conviertes en una Hale, acabará igual que Eleanor.»
—¿Quién es Eleanor?
Por primera vez desde que lo conocía, vi a Sebastian palidecer.
—Mi madre.
Sabía que su madre había muerto cuando él era adolescente.
Nada más.
—Me dijiste que murió en un accidente.
—Eso fue lo que publicaron.
—¿Qué ocurrió realmente?
No respondió.
—Sebastian.
—La mataron.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Quién?
—Nunca se demostró.
Se acercó al ventanal.
—Mi padre estaba construyendo Hale Industries. Había demasiados enemigos, demasiadas deudas, demasiadas personas queriendo controlar la empresa. Una noche mi madre desapareció.
Su voz descendió.
—Tres días después encontraron su coche.
No pregunté más.
No necesitaba detalles.
—¿Y pensaste que alguien haría lo mismo conmigo?
—Lo sabía.
—¿Por una fotografía?
Sebastian se volvió.
—Porque la firma de aquella amenaza era idéntica a la que recibió mi padre antes de que mi madre desapareciera.
La rabia comenzó a mezclarse con algo mucho más doloroso.
—Entonces me mantuviste escondida para protegerme.
—Sí.
—Pero vivía en tu casa. Todo Chicago sabía que estaba contigo.
—Sabían que eras mi acompañante. Mi capricho. Una mujer a la que podía abandonar cualquier día.
Comprendí de repente.
La humillación pública.
Las bromas.
Su negativa a definir nuestra relación.
Había permitido que todos creyeran que yo era prescindible porque quería convencer a alguien de que realmente lo era.
—Podrías habérmelo contado.
—Y habrías hecho exactamente lo que estás haciendo ahora.
—¿Qué?
—Negarte a tener miedo.
—Porque mi vida me pertenece.
—Y yo prefería que me odiaras a enterrarte.
Mi ira se quebró durante un segundo.
Pero no desapareció.
—No tenías derecho.
—Lo sé.
Aquellas dos palabras me sorprendieron más que una discusión.
Sebastian Hale jamás admitía estar equivocado.
—Entonces déjame ir cuando esto termine.
Su expresión volvió a cerrarse.
—No.
Casi sonreí.
—Has aprendido muchísimo.
Antes de que pudiera responder, uno de sus hombres regresó.
Esta vez llevaba una pequeña caja metálica.
—Encontramos esto debajo del coche.
Sebastian la tomó.
Dentro había un dispositivo negro.
—¿Un rastreador?
—Sí. Pero hay algo más.
El hombre colocó sobre la mesa una fotografía impresa que había encontrado adherida bajo el vehículo.
La miré.
Era una fotografía antigua.
En ella aparecían Sebastian e Isabelle cuando tenían poco más de veinte años.
Junto a ellos había una mujer rubia.
—¿Quién es ella?
Sebastian no respondió.
Se había quedado completamente inmóvil.
—Sebastian.
El hombre de seguridad contestó por él.
—Eleanor Hale.
Miré nuevamente la imagen.
—Pero esta fotografía debe tener…
—Más de diez años —dijo Sebastian.
Señalé a Isabelle.
—¿Isabelle conocía a tu madre?
Su rostro había perdido toda expresión.
—No debería haberla conocido.
La puerta principal se abrió abajo.
Escuchamos gritos.
Pasos rápidos.
Luego Adrian apareció en el dormitorio.
Tenía el rostro desencajado.
—Sebastian.
—¿Qué pasó?
Adrian sostuvo algo entre las manos.
—Encontraron el teléfono de Isabelle.
—¿Dónde?
—En el coche de papá.
Sebastian se quedó helado.
Adrian dejó el teléfono sobre la mesa.
La pantalla estaba abierta en una conversación.
El último mensaje había sido enviado aquella tarde.
Lo leí.
«Sebastian todavía cree que Isabelle fue su primer amor. Déjalo creerlo hasta que la otra mujer se marche.»
Mi corazón se aceleró.
—¿Quién escribió eso?
Adrian deslizó hacia arriba.
Entonces apareció el contacto.
No era un número desconocido.
Era un nombre.
Sebastian lo leyó.
Y algo que jamás había visto apareció en su rostro.
Terror.
—No puede ser.
—¿Quién es? —pregunté.
Nadie respondió.
Tomé el teléfono.
Leí el nombre.
VICTOR HALE.
El padre de Sebastian.
El hombre que oficialmente llevaba muerto seis años.
Y debajo del último mensaje aparecía otro, enviado apenas treinta segundos antes:
«LA CANARIA SIGUE DENTRO DE LA CASA. ESTA VEZ NO DEJES QUE SEBASTIAN LA SALVE.»