PARTE 2: ADRIAN PENSÓ QUE PODÍA PROTEGER A SERENA SIN CONSECUENCIAS, HASTA QUE DESCUBRIÓ QUE YO NO HABÍA ENTRADO EN LOS WHITMORE PARA ROGAR POR SU AMOR, SINO PARA TOMAR EL CONTROL DE TODO LO QUE SU FAMILIA HABÍA DEJADO DESORDENADO.

Adrian no respondió de inmediato.

Serena seguía apoyada contra él, con la mano enrojecida y los ojos húmedos.

Yo esperé.

No tenía prisa.

Finalmente, Adrian apartó suavemente a Serena.

—Ve a que te revisen la mano.

Ella levantó la cabeza.

—Adrian…

—Ahora.

Su expresión cambió apenas.

Era la primera vez que él la mandaba retirarse delante de mí.

Serena inclinó la cabeza.

—Sí.

Cuando pasó junto a mí, su perfume dulce quedó flotando en el aire.

No dije nada.

Pero antes de salir, se volvió.

—Espero que algún día podamos llevarnos bien, señora Whitmore.

Sonreí.

—Eso dependerá de si entiendes cuál es tu lugar.

Sus dedos se cerraron alrededor del pañuelo.

Adrian lo vio.

También vio mi expresión.

Cuando Serena desapareció, cerró las puertas del salón.

—No tenías que humillarla.

—No lo hice.

—La llamaste amante.

—¿No lo es?

Sus ojos se endurecieron.

—Nunca he tenido una relación impropia con ella.

—Entonces deberías agradecerme que no haya utilizado una palabra peor.

—Isabella.

—Adrian.

Lo miré con tranquilidad.

—No me interesa lo que haces fuera de mi habitación. Pero si tus sentimientos por Serena empiezan a afectar el orden de la familia, entonces sí me interesa.

Se acercó.

—¿Crees que puedes dirigir esta casa después de veinticuatro horas?

—No.

Hice una pausa.

—Creo que ya estoy haciéndolo.

Su mandíbula se tensó.

Antes de que pudiera responder, la señora Miller apareció en la puerta.

—Señora, el administrador de las propiedades solicita verla.

Adrian frunció el ceño.

—¿Por qué?

La señora Miller me miró a mí, no a él.

—La señora Whitmore ordenó revisar las cuentas domésticas de los últimos tres años.

Adrian se volvió lentamente.

—¿Ordenaste qué?

—Una auditoría.

—¿Para qué?

—Porque desde esta mañana soy responsable de la residencia principal.

—Mi madre administraba esas cuentas.

—Tu madre vive en Europa desde hace ocho meses.

—La señora Miller podía encargarse.

—La señora Miller supervisa personal. No inversiones, alquileres ni gastos extraordinarios.

Adrian soltó una risa breve.

—Llevas aquí un día.

—Y ya encontré once pagos duplicados.

Eso borró su sonrisa.

Saqué una carpeta.

—Tres proveedores de flores cobran servicios semanales cuando solo uno entrega. Hay facturas médicas de Serena cargadas a la cuenta doméstica, aunque el abuelo creó un fondo separado para ella. Y la villa lateral tiene gastos de mantenimiento mayores que la residencia principal.

Adrian tomó la carpeta.

Pasó varias páginas.

Su expresión cambió.

—¿Quién autorizó esto?

—Precisamente lo que quiero descubrir.

Aquella tarde reuní a los administradores de todas las propiedades.

No levanté la voz.

No amenacé a nadie.

Solo hice preguntas.

Y las respuestas empezaron a incomodar a demasiadas personas.

El jardinero cobraba por doce trabajadores cuando utilizaba siete.

La cocina registraba compras de vinos que nunca llegaban a la bodega.

Tres vehículos de la familia aparecían asignados a empleados que ya no trabajaban allí.

Y durante los últimos dos años, una cantidad considerable había sido transferida mensualmente a una empresa llamada Collins Heritage Consulting.

Me quedé mirando el nombre.

Collins.

—¿Quién autorizó estos pagos?

El administrador palideció.

—El señor Whitmore.

Adrian estaba sentado a mi derecha.

Levantó la cabeza.

—Yo nunca he oído hablar de esa empresa.

El hombre tragó saliva.

—Las órdenes llegaban con su firma digital.

Silencio.

—Muéstramelas —dijo Adrian.

El administrador abrió su portátil.

Allí estaba.

Autorizaciones.

Fechas.

Firmas.

Adrian revisó una tras otra.

—Son falsas.

Lo miré.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—Entonces alguien dentro de esta casa ha estado utilizando tu autoridad.

La señora Miller intervino.

—¿Collins Heritage pertenece a la familia de la señorita Serena?

—Eso parece —respondí.

Adrian se levantó.

—No saques conclusiones.

—No las estoy sacando.

Cerré la carpeta.

—Estoy siguiendo dinero.

Aquello pareció inquietarlo más.

A la mañana siguiente, Serena regresó a la residencia.

Esta vez no llevaba blanco.

Vestía azul oscuro.

Se presentó acompañada por un hombre mayor.

—Señora Whitmore —dijo—, este es mi tío, Richard Collins.

Lo reconocí.

Había estado presente en la boda.

Uno de los pocos miembros de la familia Collins que todavía conservaba relaciones comerciales en la ciudad.

Richard me saludó.

—Lamento que haya habido malentendidos.

—¿Qué malentendidos?

Serena sonrió débilmente.

—Sobre algunas cuentas.

Así que ya lo sabía.

Interesante.

—Entonces tomemos té —dije.

Nos sentamos.

Adrian llegó poco después.

Richard parecía aliviado al verlo.

—Adrian, precisamente quería hablar contigo.

—¿Sobre Collins Heritage Consulting?

El hombre se congeló.

Serena bajó los ojos.

Adrian dejó una carpeta sobre la mesa.

—¿Por qué una empresa vinculada a tu familia lleva dos años recibiendo dinero de mis cuentas?

Richard carraspeó.

—Eso debe de ser un error administrativo.

—¿Ciento ochenta mil dólares son un error administrativo?

Serena levantó la cabeza.

—Adrian, mi tío no haría nada deshonesto.

Yo removí lentamente el té.

—Nadie lo ha acusado todavía.

Richard me miró.

—Señora Whitmore, entiendo que quiera demostrar autoridad, pero ciertas relaciones existían mucho antes de que usted llegara.

—Precisamente.

Le devolví la mirada.

—Y por eso algunas personas se acostumbraron demasiado a que nadie hiciera preguntas.

Adrian no intervino.

Aquello sorprendió a Serena.

—Adrian…

Él siguió mirando los documentos.

—Quiero los contratos originales esta tarde.

Richard palideció.

—Necesitaré tiempo.

—Tienes hasta las cinco.

Serena se puso de pie.

—Esto es demasiado.

Me miró.

—Desde que ella llegó, todo se ha convertido en sospechas y castigos.

Yo apoyé la taza.

—No.

—Antes de que yo llegara, simplemente nadie revisaba nada.

Su rostro se tensó.

—¿Está insinuando que mi familia roba a los Whitmore?

—Estoy diciendo que hay dinero que salió de estas cuentas y nadie puede explicar por qué.

—Mi padre murió por culpa de los Whitmore.

El salón se quedó inmóvil.

Adrian levantó lentamente la cabeza.

—Serena.

Ella pareció darse cuenta de que había hablado demasiado.

Richard se puso de pie.

—Nos vamos.

Pero ya era tarde.

—¿Por culpa de los Whitmore? —pregunté.

Serena apretó los labios.

Adrian respondió antes que ella.

—Su padre asumió la responsabilidad por el escándalo financiero.

—Eso ya lo sé.

Lo miré.

—Lo que no sabía era que Serena creyera que tu familia tuvo algo que ver con su muerte.

—No fue eso lo que quiso decir.

Serena soltó una risa amarga.

—Déjala.

Todos la miramos.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Ella quiere saberlo todo. Que lo sepa.

Richard la sujetó del brazo.

—Serena.

—¡Llevo años callando!

Adrian se levantó.

—Basta.

Pero ella ya estaba mirando hacia mí.

—¿Crees que llegaste aquí y te convertiste en dueña de esta casa por casualidad?

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Pregúntale al abuelo Whitmore por qué insistió tanto en que Adrian se casara contigo.

Adrian palideció.

Aquello sí llamó mi atención.

—¿Qué tiene que ver mi matrimonio con tu padre?

Serena rió entre lágrimas.

—Mucho más de lo que imaginas.

Richard tiró de ella.

—Nos vamos.

Esta vez no los detuve.

Cuando salieron, me volví hacia Adrian.

—Explícamelo.

—No hay nada que explicar.

—Mientes mal.

—Isabella.

—No utilices ese tono conmigo.

Di un paso hacia él.

—Yo acepté este matrimonio porque era conveniente.

—Tú aceptaste porque tu abuelo te lo ordenó.

—Pero parece que él tenía razones que nadie me contó.

Adrian guardó silencio.

Y su silencio confirmó demasiado.

Aquella noche fui directamente al ala privada del patriarca.

El abuelo Whitmore estaba sentado frente a una chimenea, leyendo.

Al verme, cerró el libro.

—Sabía que vendrías.

—Entonces sabe por qué.

Sonrió.

—Porque Serena habló demasiado.

Me senté frente a él.

—Quiero saber por qué me eligió.

El anciano me observó durante varios segundos.

—¿Crees que fue por tu apellido?

—No.

—¿Por tu familia?

—Tampoco.

Su sonrisa desapareció.

—Bien.

Se levantó con dificultad y abrió una caja fuerte oculta detrás de una estantería.

Sacó un sobre.

Lo dejó delante de mí.

—Esto pertenecía a tu prometido.

Mi corazón se detuvo.

Miré el sobre.

Reconocí inmediatamente la letra.

Daniel.

El hombre que había muerto tres años atrás.

Mis dedos comenzaron a temblar.

—¿Por qué tiene usted esto?

El abuelo no respondió.

Abrí el sobre.

Dentro había documentos financieros.

Fotografías.

Una memoria USB.

Y una carta dirigida a mí.

La primera línea estaba fechada dos días antes del supuesto accidente de Daniel.

Leí.

Mi respiración se volvió irregular.

«Isabella, si estás leyendo esto, significa que no pude regresar. Lo que descubrí sobre los Whitmore y los Collins es mucho peor de lo que imaginábamos.»

Levanté los ojos.

—¿Mi prometido investigaba a su familia?

El anciano permaneció inmóvil.

Seguí leyendo.

Entonces llegué a una frase que hizo que el papel temblara entre mis dedos.

«No confíes en la versión oficial de mi muerte.»

Me puse de pie.

—¿Qué significa esto?

El abuelo me miró con una tristeza extraña.

—Significa que no te casé con Adrian para fortalecer a los Whitmore.

—Entonces ¿para qué?

Empujó lentamente la memoria USB hacia mí.

—Porque Daniel dejó pruebas que solo la señora Whitmore tendría autoridad suficiente para sacar a la luz sin que nadie pudiera enterrarlas.

Miré el dispositivo.

Después al anciano.

—¿Adrian sabe esto?

El abuelo tardó demasiado en responder.

Y cuando finalmente lo hizo, sentí que todo mi matrimonio acababa de convertirse en algo completamente distinto.

—Adrian sabe una parte. Serena sabe otra. Pero ninguno de los dos sabe quién dio la orden que envió a Daniel a aquella operación de la que nunca regresó.

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