PARTE 2: CREÍ QUE AQUEL MOTOCICLISTA SOLO ME HABÍA DEJADO UNA TARJETA, PERO CUANDO LLEGUÉ A CROW IRON WORKS DESCUBRÍ POR QUÉ MI ABUELO HABÍA OCULTADO ESE NOMBRE DURANTE TODA MI VIDA.

—¿Tú eres la mecánica?

Aparté el teléfono del oído para comprobar el número.

—Supongo.

La voz masculina soltó una risa seca.

—Eso no responde nada.

—Reparo motocicletas. Si eso es lo que preguntas, sí.

Hubo un silencio.

—Crow dijo que llamarías.

Crow.

El motociclista del estacionamiento.

—¿Ese es su nombre?

—Ven mañana a las ocho. Trae ropa que puedas ensuciar.

—Espera. ¿Para qué?

Ya había colgado.

A la mañana siguiente llegué a Crow Iron Works esperando encontrar un taller pequeño.

Me equivoqué.

El edificio ocupaba una antigua fábrica de ladrillos. Había motocicletas restauradas, bancos de trabajo y media docena de mecánicos.

Un hombre enorme me recibió.

—¿La mecánica?

—¿Todo el mundo va a llamarme así?

—Hasta que demuestres que tienes nombre.

Señaló una motocicleta vieja.

—No arranca.

—¿Qué le hicieron?

—Eso debes averiguarlo.

Comprendí.

Era una prueba.

Dejé mi mochila.

Veinte minutos después había encontrado dos problemas.

A los cuarenta, tres.

Cuando finalmente encendí el motor, el hombre dejó de sonreír.

—Carburador mal ajustado, línea parcialmente obstruida y alguien instaló mal el avance.

Una voz llegó desde atrás.

—Exactamente.

Me giré.

Crow estaba allí.

Sin sangre ni polvo parecía distinto, pero reconocí inmediatamente aquellos ojos.

—No sabía que esto era una entrevista.

—Si te lo hubiera dicho, habrías preparado respuestas.

Se acercó a la motocicleta.

—Yo quería ver tus manos.

—¿Mis manos?

—Las personas pueden mentir. Las manos trabajando, no tanto.

Sacó un sobre.

Dentro había una oferta laboral.

El salario era casi el doble de lo que ganaba sumando mis dos empleos.

—No puedo aceptar esto.

—¿Por qué?

—Porque te ayudé aquella noche y ahora intentas devolvérmelo.

Crow negó.

—Si quisiera pagarte por aquello, te habría dado dinero.

Señaló la motocicleta.

—Te estoy ofreciendo trabajo porque acabas de encontrar en cuarenta minutos una falla que dos hombres no detectaron ayer.

Pensé en mi abuela.

En las facturas.

En el techo que necesitaba reparaciones.

—Necesito mantener algunas noches libres.

—¿Por qué?

—Cuido a mi abuela.

Crow me observó durante un instante.

—Hecho.

Acepté.

Las primeras semanas fueron extrañas.

Nadie me regaló nada.

Eso me gustó.

Me asignaron motores difíciles, restauraciones y trabajos que exigían paciencia.

Poco a poco dejé de ser “la mecánica”.

Empezaron a llamarme Mara.

Pero Crow me observaba.

No de una manera incómoda.

Era como si intentara recordar dónde me había visto antes.

Todo cambió un jueves.

Estaba reconstruyendo un viejo motor cuando comenzó a fallar.

Me incliné, escuché el ritmo y golpeé dos veces la carcasa con la llave.

—No persigas el ruido —murmuré—. Encuentra dónde dejó de respirar.

El taller quedó en silencio.

Levanté la cabeza.

Crow estaba detrás de mí.

Pálido.

—¿Quién te enseñó esa frase?

—Mi abuelo.

—¿Cómo se llamaba?

No me gustó su tono.

—Samuel Hayes.

La llave que Crow sostenía cayó al suelo.

Nadie habló.

—¿Qué pasa?

Crow se acercó lentamente.

—Samuel Hayes murió hace cinco años.

—Sí.

—¿Eres su nieta?

—¿Lo conocías?

No respondió.

Entró en su oficina y regresó con una fotografía.

Era antigua.

Un grupo de motociclistas posaba frente al mismo edificio.

Reconocí a Crow mucho más joven.

Después vi al hombre situado junto a él.

Mi abuelo.

Sentí que el suelo desaparecía.

—Me dijo que dejó las motocicletas antes de que yo naciera.

Crow sonrió con tristeza.

—Tu abuelo te contó muchas cosas ciertas.

—¿Y esa?

—Esa no.

Tomé la fotografía.

Samuel llevaba una chaqueta con un cuervo bordado.

—¿Trabajaba aquí?

—No.

Crow me sostuvo la mirada.

—Fundó este lugar conmigo.

Me reí por puro desconcierto.

—Eso es imposible.

—Crow Iron Works empezó en un garaje. Yo tenía herramientas. Samuel sabía hacer funcionar cualquier cosa con motor.

—Entonces ¿por qué nunca habló de esto?

La expresión de Crow se cerró.

—Porque se marchó.

—¿Por qué?

—Eso tendrías que habérselo preguntado a él.

—Está muerto.

—Lo sé.

La respuesta me enfureció.

—Entonces dímelo tú.

Crow miró a los demás.

—Terminamos por hoy.

Cuando estuvimos solos, abrió una caja fuerte.

Sacó una carpeta amarillenta.

En la portada estaba escrito:

HAYES.

—Después de que Samuel desapareció, me pidió que guardara esto.

—¿Para quién?

Crow me miró.

—Para ti.

Dentro había fotografías.

Documentos del taller.

Cartas.

Y una escritura.

—No entiendo.

—Samuel nunca vendió su participación.

Levanté la vista.

—¿Participación?

—Cuarenta por ciento.

Miré alrededor.

—¿Estás diciendo que mi abuelo era dueño de parte de este lugar?

—Legalmente, su patrimonio todavía lo es.

Mi respiración se detuvo.

Yo llevaba meses calculando si podríamos pagar la calefacción de mi abuela.

—¿Por qué nadie nos dijo nada?

Crow apretó la mandíbula.

—Porque yo creía que Samuel había dejado instrucciones a su familia.

—No dejó nada.

—Entonces alguien escondió los documentos.

Aquello me inquietó más que el dinero.

Seguí revisando.

Encontré una fotografía de mi madre cuando era joven.

Después otra de mi abuela.

Y finalmente un sobre sellado.

Mi nombre estaba escrito a mano.

MARA.

Reconocí inmediatamente la letra de mi abuelo.

Me temblaron los dedos.

Abrí la carta.

Solo había una página.

La primera frase decía:

«Si Crow te entrega esto, significa que no conseguí mantenerte lejos de la verdad.»

Dejé de respirar.

Crow también parecía sorprendido.

Seguí leyendo.

Mi abuelo hablaba de una deuda.

De una traición.

De alguien que había utilizado Crow Iron Works para mover dinero sin que él lo supiera.

Y de una noche, veinticuatro años atrás, después de la cual decidió desaparecer.

Veinticuatro años.

Mi edad.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Qué ocurrió hace veinticuatro años?

Crow no respondió.

La puerta del taller se abrió.

Entró un hombre de traje gris.

Tendría unos sesenta años.

Al verme, se quedó inmóvil.

Yo nunca lo había visto.

Pero él claramente me reconoció.

—Samuel tenía razón —murmuró.

Crow se puso inmediatamente delante de mí.

—Fuera.

El desconocido sonrió.

—Después de todos estos años, ¿todavía estás protegiendo los secretos de Hayes?

—He dicho que salgas.

El hombre me miró por encima del hombro de Crow.

—¿Ya le dijiste quién era su padre?

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué?

Crow cerró los ojos.

—No lo escuches.

Pero el desconocido sacó una fotografía del bolsillo.

La dejó sobre el banco.

En ella estaba mi madre.

Mi abuelo.

Crow.

Y un cuarto hombre.

El mismo desconocido, mucho más joven.

En brazos sostenía a un bebé.

A mí.

—Mi abuelo me dijo que mi padre murió antes de que yo naciera.

El hombre sonrió sin alegría.

—Samuel quería que creyeras eso.

Crow agarró la fotografía.

—Basta.

—No.

Di un paso adelante.

—Quiero saberlo.

El desconocido me miró fijamente.

—Entonces pregúntale a Crow por qué tu abuelo abandonó su propia empresa la semana después de tu nacimiento.

Me volví hacia Crow.

Él permaneció callado.

—Dímelo.

Finalmente abrió la carpeta y sacó un último documento que había permanecido oculto bajo las cartas.

Era un certificado de nacimiento.

El mío.

Nombre de la madre: Rachel Hayes.

Nombre del padre:

La línea no estaba vacía.

Había un nombre.

Lo leí una vez.

Después otra.

Y cuando levanté los ojos hacia Crow, comprendí por qué había estado observándome desde el primer día como si reconociera algo en mi rostro.

Porque el apellido escrito en aquel documento no era Hayes.

Era Crow.

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