No dormí.
Pasé la noche intentando encontrar una salida.
La ventana estaba cerrada desde fuera. El teléfono solo podía conectarse a una red interna bloqueada. La puerta no tenía mecanismo de apertura por mi lado.
Pero lo que más miedo me daba no era el sótano.
Era la planificación.
Ethan no había improvisado aquello en tres días.
A las siete de la mañana escuché la cerradura.
Entró llevando una bandeja.
—Buenos días.
—Vete al infierno.
Dejó el desayuno sobre la mesa.
—Necesitas comer.
—Necesito salir.
—Todavía no.
Lo observé mientras acomodaba tranquilamente una taza de café.
—¿Cuánto tiempo llevas preparando esto?
Su mano se detuvo.
—¿Por qué preguntas?
—La habitación. El teléfono. La historia que contaste a nuestros padres. Daniel.
Me acerqué.
—Tres días no bastan.
Ethan levantó los ojos.
No respondió.
Aquello confirmó mi sospecha.
—Dios mío.
—Lily…
—¿Cuánto tiempo?
—No importa.
—¡A mí sí!
Por primera vez perdió parte de aquella serenidad.
—Dos años.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Dos años?
—No pensaba utilizar este lugar así.
Solté una risa incrédula.
—Naturalmente. ¿Era una habitación de invitados para secuestrados?
—La preparé porque necesitaba un sitio donde nadie pudiera encontrarnos.
—Eso no mejora nada.
Me alejé.
Ethan permaneció junto a la puerta.
—Nunca planeé obligarte a estar aquí. Pensaba esperar.
—¿Esperar qué?
—A que dejaras de verme como familia.
Lo miré horrorizada.
—Ethan, nuestros padres están casados.
—Lo sé.
—Mi madre confía en ti.
Aquello pareció dolerle.
—También lo sé.
—Entonces abre la puerta.
No lo hizo.
Respiré lentamente.
La rabia no estaba funcionando.
Necesitaba pensar.
—¿Qué ocurrió con Daniel?
—Nada.
—Quiero la verdad.
—Recibió tu mensaje y se marchó.
—¿Lo amenazaste?
—No.
—¿Lo investigaste?
Silencio.
Cerré los ojos.
—Claro que sí.
Ethan se acercó un paso.
—Daniel no es quien crees.
—Y tú me tienes encerrada en un sótano.
Eso lo detuvo.
—Ahora mismo él gana por bastante.
Vi culpa en sus ojos.
Culpa significaba una grieta.
Me senté.
—Quiero desayunar sola.
Ethan pareció sorprendido.
—Lily…
—Dijiste que querías que habláramos sin que intentara escapar. Estoy hablando. Ahora necesito espacio.
Después de unos segundos, asintió.
—Volveré al mediodía.
La puerta se cerró.
Esperé.
Diez minutos.
Veinte.
Entonces empecé.
No intenté romper la ventana.
No golpeé la puerta.
Revisé todo.
Libros.
Muebles.
Cajones.
La pequeña cocina.
Finalmente encontré algo detrás de una estantería.

Un panel técnico.
Estaba atornillado.
Utilicé una pieza metálica del soporte de una lámpara y tardé casi cuarenta minutos en aflojarlo.
Dentro había cables.
Y un pequeño módulo del sistema doméstico.
No entendía la instalación completa.
Pero reconocí un puerto de mantenimiento.
Recordé entonces mi teléfono.
Sin señal móvil.
Pero conectado a la red interna.
Abrí la configuración.
Había dispositivos visibles.
Cámaras.
Termostatos.
Puertas.
Y uno llamado INTERCOM PRINCIPAL.
Mi corazón empezó a golpearme.
Intenté conectarme.
Contraseña.
Probé el cumpleaños de Ethan.
Nada.
El de su padre.
Nada.
Entonces pensé en la forma enfermiza en que había construido todo aquello alrededor de mí.
Introduje mi cumpleaños.
Acceso concedido.
Me quedé inmóvil.
Hasta la contraseña era sobre mí.
Abrí el intercomunicador.
Escuché voces.
Ethan estaba arriba.
Y no estaba solo.
—Esto tiene que terminar —dijo una mujer.
Reconocí inmediatamente la voz.
Mi madre.
Me tapé la boca.
—Dijiste que solo querías hablar con ella —continuó—. No que la retendrías aquí.
Ethan respondió algo demasiado bajo.
Mamá elevó la voz.
—¡Abre esa puerta!
Sentí alivio.
Ella sabía dónde estaba.
Me encontraría.
Entonces Ethan pronunció una frase que borró ese alivio.
—Si la dejo salir ahora, descubrirá por qué tú me ayudaste a traerla.
Me quedé helada.
¿Qué?
Hubo un silencio arriba.
Mi madre habló finalmente.
—No utilices eso contra mí.
—Tú empezaste esto.
—Yo intentaba protegerla.
—¿De Daniel?
—De todo.
Mis dedos comenzaron a temblar.
Mi madre sabía.
Peor.
Mi madre había participado.
Seguí escuchando.
—Le prometiste a su padre que nunca se enteraría —dijo Ethan.
Mi padre.
No mi padrastro.
Mi padre biológico, muerto cuando yo tenía trece años.
Me acerqué más al teléfono.
—Ese secreto no tiene nada que ver con tus sentimientos por ella —dijo mamá.
—Tiene todo que ver.
—No.
—Entonces dime por qué él dejó mi nombre en aquella carta.
El sonido de una silla.
Después mi madre dijo:
—Porque cometió un error.
Ethan respondió:
—Un error que cambió la vida de Lily.
No pude soportarlo más.
Activé el micrófono.
—¡Mamá!
Silencio absoluto.
—¡Sé que estás ahí!
Arriba escuché movimiento.
—Lily —susurró ella.
—¡Sácame de aquí!
Pasos rápidos.
Después la voz de Ethan:
—¿Cómo accediste al sistema?
—¡Abre la maldita puerta!
Esta vez mi madre gritó también.
—Ethan, abre.
Pasaron segundos interminables.
Finalmente escuché la cerradura.
La puerta se abrió.
Mi madre apareció primero.
Corrí hacia ella.
Me abrazó.
Yo correspondí durante apenas un segundo.
Luego recordé lo escuchado y retrocedí.
—¿Lo ayudaste?
Su rostro se derrumbó.
—No sabía que iba a encerrarte.
—¿Qué creías que iba a hacer?
—Traerte aquí para hablar.
—¿Inconsciente?
Miró a Ethan.
Él respondió:
—Eso no estaba planeado. Entraste en el vehículo equivocado creyendo que era el coche que Daniel había enviado.
Lo miré.
—¿Qué?
—Mi conductor debía detenerte para decirte que tu madre necesitaba verte.
—Eso sigue siendo manipulación.
—Sí.
Por primera vez no intentó justificarlo.
Tomé mi teléfono y caminé hacia las escaleras.
Ethan no me bloqueó.
—Lily.
Me giré.
—Si vuelves a impedirme salir, llamaré a la policía en cuanto tenga cobertura.
Asintió lentamente.
—Lo entiendo.
Subí.
La casa era enorme.
Aislada.
Pero mi bolso estaba junto a la entrada.
Tomé las llaves.
Entonces mi madre dijo:
—Antes de irte necesitas saber qué quiso decir Ethan.
—No necesito nada.
—Se trata de tu padre.
Me detuve.
Odié que aquellas palabras funcionaran.
—¿Qué pasa con él?
Mamá parecía aterrada.
Ethan fue hasta un despacho y regresó con una caja.
La dejó sobre una mesa.
—Esto llegó a mi padre después de que el tuyo muriera.
Dentro había cartas, fotografías y documentos.
Tomé una fotografía antigua.
Mi padre aparecía junto al padre de Ethan.
Mucho antes de que nuestros padres se casaran.
—¿Se conocían?
—Eran socios —dijo mamá.
La miré.
—Me dijiste que jamás se habían visto.
—Mentí.
Abrí una carta.
Reconocí la letra de mi padre.
Mi nombre aparecía varias veces.
También el de Ethan.
—¿Por qué habla de nosotros?
Nadie respondió.
Seguí leyendo.
Entonces encontré una frase subrayada.
«Si algo me ocurre, Ethan debe proteger a Lily hasta que ella tenga edad suficiente para decidir qué hacer con las acciones.»
Levanté la cabeza.
—¿Qué acciones?
Mi madre comenzó a llorar.
Ethan sacó otro documento.
—Tu padre poseía una participación importante en Blake Industries.
Me reí, convencida de que aquello era absurdo.
—Blake Industries pertenece a tu familia.
—Eso creía yo también.
Deslizó una hoja hacia mí.
Había un porcentaje.
Treinta y uno por ciento.
Y debajo aparecía mi nombre como beneficiaria.
Me quedé sin palabras.
—Esto es imposible.
—No lo es.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque esas acciones desaparecieron después de la muerte de tu padre.
—¿Desaparecieron?
Ethan asintió.
—Alguien falsificó la transferencia.
Sentí frío.
—¿Quién?
—Eso llevo dos años intentando averiguar.
Entonces comprendí por qué había dicho que preparó aquella casa dos años antes.
Pero algo seguía sin encajar.
—¿Qué tiene que ver Daniel?
Ethan sacó una última fotografía.
Daniel estaba entrando en un edificio junto a un hombre mayor.
Reconocí al hombre.
Era el abogado de mi padrastro.
La fecha era de la semana anterior.
—Daniel no empezó a salir contigo por casualidad —dijo Ethan.
—Cállate.
—Lily…
—He dicho que te calles.
Mi teléfono recuperó señal.
Inmediatamente aparecieron mensajes.
Docenas.
Pero uno era de Daniel.
Lo abrí.
Solo contenía una fotografía.
Mi padre.
Estaba vivo.
Mucho mayor.
Sentado frente a una cámara.
Debajo había un mensaje:
«Si quieres saber por qué tu familia te dijo que murió hace doce años, ven sola. Y no confíes en Ethan.»
Miré a mi madre.
Su rostro perdió todo el color.
Y supe, antes incluso de preguntarlo, que ella reconocía perfectamente el lugar donde habían tomado aquella fotografía.