PARTE 2: CUANDO ADRIÁN REGRESÓ OCHO DÍAS DESPUÉS BUSCANDO A LA ESPOSA QUE SIEMPRE LO ESPERABA, SOLO ENCONTRÓ LOS PAPELES DEL DIVORCIO Y DESCUBRIÓ QUE YO YA HABÍA RECUPERADO LA VIDA Y LA FAMILIA QUE ABANDONÉ POR ÉL.

Adrián permaneció frente a la mesa durante varios minutos.

Leyó aquella frase una vez.

Luego otra.

«Esta fue la última vez que esperé a que eligieras volver.»

Por primera vez, la casa le pareció demasiado grande.

—Llámala —ordenó a la empleada.

—Ya lo intenté, señor.

—Entonces llama otra vez.

—La señora cambió de número.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Qué?

La mujer bajó la mirada.

—Hace seis días vinieron varias personas. Se llevaron toda su ropa, sus libros y sus cosas personales.

Adrián caminó rápidamente hacia el dormitorio.

Abrió el armario.

Mi lado estaba vacío.

No había vestidos.

No había zapatos.

No quedaba siquiera el perfume que siempre utilizaba.

Solo permanecían sus pertenencias.

Como si yo jamás hubiera vivido allí.

Entonces llamó a Leonardo.

El secretario respondió con absoluta frialdad.

—Señor Lu.

—¿Dónde está Sofía?

—La señorita Su no me ha autorizado a compartir esa información.

Adrián apretó el teléfono.

—Soy su marido.

—Por setenta y dos horas más, si firma los documentos.

Silencio.

—Quiero hablar con ella.

—No.

Adrián parecía incapaz de procesar aquella palabra.

Durante tres años, casi nadie se la había dicho.

Mucho menos alguien relacionado conmigo.

—Dile que regresaré cuando se calme.

Leonardo tardó un segundo en contestar.

—Señor Lu, creo que todavía no lo entiende.

Su voz se volvió más fría.

—La señorita Su no se fue para que usted fuera a buscarla. Se fue porque terminó con usted.

La llamada acabó.

Aquella misma tarde Adrián llamó a mi padre.

Esteban Su ni siquiera atendió.

En cambio, una hora después, el departamento jurídico del Grupo Lu recibió una notificación.

Si Adrián no firmaba el divorcio dentro del plazo establecido, el Grupo Su revisaría inmediatamente todos los proyectos conjuntos.

Fue entonces cuando descubrió algo que yo jamás le había contado.

Tres de sus contratos más importantes habían llegado indirectamente gracias a relaciones comerciales construidas por mi familia.

Una línea de crédito había sido aprobada después de que Leonardo hiciera una llamada.

Incluso el terreno donde el Grupo Lu planeaba levantar su nuevo complejo pertenecía a una filial asociada a los Su.

Adrián irrumpió en el despacho de su padre.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

El señor Lu lo miró con incredulidad.

—Porque pensé que lo sabías.

—Sofía jamás mencionó nada.

—Precisamente.

Su padre cerró lentamente una carpeta.

—Esa chica pasó tres años procurando que nadie pensara que habías llegado hasta aquí gracias a ella.

Adrián quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque te quería.

Aquellas tres palabras parecieron golpearlo más fuerte que cualquier amenaza comercial.

Mientras tanto, yo estaba en Milán.

No había ido para esconderme.

Había ido para recordar quién era.

Leonardo me había reservado una suite, pero apenas pasé tiempo allí.

Caminé durante horas.

Comí sola.

Dormí sin esperar escuchar una llave en la puerta.

Y por primera vez en años, descubrí algo extraño:

la soledad no dolía tanto como sentirse sola junto a alguien.

Mi padre llegó al cuarto día.

Cuando abrí la puerta y lo vi, no supimos qué decir.

Habían pasado casi dos años desde nuestra última conversación cara a cara.

—Papá.

Él me miró durante unos segundos.

Después abrió los brazos.

Eso fue todo.

Lloré contra su hombro como no había llorado en el aeropuerto.

—Lo siento.

Mi padre me sostuvo con fuerza.

—No tienes que disculparte por haber amado a la persona equivocada.

Nos sentamos junto a la ventana.

Le conté todo.

Valeria.

Los aniversarios olvidados.

Las noches esperando.

Las veces que Adrián había cancelado planes porque ella lo necesitaba.

Papá escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, preguntó:

—¿Todavía lo amas?

Miré mis manos.

—Creo que amo a la persona que esperé que algún día fuera.

Mi padre asintió.

—Entonces vuelve.

Lo miré sorprendida.

—¿A Adrián?

—No.

Por primera vez sonrió.

—A ti misma.

Tres días después regresé a Ciudad Imperial.

Pero no volví a la casa matrimonial.

Entré por las puertas del edificio central del Grupo Su.

Hacía tres años que no pisaba aquel vestíbulo.

Algunos empleados veteranos me reconocieron inmediatamente.

—Señorita Su…

Leonardo me esperaba junto al ascensor.

—Su oficina está preparada.

—¿Mi oficina?

Sonrió.

—El presidente insiste.

Las puertas se abrieron en el piso ejecutivo.

Mi padre estaba esperando.

Sobre la mesa había una placa.

SOFÍA SU — DIRECTORA DE ESTRATEGIA INTERNACIONAL.

La acaricié con los dedos.

Antes de casarme, aquel había sido el camino que estaba construyendo.

Adrián nunca me pidió explícitamente que lo abandonara.

Había sido más sutil.

Decía que no quería vivir bajo la sombra de los Su.

Que la gente pensaría que yo controlaba su carrera.

Que un matrimonio necesitaba sacrificios.

Y yo había sido siempre quien sacrificaba.

—¿Estás segura? —preguntó papá.

Tomé asiento.

—Completamente.

El tercer día venció a las cinco de la tarde.

A las cuatro y cuarenta y siete, Leonardo entró.

—Adrián Lu está abajo.

No levanté la vista.

—¿Firmó?

—No.

Entonces apareció otra voz.

—Porque quiero hablar contigo primero.

Adrián estaba en la puerta.

Parecía no haber dormido.

—Déjanos solos —le dije a Leonardo.

Cuando se cerró la puerta, Adrián me observó como si estuviera mirando a una desconocida.

Traje blanco.

Cabello recogido.

Documentos estratégicos extendidos delante de mí.

Nada quedaba de la mujer que esperaba junto a la cena fría.

—Así que esto era lo que querías.

—¿Qué cosa?

—Volver con tu padre. Castigarme. Hacer que mi empresa pierda contratos.

Lo miré con decepción.

—Todavía crees que esto trata de ti.

Adrián dejó los documentos del divorcio sobre mi escritorio.

Sin firmar.

—Valeria estaba enferma.

—Lo sé.

—Tenía casi cuarenta grados de fiebre.

—Espero que se haya recuperado.

Mi tranquilidad pareció enfurecerlo.

—¡Sofía!

—¿Qué quieres que diga?

Me levanté.

—¿Que comprendo que abandonaras nuestro aniversario? Lo hice muchas veces.

—Nunca pasó nada entre Valeria y yo.

—Ese nunca fue el problema.

Adrián se quedó callado.

—No necesitabas acostarte con ella para traicionarme.

Mi voz no tembló.

—Cada vez que tuve que competir con otra mujer por la atención de mi propio marido, ya estaba perdiendo algo que nunca debería haber tenido que disputar.

Su rostro cambió.

—Puedo arreglarlo.

Negué con la cabeza.

—Firma.

—No quiero divorciarme.

—Yo sí.

Aquellas dos palabras lo destruyeron.

Adrián se acercó.

—Dame otra oportunidad.

—Te di tres años.

—Sofía…

—Firma.

Por primera vez comprendió que llorar, enfadarse o prometer no iba a cambiar nada.

Tomó el bolígrafo.

Firmó.

Cuando terminó, permaneció mirando su nombre.

—¿Eso es todo?

Recogí los documentos.

—Sí.

Salió sin despedirse.

Pensé que finalmente había terminado.

Pero dos semanas después, mientras presidía mi primera reunión internacional, Leonardo entró y dejó discretamente una carpeta frente a mí.

—Tenemos un problema.

—¿Con qué proyecto?

—Con ninguno.

Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías de Adrián y Valeria tomadas mucho antes del aeropuerto.

Facturas.

Transferencias.

Reservas de hotel.

Y un documento que llevaba el sello del Grupo Lu.

Mi expresión cambió.

—¿Qué es esto?

Leonardo cerró la puerta.

—Durante la revisión de los contratos encontramos pagos realizados a una empresa vinculada a Valeria.

—¿Pagos de Adrián?

—Eso creíamos.

Sacó la última hoja.

—Hasta que seguimos el origen del dinero.

Miré la cifra.

Era enorme.

—¿De dónde salió?

Leonardo me sostuvo la mirada.

—De uno de los fondos que tu padre creó a tu nombre antes de tu matrimonio.

Sentí que se me helaba la sangre.

—Adrián nunca tuvo autorización para tocar ese dinero.

—Lo sabemos.

—Entonces ¿cómo…?

Leonardo colocó una copia de una autorización sobre la mesa.

En la parte inferior aparecía mi firma.

Perfectamente imitada.

Una firma que yo jamás había hecho.

Pero aquello no fue lo peor.

Junto a la firma aparecía la fecha de la primera transferencia.

Tres días después de mi boda.

Levanté lentamente la mirada.

Leonardo habló en voz baja.

—Sofía, creemos que Valeria no reapareció en tu matrimonio por casualidad.

Hizo una pausa.

—Y tampoco creemos que Adrián se casara contigo sin saber que este fondo existía.

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