Daniel sostuvo el informe del hospital sin decir una palabra.
Sus ojos permanecían clavados en aquella frase.
«No llamar al marido.»
—¿Por qué?
La pregunta salió casi sin voz.
Cerré la carpeta.
—Porque ya te había llamado.
—Laura…
—Y me dijiste que si no era urgente esperara hasta mañana.
Su mano comenzó a temblar.
—No sabía que estabas embarazada.
—Ese no era el problema.
—Entonces ¿cuál era?
Lo miré.
—Que para ti yo nunca era urgente.
Daniel se quedó inmóvil.
No levanté la voz.
Ya no necesitaba hacerlo.
—La obra podía compartirla con Claudia. Mi cumpleaños podía compartirlo con Claudia. Nuestro viaje podía compartirlo con Claudia. La última cena del año también. Cada vez que te pedía algo solo para nosotros, me hacías sentir ridícula.
Señalé los chupetes.
—Aquella noche iba a decirte que íbamos a ser padres.
Daniel cerró los ojos.
—Dios…
—Pero Claudia estaba en mi asiento.
—Si lo hubiera sabido…
—¿Qué habría cambiado?
Abrió los ojos.
—Todo.
Negué lentamente.
—Ese es precisamente el problema. Yo tenía que estar embarazada para que por fin consideraras importante pasar una noche conmigo.
Daniel no encontró respuesta.
Se sentó en el borde de la cama.
Parecía derrotado.
—Dame una oportunidad.
—Te di años.
—No sabía que estabas llegando a este punto.
—Porque nunca miraste.
Tomé los documentos.
—Firma.
Él ni siquiera los tocó.
—No.
—Daniel.
—No voy a firmar mientras estés así.
Aquello me hizo reír.
—¿Así cómo?
—Dolida.
—Llevo mucho tiempo dolida. Precisamente por eso estoy tan tranquila ahora.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Hay alguien más?
Por un segundo simplemente lo observé.
Después entendí que aquello era lo único que podía explicar mi decisión dentro de su cabeza.
Tenía que existir otro hombre.
Porque aceptar que él mismo me había perdido era demasiado difícil.
—No.
—Entonces todavía podemos arreglarlo.
—No necesito enamorarme de otro para dejar de amarte como antes.
Aquello sí lo hirió.
Se levantó.
—Voy a demostrarte que puedo cambiar.
—Puedes cambiar.
Tomé los chupetes y los guardé nuevamente.
—Pero no tienes derecho a exigirme que me quede para comprobarlo.
Esa noche Daniel durmió en el despacho.
A la mañana siguiente, Claudia me llamó.
No contesté.
Después escribió:
«Necesitamos hablar. Daniel me dijo que vais a divorciaros y creo que estás entendiendo mal muchas cosas.»
La bloqueé.
A las once apareció en mi oficina.
Llevaba el collar.
Mi collar.
O mejor dicho, su copia idéntica.
—Laura, solo serán cinco minutos.
La miré.
—Dos.
Claudia respiró.
—Nunca intenté quitarte a Daniel.
—Perfecto.
—Somos amigos desde antes de que él te conociera.
—Lo sé.
—Hay una confianza entre nosotros que quizá desde fuera parece…
—Claudia.
La interrumpí.
—No me estoy divorciando porque tú seas irresistible.
Su expresión cambió.
—Entonces…
—Me divorcio porque mi marido permitió que nuestra relación girara alrededor de lo que tú querías.
Se quedó callada.
—Tú querías una entrada y apareció una entrada.
—Querías el collar y apareció otro collar.
—Querías ver las estrellas y terminaste en el asiento que debía ocupar yo.
Me incliné ligeramente hacia ella.
—El problema no es que pidieras.
—El problema es que él siempre me pedía a mí que cediera.
Claudia bajó la mirada.
Entonces dijo algo inesperado.
—Yo tampoco sabía lo del bebé.
—No era asunto tuyo.
—Daniel me llamó anoche.
Sentí una molestia antigua.
Incluso en nuestra ruptura había acudido a ella.

Claudia debió verlo en mi cara.
—No fue como piensas.
Sacó su teléfono.
—Me pidió que dejara de contactarlo.
Eso sí me sorprendió.
—Dijo que había pasado años confundiendo amistad con responsabilidad.
No respondí.
—También dijo que yo había ocupado demasiado espacio en vuestro matrimonio.
Claudia tragó saliva.
—Y tiene razón.
Por primera vez, pareció sinceramente avergonzada.
—Yo sabía que algunas cosas te molestaban.
—Y aun así las aceptaste.
Asintió.
—Sí.
Agradecí al menos que no mintiera.
—Entonces ya hemos terminado.
Cuando se marchó, dejó algo sobre mi escritorio.
El collar.
—No lo quiero.
—Yo tampoco.
Lo dejé allí.
Tres días después, Daniel firmó.
No porque hubiera aceptado perderme.
Sino porque mi abogado le explicó que negarse únicamente retrasaría el proceso.
A partir de entonces dejó de suplicar.
Eso fue casi peor.
Se volvió extremadamente correcto.
Llegaba temprano.
Cocinaba.
Dormía en otra habitación.
No volvió a ver a Claudia.
Y cada noche dejaba sobre la mesa un pequeño informe de su día, como si pudiera reconstruir siete años de indiferencia mediante puntualidad.
Yo seguí preparando mi mudanza.
Un domingo encontré una caja frente a mi puerta.
Dentro estaba el amuleto que había comprado años atrás para Daniel.
Había una nota.
«Lo encontré en mi equipaje. No tengo derecho a conservar algo que me diste para protegerme cuando yo no supe protegerte a ti.»
No lloré.
Pero aquella noche dormí mal.
Dos semanas después llegó el día de la mediación.
Daniel apareció solo.
Parecía más delgado.
Firmamos la división de bienes.
No discutió por la casa.
No discutió por el dinero.
Cuando terminamos, el abogado salió para preparar las últimas copias.
Daniel y yo quedamos solos.
—Laura.
—¿Sí?
—Hay algo que necesito saber.
Esperé.
—Cuando estabas en el hospital… ¿de verdad no querías que me llamaran?
Miré la mesa.
—En aquel momento no.
Su respiración se quebró.
—¿Me odiabas?
Pensé antes de responder.
—No.
Lo miré.
—Eso era lo peor. Todavía te quería. Simplemente ya no confiaba en que vinieras cuando te necesitara.
Daniel bajó la cabeza.
Por primera vez comprendió que el amor y la confianza no siempre mueren juntos.
A veces uno permanece después de que el otro ya ha desaparecido.
Firmamos.
Me mudé dos días después.
Pasaron cuatro meses.
El divorcio estaba casi terminado cuando recibí una llamada de Marta.
—Laura, ¿estás sentada?
—¿Qué ocurre?
—Acabo de ver a Claudia.
No sentí nada especial.
—¿Y?
—Estaba con Daniel.
Mi mano se detuvo.
Marta continuó rápidamente:
—Pero no como imaginas. Estaban discutiendo frente a una clínica.
—No me importa.
—Creo que esto sí.
Hubo un silencio.
—Claudia está embarazada.
Cerré los ojos.
Un dolor absurdo atravesó mi pecho.
No tenía derecho a sentirlo.
Daniel ya no era mío.
—Marta…
—Espera. No he terminado.
Su voz cambió.
—Daniel estaba gritándole que dejara de mentir y que él sabía que el bebé no podía ser suyo.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Esa misma noche alguien llamó a mi puerta.
Era Daniel.
Tenía el rostro completamente blanco.
Sostenía una carpeta.
—Perdóname por venir.
—¿Qué quieres?
—Descubrí algo sobre Claudia.
—Ya no es asunto mío.
—Esto sí.
Extendió la carpeta.
No la tomé.
—¿Qué es?
Daniel tragó saliva.
—Los registros de nuestro viaje a Europa.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué pasa con ellos?
—Claudia no viajó conmigo por el proyecto.
Fruncí el ceño.
—Tú dijiste que sí.
—Eso creía.
Abrió la carpeta.
—La empresa nunca autorizó su viaje.
Sentí un frío extraño.
—Entonces ¿por qué estaba allí?
Daniel me miró.
—Porque alguien le pagó el vuelo y el hotel por separado.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé.
Sacó otra hoja.
—Pero encontré esto.
Era una copia del registro de llamadas de aquella noche.
La noche en que perdí al bebé.
Mi número aparecía allí.
Una llamada entrante.
Después otra.
Y junto a ellas figuraba algo que jamás había sabido.
La primera llamada había sido contestada.
Miré a Daniel.
—Tú dijiste que no respondiste.
—No respondí.
—Aquí dice que alguien lo hizo.
Su rostro estaba devastado.
—Mi teléfono estuvo fuera de mi alcance durante casi una hora.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Con quién estaba?
Daniel tardó demasiado en contestar.
Finalmente dijo:
—Con Claudia.
Y de pronto, después de meses intentando aceptar que Daniel simplemente no había estado cuando más lo necesitaba, apareció una posibilidad mucho peor:
quizá alguien había sabido exactamente por qué lo estaba llamando y había decidido que él nunca debía escucharme.