—¿Por qué este formulario fue enviado desde la cuenta escolar de Leo Pei?
Nadie respondió.
Gabriel Shen sostenía el documento mientras observaba a Leo.
—Señor Pei, le he hecho una pregunta.
Leo finalmente levantó la cabeza.
—Yo envié el correo.
Un murmullo recorrió el salón.
—Pero Valeria estaba de acuerdo.
Lo miré.
—No lo estaba.
—Lo hablamos muchas veces.
—Hablamos de ayudar a Camila a estudiar. Nunca te autoricé a donar doscientos mil yuanes en mi nombre.
Camila comenzó a llorar otra vez.
—Leo solo quería ayudarme. Si alguien tiene la culpa, soy yo.
Se volvió hacia el público.
—No quiero causar problemas. Renuncio a la beca.
Gabriel la interrumpió.
—Este asunto ya no depende de que usted quiera recibir el dinero.
Levantó el formulario.
—Alguien falsificó la firma de la beneficiaria de una beca financiada por nuestra fundación.
El director de la escuela empezó a sudar.
—Señor Shen, quizá podamos resolverlo internamente.
—¿Internamente?
Gabriel señaló las cámaras.
—Ustedes anunciaron públicamente una donación que jamás fue autorizada. Ahora quieren investigar en privado cómo apareció una firma falsa.
El director calló.
Leo subió al escenario.
—Yo rellené el formulario.
Mi madre soltó un pequeño jadeo.
Leo continuó:
—Valeria estaba ocupada preparando los exámenes. Pensé que firmarlo por ella facilitaría las cosas.
Lo observé incrédula.
—¿Pensaste que podías falsificar mi firma porque estaba ocupada?
—No lo llames así.
—¿Cómo quieres que lo llame?
Su rostro se endureció.
—Claire… Valeria, sabes perfectamente que siempre he manejado estas cosas por ti.
Aquel error con mi nombre reveló lo nervioso que estaba.
—Exactamente —respondí—. Y ese es el problema.
Saqué mi teléfono.
—Durante años confundí que decidieras por mí con que te preocuparas por mí.
Leo bajó la voz.
—No hagas esto delante de todos.
—Tú elegiste hacerlo delante de todos cuando convertiste mi dinero en un espectáculo de caridad.
Los comentarios de la transmisión cambiaron rápidamente.
“¿Él falsificó la firma?”
“¿Cómo pudo la escuela anunciarlo sin verificar?”
“Dos cientos mil no son una cantidad pequeña.”
Gabriel pidió que apagaran la pantalla de celebración.
El enorme corazón rojo desapareció.
—La beca permanecerá congelada hasta que se complete una revisión —anunció—. Y seguirá perteneciendo exclusivamente a Valeria Zhou.
Entonces miró al director.
—Quiero los registros de acceso del formulario, correos relacionados y cualquier comunicación sobre esta supuesta donación.
Camila levantó la cabeza bruscamente.
Fue apenas un movimiento.
Pero lo vi.
—¿Por qué estás nerviosa? —pregunté.
—No lo estoy.
—Entonces perfecto.
Miré a Gabriel.
—Revisemos todo.
Leo se interpuso.
—No necesitas convertir esto en una investigación.
—¿Por qué no?
—Porque ya admití que envié el formulario.
—No te pregunté quién lo envió.
Hice una pausa.
—Quiero saber quién preparó todo antes de que lo enviaras.
Camila dejó de llorar.
Aquella reacción fue suficiente.
La ceremonia terminó veinte minutos después.
Mis padres y yo fuimos llevados a una oficina administrativa junto con Gabriel, el director, Leo y Camila.
Una técnica informática recuperó los registros.
El formulario había sido descargado tres días antes desde una computadora de la biblioteca.
Después había sido editado.
Mi firma no estaba escrita a mano.
Había sido copiada digitalmente de otro documento.

—¿De cuál? —preguntó Gabriel.
La técnica abrió el historial.
Una autorización para una excursión escolar del año anterior.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién podía acceder a eso?
—Personal administrativo y determinados representantes estudiantiles.
Todos miramos a Leo.
Él apretó los dientes.
—Sí. Yo tenía acceso.
—Entonces se acabó —dijo Camila rápidamente—. Leo cometió un error. No sigamos humillándolo.
La miré.
—Qué extraño.
—¿Qué?
—Hace diez minutos estabas dispuesta a cargar con toda la culpa.
Me incliné ligeramente hacia ella.
—Ahora tienes mucha prisa por terminar la investigación.
Camila palideció.
La técnica continuó revisando.
—Hay algo más.
Abrió un archivo temporal recuperado.
Era el cartel mostrado durante la ceremonia.
Mi fotografía.
La de Camila.
El corazón rojo.
Fecha de creación: cinco días antes.
Autor del archivo:
Camila Su.
El silencio fue absoluto.
Leo cerró los ojos.
Camila empezó a tartamudear.
—Yo solo hice el diseño porque me dijeron que habría una donación.
—¿Quién te lo dijo? —preguntó Gabriel.
—Leo.
—¿Cinco días antes de que supuestamente él decidiera rellenar el formulario para “facilitar las cosas”?
No respondió.
Mi padre, que hasta entonces había permanecido callado, habló:
—Camila, ¿sabías que mi hija no había aceptado?
Ella comenzó a llorar.
—Mi familia no tiene dinero.
Mi madre se levantó.
Por primera vez aquella noche, vi enfado verdadero en sus ojos.
—Nosotros tampoco.
Camila la miró sorprendida.
Mamá señaló sus propias manos, endurecidas después de años trabajando antes del amanecer.
—La diferencia es que nunca enseñamos a nuestra hija que ser pobre le daba derecho a quedarse con el esfuerzo de otra persona.
Camila bajó la cabeza.
Leo golpeó la mesa.
—¡Basta!
Todos lo miramos.
Se puso delante de Camila.
—Yo lo hice. Todo.
—Leo… —susurró ella.
—Cállate.
Entonces comprendí.
Incluso descubierto, seguía protegiéndola.
Gabriel también lo entendió.
—Perfecto —dijo—. Entonces aceptará las consecuencias correspondientes.
Leo palideció.
—¿Qué consecuencias?
—La escuela determinará las disciplinarias. Nuestra fundación presentará formalmente toda la documentación relacionada con la falsificación.
La seguridad que Leo había mostrado durante años desapareció.
—¿Por doscientos mil yuanes?
Gabriel lo miró fríamente.
—No. Por apropiarse del derecho de otra persona a decidir sobre lo que le pertenece.
Mis padres y yo nos marchamos poco después.
Creí que aquello había terminado.
Me equivocaba.
A la mañana siguiente, Gabriel me llamó.
—Valeria, encontramos otra cosa.
—¿Sobre el formulario?
—Sobre Camila.
Mi mano se tensó alrededor del teléfono.
—¿Qué ocurre?
—La escuela revisó su expediente económico para determinar si podía optar a otra ayuda.
Hubo una pausa.
—Los datos no coinciden.
—¿Qué significa eso?
—Su familia declaró ingresos extremadamente bajos.
—Eso ya lo sabía.
—Sí, pero encontramos propiedades registradas a nombre de su madre.
Me quedé inmóvil.
—¿Propiedades?
—Dos apartamentos y un local comercial.
No pude responder.
—Además —continuó Gabriel—, alguien presentó hace cuatro meses una solicitud preliminar para una beca privada destinada específicamente a estudiantes en situación de pobreza.
—¿Camila?
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Gabriel tardó unos segundos.
—La carta de recomendación incluida en aquella solicitud llevaba tu nombre.
Sentí frío.
—Yo nunca escribí ninguna carta.
—Lo imaginaba.
Una hora después estaba otra vez en la escuela.
Gabriel colocó el documento frente a mí.
La supuesta carta decía que Camila había vivido durante años en condiciones difíciles y que yo personalmente deseaba ayudarla porque conocía su pobreza.
Abajo aparecía mi firma.
La misma firma digital falsificada.
Pero había algo todavía peor.
Adjunto a la solicitud aparecía un documento donde supuestamente yo prometía transferir futuras ayudas académicas que no necesitara.
Levanté la mirada.
—Esto empezó mucho antes de mi beca.
—Exactamente.
La puerta se abrió.
El director entró acompañado por Leo.
Ya no parecía arrogante.
Parecía asustado.
—Valeria —dijo—, necesito hablar contigo sin Camila.
—¿Por qué?
Miró a Gabriel.
Después a mí.
—Porque ella me mintió también.
Sacó su teléfono.
—Anoche revisé nuestras conversaciones antiguas.
Abrió una captura.
Camila le había escrito cuatro meses antes:
«Valeria siempre hace lo que tú dices. Primero consigue que firme algo general. Cuando llegue el dinero, será demasiado tarde para negarse sin parecer egoísta.»
Sentí que se me revolvía el estómago.
Pero el siguiente mensaje era de Leo.
Y fue ese el que realmente me dolió:
«No hace falta que firme. Tengo acceso a documentos con su firma.»
Lo miré.
—Así que no fue un error impulsivo.
Leo bajó la cabeza.
—No.
—Lo planeaste.
—Sí.
Gabriel tomó el teléfono.
—Necesitaremos una copia.
Entonces apareció una notificación nueva en la pantalla de Leo.
Camila.
El mensaje podía leerse completo:
«No les cuentes lo de la cuenta. Si descubren de dónde salieron los primeros cincuenta mil, estamos acabados.»
Gabriel y yo levantamos la mirada al mismo tiempo.
Leo perdió todo el color del rostro.
—¿Qué cuenta? —pregunté.
No respondió.
Gabriel cerró la puerta de la oficina.
—Señor Pei, creo que todavía no nos ha contado ni la mitad de esta historia.
Y cuando Leo finalmente levantó los ojos, comprendí que los doscientos mil yuanes que habían intentado regalar en mi nombre quizá no eran el primer dinero mío que había terminado en manos de Camila.