PARTE 2: CUANDO DESCUBRIÓ QUIÉN ERA, YA ERA DEMASIADO TARDE

Lucas tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Qué jet?

Seguí caminando hacia el dormitorio.

—El de mi familia.

—Valeria, deja de hablar como si esto fuera una broma.

Abrí el armario y saqué una maleta.

—Nunca he estado más seria.

Lucas me siguió.

—¿Quién eres?

Me detuve.

Cinco años juntos y aquella era la primera vez que hacía la pregunta correcta.

—Valeria Song.

—Ya sé tu nombre.

—No. Sabes el nombre que nunca te molestaste en investigar.

Su expresión cambió.

Tomó el teléfono.

Escribió algo.

Lo vi leer.

Después volvió a mirarme.

—Song Holdings…

No respondí.

—¿Gabriel Song es tu padre?

—Sí.

Lucas se sentó lentamente.

Song Holdings tenía inversiones en tecnología, hoteles, energía y bienes raíces en varios países.

Pero había algo que Lucas todavía no comprendía.

Su propia familia llevaba meses intentando conseguir financiación para Harrington International.

Y uno de los fondos que estudiaba aquella operación pertenecía a mi familia.

—¿Por qué fingiste ser pobre?

—Nunca fingí ser pobre. Trabajaba, pagaba mis gastos y nunca te pedí dinero.

Cerré la maleta.

—Fuiste tú quien decidió que eso significaba que yo no tenía nada.

—¿Me estabas poniendo a prueba?

—Al principio quería una vida normal.

Lo miré.

—Después me enamoré y tuve miedo de que todo cambiara si conocías mi apellido.

Lucas se acercó.

—Entonces entiendes mi situación con Isabelle. Mi familia necesita ese matrimonio.

Me reí.

Incluso después de descubrir quién era yo, seguía justificándose.

—¿Y tu solución era casarte con ella y conservarme como amante?

—¡Dije que te amaba!

—En francés, mientras tus amigos se reían porque creían que yo era demasiado pobre para entenderlos.

No tuvo respuesta.

Mi teléfono sonó.

Era mi padre.

—El avión estará preparado a las seis —dijo—. ¿Necesitas que enviemos a alguien?

—No. Puedo irme sola.

Lucas escuchó.

Cuando colgué, me agarró suavemente del brazo.

—No te vayas esta noche.

Retiré mi mano.

—Durante tres días supiste que ibas a casarte con otra mujer y seguiste durmiendo a mi lado.

—Puedo cancelar la boda.

Aquello terminó de romper lo poco que quedaba.

—Hace diez minutos no querías cancelarla.

—Porque no sabía…

Se calló.

Demasiado tarde.

—Porque no sabías que yo era rica —terminé por él.

—No quise decir eso.

—Pero eso dijiste.

Me marché antes del amanecer.

Cuando Lucas despertó al día siguiente, mi parte del armario estaba vacía.

También había dejado sobre la mesa todos los regalos caros que me había hecho.

Me llevé únicamente un reloj barato que compramos durante nuestro primer año juntos.

Porque aquella chica sí había sido feliz.

Solo que ya no existía.

Dos días después llegué a Singapur.

Mi madre me abrazó durante tanto tiempo que terminé llorando.

Mi padre esperó detrás de ella.

—¿Quieres que haga algo con Harrington?

—No.

—Tenemos pendiente una decisión sobre su financiación.

Lo miré.

—Decidan como si Lucas nunca hubiera sido mi novio.

Papá asintió.

Eso era exactamente lo que quería.

No necesitaba destruirlo.

Solo dejar de protegerlo.

Durante años había mencionado discretamente a Harrington International en conversaciones con mi padre.

Había presentado a Lucas a personas importantes.

Había conseguido que algunos inversores escucharan sus proyectos.

Nunca le dije que aquellas puertas se abrían por mí.

Ahora esas puertas simplemente dejarían de abrirse.

Una semana después asumí oficialmente un puesto en Song Holdings.

Mi primera aparición pública ocurrió durante una cumbre internacional de inversión.

Entré al salón junto a mi padre.

Los fotógrafos comenzaron a disparar.

—La señorita Valeria Song, nueva directora de estrategia internacional de Song Holdings.

Entonces lo vi.

Lucas.

Estaba junto a sus padres.

Y a Isabelle.

Su madre fue la primera en reconocerme.

La señora Harrington palideció.

—Lucas…

Él ya me estaba mirando.

Isabelle frunció el ceño.

—¿Esa no es tu exnovia?

Nadie respondió.

Mi padre y yo avanzamos hacia nuestra mesa.

El presidente de un banco se acercó a saludarme.

Después otro empresario.

Luego el mismo hombre que aquella noche había intentado llamarme “señorita Song”.

Esta vez pudo terminar.

—Señorita Song, qué alegría volver a verla.

Lucas parecía incapaz de respirar.

Su padre se acercó a él.

—¿Tú conocías a Valeria Song?

—Era mi novia.

El señor Harrington quedó petrificado.

—¿Era?

Su madre miró a Isabelle.

Después a mí.

Entendió todo.

Aquella misma tarde se celebraría la reunión final sobre una financiación crucial para Harrington International.

Song Holdings era uno de los potenciales participantes.

Cuando comenzó la reunión, Lucas estaba sentado frente a mí.

No podía apartar los ojos.

Yo abrí la carpeta.

—Señor Harrington, continúe con su presentación.

Su padre habló durante veinte minutos.

Yo hice preguntas.

Finanzas.

Deuda.

Riesgos.

Proyecciones.

Nada personal.

Al terminar, el comité pidió deliberar.

Lucas me esperó afuera.

—Valeria.

Seguí caminando.

—Cinco minutos.

Me detuve.

—Tienes dos.

—Cancelé la boda.

—Eso es asunto tuyo.

—Isabelle y yo nunca estuvimos enamorados.

—También es asunto tuyo.

—Te elegí a ti.

Lo miré.

—No, Lucas.

Mi voz salió tranquila.

—Me elegiste cuando creías que podías tener ambas cosas. Una esposa conveniente y una amante enamorada que no tenía recursos para marcharse.

—Estaba equivocado.

—Sí.

—Dame otra oportunidad.

Negué con la cabeza.

—Lo que escuché aquella noche no cambió quién eras. Solo me permitió verlo.

Regresé a la reunión.

El comité decidió no participar en la financiación.

No por mi relación con Lucas.

Los números simplemente no justificaban el riesgo.

Mi padre incluso me pidió abstenerme de votar para evitar cualquier conflicto.

Harrington International tuvo que vender activos y reducir su expansión.

No desapareció.

Lucas tampoco quedó arruinado.

La vida real no necesitaba una destrucción espectacular para cerrar aquella historia.

La consecuencia más importante fue mucho más sencilla:

ya no tenía acceso a mí.

Meses después recibí una carta.

Lucas escribió que finalmente entendía por qué había perdido a la mujer que decía amar.

No porque eligiera casarse con Isabelle.

Sino porque había supuesto que mi falta de dinero me obligaría a aceptar cualquier lugar que él decidiera darme.

Guardé la carta sin responder.

Un año después estaba en París negociando una adquisición cuando entré en un restaurante y escuché a dos ejecutivos hablando francés detrás de mí.

Sonreí.

Por un instante recordé aquella mesa.

Las risas.

“Ella no entiende francés.”

Qué equivocados habían estado.

No fue entender su idioma lo que cambió mi vida.

Fue entender finalmente mi propio valor.

Y esta vez no necesitaba esconder mi apellido para saber quién me quería.

Tampoco necesitaba demostrarle a Lucas todo lo que había perdido.

La verdadera victoria fue que ya no me importaba que lo supiera.

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