PARTE 2: CUANDO MI ESPOSA FINALMENTE SE MARCHÓ, REVISÉ LOS 63.000 YUANES QUE ENTREGABA CADA MES A MI MADRE Y DESCUBRÍ EN QUÉ HABÍA GASTADO REALMENTE EL DINERO DE NUESTRO MATRIMONIO.

Zhou Jingchuan permaneció frente a los platos rotos durante mucho tiempo.

Finalmente sacó el teléfono.

—Voy a llamar a mi madre.

Shen Youhe negó con la cabeza.

—No hace falta.

—¿Por qué?

Ella lo miró con una tranquilidad que le produjo más miedo que cualquier discusión.

—Porque ya no importa.

Zhou Jingchuan frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Shen Youhe no respondió.

Se agachó, recogió lentamente los pedazos grandes de porcelana y los metió en una bolsa.

Después limpió la sopa derramada.

No hubo reproches.

Ni lágrimas.

Ni aquella costumbre que antes tenía de intentar explicarle cada injusticia hasta quedarse sin voz.

Cuando terminó, entró en el dormitorio.

Zhou Jingchuan la siguió.

Entonces vio una maleta junto al armario.

Su corazón dio un vuelco.

—¿Adónde vas?

—Me marcho mañana.

—¿Por una discusión?

Shen Youhe soltó una pequeña risa.

—¿Todavía crees que esto es por una cena?

Él se quedó callado.

—Jingchuan, llevamos cuatro años casados. Durante cuatro años tu salario pasó primero por las manos de tu madre. Yo tenía que pedirle dinero hasta para comprar detergente.

—Pensé que ella estaba ahorrando para nosotros.

—Tú pensaste muchas cosas.

Shen Youhe abrió un cajón.

Sacó un cuaderno.

—Aquí está cada yuan que he gastado durante los últimos tres años.

Se lo entregó.

Verduras.

Arroz.

Gas.

Medicinas.

Artículos domésticos.

Todo registrado hasta el último céntimo.

En muchas páginas aparecía otra anotación:

«Pagado con mis ahorros».

Zhou Jingchuan levantó lentamente la cabeza.

—¿Tus ahorros?

—Los terminé hace cinco meses.

—¿Por qué no me pediste dinero?

Ella lo miró.

—Lo hice.

Entonces recordó.

Una noche ella había pedido dos mil yuanes.

Él respondió:

«¿Otra vez? Aprende a administrar mejor lo que mamá te da».

Sintió que se le cerraba la garganta.

—Youhe…

—Estoy cansada.

Cerró la maleta.

—No de ser pobre. Podría haber comido fideos contigo toda la vida si realmente hubiéramos sido pobres.

Sus ojos finalmente se humedecieron.

—Estoy cansada de vivir como una mendiga al lado de un hombre que gana sesenta y tres mil yuanes al mes.

A la mañana siguiente se marchó.

No hubo dramatismo.

Shen Youhe dejó las llaves sobre la mesa.

Y se llevó únicamente lo que había comprado antes del matrimonio o con su propio dinero.

Zhou Jingchuan pensó que regresaría.

Pasó un día.

Luego tres.

Después una semana.

Ella no volvió.

Fue entonces cuando llamó a Dong Guifang.

—Mamá, necesito el dinero que has estado ahorrando.

Al otro lado hubo un silencio.

—¿Para qué?

—Quiero comprar una casa.

—Ahora no es buen momento.

Zhou Jingchuan se quedó inmóvil.

—Llevas administrando mi salario cuatro años.

Sus ingresos habían aumentado progresivamente, pero durante los últimos dos años ganaba aproximadamente sesenta y tres mil mensuales.

Incluso descontando gastos, debería existir una cantidad considerable.

—¿Cuánto hay?

—Jingchuan, entre familia no deberíamos hablar así de dinero.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

—Mamá.

Su voz cambió.

—¿Cuánto queda?

Dong Guifang se enfadó.

—¿Tu esposa te está obligando a interrogarme?

—Youhe se fue.

Silencio.

Entonces su madre pareció aliviada.

—Mejor. Esa mujer nunca fue adecuada para ti.

Zhou Jingchuan sintió frío.

—Te pregunté cuánto dinero queda.

Ella colgó.

Aquella misma tarde fue al banco.

Durante años había transferido casi todo lo que quedaba de su salario a una cuenta que su madre administraba.

Pidió los registros.

Cuando aparecieron los movimientos, dejó de respirar.

No había una cuenta de ahorros creciendo silenciosamente.

Había transferencias.

Muchas.

Veinte mil.

Treinta mil.

Cincuenta mil.

Destinatario recurrente:

Zhou Jingming.

Su hermano menor.

Llamó inmediatamente.

—¿Mamá te ha estado dando mi dinero?

Jingming guardó silencio.

—Hermano, no te enfades.

—¿Cuánto?

—Mamá dijo que tú ganabas mucho.

Zhou Jingchuan apretó el teléfono.

—¿Cuánto?

—No sé exactamente.

—¡Dímelo!

—Compramos el apartamento con parte de eso.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué apartamento?

Su hermano mencionó un complejo residencial nuevo.

Zhou Jingchuan conocía aquel lugar.

Dos años atrás, Dong Guifang le había dicho orgullosamente que Jingming había conseguido comprar una vivienda gracias a «buenas inversiones».

—¿Cuánto puso mamá?

—Ochocientos mil.

Zhou Jingchuan cerró los ojos.

—¿De mi dinero?

—Ella dijo que después lo compensaría.

Pero no había terminado.

Parte de sus ingresos había pagado el coche de Jingming.

La boda.

Una reforma.

Incluso varios viajes de sus padres.

Zhou Jingchuan revisó cuatro años de movimientos hasta entrada la madrugada.

Cuando terminó de sumar, sus manos temblaban.

Más de 1,7 millones de yuanes habían desaparecido.

Y durante ese mismo periodo, Shen Youhe había recibido ochocientos yuanes mensuales para alimentar a dos personas.

Al día siguiente fue a casa de su madre.

Dong Guifang abrió la puerta.

—¿Qué haces aquí?

Zhou Jingchuan colocó los extractos sobre la mesa.

—Explícamelo.

Ella apenas los miró.

—Jingming es tu hermano.

—Eso no responde.

—Tú ganas más que él.

—¡Ese dinero era para mi matrimonio!

Dong Guifang se enfureció.

—¿Tu matrimonio? ¡Todo lo que tienes te lo dio esta familia!

—¿Y Youhe?

—Ella solo se casó contigo.

Aquella frase lo dejó helado.

De repente recordó todas las veces que Shen Youhe había sido llamada tacaña.

Todas las comidas sencillas.

Los vestidos que nunca compraba.

Las ocasiones en que decía que no necesitaba regalos.

No era porque no quisiera nada.

Era porque no tenía acceso ni siquiera al dinero de su propio hogar.

—Devuélvemelo.

Dong Guifang se rio.

—¿De dónde quieres que saque 1,7 millones?

—Vendiendo el apartamento de Jingming si hace falta.

—¡Ni se te ocurra!

—Entonces reconoces que usaste mi dinero.

Su madre golpeó la mesa.

—Lo administré para la familia.

Zhou Jingchuan la miró.

Por primera vez entendió que, para ella, Shen Youhe jamás había formado parte de esa palabra.

Familia.

Él tampoco, realmente.

Solo su salario.

Regresó al apartamento vacío.

Abrió el armario.

La mitad correspondiente a Shen Youhe estaba completamente vacía.

Entonces encontró un sobre en el último cajón.

Pensó que sería una carta.

No lo era.

Era una solicitud de divorcio.

Debajo había copias de recibos, transferencias y capturas de conversaciones.

Shen Youhe había sabido mucho más de lo que él imaginaba.

Al final había una sola hoja escrita a mano:

«No me voy porque tu madre se llevara nuestro dinero. Me voy porque durante años elegiste creerle a ella antes que mirarme a mí.»

Zhou Jingchuan se sentó en el suelo.

Por primera vez lloró.

Pero al pasar a la última página encontró algo que lo hizo detenerse.

Era una copia de un contrato.

Un apartamento.

Comprado dieciocho meses atrás.

Titular:

Shen Youhe.

Pago inicial:

600.000 yuanes.

Zhou Jingchuan se quedó mirando la cifra.

Ella había dicho que había agotado sus ahorros.

Entonces ¿de dónde habían salido seiscientos mil yuanes?

Su teléfono sonó.

Era su hermano.

—Jingchuan, tienes que venir.

—¿Qué pasó?

Jingming respiraba agitadamente.

—Mamá está quemando documentos.

Zhou Jingchuan se levantó.

—¿Qué documentos?

—No sé. Pero encontré uno antes de que lo arrojara al fuego.

—¿Qué dice?

Hubo un silencio.

—Dice que hace tres años Shen Youhe transfirió 600.000 yuanes a mamá.

Zhou Jingchuan dejó de respirar.

—Eso es imposible.

—Hay algo escrito en el concepto.

—¿Qué?

Su hermano tragó saliva.

—«Pago para recuperar la vivienda matrimonial de Zhou Jingchuan».

Zhou Jingchuan miró nuevamente el contrato que su esposa había dejado.

Y entonces comprendió que todavía no conocía ni la mitad de la verdad.

Porque si Shen Youhe había entregado 600.000 yuanes a su madre tres años antes…

¿qué vivienda había tenido que recuperar y por qué nadie se lo había contado?

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