PARTE 2: DOS AÑOS DESPUÉS DE RECHAZARME, ADRIÁN FINGIÓ NO RECONOCERME, PERO UNA PULSERA QUE LLEVABA DESDE MUCHO ANTES DE CONOCER A SOFÍA REVELÓ QUE AQUELLA NOCHE NO HABÍA SIGNIFICADO LO QUE YO CREÍA.

Adrián salió de la habitación de Sofía diez minutos después con una bolsa de ropa.

Yo seguía en la cocina.

Intenté no mirar su muñeca.

No funcionó.

El hilo rojo seguía allí.

—¿Necesitas algo más? —pregunté.

—No.

Caminó hacia la puerta.

Entonces me armé de valor.

—Bonita pulsera.

Sus pasos se detuvieron.

Adrián bajó la mirada hacia ella.

—¿Esta?

—Sí.

—Gracias.

—Sofía dijo que te la regaló la semana pasada.

Sus ojos volvieron lentamente hacia mí.

—¿Y?

—Nada.

Sonreí.

—Solo me resulta familiar.

Durante varios segundos ninguno habló.

Después preguntó:

—¿Dónde la habías visto?

Demasiado rápido.

Me encogí de hombros.

—Debí confundirme.

Abrí la puerta.

—Adiós.

Pero Adrián no salió.

—¿Cómo te llamas?

Mi mano se congeló sobre la manija.

Aquella pregunta.

Exactamente aquella pregunta.

Dos años atrás.

«Sé que te apellidas Martín. ¿Pero cómo te llamas exactamente?»

Lo miré.

—Sofía te lo habrá dicho.

—Quiero escucharlo de ti.

Sentí que el corazón empezaba a golpearme.

—Elena Martín.

Su expresión no cambió.

—Elena.

Pronunció mi nombre despacio.

Como si no fuera la primera vez.

Entonces salió.

Aquella noche busqué la fotografía antigua.

Paula la había publicado casi un año antes de que Sofía y yo nos conociéramos.

Adrián estaba sentado en una terraza.

Amplié la imagen.

Su muñeca izquierda aparecía parcialmente bajo la manga.

Hilo rojo.

Mismo nudo.

Misma pequeña cuenta plateada.

Imposible.

Yo había hecho aquella pulsera apenas una semana antes.

O eso creía.

Esperé hasta que Sofía regresó del hospital dos días después.

—¿Dónde compraste los materiales de la pulsera de Adrián?

Ella sonrió.

—¿Por qué?

—Me gustaron.

—Ah.

Desvió la mirada.

—Los tenía guardados.

—¿Y el diseño?

—Lo vi en internet.

Mentía.

Lo supe inmediatamente.

—Sofía.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué?

Le enseñé la fotografía.

Su rostro perdió el color.

—¿Por qué estás mirando fotos antiguas de Adrián?

—Porque esa pulsera aparece aquí.

—Será otra.

—La hice yo.

Silencio.

—Elegí personalmente esa cuenta porque tenía una pequeña imperfección.

Amplié la fotografía.

—La misma está aquí.

Sofía cerró los ojos.

—Elena…

—Explícamelo.

Se sentó.

Durante unos segundos pareció buscar una mentira suficientemente buena.

Al final suspiró.

—La pulsera no era para mi novio.

Sentí frío.

—¿Qué?

—Cuando te pedí que la hicieras, nunca dije que fuera para Adrián.

Recordé nuestra conversación.

Tenía razón.

Había dicho «mi novio».

Yo había asumido el resto después del hospital.

—Entonces ¿para quién era?

—Para mi hermano.

Me quedé inmóvil.

—¿Y por qué Adrián la lleva?

Sofía apretó las manos.

—Porque la cambió.

—¿Cambió qué?

—La vieja por la nueva.

El corazón me dio un golpe.

—¿Qué vieja?

Sofía me miró con culpa.

—La que tú le hiciste hace años.

Retrocedí.

—Yo nunca le hice ninguna pulsera.

—Sí.

—No.

—No conscientemente.

Aquello ya no tenía sentido.

Sofía se levantó.

—Tienes que preguntárselo a Paula.

Llamé a Paula esa misma noche.

Después de dos años sin hablar, tardó varios segundos en reaccionar al escuchar mi voz.

Cuando mencioné la pulsera, guardó silencio.

—Paula.

—Prometí no meterme.

—Ya estás metida.

Suspiró.

—¿Recuerdas aquella feria universitaria donde hacíamos pulseras para recaudar fondos?

Sí.

Yo había fabricado decenas.

—Adrián apareció al final.

—No lo recuerdo.

—Tú ya te habías ido.

Paula continuó:

—Quedaron algunas sobre la mesa. Preguntó quién había hecho una roja.

Me senté lentamente.

—¿Y?

—Le dije que tú.

—¿Por qué la quiso?

Silencio.

—Paula.

—Porque ya sabía quién eras.

Mi respiración se detuvo.

—Eso es imposible.

—Elena, Adrián sabía perfectamente tu nombre mucho antes de aquella noche.

Sentí una mezcla de rabia y confusión.

—Entonces ¿por qué me preguntó cómo me llamaba?

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

—¿Y la mujer que llevaba años esperando?

Paula volvió a callar.

—¿Quién era?

—No puedo decírtelo.

—¿Era Sofía?

—No.

Aquella respuesta llegó inmediatamente.

—¿Adrián y Sofía son pareja?

—¿Qué?

Paula parecía genuinamente sorprendida.

—No.

Me levanté.

—Él fue al hospital por ella.

—Claro. Sofía es…

Se detuvo.

—¿Es qué?

—Habla con Adrián.

Colgó antes de que pudiera insistir.

Diez minutos después llamaron a la puerta.

Adrián.

Esta vez miré por la mirilla antes de abrir.

Cuando lo hice, levantó una ceja.

—Bien.

—¿Qué quieres?

—Hablar.

—Perfecto.

Señalé su muñeca.

—Empieza por eso.

Su expresión se volvió seria.

—Ya hablaste con Paula.

—¿Por qué fingiste no reconocerme?

—Nunca fingí.

Me reí.

—En el hospital ni siquiera dijiste mi nombre.

—Porque tú actuaste como si no me conocieras.

—Dijiste que no te habías fijado en mí.

—Sofía me preguntó si me parecías guapa.

Se acercó un paso.

—¿Qué querías que respondiera delante de ella?

—La verdad.

—La verdad habría complicado bastante las cosas.

—¿Por qué?

Adrián me miró directamente.

—Porque Sofía sabe quién eres.

Sentí que el suelo se movía.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de mudarse contigo.

—¿Qué?

—Elena, ¿de verdad crees que fue casualidad que terminara compartiendo piso contigo?

Me quedé helada.

—¿Tú la enviaste?

—No exactamente.

—Entonces explícate.

Adrián respiró profundamente.

—Cuando desapareciste, te busqué.

Solté una risa incrédula.

—Me rechazaste.

—Sí.

—Me dijiste que querías a otra mujer.

—También.

—Entonces ¿para qué me buscabas?

Por primera vez, la seguridad de Adrián se quebró.

—Porque al día siguiente descubrí algo que no sabía cuando te dije aquello.

—¿Qué?

Sus ojos bajaron durante un segundo.

—Quién eras.

La rabia regresó.

—Ya sabías mi nombre.

—No hablo de tu nombre.

Metió la mano en el bolsillo y sacó una fotografía vieja.

Me la entregó.

Aparecíamos Paula y yo en la universidad.

Detrás había una fecha de cuatro años antes de nuestra noche juntos.

Y una anotación escrita a mano:

«Elena Martín. Confirmado.»

Levanté la cabeza.

—¿Qué significa esto?

Adrián no respondió inmediatamente.

—La mujer que dije que llevaba años esperando existía.

Mi garganta se cerró.

—Entonces ¿por qué estamos hablando?

—Porque nunca había visto claramente su rostro.

Fruncí el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Sacó otra fotografía.

Era antigua.

Una niña de unos diez años estaba delante de un hospital.

A su lado aparecía un adolescente.

Reconocí a Adrián.

Miré nuevamente a la niña.

El corazón se me detuvo.

Era yo.

—Nos conocimos antes —dijo.

—No lo recuerdo.

—Lo sé.

Adrián levantó la muñeca.

—Por eso conservé la primera pulsera.

No podía apartar los ojos de la fotografía.

—¿Yo te la di?

—No. Años después encontré una que habías hecho y la reconocí por el nudo.

—¿Reconociste qué?

Su voz bajó.

—La forma en que aquella niña hacía pulseras mientras esperaba noticias de su madre en el hospital.

Sentí que me faltaba aire.

—Entonces aquella mañana…

—No sabía todavía que eras tú.

—¿Y cuándo lo descubriste?

—Dos horas después de que te marcharas.

Lo miré con incredulidad.

—Tuve dos años para encontrarme.

Adrián cerró los ojos.

—Te encontré mucho antes.

—¿Cuándo?

—Hace once meses.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Y no viniste?

—No podía.

—¿Por qué?

Entonces escuché un ruido detrás de mí.

Sofía estaba en el pasillo.

Pálida.

Adrián la miró.

—Ya hemos llegado demasiado lejos.

Sofía negó con la cabeza.

—Adrián, todavía no.

—¿Todavía no qué? —pregunté.

Ninguno respondió.

Finalmente Adrián sacó un sobre.

Llevaba mi nombre.

Y una fecha de hacía dos años.

Exactamente tres días después de que yo abandonara la ciudad.

—¿Qué es?

—La razón por la que dejé de buscarte públicamente.

Abrí el sobre.

Dentro había un informe médico.

Luego una carta.

Y finalmente una fotografía de mi madre.

Mi madre había muerto años atrás.

O eso me habían dicho.

Pero la fotografía llevaba una fecha tomada dieciocho meses después de su supuesto fallecimiento.

Mis manos empezaron a temblar.

—Esto es imposible.

Adrián habló muy despacio.

—La mujer que llevaba años esperando no eras tú, Elena.

Levanté los ojos.

—Entonces ¿quién?

Miró la fotografía que sostenía.

—Tu madre.

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