PARTE 2: EL DÍA QUE SEBASTIAN CONOCIÓ A MI ESPOSO

El lunes, Sebastian llegó a las ocho cincuenta.

Adrian llegó a las ocho cincuenta y ocho.

Yo estaba revisando el contrato cuando Mia abrió la puerta.

—Señora Morgan, el arquitecto Hale está aquí.

Sebastian levantó la cabeza.

Adrian entró con una carpeta bajo el brazo, se acercó directamente a mí y dejó un café sobre mi escritorio.

—Sin azúcar. Y desayunaste, ¿verdad?

—Sí.

Luego me besó suavemente en la frente.

El silencio fue magnífico.

Sebastian permaneció completamente inmóvil.

Adrian finalmente lo miró.

—Adrian Hale.

Extendió la mano.

Sebastian tardó dos segundos demasiado largos en aceptarla.

—Sebastian Grant.

—Lo sé. Revisé la documentación del patrocinador.

Nos sentamos.

Durante cuarenta minutos hablamos exclusivamente de trabajo.

Sebastian apenas cometió errores, pero lo conocía demasiado bien.

Cada vez que Adrian decía “mi esposa”, sus dedos apretaban ligeramente el bolígrafo.

Finalmente pidió un descanso.

En cuanto Adrian salió para atender una llamada, Sebastian cerró la puerta.

—Así que era verdad.

Seguí revisando mis notas.

—Te lo dije.

—¿Por qué no me avisaste?

Levanté lentamente la mirada.

—¿Avisarte?

—Que ibas a casarte.

Casi me reí.

—Sebastian, llevábamos dos años sin hablar.

—Once años juntos deberían significar algo.

—Significaron mucho.

Cerré la carpeta.

—Por eso tardé tanto en entender que para ti yo era una certeza, no una elección.

Su expresión cambió.

—Eso no es justo.

—Esperé cuatro años para que quisieras salir conmigo. Después pasé siete acomodando mi vida alrededor de la tuya. Cuando hablamos de matrimonio, decidiste aplazarlo dos años sin preguntarme qué quería yo.

—Estaba construyendo nuestro futuro.

—No. Estabas construyendo el tuyo suponiendo que yo estaría disponible cuando terminaras.

Sebastian guardó silencio.

Entonces preguntó:

—¿Lo amas?

—Sí.

La respuesta salió tan fácilmente que pareció dolerle más que cualquier reproche.

—¿Más de lo que me amaste?

Negué.

—No voy a convertir mi matrimonio en una competencia con mi pasado.

La puerta se abrió.

Adrian regresó.

Miró primero a Sebastian.

Después a mí.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

Continuamos la reunión.

Pero aquella tarde ocurrió algo que Sebastian no esperaba.

El consejo del proyecto anunció que Grant Development no sería el único patrocinador.

Hale Studio acababa de aportar los derechos de diseño y parte de la financiación necesaria.

Sebastian me encontró en el estacionamiento.

—¿Tu marido sabía que yo era tu ex?

—Desde antes de aceptar.

—¿Y aun así vino?

—Adrian no necesita controlar quién está cerca de mí para sentirse seguro de nuestro matrimonio.

El golpe fue limpio.

Sebastian bajó la mirada.

—Valeria, yo sí quería casarme contigo.

—Algún día.

—¿Qué?

—Siempre era algún día. Después de la expansión. Después de otra ronda. Después de abrir otra oficina.

Me acerqué al auto.

—Adrian me pidió matrimonio cuando ambos estábamos llenos de problemas y nuestros trabajos eran un caos. No esperó a que la vida fuera perfecta para decidir que me quería dentro de ella.

—Yo también te quería.

—Lo sé.

Aquello pareció sorprenderlo.

—Entonces ¿por qué te fuiste?

—Porque querer a alguien no sirve si lo tratas como algo que nunca puedes perder.

Subí al coche.

Adrian estaba esperando.

No preguntó qué había dicho Sebastian.

Simplemente me entregó una pequeña caja de comida.

—Sabía que olvidarías merendar.

Sonreí.

Desde fuera, Sebastian nos observaba.

Tres años atrás habría esperado una reacción suya.

Una llamada.

Una disculpa.

Que corriera detrás de mí.

Ahora solo quería llegar a casa.

Durante los meses siguientes tuvimos que trabajar juntos.

Sebastian dejó de hacer comentarios sobre mi matrimonio.

También dejó de tratarme como la muchacha universitaria que lo perseguía bajo la lluvia.

Una tarde, cuando el primer volumen estaba finalmente terminado, se quedó solo conmigo en la sala de reuniones.

—Encontré algo al mudarme —dijo.

Sacó una pequeña caja.

Reconocí inmediatamente el papel azul.

Era el regalo de cumpleaños que le había llevado aquella noche de tormenta.

Lo había conservado durante trece años.

—Nunca lo abrí —admitió.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque sabía que si lo abría tendría que admitir cuánto significabas para mí.

Sonrió con tristeza.

—Era bastante estúpido.

—Sí.

Ambos nos reímos.

Dentro había una vieja pluma estilográfica.

En la tarjeta, mi yo de veinte años había escrito:

“Para cuando firmes tu primer gran proyecto.”

Sebastian acarició aquellas palabras.

—Terminé firmando cientos.

—Entonces funcionó.

—Valeria…

Levantó la vista.

—Lo siento.

No añadió excusas.

No pidió otra oportunidad.

Y quizá por eso pude responder sinceramente:

—Te perdono.

Guardó silencio.

—¿Eso cambia algo?

—No.

Asintió.

Por fin lo entendía.

Perdonar no significaba regresar.

La publicación fue presentada seis meses después.

Adrian y yo llegamos juntos.

Durante las fotografías, una antigua compañera de universidad se acercó riendo.

—Valeria, finalmente tenemos pruebas de que el famoso marido existe.

Adrian levantó una ceja.

—¿Había dudas?

Desde detrás de nosotros, Sebastian respondió:

—Yo fui el idiota que dudó.

Todos rieron.

Él también.

Después miró a Adrian.

—Cuídala bien.

Adrian negó con calma.

—Valeria no necesita que la cuide como si fuera algo mío.

Me tomó de la mano.

—Solo necesito recordar cada día que ella puede elegirme.

Sebastian se quedó callado.

Yo apreté los dedos de mi esposo.

Once años de mi vida habían estado ligados a Sebastian Grant.

No me arrepentía.

Había amado de verdad.

También había aprendido de verdad.

Pero aquella noche, cuando Adrian y yo salimos juntos, no miré hacia atrás.

Porque algunas historias de amor no fracasan porque nunca existiera amor.

Fracasan porque una persona cree que tiene todo el tiempo del mundo.

Hasta que un día descubre que la otra finalmente aprendió a marcharse.

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