No esperé a que terminara la fiesta.
A las diez y veinte pedí un coche.
Mientras bajaba las escaleras del hotel, mi teléfono vibró.
Ethan.
«¿Dónde estás?»
No respondí.
Llegué al apartamento cuarenta minutos después.
Encendí las luces y contemplé durante unos segundos el lugar donde habíamos vivido juntos dos años.
Había muy poco que realmente fuera mío.
La mayoría de los muebles pertenecían a Ethan.
El contrato estaba a nombre de su familia.
Incluso el estudio donde trabajaba había sido fundado por su tío.
Durante mucho tiempo confundí estar rodeada de cosas relacionadas con Ethan con tener una vida construida junto a él.
Aquella noche entendí la diferencia.
Abrí el armario.
Mi maleta ya estaba preparada.
La había hecho aquella mañana, después de aceptar el puesto en Hangzhou.
Solo faltaban algunas cosas.
Pasaporte.
Portátil.
Documentos.
La fotografía de mis padres.
Veinticinco minutos después, cerré la cremallera.
Entonces escuché la puerta.
Ethan entró.
—Vivian.
Miró la maleta.
Después me miró a mí.
—¿Qué estás haciendo?
—Me voy.
Su expresión se volvió fría.
—¿Por lo del anillo?
Continué guardando mis documentos.
—No.
—Entonces ¿por Clara?
—Tampoco.
Ethan soltó las llaves sobre la mesa.
—Sabía que ibas a hacer esto.
Me detuve.
—¿Hacer qué?
—Convertir algo pequeño en un problema enorme.
Lo miré.
—¿Quitarte nuestro anillo para que otra mujer no sepa que tienes pareja es algo pequeño?
—Clara acaba de volver. No quería hacer incómodo su primer día.
Casi sonreí.
—Gracias.
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque acabas de explicarlo perfectamente.
Cerré la carpeta.
—Preferiste evitarle cinco minutos de incomodidad a ella aunque para conseguirlo tuvieras que esconder una relación de dos años conmigo.
—Estás tergiversándolo.
—No.
Me acerqué.
—Simplemente dejé de traducir tus decisiones en excusas que te favorecen.
Su rostro cambió.
—¿Y qué significa esa maleta?
—Exactamente lo que parece.
Ethan me tomó de la muñeca.
—Vivian, basta.
Bajé los ojos hacia su mano.

—Suéltame.
Quizá fue mi tono.
Lo hizo inmediatamente.
—¿Adónde vas?
—A un hotel esta noche.
—¿Y mañana?
—A ocuparme de mi traslado.
Silencio.
—¿Qué traslado?
Saqué una copia del contrato.
—Acepté un puesto en otra ciudad.
Ethan leyó la primera página.
Su rostro perdió lentamente la expresión.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Antes de la fiesta?
—Sí.
—Entonces ya estabas planeando dejarme.
—Estaba planeando dejar el estudio.
—¡Es lo mismo!
—Ese es precisamente el problema, Ethan.
Lo miré.
—Siempre creíste que mi trabajo, mi casa, mis amigos y mi futuro eran extensiones de tu vida.
Apretó el contrato.
—¿Renunciaste al estudio?
—Sí.
—¿Sin decírmelo?
—Mi renuncia fue entregada correctamente.
—Mi tío te dio esa oportunidad.
La frase me hizo quedarme quieta.
Ethan pareció comprender demasiado tarde lo que acababa de decir.
—Vivian, no quise…
—Sí quisiste.
Respiré despacio.
—Y quizá necesitaba escucharlo.
Durante cuatro años había trabajado en aquel estudio.
Cuando llegué, apenas conseguían proyectos medianos.
Yo desarrollé el departamento de diseño comercial, traje clientes y dirigí el proyecto que acababa de convertirse en el contrato más grande de su historia.
Pero para Ethan seguía siendo la chica a la que su familia había dado una oportunidad.
Tomé mi abrigo.
—Adiós.
Esta vez no intentó detenerme.
Solo cuando llegué a la puerta preguntó:
—¿Y nosotros?
Lo miré por última vez.
—Te quitaste el anillo antes de que yo pudiera responder esa pregunta.
Salí.
A la mañana siguiente tenía treinta y dos llamadas perdidas.
Diecinueve eran de Ethan.
Las demás, del estudio.
Contesté únicamente la de Recursos Humanos.
Querían confirmar mi fecha de salida.
Después llamó el tío de Ethan.
—Vivian, necesitamos hablar.
—Mi renuncia es definitiva.
—No se trata únicamente de tu renuncia.
Hizo una pausa.
—El Grupo Han acaba de suspender la firma del contrato.
Me incorporé.
Ese era el proyecto que había dirigido durante catorce meses.
—¿Por qué?
—Quieren saber quién sustituirá a la directora creativa.
—Hay otros directores.
—No quieren otros directores.
Silencio.
—Te quieren a ti.
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—Entonces tendrán que hablar con mi nueva empresa.
Colgué.
Una hora después Ethan apareció en el hotel.
No le había dado la dirección.
Supuse que alguien del estudio lo había hecho.
Cuando bajé al vestíbulo, estaba esperándome.
Por primera vez llevaba nuevamente el anillo.
—Vivian.
Miré su mano.
—Qué rápido apareció.
Su mandíbula se tensó.
—Nunca lo perdí.
—Ya lo sé.
—Clara y yo no tenemos nada.
—Eso también dejó de importar.
—¿Cómo puede dejar de importar?
Su voz se quebró ligeramente.
—Llevamos siete años conociéndonos. Dos años juntos.
—Y necesitaste menos de un minuto para esconderlos cuando ella apareció.
Ethan guardó silencio.
Entonces sacó algo del bolsillo.
Mi anillo.
El que había dejado sobre la bandeja.
—Lo recogí.
No extendí la mano.
—Quédatelo.
—Vivian…
—No quiero un símbolo que solo existe cuando nadie importante para ti está mirando.
Aquello lo golpeó.
Pero antes de que respondiera, escuchamos una voz detrás.
—Ethan.
Clara.
Estaba entrando en el vestíbulo.
Al verme, se detuvo.
—Vivian, necesito explicarte algo.
—No tienes que explicarme vuestra relación.
—No se trata de eso.
Miró a Ethan.
Él se puso tenso.
—Clara, no.
Aquella reacción despertó mi atención.
Clara abrió su bolso.
—Ayer pensé que no era asunto mío. Pero después de ver lo que ocurrió…
Sacó una pequeña caja.
La abrió.
Dentro había un anillo.
No el nuestro.
Era mucho más antiguo.
Ethan cerró los ojos.
—¿Qué es? —pregunté.
Clara respondió:
—Ethan me lo dio antes de que me marchara al extranjero.
Miré la fecha grabada.
Cinco años atrás.
Ethan y yo todavía no éramos pareja entonces.
No había traición.
Hasta que Clara añadió:
—Me pidió que se lo devolviera cuando estuviera preparada para empezar una vida con él.
Ethan palideció.
—Eso fue hace años.
—Sí —respondió Clara—. Pero hace tres meses me escribiste preguntándome si todavía lo conservaba.
El vestíbulo quedó en silencio.
Lo miré.
Tres meses.
Mientras dormía a mi lado.
Mientras llevaba nuestro anillo.
Mientras hablábamos de matrimonio.
—Vivian, puedo explicarlo.
Negué lentamente.
—No hace falta.
Mi teléfono vibró.
Era un correo de mi nueva empresa.
Abrí el mensaje.
Leí las primeras líneas.
Y entonces comprendí por qué el Grupo Han había suspendido el contrato.
Mi nuevo empleador acababa de adquirir una participación mayoritaria en una de las empresas asociadas al proyecto.
Y me ofrecían dirigir personalmente la renegociación.
Levanté la mirada hacia Ethan.
—Parece que volveremos a vernos.
Una esperanza absurda apareció en sus ojos.
—¿Vas a regresar?
—No.
Guardé el teléfono.
—Voy a sentarme al otro lado de la mesa.
Su rostro cambió.
Pero Clara todavía sostenía aquel antiguo anillo.
Y justo cuando me giré para marcharme, dijo:
—Vivian, espera.
La miré.
Su siguiente frase hizo que Ethan se quedara completamente blanco.
—Hay algo más. Ethan no fue quien decidió que yo regresara. Su madre pagó mi billete y me pidió que volviera antes de que él pudiera proponerte matrimonio.