PARTE 2: LA MALDICIÓN VOLVIÓ A SU DUEÑA

Vanessa reaccionó como si la pantalla acabara de pronunciar una sentencia.

—¡Apáguenla!

Corrió hacia la computadora, pero el profesor encargado de la defensa se interpuso.

—Señorita Hale, no toque nada.

—¡Ese archivo no es mío!

El director del programa se levantó lentamente.

—Está dentro de su memoria USB.

—¡Alguien lo puso ahí!

Vanessa me señaló.

—¡Fue ella!

Todas las miradas cayeron sobre mí.

Yo permanecí sentada.

—Ni siquiera he tocado tu computadora.

El técnico desconectó el proyector y realizó una copia del dispositivo para preservar los archivos.

Vanessa empezó a temblar.

Aquello ya no parecía una simple lista.

Había fechas.

Fotografías.

Notas.

Resultados.

Junto al nombre de la estudiante que perdió la beca aparecía:

“Objetivo conseguido.”

Junto al profesor humillado:

“Funcionó en menos de 24 horas.”

Y junto al mío:

“Despedida antes del tercer mes. Después atacar candidatura internacional.”

El director suspendió inmediatamente la defensa.

Vanessa salió llorando.

Aquella tarde recibí otro mensaje transparente.

【Contraataque completado.】

【El objetivo conservará únicamente las consecuencias derivadas de sus propias acciones.】

Aquella última frase me tranquilizó.

No quería que Vanessa sufriera accidentes.

No quería convertirme en ella.

Solo quería que dejara de hacer daño.

Tres días después, la universidad abrió una investigación.

Descubrieron algo inesperado.

Varias víctimas habían recibido mensajes anónimos antes de sus desgracias.

En algunos casos, Vanessa había provocado directamente las circunstancias.

La estudiante que perdió la beca no había sido víctima de una maldición inexplicable: alguien había enviado información manipulada al comité.

El profesor no había olvidado casualmente su discurso. Su archivo había sido sustituido minutos antes de la ceremonia.

Incluso algunos de los primeros incidentes tenían explicaciones mucho menos sobrenaturales de lo que todos habíamos imaginado.

Vanessa había utilizado el miedo.

Después había dejado que las coincidencias construyeran su leyenda.

Pero no todas podían explicarse.

Y eso era precisamente lo inquietante.

Cuando regresó al dormitorio, encontró sus cosas empaquetadas.

—Me suspendieron —dijo.

No respondí.

—También perdí una oferta de trabajo.

Me miró con los ojos rojos.

—Era la mejor oportunidad de mi vida.

Entonces comprendí la ironía.

Ella me había deseado exactamente eso.

Perder mi primer empleo.

—¿Fuiste tú?

—No.

—¡Mientes!

Se acercó.

—Desde que intenté maldecirte, todo empezó a salir mal.

La observé.

—Quizá deberías dejar de maldecir personas.

Su rostro se deformó.

—¡No sabes lo que es ser invisible!

Aquello me sorprendió.

Vanessa comenzó a llorar.

Durante años había vivido comparándose con todos.

La más bonita.

La más inteligente.

La más querida.

La que conseguía becas.

La que tenía novio.

Cada éxito ajeno le parecía una humillación personal.

—Cuando algo malo les ocurría —confesó—, por fin dejaban de mirarme desde arriba.

—Nadie estaba mirándote desde arriba.

—¡Tú sí!

Negué.

—Yo estaba ocupada intentando construir mi propia vida.

Aquello pareció dolerle más que cualquier acusación.

Porque quizá esa era la verdad que nunca había soportado:

no competíamos.

La competencia existía únicamente en su cabeza.

Una semana después, Vanessa abandonó la residencia.

La investigación continuó y su graduación quedó aplazada mientras revisaban posibles manipulaciones académicas y denuncias relacionadas.

Yo empecé en Apex Technologies.

El primer día llegué cuarenta minutos antes.

Esperaba que algo ocurriera.

Que fallara mi identificación.

Que desapareciera mi contrato.

Que alguien anunciara que había habido un error.

Nada ocurrió.

Trabajé.

Aprendí.

Me equivoqué.

Corregí.

Tres meses después terminó mi periodo de prueba.

Mi supervisora me llamó a su oficina.

El corazón casi se me salió del pecho.

—Queremos que continúes con nosotros.

Me entregó la evaluación.

Había superado el periodo satisfactoriamente.

Sonreí durante todo el camino de regreso a casa.

No porque hubiera derrotado una maldición.

Sino porque aquel empleo seguía siendo mío gracias al mismo motivo por el que lo había conseguido:

mi esfuerzo.

Meses después recibí un mensaje de Vanessa.

“¿Puedes quitarme esto?”

Lo leí dos veces.

“¿Quitar qué?”

Respondió:

“La devolución.”

No contesté.

Entonces llegó otro mensaje.

“He dejado de hacerlo. Te lo prometo.”

Pensé durante unos segundos antes de escribir:

“Si realmente dejaste de hacer daño, entonces ya empezaste a arreglar tu problema.”

Bloqueé el número.

Nunca supe cuánto de aquello había sido sobrenatural y cuánto había sido simplemente una mujer cruel convencida de poseer un poder especial.

Pero aprendí algo.

Durante años todos habíamos alimentado la leyenda de Vanessa.

Cada vez que huíamos de un cumplido suyo.

Cada vez que atribuíamos una desgracia a sus palabras.

Cada vez que le demostramos que le teníamos miedo.

Ella se había sentido más poderosa.

Conmigo fue diferente.

Intentó convertirme en otra víctima.

Y por primera vez encontró algo que no podía controlar.

Semanas después apareció una última línea transparente frente a mis ojos:

【Protección permanente activada.】

Debajo surgió otra.

【Las intenciones maliciosas no determinan tu destino.】

Sonreí.

La pantalla desapareció.

Nunca volvió.

Y quizá fue mejor así.

Porque ya no necesitaba ningún sistema mágico para protegerme.

Vanessa había pasado años deseando que los demás perdieran aquello que ella envidiaba.

Al final, nadie tuvo que maldecirla.

Solo tuvo que enfrentarse, por primera vez, a las consecuencias de todo lo que había hecho.

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