PARTE 2: LA NOCHE EN QUE MI ESPOSO «INCAPAZ» CONFESÓ QUE SU ACCIDENTE HABÍA SIDO PROVOCADO, DESCUBRÍ QUE SU MENTE INFANTIL ERA LA ÚNICA DEFENSA QUE LE QUEDABA CONTRA SU PROPIA FAMILIA.

—Que el accidente no fue un accidente.

Durante unos segundos solo escuché mi propia respiración.

Alexander volvió a acariciar el dinosaurio como si acabara de decir algo insignificante.

—¿Qué recuerdas?

Sus ojos se dirigieron inmediatamente hacia la puerta.

—No aquí.

Aquello volvió a inquietarme.

No era únicamente lo que decía.

Era la manera en que comprobaba instintivamente si alguien podía escucharnos.

Alexander señaló la lámpara de mi mesita.

—¿Puedes apagarla?

Lo hice.

Él se metió bajo las mantas y volvió a adoptar aquella expresión inocente.

—Ahora acuéstate.

—Alexander…

—Por favor.

Obedecí.

Pasaron casi diez minutos.

Entonces escuchamos pasos en el pasillo.

La puerta se abrió sin llamar.

Margaret.

Permaneció allí unos segundos observándonos.

—¿Todo bien?

Alexander levantó el dinosaurio.

—Ella dice que puedo dormir con Rex.

Margaret sonrió.

—Por supuesto, cariño.

Después me miró.

Su sonrisa perdió toda calidez.

—Espero que recuerdes para qué te trajimos a esta familia.

Sentí repulsión.

—Alexander necesita descansar.

Margaret cerró la puerta.

Esperamos.

Un minuto.

Dos.

Alexander no habló hasta que los pasos desaparecieron por completo.

Entonces susurró:

—Hace eso todas las noches.

—¿Entrar?

—Comprobar.

—¿Comprobar qué?

—Que sigo siendo tonto.

Sentí un escalofrío.

—No vuelvas a llamarte así.

Alexander giró la cabeza hacia mí.

Por un instante pareció sorprendido.

—Eso dice mamá.

—Tu madre puede estar equivocada.

Su mirada se humedeció ligeramente.

Después cerró los ojos.

—Antes del accidente discutí con ella.

—¿Por qué?

Alexander frunció el ceño.

Parecía buscar piezas dispersas dentro de su memoria.

—Dinero.

—¿Qué dinero?

—Muchísimo.

Su mano comenzó a temblar.

—Había cuentas que no reconocía. Empresas. Firmas…

Se llevó los dedos a la sien.

—No puedo…

—No te fuerces.

Respiró profundamente.

—Encontré algo.

—¿Qué?

—No recuerdo.

Aquella frustración sí parecía completamente genuina.

Alexander podía tener momentos de lucidez, pero su lesión era real.

No estaba fingiendo ser un niño.

Su mente parecía una habitación después de una explosión: algunas cosas permanecían intactas, otras habían desaparecido y ciertas puertas se abrían sin previo aviso.

—Recuerdo conducir —continuó—. Llovía.

Su respiración se aceleró.

—Después el freno…

Se incorporó bruscamente.

—No funcionaba.

Le tomé la mano.

—Alexander, mírame.

Lo hizo.

—Estás aquí. Estás a salvo.

Negó lentamente.

—No.

—Sí.

—No entiendes.

Me apretó los dedos.

—Si mamá descubre que recuerdo, volverá a pasar algo.

A la mañana siguiente comprendí por qué tenía tanto miedo.

Durante el desayuno, Margaret dejó tres pastillas junto a su plato.

Alexander hizo una mueca.

—No quiero.

—El doctor dijo que debes tomarlas.

Observé las cápsulas.

—¿Para qué son?

Margaret ni siquiera me miró.

—Su tratamiento.

—¿Qué tratamiento exactamente?

Ahora sí levantó los ojos.

—No necesitas involucrarte en cuestiones médicas.

Alexander tomó las pastillas.

Vi cómo sus dedos temblaban.

Entonces hizo algo extraño.

Una cápsula cayó accidentalmente bajo la mesa.

O eso pareció.

Cuando Margaret apartó la mirada, Alexander empujó la cápsula hacia mi zapato.

Entendí.

La recogí discretamente.

Una hora después, él estaba dormido sobre el sofá.

Demasiado dormido.

Intenté despertarlo.

Apenas reaccionó.

—¿Siempre queda así después de medicarse?

Una empleada bajó la voz.

—Desde que regresó del hospital.

—¿Quién administra sus medicamentos?

Miró hacia las escaleras.

—La señora Sterling.

Guardé la cápsula.

Aquella tarde llamé a un antiguo compañero de universidad que ahora trabajaba como farmacéutico clínico.

No le di nombres.

Solo envié una fotografía del código impreso.

Su respuesta llegó veinte minutos después.

Y me dejó helada.

Aquello no coincidía con el tratamiento neurológico que Margaret había descrito.

Podía provocar somnolencia intensa y confusión.

No demostraba que alguien estuviera envenenando a Alexander.

Pero sí me dio una razón para dejar de confiar en todo lo que ocurría dentro de aquella casa.

Esa noche no le permití tomar la siguiente dosis sin ver primero el frasco.

Margaret apareció en nuestra habitación.

—¿Qué estás haciendo?

—Quiero conocer el tratamiento de mi marido.

—No eres médica.

—Pero soy su esposa.

La ironía de utilizar el matrimonio que ella misma me había impuesto no pasó desapercibida.

Su rostro se endureció.

—Tu padre recibió exactamente lo prometido. Su empresa sobrevivirá mientras tú cumplas tu parte.

—¿Eso fue un recordatorio o una amenaza?

Margaret sonrió.

—Inteligente.

Después miró a Alexander.

Él estaba sentado en la alfombra colocando piezas de un rompecabezas.

—Pero no demasiado.

Salió.

Esperamos hasta quedarnos solos.

Entonces Alexander levantó la mirada.

—Está enfadada contigo.

—Sobreviviré.

Se puso de pie.

—Ven.

Me llevó hasta su antiguo despacho.

Margaret había ordenado retirarlo casi todo después del accidente.

Alexander se arrodilló frente a una enorme estantería.

—Ayúdame.

Movimos un pesado atlas.

Detrás había un pequeño teclado numérico.

—¿Recuerdas la contraseña?

Negó.

Luego comenzó a pulsar números al azar.

Nada.

Otra combinación.

Error.

En el tercer intento, la luz se volvió verde.

Alexander retrocedió asustado.

—Mis dedos la recuerdan.

Dentro del compartimento había un teléfono antiguo, una memoria USB y un sobre.

Abrí el sobre.

Encontré una copia de un informe financiero.

Varias sociedades estaban marcadas en rojo.

Una aparecía repetidamente.

M.S. Holdings.

—¿Qué significa M.S.?

Alexander palideció.

—Margaret Sterling.

Seguí leyendo.

Millones de dólares habían salido del grupo empresarial a través de operaciones que parecían diseñadas para pasar inadvertidas.

Al final encontré una nota escrita a mano.

La letra era de Alexander.

«Si me ocurre algo, revisar a mamá y a Victor.»

—¿Quién es Victor?

Alexander me miró.

—Mi tío.

Recordé al hombre que durante la boda había pronunciado un discurso conmovedor sobre proteger el legado de su sobrino incapacitado.

—¿Trabaja en la empresa?

—Ahora dirige casi todo.

Mi estómago se cerró.

Alexander tomó el teléfono antiguo.

La batería todavía tenía carga.

Había un único archivo de audio.

Lo reproduje.

Primero escuchamos ruido.

Lluvia.

La respiración de Alexander.

Después su propia voz, más firme, más adulta:

«Tengo los documentos. Mañana voy a la junta.»

Otra voz respondió.

Una voz femenina.

La de Margaret.

«Si haces eso, destruirás a esta familia.»

El audio terminó abruptamente.

Alexander comenzó a temblar.

—Ella estaba conmigo…

—¿En el coche?

Cerró los ojos.

—No.

Respiró profundamente.

—Antes.

De repente abrió los ojos.

—Había alguien más.

—¿Quién?

—No veo su cara.

En ese momento escuchamos un ruido detrás de nosotros.

La puerta del despacho estaba abierta.

Margaret permanecía en el umbral.

No sonreía.

Sus ojos bajaron lentamente hacia el teléfono que yo sostenía.

Después hacia el compartimento secreto abierto.

Alexander se aferró a mi brazo.

Margaret entró y cerró la puerta.

—Alexander —dijo con una tranquilidad aterradora—, ¿qué has hecho?

Él volvió inmediatamente a encogerse.

—Yo… solo quería jugar.

Margaret lo observó durante varios segundos.

Luego me miró.

—Dame el teléfono.

—No.

Su expresión cambió.

—No sabes en qué te estás metiendo.

Guardé el dispositivo en mi bolsillo.

—Empiezo a tener una idea.

Margaret soltó una pequeña risa.

—¿De verdad crees que te compramos como esposa porque necesitábamos a alguien que cuidara de Alexander?

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Qué significa eso?

Se acercó.

—Tu padre no estaba simplemente endeudado.

—¿Qué hiciste?

—Yo no hice nada.

Sonrió.

—Pero deberías preguntarte por qué su empresa comenzó a derrumbarse exactamente seis meses después del accidente de Alexander.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué tiene mi padre que ver con esto?

Margaret miró a su hijo.

Y por primera vez vi miedo auténtico en sus ojos.

—Todo.

Alexander soltó mi brazo.

Su rostro había cambiado.

No parecía un niño.

—Elena…

Era la primera vez que pronunciaba mi nombre con aquella voz.

Firme.

Adulta.

Consciente.

Se llevó una mano a la cabeza.

—Ya recuerdo quién estaba conmigo antes del accidente.

Margaret palideció.

—Alexander, cállate.

Él no apartó los ojos de mí.

—Era tu padre.

Y antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, todas las luces de la mansión se apagaron de golpe.

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