PARTE 2: MAURICIO CORRIÓ A CELEBRAR AL «HEREDERO» DE SU AMANTE MIENTRAS YO SACABA A NUESTROS HIJOS DEL PAÍS, PERO UNA SOLA FRASE DEL DOCTOR DESTRUYÓ LA FIESTA DE TODA SU FAMILIA.

Cuando llegamos al aeropuerto, no miré atrás.

El licenciado Escalante había preparado todo con semanas de anticipación.

La autorización de viaje estaba firmada.

La custodia principal era mía.

Los pasaportes estaban vigentes.

Y Mauricio, desesperado por llegar al ultrasonido de Valeria, había firmado cada página sin leer.

Mientras Emiliano y Sofía comían galletas en la sala VIP, mi teléfono vibró.

Escalante.

«Ya empezó.»

No pregunté qué.

Lo sabía.

A kilómetros de allí, Mauricio había entrado en una clínica privada de Santa Fe acompañado por Renata, sus padres y un enorme arreglo de flores azules.

Valeria los esperaba en una suite.

Según Escalante, la madre de Mauricio incluso había llevado una pequeña pulsera de oro.

—Para mi primer nieto Del Río —había dicho.

Mi primer nieto.

Como si Emiliano y Sofía jamás hubieran existido.

Guardé el teléfono.

No quería saber más.

Entonces llegó otro mensaje.

«Isabel, necesitas ver esto.»

Adjuntó un audio.

Me puse los audífonos.

Primero escuché risas.

Después la voz de Mauricio.

—Doctor, díganos que todo está perfecto.

El médico respondió:

—El embarazo evoluciona correctamente.

La familia celebró.

Valeria preguntó:

—¿Y el estudio genético?

Hubo unos segundos de papeles moviéndose.

Después llegó la frase.

—Señor Del Río, según los resultados aportados, usted no puede ser el padre biológico de este bebé.

El audio quedó en silencio.

Un silencio tan absoluto que podía imaginar sus rostros.

Mauricio habló primero.

—¿Qué acaba de decir?

—El análisis prenatal de paternidad excluye su compatibilidad.

Renata soltó:

—Eso es imposible.

El doctor repitió:

—El señor Mauricio del Río queda excluido como padre biológico.

Después se escuchó un golpe.

La voz de Valeria.

—Mauricio, déjame explicarte.

El audio terminó.

No sonreí.

No sentí victoria.

Miré a Emiliano ayudando a Sofía a abrir un jugo.

Esos eran los niños que Mauricio había llamado un estorbo.

Aquello era lo único que me importaba.

Hasta que Escalante llamó.

—¿Lo escuchaste?

—Sí.

—Hay más.

Cerré los ojos.

—¿Qué más?

—Valeria no pagó ese análisis.

—¿Entonces quién?

—Renata.

Me quedé inmóvil.

—¿Su hermana?

—Llevaba semanas sospechando.

Aquello explicaba su presencia en la clínica.

Pero no su crueldad conmigo aquella mañana.

—¿Por qué no se lo dijo antes?

—Porque quería confirmarlo delante de todos.

Escalante hizo una pausa.

—Y porque la identidad del verdadero padre puede afectar otra cosa.

—¿Qué cosa?

—El dinero.

Volví a mirar el sobre del penthouse.

—Explícate.

—El departamento de Santa Fe no se pagó únicamente con fondos de vuestra sociedad conyugal. Encontramos transferencias desde una empresa familiar de los Del Río.

Sentí un escalofrío.

—¿Mauricio robó de su propia empresa?

—Todavía estamos reconstruyéndolo.

—¿Cuánto?

—Más de lo que aparece en los documentos que tienes.

Antes de que pudiera responder, anunciaron nuestro embarque.

—Sube al avión —dijo Escalante—. Cuando aterrices en Madrid hablamos.

—¿Y Mauricio?

—Ya descubrirá que firmar sin leer tiene consecuencias.

Apagué el teléfono.

Doce horas después aterrizamos en España.

Mi hermana mayor, Elena, nos esperaba.

Sofía corrió hacia ella.

Emiliano intentó parecer demasiado grande para llorar, pero cuando Elena lo abrazó terminó escondiendo la cara en su hombro.

Yo aguanté hasta que ambos niños estuvieron dentro del coche.

Entonces lloré.

No por Mauricio.

Por los años desperdiciados intentando convencer a su familia de que mis hijos merecían el mismo amor que ellos regalaban tan fácilmente a un bebé que todavía no había nacido.

Elena me tomó la mano.

—Ya terminó.

Negué.

—No.

Miré mi teléfono.

Tenía cuarenta y tres llamadas perdidas.

Mauricio.

—Apenas empieza.

No contesté hasta la noche.

—¿Dónde están mis hijos? —gritó.

—En Madrid.

—¡Tráelos de vuelta!

—No.

—¡No puedes sacarlos del país sin mi permiso!

—Lo tengo.

Silencio.

—¿Qué?

—Lo firmaste esta mañana.

—Yo no sabía…

—Ese parece ser tu problema últimamente.

Su respiración se volvió pesada.

—Isabel, Valeria me engañó.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—¡El bebé no es mío!

—Lo sé.

Otra pausa.

—¿Cómo que lo sabes?

Me quedé callada.

Mauricio comprendió.

—¿Escalante?

—Mi abogado estaba investigando nuestras finanzas.

—¿Desde cuándo?

—Desde que descubrí que comprabas un penthouse con dinero que también me pertenecía.

—Puedo explicarlo.

—Guarda la explicación para el tribunal.

Su voz cambió.

—Isabel, espera. Estaba confundido.

Casi me reí.

—Hace unas horas nuestros hijos te estorbaban.

—Estaba enfadado.

—No. Estabas feliz.

Aquello lo silenció.

—Estabas feliz de abandonarlos porque creías que otra mujer te estaba dando un reemplazo.

Colgué.

A la mañana siguiente, Escalante me llamó por videoconferencia.

Tenía delante varios documentos.

—Encontramos el origen de otra transferencia.

—¿Cuánto?

—Cuatro millones de pesos.

—¿De dónde salieron?

—De una subsidiaria de Grupo Del Río.

—¿Mauricio los transfirió?

—Su autorización aparece en la operación.

Mi estómago se cerró.

—Entonces que responda por ello.

Escalante no cambió de expresión.

—Hay un problema.

Giró un documento hacia la cámara.

—Parte del dinero terminó en una sociedad vinculada a Valeria.

—Eso ya lo imaginaba.

—Pero la sociedad tiene dos beneficiarios.

—¿Quién es el segundo?

Escalante pronunció un nombre.

Me quedé helada.

Alejandro del Río.

El hermano menor de Mauricio.

—No.

—Sí.

Recordé todas las cenas familiares.

Alejandro defendiendo siempre a Valeria.

Alejandro desapareciendo durante semanas.

Alejandro riéndose cuando Mauricio presumía que por fin tendría “un heredero”.

—¿Estás diciendo que…?

—No estoy afirmando quién es el padre del bebé. Para eso necesitamos pruebas.

Pero ya entendía por qué Renata había solicitado el análisis.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Mauricio otra vez.

Lo rechacé.

Escalante continuó:

—Además, revisamos el acuerdo de divorcio.

—¿Qué ocurre?

—Mauricio renunció expresamente a discutir ciertos bienes que consideraba sin valor.

—Lo recuerdo.

—Entre ellos, tu participación en Salazar Desarrollo.

Sentí que el corazón me daba un golpe.

Mauricio siempre había pensado que aquella empresa familiar estaba prácticamente inactiva.

No sabía que meses atrás había cerrado una operación enorme en España.

—¿Cuánto vale ahora? —pregunté.

Escalante sonrió por primera vez.

—Después de la operación de Madrid, tu participación supera ampliamente todo lo que Mauricio intentó ocultar.

Me apoyé contra la silla.

El hombre que me había dicho que no podía pagar mi divorcio acababa de renunciar voluntariamente a una fortuna.

Entonces escuché golpes en la puerta del apartamento de Elena.

Tres golpes fuertes.

Ella fue a mirar por la mirilla.

Su rostro cambió.

—Isabel…

Me levanté.

—¿Quién es?

—Mauricio.

Sentí que se me helaba la sangre.

—Eso es imposible.

Habíamos llegado hacía menos de veinticuatro horas.

Entonces mi teléfono recibió un mensaje de Renata.

Solo decía:

«NO LE ABRAS. Mauricio ya descubrió quién podría ser el padre del bebé, pero todavía no sabe lo peor: Alejandro desapareció esta mañana con dinero de la empresa… y dejó una carta dirigida a ti.»

Al otro lado de la puerta, Mauricio volvió a golpear.

—¡Isabel! ¡Sé que estás ahí!

Miré a mis hijos.

Luego el mensaje.

Y comprendí que Mauricio no había cruzado el océano únicamente para recuperarlos.

Había venido porque la familia Del Río acababa de empezar a destruirse desde dentro.

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