Esperé hasta que mi padre salió.
Después regresé a la sala.
Ofelia seguía pálida.
—Daniela, qué sorpresa. Arturo dijo que tardarías otro mes.
—La negociación terminó antes.
Karina dejó la copa.
—¿Entonces estás bien?
La miré.
—Perfectamente.
Vi el alivio en sus rostros.
No porque estuvieran felices de verme.
Porque todavía creían que yo no sabía nada.
—No le digan a Arturo —añadí—. Quiero sorprenderlo.
Ofelia sonrió.
—Claro, hija.
Fue demasiado fácil.
Subí al despacho y llamé a Mariana, la abogada de mi empresa.
Veinte minutos después ya teníamos el número del crédito, el poder firmado por mi padre y la cuenta donde habían depositado los 4.5 millones.
El dinero había permanecido allí apenas cuatro horas.
Después Arturo comenzó a moverlo.
Una parte cubrió deudas.
Otra fue transferida a una plataforma relacionada con apuestas.
Y 1.8 millones terminaron en una cuenta perteneciente a Karina.
Miré hacia abajo.
Mi cuñada seguía bebiendo vino en mi sala.
—Mariana, necesito proteger las propiedades de mi padre.
—Primero necesitamos denunciar el engaño y solicitar que se impugnen las operaciones correspondientes. No enfrentes a Arturo todavía.
No pensaba hacerlo.
A las siete de la noche recibí un mensaje de mi esposo.
“Cariño, aquí todo está bien. Tu papá también está tranquilo. Concéntrate en Alemania.”
Tuve que leerlo dos veces.
Después respondí:
“Gracias por cuidarlo.”
Arturo contestó con un corazón.
Casi me dio risa.
Llegó a casa a las diez.
Yo estaba sentada a oscuras en el comedor.
Cuando encendió la luz, la cartera se le cayó de la mano.
—Daniela.
—Hola, amor.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Qué haces aquí?
—Volví temprano.
Durante unos segundos calculó.
Pude verlo.
—¿Tu papá estuvo aquí?
—Sí.
El miedo apareció.
Entonces añadí:
—Me dijo que vino a dejar comida.
Arturo respiró.
—Ah. Sí. Tu madre hizo un desastre y mamá le pidió que limpiara.
Mi madre llevaba seis años muerta.
Ni siquiera se dio cuenta de lo que acababa de decir.
—¿Cómo está Alemania? —preguntó rápidamente.
—Interesante.
—¿La investigación?
Lo miré directamente.
—¿Qué investigación?
Se congeló.
Solo un segundo.
—La investigación… del proyecto. Eso quise decir.
Sonreí.
—Salió perfectamente.
Aquella noche durmió junto a mí.
Yo no cerré los ojos.
A las 6:15 de la mañana, Mariana llamó.
Habían encontrado algo peor.
El poder otorgado por mi padre no era el único documento.
Había una segunda escritura con una firma atribuida a mí.
Según aquel documento, yo reconocía una deuda privada con Arturo por 6.2 millones de pesos.
—Daniela —dijo Mariana—, si esa firma no es tuya, tenemos un problema mucho más grande.
—No es mía.
Entonces entendí.
Mi padre no había sido su único objetivo.
Yo era el siguiente.
Dos días después, Arturo recibió una llamada mientras desayunábamos.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa que la operación está detenida?
Se levantó.
—¡El poder es válido!
Me serví café tranquilamente.
Ofelia y Karina también estaban allí.
Karina miró su teléfono.
Luego me miró.
Había recibido algo.
Probablemente la notificación relacionada con aquella transferencia.
—Daniela… —murmuró.
Arturo se volvió hacia mí.
Ya no fingí.
Coloqué tres documentos sobre la mesa.
La denuncia.
El informe preliminar de movimientos.

Y la copia del supuesto reconocimiento de deuda.
—¿Quieres explicarme por qué falsificaste mi firma?
El silencio fue absoluto.
Ofelia se levantó.
—Arturo, vámonos.
Me puse frente a la puerta.
—No.
Arturo golpeó la mesa.
—¡Ese dinero era necesario!
—¿Para qué?
No respondió.
—Díselo —ordené.
Karina comenzó a llorar.
Y finalmente salió la verdad.
Arturo llevaba casi dos años acumulando deudas por apuestas y préstamos privados. Cuando comenzaron a exigirle el pago, decidió usar las propiedades de mi padre.
Después pensaba utilizar las mías.
Los 1.8 millones enviados a Karina no eran un regalo.
Ella había aceptado esconderlos.
Miré a Ofelia.
—¿Usted sabía?
Bajó los ojos.
Eso bastó.
La mujer que había obligado a mi padre a limpiar de rodillas sabía que su hijo acababa de engañarlo.
Arturo se acercó.
—Daniela, puedo arreglarlo.
—Ya lo estoy arreglando yo.
—Somos esposos.
—Precisamente por eso tendrás que explicar cómo utilizaste mi confianza para hacer todo esto.
El proceso llevó meses.
No hubo una solución mágica.
Hubo abogados, banco, peritajes de firmas, rastreo de transferencias y procedimientos para proteger los bienes comprometidos.
Mi padre recuperó el control de lo que legítimamente le pertenecía mientras las operaciones cuestionadas se disputaban por las vías correspondientes.
Yo solicité el divorcio.
Arturo perdió algo que jamás imaginó perder:
el acceso a mí.
La última vez que nos vimos me preguntó:
—¿Cuándo supiste que nuestro matrimonio había terminado?
Pensé en las apuestas.
En las firmas.
En los millones.
Pero negué.
—Cuando encontré a mi padre de rodillas limpiando mi piso y descubrí que tú habías convertido su amor por mí en una herramienta para robarle.
Recogí mi bolso.
—Los 4.5 millones eran dinero, Arturo.
Abrí la puerta.
—Lo que hiciste con mi padre no tenía precio.
Y así terminó el hombre que inventó que yo estaba presa en Alemania para quedarse con el patrimonio de mi familia.
Nunca imaginó que su mentira tendría una fecha de vencimiento.
El día en que regresé a casa veintiséis días antes de lo previsto.