PARTE 2: CUANDO ALEJANDRO ME PIDIÓ QUE NO HICIERA UN ESCÁNDALO POR SU AMANTE EN PRIMERA CLASE, TODAVÍA NO SABÍA QUE UNA SOLA LLAMADA PODÍA COSTARLE SU MATRIMONIO, SU CONTRATO Y LA REPUTACIÓN QUE TANTO QUERÍA PROTEGER.

El primer número que marqué no fue el de mi madre.

Tampoco el de un abogado.

Fue el de Mauricio León, director financiero de nuestra empresa.

Contestó al tercer tono.

—Valeria, ¿ya vas rumbo a Monterrey?

Miré a Alejandro.

Seguía pálido.

—Sí. Y necesito que hagas algo antes de que aterrice.

—Dime.

—Bloquea cualquier autorización pendiente que lleve mi firma digital y haya sido solicitada por Alejandro durante las últimas dos semanas.

Su expresión cambió.

—¿Ocurrió algo?

—Todavía no lo sé.

Hice una pausa.

—Y por eso mismo quiero asegurarme.

Colgué.

Alejandro se levantó.

—Valeria, ven conmigo.

—Estoy bastante bien aquí.

Renata se acomodó el abrigo, evitando mirarme.

Una sobrecargo observaba desde unos metros.

Alejandro bajó la voz.

No hagas un escándalo.

Aquella frase terminó de aclararlo todo.

No dijo puedo explicarlo.

No dijo perdóname.

No dijo esto no es lo que parece.

Su primera preocupación era que nadie más lo supiera.

Sonreí.

—Tranquilo. Tu reputación está a salvo durante las próximas dos horas.

Su mandíbula se tensó.

—Estás sacando conclusiones.

Señalé a Renata.

—¿También estoy imaginando que tu asistente estaba acostada sobre tus piernas?

—Estaba cansada.

Renata abrió la boca.

—Valeria, yo…

—Señora Ortega para ti.

Ella calló.

Alejandro miró alrededor.

—Hablamos cuando aterricemos.

—Perfecto.

Regresé a mi asiento.

Pero ya no trabajé en la emergencia de la obra.

Abrí mi computadora.

Alejandro me había dicho que viajaba a Guadalajara por una negociación con clientes.

Sin embargo, estaba volando a Monterrey.

La misma ciudad a la que yo iba por una emergencia relacionada con uno de nuestros proveedores.

Aquello podía ser coincidencia.

Hasta que recordé el nombre del contrato que Alejandro llevaba semanas intentando que yo aprobara.

Proyecto Horizonte.

Un complejo logístico valorado en cientos de millones de pesos.

Yo había rechazado dos veces la propuesta de un subcontratista porque sus precios estaban inflados y sus garantías eran insuficientes.

¿Quién había recomendado aquella empresa?

Alejandro.

Abrí mis correos.

Busqué las últimas versiones.

Entonces vi algo que me hizo incorporarme.

Había una autorización enviada la noche anterior desde mi cuenta corporativa.

Supuestamente firmada por mí.

Aprobaba precisamente al proveedor que yo había rechazado.

Mi teléfono vibró.

Mauricio.

«Encontré tres autorizaciones. Una ya fue enviada. Llámame.»

Sentí frío.

Me levanté y fui hacia el baño.

—¿Qué encontraste?

—Valeria, ¿firmaste anoche una aprobación para Grupo Altera?

—No.

Silencio.

—Entonces tenemos un problema.

—¿Qué más?

—Tu certificado digital fue utilizado a las 23:48 desde un dispositivo registrado dentro de la oficina ejecutiva.

A esa hora yo estaba en casa.

Alejandro también había dicho estar en casa.

Pero salió después de medianoche alegando que había olvidado documentos en la oficina.

Cerré los ojos.

—¿Quién tiene acceso físico a ese despacho?

—Tú, Alejandro…

Mauricio dudó.

—Y Renata.

Miré hacia primera clase.

La historia acababa de dejar de ser únicamente una infidelidad.

—Suspende el proceso.

—Necesito una causa.

—Posible uso no autorizado de credenciales ejecutivas.

—Eso abrirá una investigación.

—Exactamente.

Cuando regresé, Alejandro estaba esperándome junto a mi fila.

—¿Qué estás haciendo?

—Volviendo a mi asiento.

—Mauricio acaba de llamarme.

—Qué rápido.

Se inclinó.

—¿Bloqueaste Horizonte?

—Sí.

Su rostro se endureció.

—¿Por esto?

Miró discretamente hacia Renata.

—¿Vas a poner en riesgo meses de trabajo porque estás celosa?

Ahí estaba.

La maniobra que conocía demasiado bien.

Convertir una irregularidad objetiva en una reacción emocional.

—No lo bloqueé porque estés acostándote con tu asistente.

Renata levantó la cabeza.

—Lo bloqueé porque alguien utilizó mi firma digital sin autorización.

Alejandro dejó de respirar.

Fue apenas un segundo.

Pero lo vi.

—No sabes de qué hablas.

—Entonces no tendrás ningún problema con la auditoría.

Me senté.

—Ahora apártate.

Por primera vez obedeció.

Cuando aterrizamos en Monterrey, Alejandro intentó alcanzarme en la terminal.

Renata iba detrás.

—Valeria.

Seguí caminando.

—¡Valeria!

Me tomó del brazo.

Me solté inmediatamente.

—No vuelvas a tocarme.

Varias personas miraron.

Alejandro bajó la voz.

—Tenemos que solucionar esto antes de que llegues a la obra.

—¿Solucionar qué?

—El malentendido.

—¿Cuál? ¿Tu amante o mi firma?

Renata palideció.

—No soy su amante.

La miré.

—Entonces este es un excelente momento para explicar por qué viajabas sobre las piernas de mi esposo.

No respondió.

Mi teléfono sonó.

Mauricio otra vez.

Contesté delante de ellos.

—Encontramos algo más —dijo.

—Habla.

—Grupo Altera modificó sus datos bancarios hace tres semanas.

—¿Y?

—La nueva cuenta pertenece a una sociedad creada hace cuatro meses.

Mi corazón se aceleró.

—¿Quién figura como beneficiario?

Mauricio tardó demasiado en responder.

—No quiero decírtelo por teléfono. Te envié el documento.

Abrí el correo.

Alejandro intentó mirar.

Giré la pantalla.

La sociedad se llamaba RLM Servicios Integrales.

Administradora:

Renata López Mendoza.

Levanté lentamente los ojos.

Renata estaba completamente blanca.

—¿Quieres explicarlo?

—Yo…

Alejandro la miró.

—¿Qué demonios es esto?

Su reacción parecía auténtica.

Y eso fue lo que me inquietó.

—¿No lo sabías? —pregunté.

—Claro que no.

Renata empezó a llorar.

—No es lo que parece.

Casi me reí.

—Hoy todo parece no ser lo que parece.

Alejandro le arrebató el documento impreso que yo llevaba.

—¿Tú eres propietaria de Altera?

—¡No! Esa sociedad solo recibe honorarios.

—¿Qué honorarios?

Ella calló.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Quizá Alejandro me engañaba.

Pero Renata también podía estar utilizándolo a él.

Mi vehículo de la empresa ya esperaba afuera.

Antes de subir, miré a Alejandro.

—No vengas a la obra.

—Soy director comercial.

—Y desde este momento eres parte de una investigación interna.

Su expresión se volvió feroz.

—No tienes autoridad para suspenderme.

—No te estoy suspendiendo.

Abrí la puerta.

—Estoy protegiendo una operación hasta que el consejo decida qué hacer contigo.

Aquella tarde resolvimos la emergencia del proveedor.

A las seis, Mauricio llegó desde Ciudad de México acompañado por nuestro director jurídico.

Traían una carpeta.

—Valeria —dijo Mauricio—, necesitamos hablar en privado.

Entramos en una sala de juntas.

El abogado cerró la puerta.

—Revisamos los accesos a tu firma digital.

—¿Renata?

—Su dispositivo aparece.

No me sorprendió.

—Pero no fue el único.

Colocó un registro delante de mí.

Había accesos desde tres equipos.

El mío.

El de Renata.

Y uno identificado únicamente mediante un código interno.

—¿De quién es?

Mauricio me miró.

—Eso es lo extraño. Ese dispositivo fue dado de baja hace cinco años.

—Entonces ¿cómo accedió?

—Alguien reactivó sus credenciales.

El abogado pasó otra página.

—Y encontramos algo más en los metadatos del contrato.

Un nombre aparecía como autor original.

Lo reconocí inmediatamente.

Sentí que se me helaban las manos.

No era Alejandro.

No era Renata.

Era Esteban Ortega.

Mi padre.

El fundador de la constructora.

El hombre que llevaba cuatro años muerto.

—Esto es imposible.

Mauricio negó lentamente.

—Hay más.

Sacó una fotografía de seguridad tomada tres noches antes en nuestro edificio corporativo.

Un hombre entraba por el estacionamiento privado usando una tarjeta antigua.

La imagen era borrosa.

Pero llevaba en la mano un portafolio de cuero marrón.

Yo conocía aquel portafolio.

Se lo había regalado a mi padre cuando cumplió sesenta años.

Debajo de la fotografía había una anotación:

ACCESO AUTORIZADO POR A. ORTEGA.

Alejandro.

Sentí que todo el asunto cambiaba de forma.

Saqué el teléfono.

Había diecinueve llamadas perdidas de mi esposo.

Y un mensaje nuevo.

«Valeria, sé que encontraste lo de tu padre. No se lo enseñes a nadie. Renata no es el verdadero problema.»

Segundos después llegó otro.

«Tu padre no murió como tú crees.»

Me quedé mirando la pantalla.

Y por primera vez desde que había visto a mi marido con otra mujer en aquel avión, la infidelidad dejó de ser la peor traición que Alejandro podía haberme ocultado.

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