PARTE 2: CUANDO INTENTÉ DEJAR AL HOMBRE MENOS FIABLE DE TODA LA CIUDAD, DESCUBRÍ QUE LLEVABA TRES AÑOS DEMOSTRÁNDOME EN SILENCIO QUE ERA JUSTO EL ESPOSO QUE MI MADRE ME HABÍA ENSEÑADO A BUSCAR.

—Esa pregunta deberías habértela hecho hace mucho.

La frase de Adrián me acompañó durante todo el camino de regreso.

No puso música.

No intentó tocarme.

Tampoco volvió a bromear.

Para alguien que convertía cualquier discusión en un espectáculo, aquel silencio era casi inquietante.

Cuando llegamos frente a mi edificio, abrí la puerta.

—Nadia.

Me detuve.

—¿Qué?

Adrián mantuvo las manos sobre el volante.

—No voy a obligarte a quedarte conmigo.

Aquello me sorprendió.

—Pero antes de irte, quiero que compruebes algo.

—¿Qué cosa?

Sacó una llave de su bolsillo y la dejó sobre la consola.

—Mañana a las diez. Banco Shengyuan. Caja privada 317.

Fruncí el ceño.

—¿Qué hay ahí?

—Algo que te pertenece.

—¿Y por qué no me lo das ahora?

—Porque si te lo entrego yo, vas a decir que estoy intentando manipularte.

Maldito hombre.

Me conocía demasiado bien.

—¿Y si no voy?

Adrián me miró.

Esta vez no había arrogancia.

—Entonces aceptaré que terminamos.

Bajé del coche.

A las nueve y cincuenta y ocho de la mañana siguiente estaba frente al banco.

Me odié un poco por llegar puntual.

Una empleada me llevó a una sala privada.

—Señorita Jiang, su nombre figura como cotitular autorizada.

—¿Desde cuándo?

Revisó el sistema.

—Hace dos años y once meses.

Casi desde el principio de nuestra relación.

Introdujo dos llaves.

La caja se abrió.

Dentro no había joyas.

Ni dinero.

Había carpetas.

Muchas.

La primera llevaba mi nombre.

Abrí.

Contratos de seguro.

Un fondo médico a nombre de mi madre.

Documentos de una vivienda.

Me quedé inmóvil.

La propiedad estaba cerca del hospital donde habían operado a mamá.

Titulares:

Nadia Jiang y Sun Meilin.

La fecha de compra era de hacía ocho meses.

Antes del diagnóstico.

Seguí leyendo.

Adrián había adquirido la vivienda y la había registrado directamente a nombre de mi madre y mío.

No al suyo.

Debajo había una nota manuscrita:

«Si algún día tu madre necesita tratamiento prolongado, no quiero que tengas que elegir entre cuidarla y preocuparte por dónde vivir.»

Mi garganta se cerró.

Abrí otra carpeta.

Una cuenta de inversión.

No a su nombre.

A nombre de una sociedad donde yo figuraba como beneficiaria.

Aportaciones mensuales.

Durante tres años.

La cantidad total me hizo sentarme.

Adrián había estado apartando dinero cada mes.

—¿Qué demonios…?

La empleada fingió no escucharme.

Había una tercera carpeta.

Un acuerdo de participación en una empresa tecnológica.

Yo recordaba aquella compañía.

Dos años antes, Adrián me había hecho analizar el modelo de negocio durante una cena porque, según él, “quería escuchar una opinión inteligente entre tanta gente inútil”.

Yo le había dicho que la empresa tenía futuro.

Él invirtió.

Pero parte de las acciones estaban registradas para mí.

Desde el principio.

Aquello ya no parecía romanticismo.

Parecía planificación.

Y eso era justamente lo que yo nunca había asociado con Adrián.

Encontré un sobre.

Mi nombre.

Lo abrí.

Dentro había un documento del registro civil.

No firmado.

Solo preparado.

Una solicitud de matrimonio.

Fecha en blanco.

Junto a ella:

«Cuando quieras. No cuando yo consiga convencerte.»

Me quedé mirando aquellas palabras.

Entonces mi teléfono sonó.

Mamá.

Contesté.

—¿Sí?

—¿Has desayunado?

—Mamá…

—¿Qué pasa?

—¿Conocías el apartamento?

Silencio.

Demasiado largo.

—¿Qué apartamento?

—No actúes.

Suspiró.

—Adrián me pidió que no te lo dijera.

Cerré los ojos.

—¿Desde cuándo hablas con él a mis espaldas?

—Desde hace casi tres años.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

Mamá soltó una risita.

—Ese muchacho vino a verme después de vuestro tercer mes juntos.

—¿Para qué?

—Para preguntarme qué cosas te daban miedo.

Me quedé completamente muda.

—Le dije que odiabas depender de alguien. Que te preocupaba que una relación pudiera obligarte a renunciar a tu trabajo. Que te daba miedo acabar cuidando sola de tus padres.

—¿Y él qué dijo?

La voz de mamá se suavizó.

—Dijo: “Entonces tengo que asegurarme de que nunca sienta que casarse conmigo significa perder su libertad.”

Sentí que algo dentro de mí se desmontaba pieza por pieza.

—Mamá, todo el mundo dice que Adrián es…

—¿Un desastre?

—Sí.

—Puede serlo.

—Gracias.

—Pero contigo siempre fue distinto.

Me quedé callada.

—Nadia —continuó—, los hombres fiables no siempre parecen aburridos. A veces simplemente cumplen cuando nadie está mirando.

Colgué diez minutos después.

No fui directamente a buscar a Adrián.

Primero llamé a una amiga que trabajaba en finanzas.

Quería verificarlo todo.

Sí.

Las cuentas existían.

La propiedad era real.

Las acciones también.

Nada había sido colocado a su favor.

No había cláusulas escondidas.

No había deuda.

No había trampa.

Eso me enfadó todavía más.

Porque destruía mi argumento perfecto.

A las seis de la tarde fui al bar privado.

Como siempre, Adrián estaba allí.

Solo.

Sin chicas.

Sin juegos.

Sin copa compartida.

Sus amigos me vieron entrar y se quedaron extrañamente callados.

Uno murmuró:

—Hermano, llegó tu sentencia.

Adrián levantó la mirada.

No sonrió.

—¿Fuiste?

—Sí.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

Me senté frente a él.

—Quiero saber por qué.

—¿Por qué qué?

—Todo.

Adrián tomó su vaso.

—Porque eres mi novia.

—Eso no explica comprarle una casa a mi madre.

—No se la compré a tu madre.

—Está a su nombre.

—Y al tuyo.

—Adrián.

Suspiró.

—Una vez dijiste que tu mayor miedo era que tus padres enfermaran y tú no tuvieras tiempo ni dinero suficiente para cuidarlos.

Lo recordaba.

Había sido una conversación borracha a las tres de la madrugada.

Dos años atrás.

Yo ni siquiera recordaba haberla dicho hasta ese momento.

Él sí.

—¿Y las inversiones?

—Dijiste que nunca querías depender económicamente de un marido.

—¿Las acciones?

—La empresa fue idea tuya.

—Solo te dije que era buena.

—Entonces merecías participar.

Me quedé mirándolo.

—¿Y por qué jamás me contaste nada?

Adrián sonrió por fin.

Pero era una sonrisa cansada.

—Porque tú eres orgullosa.

—No soy orgullosa.

Todos sus amigos comenzaron a toser.

Los miré.

—¿Algún problema?

Nadie respondió.

Adrián apoyó los codos sobre las rodillas.

—Si te hubiera dicho que estaba preparando todo para casarme contigo, habrías salido corriendo.

Eso era ofensivamente cierto.

—Pero sigues teniendo fama de mujeriego.

—Fama.

—Las mujeres siempre están encima de ti.

—Sí.

—Nunca las apartas rápido.

—Eso sí puedo admitir que es culpa mía.

—¿Por qué?

Adrián se encogió de hombros.

—Porque me gustaba verte celosa.

Lo miré horrorizada.

—¿Tienes doce años?

—A veces.

—Eres idiota.

—También.

—No es romántico.

—Nunca dije que lo fuera.

Uno de sus amigos levantó una copa.

—Por fin alguien se lo dice.

Adrián le lanzó una mirada.

El hombre desapareció inmediatamente hacia otra mesa.

Volví a mirarlo.

—¿Su Su?

—Nunca pasó nada después de que regresara.

—¿Antes?

Adrián guardó silencio.

—Adrián.

—Fuimos novios cuando teníamos veinte años.

—Lo sabía.

—Terminamos antes de que yo te conociera.

—Tus amigos dicen que fue tu gran amor.

—Mis amigos también dicen que puedo beber doce botellas de whisky.

—¿Puedes?

—Ese no es el punto.

Tuve que contener una sonrisa.

Odiaba que todavía me hiciera gracia.

—Entonces dime algo —dije—. Si eras tan serio conmigo, ¿por qué nunca hablaste de matrimonio?

Adrián me observó durante varios segundos.

—Porque cada vez que alguien mencionaba boda, tú decías que preferías saltar de un puente.

Bueno.

También era verdad.

—Pensé que no querías casarte.

—Antes no.

—¿Y ahora sí?

Asentí.

La expresión de Adrián cambió.

Muy poco.

Pero lo vi.

Esperanza.

—¿Conmigo?

Abrí la boca.

La cerré.

—Ese es el problema.

Él soltó una risa amarga.

—Perfecto.

—No te rías.

—Estoy intentando no llorar.

—Tú no lloras.

—Tampoco hacía fondos médicos secretos hasta que apareciste tú.

Mi corazón dio un golpe.

Entonces Adrián sacó algo del bolsillo.

Una pequeña caja.

Me puse rígida.

—No.

—Ni siquiera la abrí.

—No lo hagas.

—Tranquila.

La dejó sobre la mesa.

—La compré hace un año.

—¿Un año?

—Sí.

—¿Y llevas un año cargándola?

—No. Eso sería patético.

Pausa.

—La guardaba en la caja fuerte del bar.

Sus amigos volvieron a toser.

Adrián los ignoró.

—No voy a pedírtelo hoy.

Me sorprendí.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que aceptes solo porque descubriste que puedo ser fiable.

Su voz perdió el tono bromista.

—Quiero que decidas si realmente me quieres en la vida que ahora deseas.

Aquello fue peor que cualquier propuesta.

Porque era exactamente lo correcto.

Me levanté.

Adrián también.

—¿Te vas?

—Sí.

Vi cómo se preparaba para aceptar mi decisión.

Entonces tomé la caja.

—Esto me lo llevo.

Sus ojos se abrieron.

—Nadia.

—No significa nada.

—Claro.

—Ni se te ocurra sonreír.

Sonrió.

—Adrián.

—Estoy intentando controlarme.

Salí del bar.

Pensé que necesitaría días.

Quizá semanas.

No tuve ni cuarenta y ocho horas.

Porque dos días después, mientras acompañaba a mamá a su revisión, el médico nos dio buenas noticias.

La recuperación avanzaba perfectamente.

Mamá me tomó de la mano al salir.

—Ahora puedo decirte algo.

La miré.

—¿Qué?

—Cuando estuve ingresada, Adrián vino todos los días.

Me detuve.

—¿Qué?

—Siempre cuando tú bajabas a comer o estabas dormida.

—¿Por qué?

Mamá sonrió.

—Porque sabía que si lo veías, pensarías que estaba intentando impresionarte.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Qué hacía?

—Hablaba con los médicos. Se aseguraba de que yo entendiera todo. Incluso arregló una segunda opinión sin decirte.

Mi madre apretó mi mano.

—Nadia, tú viste camas donde la gente estaba sola y decidiste que querías encontrar a alguien que se quedara cuando las cosas dejaran de ser divertidas.

Hizo una pausa.

Solo que estabas tan ocupada buscando a ese hombre que no viste que ya estaba sentado fuera de mi habitación.

Esa noche fui al apartamento de Adrián.

Abrí con la contraseña.

Él estaba cocinando.

O intentándolo.

Había humo.

—¿Qué haces?

Se volvió.

—¿Has venido a terminar conmigo por tercera vez?

—No.

Apagué la cocina.

Saqué la caja de mi bolso.

La puse delante de él.

Adrián dejó de respirar.

—Nadia…

Abrí la caja.

Dentro había un anillo sencillo.

Elegante.

Exactamente mi estilo.

—Tengo una condición.

—Las que quieras.

—Deja de hacerte el imbécil con otras mujeres solo para ponerme celosa.

—Hecho.

—No más “de todas, a ti te quiero más”.

—Hecho.

—Si una mujer se te pega en un bar…

—Me cambio de bar.

—Exagerado.

—Estoy motivado.

Lo miré.

—Y jamás volverás a ocultarme algo “por mi bien”.

Su expresión se volvió seria.

—Eso sí.

Asentí.

—Entonces…

No terminé.

Porque alguien llamó a la puerta.

Adrián frunció el ceño.

—No espero a nadie.

Abrió.

Su Su estaba allí.

Pero esta vez no estaba sola.

A su lado había un hombre mayor.

Traje oscuro.

Expresión grave.

Y en las manos llevaba una carpeta.

Al verme, Su Su pareció incómoda.

—Nadia, lo siento.

Adrián se tensó.

—¿Qué ocurre?

El hombre sacó un documento.

—Señor Si, represento al patrimonio de su padre.

La sonrisa desapareció del rostro de Adrián.

—Mi padre murió hace ocho años.

—Lo sé.

El abogado abrió la carpeta.

—Precisamente por eso estoy aquí.

Colocó una fotografía antigua sobre la mesa.

En ella aparecía el padre de Adrián.

Mi madre.

Y una tercera persona.

Mi padre.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Por qué están juntos?

El abogado me miró.

—Porque el acuerdo entre sus familias se firmó antes de que ustedes dos se conocieran.

Adrián y yo nos miramos.

—¿Qué acuerdo? —preguntó él.

El hombre sacó otra hoja.

Y entonces comprendí que quizá nuestra historia nunca había comenzado en aquel bar donde yo creí elegir al hombre más peligroso de la ciudad.

Tal vez alguien nos había puesto en el mismo camino mucho antes de que pudiéramos elegirnos.

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