PARTE 2: EL CAPITÁN QUE APENAS ME ESCRIBIÓ DURANTE NUESTRO PRIMER MES DE CASADOS ESTABA A PUNTO DE BESARME, PERO UNA EMERGENCIA EN LA BASE REVELÓ POR QUÉ HABÍA DESAPARECIDO REALMENTE.

Clara dejó de respirar.

Daniel estaba tan cerca que podía distinguir la pequeña cicatriz junto a su ceja, la misma que había visto en aquella fotografía.

—¿Eso era una advertencia? —preguntó.

—Sí.

—No sonó como una.

Por primera vez, Daniel sonrió de verdad.

Fue una sonrisa breve, apenas visible.

Y peligrosamente atractiva.

—Clara…

Una alarma cortó el momento.

Daniel se apartó inmediatamente.

Toda la calidez desapareció de su expresión y el capitán Foster regresó en un segundo.

Un soldado apareció corriendo.

—¡Capitán! Accidente en el campo tres. Vehículo volcado. Varios heridos.

Clara ya estaba avanzando.

—¿Cuántos?

—Al menos cuatro.

Daniel la alcanzó.

—Doctora Bennett, conmigo.

No hubo beso.

Solo trabajo.

Cuando llegaron, Clara encontró a varios soldados heridos y al equipo de primeros auxilios intentando estabilizarlos.

Se arrodilló inmediatamente junto al más grave.

Durante los siguientes minutos olvidó que Daniel era su esposo.

Él también pareció olvidar que ella era su esposa.

Se movían con una coordinación extraña para dos personas que apenas se conocían.

—Necesito espacio.

Daniel despejó el área.

—Camilla.

Apareció una.

—Transporte preparado.

Daniel ya lo había solicitado.

Clara levantó la mirada una sola vez.

Sus ojos se encontraron.

No necesitaron decir nada.

Horas después, cuando el último herido quedó estable, Clara salió de la enfermería.

Daniel estaba esperando.

Tenía polvo en el uniforme.

—¿Todos?

—Estables.

Él cerró los ojos brevemente.

—Bien.

Clara señaló un banco.

—Siéntate.

—Estoy bien.

—No era una pregunta.

Daniel obedeció.

Ella abrió un pequeño botiquín.

—Tienes sangre en la mano.

—No es mía.

Clara limpió una abrasión en sus nudillos.

Daniel la observaba.

—Eres diferente cuando trabajas.

—¿Eso es bueno?

—Das miedo.

Clara levantó una ceja.

—¿Un capitán de rescate militar me tiene miedo?

—Un poco.

Ella sonrió.

Entonces notó que él seguía mirándola.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso tampoco es verdad.

Daniel guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Por qué aceptaste casarte conmigo?

La pregunta la sorprendió.

—Ya te lo expliqué.

—Me diste razones prácticas.

—Nuestro matrimonio fue práctico.

—Lo sé.

Su voz se volvió más baja.

—Pero quiero saber si hubo alguna otra razón.

Clara terminó de colocarle el vendaje.

—Parecías confiable.

Daniel parpadeó.

—¿Eso es todo?

—También dijiste que sabías cocinar.

—Entonces mi matrimonio depende de mis habilidades culinarias.

—Principalmente.

Daniel soltó una risa.

Era la primera vez que Clara lo escuchaba reír.

Y sintió algo incómodamente parecido a ternura.

—Ahora me toca preguntar —dijo ella—. ¿Por qué yo?

Daniel dejó de sonreír.

—Porque cuando te dije que mi trabajo podía ser peligroso, no intentaste cambiarme.

—Eso parece poco romántico.

—No soy especialmente romántico.

—Ya me di cuenta. Desapareciste treinta días después de casarte.

La culpa atravesó su rostro.

—Sobre eso…

Daniel miró alrededor.

—No podía comunicarme.

—Lo sé.

—No, Clara. No lo sabes todo.

Ella se quedó quieta.

Daniel tocó inconscientemente la cicatriz de su ceja.

—La fotografía que te envié fue tomada después de que regresáramos.

—¿Regresáramos de dónde?

—No puedo decirlo.

—Entiendo.

—Pero hubo un incidente.

Clara miró nuevamente la cicatriz.

—¿Te hirieron?

—No fue grave.

—Esa frase significa algo muy distinto para un médico.

Daniel sostuvo su mirada.

—Durante varios días no sabíamos cuándo podríamos volver.

—¿Por eso te disculpaste?

Él negó.

—Me disculpé porque, cuando finalmente recuperé mi teléfono, vi algo.

Sacó el móvil.

Abrió una conversación.

La de ellos.

Solo había unos pocos mensajes.

Después mostró la información del contacto.

Clara vio algo que la hizo sonreír.

Daniel la había guardado como:

Clara — esposa.

—Muy creativo.

—No mires eso.

—Ya lo vi.

Él bloqueó el teléfono.

—Lo importante es que comprendí que llevaba casi un mes casado y tú no tenías una sola razón para creer que iba a regresar.

Clara perdió la sonrisa.

Daniel continuó:

—Pensé en ti todos los días.

Aquella confesión fue tan directa que ella no supo qué hacer con ella.

—Apenas me conocías.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué pensabas?

Daniel la miró fijamente.

—Que había dejado a una mujer esperando a un extraño.

Clara bajó los ojos.

—No te esperaba.

—Eso es peor.

—Daniel…

—Cuando me pediste una fotografía porque habías olvidado mi cara, entendí lo absurdo de todo esto.

Señaló el espacio entre ambos.

—Tenemos un certificado diciendo que somos marido y mujer y todavía estamos intentando descubrir cómo hablar.

Clara lo miró.

—Podemos aprender.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Quieres?

—No habría venido a esperarte detrás de un árbol si no quisiera.

La sonrisa volvió a sus ojos.

—Así que admites que estabas esperándome.

—Había sombra.

—Era de noche.

—Detalles.

Daniel se levantó.

Esta vez no intentó besarla.

Simplemente extendió la mano.

—Ven.

—¿Adónde?

—A cenar.

—Son casi las once.

—Te advertí que sé cocinar.

Aquella noche Daniel preparó fideos en la pequeña cocina de su alojamiento.

No fue romántico.

No había velas.

Ni música.

Ni flores.

Pero hablaron durante dos horas.

Por primera vez, Clara descubrió al hombre detrás del uniforme.

Y Daniel descubrió que su esposa odiaba las zanahorias, dormía con calcetines incluso en verano y podía realizar una intervención médica complicada sin temblar, pero tenía miedo de las cucarachas.

Durante las dos semanas siguientes, algo cambió.

Seguían siendo capitán Foster y doctora Bennett delante de los demás.

Pero cuando estaban solos eran Daniel y Clara.

Él comenzó a llevarle café.

Ella guardaba cena cuando él terminaba tarde.

Una noche, finalmente ocurrió el primer beso.

Breve.

Torpe.

Tan inesperadamente dulce que Clara pasó media hora después fingiendo leer el mismo informe.

Daniel no estaba mucho mejor.

Pero tres días antes de terminar su asignación, todo cambió.

Clara entró en administración buscando unos documentos médicos.

Dos oficiales conversaban dentro.

—Foster solicitó traslado otra vez.

Clara se detuvo.

—¿Otra vez?

—Sí. Si lo aprueban, estará fuera mínimo un año.

El segundo oficial bajó la voz.

—Supongo que todavía no se lo ha dicho a su esposa.

Clara sintió que algo se hundía en su pecho.

Regresó a su alojamiento.

Daniel apareció una hora después.

—Clara.

Ella dejó una carpeta sobre la mesa.

—¿Solicitaste un traslado?

Daniel se detuvo.

Su silencio fue suficiente.

—¿Cuándo?

—Antes de que llegaras.

—¿Por cuánto tiempo?

—Entre nueve meses y un año.

Clara soltó una risa incrédula.

—Interesante.

—Quería decírtelo.

—¿Cuándo? ¿Después de desaparecer otra vez?

—No está aprobado.

—Eso no responde.

Daniel se acercó.

—La solicitud fue anterior a esto.

—¿A qué?

Él señaló entre ambos.

—A nosotros.

Clara sintió que aquello dolía más de lo esperado.

—Nos casamos hace un mes. Ya existía un nosotros.

—En el papel.

La frase cayó mal.

Daniel lo comprendió inmediatamente.

—No quise decirlo así.

—Pero lo dijiste.

Clara tomó su bolso.

—Necesito pensar.

—No te vayas enfadada.

—No estoy enfadada.

Lo miró.

—Estoy intentando averiguar si estoy construyendo un matrimonio con un hombre que toma todas las decisiones importantes como si siguiera soltero.

Salió.

A la mañana siguiente debía regresar al hospital.

Daniel no apareció para despedirse.

Clara pensó que había decidido darle espacio.

Hasta que vio movimiento frente al edificio administrativo.

Vehículos.

Oficiales.

Una ambulancia militar.

Un soldado la reconoció y corrió hacia ella.

—Doctora Bennett.

—¿Qué ocurrió?

El joven vaciló.

—El equipo del capitán Foster salió antes del amanecer.

Clara sintió un frío inmediato.

—¿Adónde?

—No puedo decirlo.

—¿Cuándo regresa?

El soldado no respondió.

Entonces Clara vio al comandante de la base acercarse con una pequeña bolsa en la mano.

Dentro estaba el teléfono de Daniel.

—Doctora —dijo con gravedad—, el capitán dejó esto para usted.

Clara lo tomó.

Había un mensaje escrito, pero no enviado.

Solo cuatro palabras:

«Esta vez sí volveré.»

Levantó la cabeza.

—¿Dónde está mi esposo?

El comandante permaneció en silencio unos segundos.

Y entonces respondió:

—Doctora Bennett, hace cuarenta minutos perdimos contacto con toda su unidad.

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