La boda comenzó a las cuatro.
Yo permanecía junto a Adrian, invisible para todos.
Había imaginado muchas veces que descubrir su arrepentimiento me daría satisfacción.
Me equivocaba.
Ya no quería su arrepentimiento.
Solo quería dejar de estar atada a él.
—Señor Lancaster.
Su asistente apareció junto a la mesa principal con el rostro desencajado.
—Encontraron las pertenencias de Emma cerca de la costa.
Adrian dejó lentamente la copa.
—¿Qué significa eso?
—La policía está investigando.
—Entonces búscala.
—Ya lo están haciendo.
Adrian miró hacia la entrada.
—Emma hace estas cosas para llamar mi atención.
Sentí algo parecido a una risa amarga.
Incluso entonces.
Incluso cuando yo ya no podía responderle.
Olivia tomó su brazo.
—Adrian, tenemos invitados.
Él asintió.
—Continúen.
La música volvió.
Pero veinte minutos después llegaron dos agentes.
El salón entero comenzó a murmurar.
Uno pidió hablar con Adrian en privado.
—Hablen aquí —ordenó él.
El agente dudó.
—Señor Lancaster, hemos confirmado que Emma fue localizada en la zona costera. Lamentablemente, falleció.
El silencio fue absoluto.
Adrian no reaccionó.
—No.
—Necesitaremos que alguien haga la identificación formal.
—Se equivocaron de persona.
—Encontramos documentación personal.
Adrian sonrió.
Una sonrisa extraña.
Vacía.
—Emma me llamó ayer.
—Lo sabemos.
—Mañana iba a venir aquí.
El agente guardó silencio.
—Yo se lo ordené.
Nadie respondió.
Entonces Adrian tomó su teléfono y marcó mi número.
Sonó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Desde una bolsa de evidencias que llevaba el segundo agente comenzó a escucharse una melodía apagada.
Adrian miró aquella bolsa.
Su rostro cambió.
—¿Ese es…?
El agente asintió.
El teléfono se le cayó de la mano.
Olivia intentó acercarse.
—Adrian…
Él retrocedió.
—No me toques.
Por primera vez la vi verdaderamente asustada.
La boda terminó sin ceremonia.
Adrian fue al lugar donde habían llevado mis pertenencias.
Yo fui arrastrada detrás de él por aquella fuerza invisible que todavía me mantenía vinculada.
Cuando le entregaron la urna de Luna que había sido recuperada entre mis cosas, sus manos empezaron a temblar.
—¿Por qué tenía esto?
El empleado lo miró sorprendido.
—Porque eran las cenizas de su hija.
—Eso ya lo sé.
Su voz se quebró.
—Pregunto por qué estaba sola con ellas.
Nadie contestó.
Entonces apareció una mujer.
La doctora Evelyn Moore.
Había atendido a Luna.
Cuando vio a Adrian, su expresión se endureció.
—¿Ahora pregunta?
Adrian levantó la cabeza.
—¿Qué quiere decir?
La doctora sacó una carpeta.
—Emma vino a verme tres días antes de morir.
Mi atención se clavó en ella.
Eso no lo recordaba.
—Quería los expedientes completos de Luna —continuó—. Especialmente los documentos relacionados con el procedimiento que usted autorizó.
Adrian palideció.
—Los médicos dijeron que era seguro.
—No.
Una sola palabra.
La doctora abrió la carpeta.
—Aquí está mi negativa.
Pasó otra página.
—Aquí está la negativa de otro especialista.
Otra.
—Y aquí está la advertencia de que Luna no debía ser sometida a ese procedimiento.
Adrian comenzó a respirar más rápido.
—Olivia me dijo…
—Olivia no era la madre de Luna.
La doctora lo atravesó con la mirada.
—Emma sí.
El silencio se volvió insoportable.
—Usted tenía que proteger a su hija.
Adrian miró la urna.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi derrumbarse la certeza arrogante con la que siempre justificaba sus decisiones.
—Yo pensé que…
—Ese fue precisamente el problema —respondió Evelyn—. Nunca escuchó a Emma.
Esa noche Adrian no regresó con Olivia.

Fue a nuestra antigua casa.
Entró en la habitación de Luna.
Todo seguía allí.
La manta amarilla.
Los pequeños juguetes.
Las fotografías.
Encontró una caja debajo de la cuna.
Dentro estaban mis documentos.
Siete carpetas.
Una por cada vida que yo recordaba.
Para cualquier otra persona habrían parecido diarios extraños.
Para Adrian fueron una condena.
En todos aparecía él.
En todos aparecía Olivia.
Y en todos terminaba eligiéndola.
Adrian pasó horas leyendo.
Hasta llegar al último cuaderno.
En la última página había escrito:
“Esta vez no necesito que Adrian me elija. Solo deseo que Luna hubiera tenido un padre que la eligiera a ella.”
Adrian cerró los ojos.
—Emma…
Por primera vez pronunció mi nombre como si comprendiera cuánto pesaba.
Entonces apareció el sistema frente a mí.
—Condición extraordinaria detectada.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué condición?
—El objetivo ha desarrollado arrepentimiento irreversible.
Casi me reí.
—Demasiado tarde.
—Correcto.
Una luz apareció frente a mí.
—La misión ya no puede completarse. Sin embargo, su vínculo puede finalizar.
Miré a Adrian.
Estaba sentado en el suelo abrazando la manta de Luna.
—¿Puedo irme?
—Sí.
No dudé.
Adrian levantó súbitamente la cabeza.
Por un segundo imposible, sus ojos parecieron encontrarme.
—Emma.
Me detuve.
—Si puedes escucharme…
Su voz se rompió.
—Lo siento.
Durante siete vidas había esperado esas palabras.
Ahora no significaban nada.
Sonreí tristemente.
—Yo también lo siento, Adrian.
No podía escucharme.
Quizá era mejor así.
—Pero ya no es mi problema.
La luz me envolvió.
Y desaparecí.
Adrian canceló el matrimonio con Olivia.
Después ordenó revisar todo lo relacionado con el tratamiento de su hijo y las decisiones tomadas alrededor de Luna.
Salieron a la luz documentos ocultos, presiones, mentiras y conversaciones que destruyeron definitivamente la imagen perfecta que Olivia había construido.
Pero nada de aquello me devolvió.
Adrian conservó la urna de Luna junto a una fotografía mía.
Nunca volvió a casarse.
Durante años visitó el mismo lugar cada aniversario, llevando dos ramos de flores.
Uno para su hija.
Otro para la mujer a la que había querido obligar a presenciar su felicidad.
Porque al final comprendió la verdad más cruel:
yo había pasado siete vidas intentando conseguir que me eligiera.
Y cuando finalmente quiso elegirme…
yo ya había dejado de necesitarlo.