—Doctor —dije, sosteniendo la botella dorada—. Quiero que vuelva a analizar todo. Pero esta vez no busque una enfermedad. Busque algo que alguien pudiera haberle dado.
Flores me miró como si acabara de cambiar las reglas de una partida que llevábamos meses perdiendo.
Luego tomó la botella.
—¿Qué contiene?
La pequeña Valeria levantó la mano.
—Agua con sal y azúcar. Mi mamá me la prepara cuando me duele la barriga.
Su madre palideció.
—Valeria, basta.
Pero el doctor ya estaba observando a Pedrito.
—¿Cuándo empezó exactamente el deterioro?
Abrí el historial del teléfono.
—Hace once semanas. Primero dejó de comer. Después aparecieron los vómitos, la debilidad, los episodios de confusión…
Flores se quedó inmóvil.
—¿Y Teresa estaba presente durante esos episodios?
La pregunta me atravesó.
Teresa siempre estaba presente.
Cuando Pedrito vomitó por primera vez.
Cuando se desmayó.
Cuando comenzó a rechazar la comida.
Incluso fue Teresa quien insistió en que podía tratarse de una enfermedad hereditaria porque, según ella, “los niños de familias importantes también nacen enfermos”.
—Necesito nuevas muestras —dijo Flores—. Sangre, orina, cabello. Y quiero que toxicología amplíe el análisis.
—Hágalo.
—Puede tardar.
—Pague lo que haya que pagar.
Flores negó lentamente.
—Esta vez, señor Acevedo, el dinero no es lo importante. Necesitamos que nadie sepa qué estamos buscando.
Miré hacia la puerta.
Por primera vez comprendí que quizá el peligro no estaba fuera del hospital.
Saqué el teléfono y llamé a Teresa.
Contestó al segundo tono.
—Señor Rodrigo, ¿cómo está mi niño?
Mi niño.
Nunca aquellas palabras me habían provocado tanto frío.
—Igual —respondí—. Los médicos dicen que probablemente no llegue al fin de semana.
Hubo silencio.
Breve.
Demasiado breve.
—Dios mío… —susurró finalmente.
Pero no lloró.
Teresa siempre lloraba por Pedrito.
Aquella vez no.
—Quiero que vengas mañana —continué—. Él debería verte.
—Claro. Por supuesto.
Colgué.
La madre de Valeria me observaba aterrorizada.
—Señor Acevedo, yo no quiero problemas.
—¿Dónde está esa casa?
Ella bajó la mirada.
—No debería haber hablado.
—Mi hijo se está muriendo.
—Y yo tengo una hija.
Aquello me detuvo.
No era indiferencia.
Era miedo.
Me acerqué.
—¿Quién la amenazó?
La mujer apretó a Valeria contra su cuerpo.
—La señora de las uñas rojas.
—¿Teresa?
Negó.
—No.
Sentí que el suelo desaparecía debajo de mí.
—Entonces ¿quién?
—No sé su nombre. Teresa llevaba a Pedrito algunas veces. Pero otra mujer llegaba después. Siempre elegante. Coche negro. Tacones altos. Uñas rojas.
Valeria tiró de la manga de su madre.
—La señora que decía que Pedrito era suyo.
Nadie respiró.
Me arrodillé frente a ella.
—¿Qué dijiste?
—Ella decía: “Este niño debería haber sido mío”.
Mi esposa, Mariana, había muerto dieciocho meses después del nacimiento de Pedrito.
Desde entonces, Teresa había sido prácticamente parte de nuestra familia.
Pero no conocía a ninguna mujer que pudiera decir algo semejante.
—Valeria —pregunté—, ¿puedes enseñarme dónde está la casa azul?
Su madre intervino.
—No.
—Enviaré seguridad con ustedes.
—¡No entiende!
Su voz se quebró.
—Esa casa está vacía desde ayer.

La miré.
—¿Cómo lo sabe?
—Trabajo cerca. Esta mañana pasé por allí. Sacaron colchones, juguetes, mesas… todo.
Alguien estaba limpiando.
Y lo había hecho justo cuando Pedrito empeoraba.
Mi teléfono vibró.
Era Flores.
Habían conseguido un resultado preliminar.
Corrí al laboratorio.
El médico cerró la puerta detrás de mí.
Sobre la mesa había una hoja con varias cifras marcadas.
—Encontramos una sustancia que los análisis anteriores no estaban diseñados para detectar.
—¿Veneno?
—Todavía no puedo afirmar cómo llegó a su organismo. Pero hay exposición repetida a un compuesto que puede provocar síntomas gastrointestinales y neurológicos graves.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Puede matarlo?
Flores me sostuvo la mirada.
—Sí.
Me apoyé contra la pared.
Once semanas viendo apagarse a mi hijo.
Once semanas pensando que su cuerpo lo estaba traicionando.
Quizá alguien llevaba once semanas haciéndoselo.
—¿Puede salvarlo?
—Si detenemos la exposición y confirmamos exactamente qué sustancia es, sus posibilidades podrían cambiar.
—¿Cuánto?
Flores respiró.
—Hace una hora hablábamos de días. Ahora… ya no estoy dispuesto a darle esa sentencia.
Cerré los ojos.
Por primera vez en meses sentí algo parecido a esperanza.
Entonces sonó mi teléfono.
Una alerta de la cámara de seguridad de mi casa.
Abrí la aplicación.
Teresa había entrado.
Pero no estaba sola.
Una mujer de abrigo claro caminaba detrás de ella.
La imagen no mostraba bien su rostro.
Solo vi una mano apoyarse sobre la mesa del vestíbulo.
Uñas rojas.
Las dos subieron directamente al dormitorio de Pedrito.
Teresa abrió un armario.
Sacó una pequeña caja metálica que yo nunca había visto.
La mujer de uñas rojas la tomó.
Entonces levantó la cabeza hacia la cámara.
Mi corazón dejó de latir.
Conocía aquel rostro.
No podía ser.
La mujer había estado presente en el funeral de Mariana.
Había llorado conmigo.
Había sostenido a Pedrito en brazos.
Y durante tres años yo la había considerado una de las personas más cercanas a nuestra familia.
Antes de que pudiera pronunciar su nombre, Flores apareció detrás de mí.
—Rodrigo, tenemos otro problema.
Me mostró el resultado definitivo.
Su rostro estaba blanco.
—La sustancia encontrada en Pedrito no solo estaba en su sangre. Encontramos rastros en una muestra almacenada de su madre.
Me giré lentamente.
—Mariana murió en un accidente.
Flores negó.
—Después de ver esto… yo ya no estaría tan seguro.