La mujer se detuvo frente a Lucia.
Mi hija había dejado de bailar.
Con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo, miró a aquella desconocida que lloraba delante de ella.
—¿Conocías a mi abuela Rose? —preguntó.
La mujer se llevó una mano temblorosa al corazón.
—Sí, cariño.
Hizo una pausa.
—Yo era su madre.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Adrian llegó junto a ella.
—Abuela Eleanor…
Así que aquella mujer era Eleanor Vale.
La matriarca de una de las familias más poderosas de Boston.
Y acababa de afirmar que mi madre era su hija.
—No —murmuré—. Mi madre se llamaba Rose Bennett.
Eleanor me miró.
—Porque dejó de llamarse Rosalind Vale cuando tenía diecinueve años.
Celeste soltó una risa incrédula.
—¿De verdad vamos a creer esto?
Adrian se volvió hacia ella.
—Basta.
—Adrian, esa mujer trabaja sirviendo champaña y ahora resulta que es—
—Termina esa frase y nuestra boda no llegará al próximo mes.
El salón quedó completamente en silencio.
Celeste palideció.
Yo apenas escuchaba.
Miraba a Eleanor.
Buscaba algo de mi madre en ella.
Entonces lo vi.
La forma de juntar las manos cuando estaba nerviosa.
Rose hacía exactamente lo mismo.
—¿Por qué desapareció? —pregunté.
Eleanor cerró los ojos.
—Eso es algo que debemos hablar en privado.
—No.
Mi voz salió más fuerte de lo esperado.
—He pasado treinta años sin saber quién era mi madre. Si vas a cambiar toda mi vida con una frase, quiero respuestas ahora.
Adrian miró alrededor.
Casi doscientas personas seguían grabando.
—No aquí.
Tomé a Lucia de la mano.
—Entonces nos vamos.
Eleanor reaccionó con desesperación.
—Por favor.
Aquella palabra me detuvo.
—Llevo treinta y dos años esperando volver a ver a mi hija.
Sus ojos bajaron hacia Lucia.
—No sabía que había muerto. No sabía que tenía una nieta.
Luego me miró.
—Y mucho menos una bisnieta.
Quince minutos después estábamos en la biblioteca privada del hotel.
Adrian cerró la puerta.
Celeste intentó entrar.
—Soy tu prometida.
—Esto no te concierne.
—Me concierne si una desconocida intenta meterse en tu familia.
Eleanor levantó la mirada.
—Ella no está intentando entrar.
Su voz ya no temblaba.
—Nació dentro.
Celeste se quedó blanca.
Adrian cerró la puerta.
Eleanor abrió su bolso y sacó una fotografía antigua.
Dos niñas estaban sentadas frente a un piano.
Reconocí inmediatamente a la menor.
Mi madre.
Tendría quizá nueve años.
En el reverso había dos nombres:
Margaret y Rosalind Vale.
—Rosalind era la menor —dijo Eleanor—. La canción que Lucia bailó se llamaba Dos estrellas. La compuse para ellas.
—Mi madre la llamaba Cuando vuelvan las estrellas.
Eleanor comenzó a llorar otra vez.
—Cambió el nombre.
Lucia, sentada a mi lado, preguntó:
—¿Por qué se fue mi abuela?
La habitación se quedó quieta.
Eleanor miró a Adrian.
Él frunció el ceño.
—Abuela, díselo.
—Rosalind descubrió algo que no debía.
—¿Qué?
Eleanor tardó varios segundos.
—Desvíos de dinero dentro de la fundación familiar.
Adrian se enderezó.
—Eso ocurrió antes de que yo naciera.
—Precisamente.
Eleanor continuó.
—Tu abuelo estaba enfermo. Yo confiaba en otras personas para manejar parte del patrimonio. Rosalind encontró documentos que demostraban que alguien estaba utilizando cuentas benéficas para mover millones.
—¿Quién?
Eleanor negó lentamente.
—Nunca logró demostrármelo.
—¿Porque desapareció?
—Porque alguien la hizo desaparecer.
Sentí que Lucia apretaba mi mano.
—Mi madre me dijo que había huido de una familia que no la quería.
El dolor cruzó el rostro de Eleanor.
—Entonces consiguió que creyeras la única historia que podía mantenerte lejos de nosotros.
—¿Mantenerme a salvo?
Eleanor asintió.
—Dos días antes de desaparecer me llamó llorando. Dijo que había cometido el error de confiar en alguien de la familia.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—Nunca dijo el nombre.
Un golpe sonó en la puerta.
El jefe de seguridad de Adrian entró.
—Señor Vale, tenemos un problema.
Le mostró un teléfono.
Adrian leyó la pantalla.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre?
—Alguien publicó el video del baile —respondió—. Ya identificaron a Lucia y a su madre.
Sentí un escalofrío.
—¿Quiénes?
—Internet entero, básicamente.
El hombre de seguridad negó.
—No me preocupa internet.
Todos lo miramos.

—Hace siete minutos alguien intentó acceder al expediente laboral de ella desde una terminal interna de Vale Foundation.
Adrian endureció la expresión.
—¿Qué buscaron?
—Dirección. Número de teléfono. Escuela de la niña.
Me puse de pie inmediatamente.
—Nos vamos.
—No —dijo Adrian—. Ahora precisamente no.
—No voy a quedarme aquí esperando—
—No quiero retenerte. Quiero proteger a Lucia.
Antes de que pudiera contestar, Eleanor me agarró la muñeca.
—Escúchalo.
Había auténtico terror en sus ojos.
—La última vez que esa canción apareció públicamente, perdí a mi hija.
Se me heló la sangre.
—¿Qué quieres decir con “la última vez”?
Eleanor palideció.
Comprendió que había dicho demasiado.
—Abuela —dijo Adrian—. Pensé que nunca se había interpretado fuera de la familia.
Silencio.
—Eleanor.
Finalmente habló.
—Rosalind tocó esa melodía durante una gala privada la noche anterior a desaparecer.
Lucia se acercó a mí.
—Mamá…
La abracé.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Había llegado una fotografía.
Era una imagen de mi madre.
Rose tendría unos veinte años.
Estaba entrando en un automóvil.
La fecha impresa en una esquina correspondía al día en que supuestamente había desaparecido.
Debajo aparecía un mensaje:
«Tu madre debió mantener enterrada esa canción».
Adrian tomó mi teléfono.
Llegó una segunda fotografía.
Esta vez era reciente.
Lucia saliendo de su escuela.
Sentí que dejaba de respirar.
—Eso fue ayer.
Adrian levantó inmediatamente el teléfono para llamar a seguridad.
Pero llegó un tercer mensaje.
Una fotografía tomada dentro del salón de baile aquella misma noche.
Lucia estaba bailando.
Yo aparecía detrás.
Y en el reflejo de uno de los espejos podía verse a la persona que había tomado la imagen.
Eleanor dejó escapar un gemido.
Adrian amplió el reflejo.
Su expresión se volvió de piedra.
—¿Lo conoces? —pregunté.
No respondió.
Eleanor sí.
—Dios mío.
—¿Quién es?
La anciana retrocedió hasta apoyarse contra el escritorio.
—El hombre al que Rosalind acusó antes de desaparecer.
Miré otra vez la fotografía.
Aquel hombre había estado entre los invitados.
Nos había observado durante todo el baile.
Y lo peor era que yo también lo había visto antes.
Diez minutos atrás, cuando entramos en aquella biblioteca, él había sido quien le abrió la puerta a Lucia.