PARTE 2: LA NIÑA LLAMÓ A LA PUERTA PROHIBIDA… Y MORETTI DESCUBRIÓ POR QUÉ SU MADRE HABÍA ESTADO ESCONDIDA BAJO SU TECHO

—¿Cuánto tiempo lleva tu madre viviendo bajo mi techo?

Lily abrazó su conejo.

—Mucho.

El hombre armado junto a Moretti intervino.

—Jefe, Clara lleva aquí casi ocho meses. Entró con el personal doméstico del ala este.

Moretti giró lentamente la cabeza.

—¿Ocho meses?

Su voz hizo retroceder al hombre.

—¿Y nadie me informó?

—Era empleada de limpieza.

Aquella respuesta pareció enfurecerlo todavía más.

Moretti levantó a Lily.

—Muéstrame dónde está tu madre.

La niña señaló el pasillo.

—Por allí.

Corrieron.

Cuando llegaron a la pequeña habitación del personal, Clara seguía en el suelo.

Moretti se detuvo en seco.

Durante un segundo dejó de parecer el hombre más temido de Manhattan.

—Clara…

Se arrodilló inmediatamente.

El médico privado de la familia llegó detrás de él y comenzó a examinarla.

—Respira. Pulso débil. Necesito trasladarla ahora.

Lily empezó a llorar.

—¿Mami se va a morir?

Moretti la miró.

—No.

—¿Lo prometes?

El médico levantó los ojos, claramente incómodo.

Pero Moretti respondió:

—Lo prometo.

La llevaron a la clínica privada de los Moretti.

Lily no soltó su mano durante todo el trayecto.

Y Moretti no soltó a Lily.


Clara despertó seis horas después.

Lo primero que hizo fue buscar a su hija.

—Lily.

—Está bien.

Aquella voz la hizo quedarse inmóvil.

Giró la cabeza.

Moretti estaba sentado junto a la ventana.

—Señor Moretti…

Intentó incorporarse.

—¿Dónde está mi hija?

—Durmiendo en la habitación contigua.

Clara cerró los ojos, aliviada.

Después recordó.

Su expresión se llenó de miedo.

—Ella fue a buscarlo.

—Sí.

—Lo siento. Le expliqué muchas veces que nunca debía entrar en su ala.

Moretti se inclinó hacia delante.

—Tu hija creyó que estabas muriendo y atravesó una mansión oscura sola para pedir ayuda.

Su mandíbula se tensó.

—No vuelvas a disculparte por eso.

Clara bajó la mirada.

—Gracias por ayudarme.

—Ahora tú vas a ayudarme a entender algo.

Sacó un expediente.

—El médico encontró un medicamento en tu sangre que no coincide con nada que tengas recetado.

Clara palideció.

—¿Qué?

—Alguien puso algo en tu bebida.

Ella dejó de respirar.

Moretti continuó:

—Además, cuando revisamos tu habitación encontramos esto.

Colocó una fotografía sobre la cama.

Clara yacía dormida en un sofá.

A su lado había un hombre.

Moretti.

Pero mucho más joven.

La fotografía tenía cuatro años.

Clara cerró los ojos.

—¿De dónde la sacó?

—Estaba escondida dentro del conejo de Lily.

Clara miró hacia la habitación contigua.

—No…

—¿Quién eres?

—Ya sabe quién soy.

—Sé tu nombre.

Moretti se levantó.

—Lo que quiero saber es por qué una mujer que desapareció de mi vida hace cuatro años terminó trabajando como empleada doméstica dentro de mi propia casa.

Clara comenzó a llorar.

—Porque no sabía que esta mansión era suya cuando acepté el trabajo.

—¿Y cuando lo descubriste?

—Ya necesitaba el dinero.

—Podrías haber venido a verme.

Clara soltó una risa rota.

—¿Para decirle qué?

Moretti no respondió.

Entonces la puerta se abrió.

Lily apareció arrastrando su conejo.

—Mami.

Clara abrió los brazos.

—Ven aquí.

La niña corrió hacia ella.

Moretti observó cómo Clara besaba su cabello.

Después miró detenidamente a Lily.

Por primera vez sin oscuridad.

Sin lágrimas.

Sin prisas.

Cabello negro.

Una pequeña hendidura en la barbilla.

Y unos ojos extraordinariamente oscuros.

Sus ojos.

Moretti se quedó inmóvil.

—Clara.

Ella supo inmediatamente qué había visto.

—No.

—¿Cuántos años tiene Lily?

—Tres.

—¿Cuándo cumple cuatro?

—Eso no importa.

—Importa muchísimo.

Clara abrazó más fuerte a su hija.

—Marco, no.

Fue la primera vez que utilizó su nombre.

Moretti parecía haber olvidado cómo respirar.

—¿Es mía?

Clara no contestó.

Pero Lily sí.

—Mi papá se fue antes de que yo naciera.

Moretti cerró los ojos.

Clara susurró:

—Lily, cariño…

—Mamá dice que no fue culpa mía.

Algo se rompió en el rostro de Marco.

—Jamás podría ser culpa tuya.

Clara lo miró.

—No sabías que estaba embarazada.

—Porque desapareciste.

—Porque tu padre vino a verme.

El silencio cayó de golpe.

Marco levantó la cabeza.

—Mi padre murió hace dos años.

—Lo sé.

—¿Qué te hizo?

Clara respiró profundamente.

—Me enseñó fotografías tuyas. De hombres heridos. De coches explotando. De personas que habían intentado acercarse a tu familia.

Marco apretó los puños.

—Y me dijo que si realmente te quería, desaparecería.

—Clara…

—Después descubrió que estaba embarazada.

Marco perdió el color.

—¿Él sabía de Lily?

—Sí.

Clara señaló el conejo.

—Esa fotografía era lo único que conservé de ti. La escondí porque tenía miedo de que alguien la encontrara.

Marco caminó hasta la ventana.

Durante cuatro años había creído que Clara simplemente lo había abandonado.

Ahora descubría que su propio padre había expulsado de su vida a la mujer que amaba y había ocultado la existencia de su hija.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Por qué alguien intentaría hacerte daño ahora?

Clara negó con la cabeza.

—No lo sé.

La puerta se abrió.

Dominic entró.

—Jefe, encontramos algo.

Marco salió al pasillo.

—Habla.

—Revisamos las cámaras de la cocina.

Le mostró una grabación.

A las 11:14 de la noche, Clara preparaba un vaso de agua.

Después salía momentáneamente.

Una mujer entraba.

Miraba alrededor.

Abría un pequeño frasco.

Vertía algo en el vaso.

Marco reconoció inmediatamente su rostro.

—Isabella.

Su prima.

La mujer que administraba toda la mansión desde la muerte de su padre.

Dominic asintió.

—La estamos buscando.

—Encuéntrala.

—Hay algo más.

Dominic entregó una carpeta.

—Registramos su habitación.

Dentro había fotografías de Clara.

De Lily.

Horarios.

La escuela infantil.

El parque al que iban.

Incluso fotografías tomadas mientras dormían.

Marco sintió que la sangre se le helaba.

En la última página había una copia de un documento.

Una prueba de ADN.

Realizada dos años antes.

Probabilidad de parentesco paterno: 99,99 %.

Marco levantó lentamente la mirada.

—Isabella sabía que Lily era mi hija.

—Desde hace dos años.

Entonces comprendió.

Su padre había muerto hacía dos años.

Y según el testamento Moretti, si Marco tenía un descendiente reconocido, una parte enorme del patrimonio familiar pasaría inmediatamente a un fideicomiso protegido para ese hijo.

Isabella perdería millones.

Quizá cientos de millones.

Marco regresó a la habitación.

Lily estaba dormida sobre el pecho de Clara.

Clara lo miró.

—¿Qué ocurre?

Él cerró la puerta.

—Alguien sabía quién era Lily antes que yo.

Clara palideció.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, sonó el teléfono de Dominic.

Su expresión cambió al escuchar.

—Jefe.

—¿Qué?

—Encontramos a Isabella.

Marco esperó.

Dominic tragó saliva.

—Está en la mansión.

—¿Dónde?

—En su despacho.

Hizo una pausa.

—Y dice que tiene una carta de su padre que usted debe leer antes de tocarla.

Marco miró a Lily.

Luego a Clara.

Porque de repente aquello ya no trataba solamente de quién había intentado silenciar a la madre de su hija.

Su padre había sabido que Lily existía.

Isabella también.

Todos parecían haber conocido el secreto.

Todos menos él.

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